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Los abismos: una historia familiar

Escrito por Iván Andrade
Ivan Andrade

La nueva novela de Pilar Quintana ofrece una perspectiva diferente sobre la maternidad, la infancia y la familia desde los ojos de una niña.

Iván Andrade*

Los abismos

Pilar Quintana es la segunda mujer colombiana que gana el Premio Alfaguara de Novela. Su texto Los abismos llegó a las librerías el pasado mes de marzo.

La novela describe una selva dentro de un apartamento y una niña que la observa, la huele, la siente y que entrevé cómo los dedos verdes se extienden para alcanzarla. La exuberancia vegetal del ambiente contrasta con las almas marchitas que habitan la casa.

Claudia es la narradora. Una niña que comparte el nombre con su madre y que ve cómo su vida se desenvuelve a la sombra de los muertos: actrices, cantantes y princesas seccionadas en las páginas de las revistas; conocidas desaparecidas en la noche; antepasados que dejaron sus retratos y sus marcas en las vidas de sus padres y de ella misma. Muertos que son plantas y son silencios.

Foto: BiblioRed- Créditos foto: Manuela Uribe - Pilar Quintana, autora de Los abismos.

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Las grietas

La madre de la narradora, Claudia, carga con una grieta: un abismo interno imposible de cerrar y donde no brilla la luz de los lugares comunes sobre la maternidad, sobre cómo debería ser una madre.

Mi cumpleaños caía durante las vacaciones largas, el día de la Independencia, cuando había desfiles y la gente estaba fuera de la ciudad, en sus fincas o en la playa. No podíamos más que celebrarlo en familia y fuimos a un restaurante.

Mi mamá, igual que cada año, recordó el embarazo. Su gran barriga, los pies hinchados, que cada cinco minutos le daban ganas de ir al baño, no podía dormir y le costaba pararse de la cama. Los dolores le empezaron al almuerzo. Eran la cosa más horrible que hubiera sentido. Mi papá la llevó a la clínica y allí sufrió toda la tarde, toda la noche, toda la mañana del día siguiente, toda una nueva tarde, sintiendo que se iba a morir, y otra noche completa hasta la madrugada.

—Salió morada. Horrorosa. Me la pusieron en el pecho y yo, temblando y llorando, pensé: ¿mi esfuerzo fue para esto?

A mi mamá le salió una risa tan grande que se le vio el paladar, hondo y cruzado como el torso de una persona desnutrida.

Su grieta se refleja en las historias de las personas famosas que lee con avidez en las revistas y cuyas muertes trágicas interpreta como escapes, como formas de evadir sus obligaciones, sus presiones y la grisura de la vida.

Las versiones oficiales de las muertes no la convencen. Ella considera que esas mujeres decidieron morir para escapar de su existencia.

Se hunde periódicamente en su cama, con el cuarto a oscuras por las cortinas cerradas, alejada de su hija como su propia madre se alejaba de ella. Aunque no quiere repetir esos errores, lo hace, como si ese abismo interno fuera ineluctable. Su niña es una fuente de irritación, una molestia.

La grieta en su interior se ensancha y se convierte en un despeñadero hacia un vacío que no llena la familia, las plantas, la casa, la vida que le tocó vivir y que tanta gente le señaló como la vida ideal a la cual debería aspirar toda mujer. No puede evitar la sensación insidiosa de que la vida está en otra parte.

Mientras tanto su hija y tocaya la ve hundirse. Ella oye las historias de su madre y se hace adulta al verla perdida, convertida en una de esas mujeres remotas de las revistas que al parecer no querían vivir.

Entonces lo vi en sus ojos. El abismo dentro de ella, igual al de las mujeres muertas, al de Gloria Inés, una grieta sin fondo que nada podía llenar.

—Este lugar es perfecto para desaparecer.

—Vamos —dije y apreté.

Claudia es una niña asustada que no comprende la situación, pero que poco a poco entiende que su madre puede desaparecer, puede desbarrancarse, puede dejarla. La odia y la ama; por eso intenta enfrentar sus pesadillas.

Pero de pronto las grietas internas logran exteriorizarse, el cuadro perfecto de las apariencias se desintegra y la gente cae en ellas como muñecas de ojos vivos.

Las obligaciones

La tristeza y la soledad de los personajes se manifiesta con la fuerza abrumadora que tiene la inercia del día a día. Individuos funcionales, que cumplen sus tareas diarias, pero que arrastran un desasosiego listo a irrumpir y a trastocar su vida, a desintegrar la delicada entereza con la que logran seguir adelante.

A través de los ojos de la niña puede verse cómo se desbarata el mundo y cómo los personajes lidian con sus angustias, se equivocan e intentan consolarse. Aquí la familia no es la típica fuente de alivio, sino un espacio donde se materializan el horror, la deslealtad, la imposibilidad de comprender y curar al otro.

Aun así los personajes intentan sobreponerse y encontrar salidas: tratan de imponer el amor y el deber sobre la atracción del abismo.

Por la noche mi mamá me acompañó a mi cuarto sin que yo se lo pidiera. Me acosté. Apagó la lámpara de la mesa de noche y se sentó en la cama. 

—Yo sé que no he sido la mejor mamá. 

Tuve el impulso de consolarla, de decirle que no era cierto, que ella era la mejor del mundo, pero ese día me había hecho bien llorar en el pecho de mi tía Amelia, saltar por horas en el brinca-brinca, atragantarme de crispetas y gaseosa, y me callé. 

—Cuando la tristeza se me mete en el cuerpo yo trato de hacer que se vaya, te lo juro. 

Era una silueta en la oscuridad y no le alcanzaba a ver la expresión. 

—Vos sos lo más importante para mí, Claudia. Aunque a veces la tristeza me gane, vos sos lo único importante de verdad. ¿Lo sabés? 

Seguí callada.

—Te prometo que voy a hacer mi mejor esfuerzo, que voy a pelear más duro y no voy a dejar que me vuelva a ganar.

Me salió una lágrima silenciosa. Yo estaba quieta y no creo que ella se diera cuenta.

Las almas mustias intentan reverdecer, como la selva, como los guayacanes. Aunque la oscuridad y el desierto siempre vuelven, se infiltran y corroen, tal vez esa voluntad de revivir sea la única esperanza que les queda para no huir de la vida, para dejar atrás las frustraciones cotidianas, esa desazón que incuba en el pecho y no deja vivir en paz.

Los abismos es una lectura que nos sirve para entender la literatura colombiana actual, pero también para conocer temas, perspectivas e ideas que históricamente fueron obligadas a permanecer ocultas.

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