Tríptico de la infamia: la belleza y el horror - Razón Pública
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Tríptico de la infamia: la belleza y el horror

Escrito por Iván Andrade
Portada del libro Tríptico de la Infamia del escritor Pablo Montoya.

Portada del libro Tríptico de la Infamia del escritor Pablo Montoya.

Ivan AndradeLa novela Tríptico de la infamia, del colombiano Pablo Montoya, ofrece la oportunidad de reflexionar sobre la relación entre el horror de una época y lo que el arte puede hacer para humanizarla o denunciarla para la posteridad.

Iván Andrade*

El arte y la historia

¿Qué puede decirnos la literatura sobre la historia? ¿Qué puede hacer el arte para iluminar nuestras sombras? La ficción es otra forma de explorar el pasado, un método que puede ayudarnos a comprender mejor la historia.

A veces los datos, los nombres y las fechas son demasiado fríos y olvidamos que detrás de ellos hubo personas reales, tangibles, cuyos actos forjaron su presente, nuestro pasado. Personas que estuvieron sometidas a los más horribles tormentos y presenciaron el descenso de la humanidad hacia la abyección. Personas que quisieron dejar testimonio de la indignidad.

Jacques Le Moyne, Francois Dubois y Théodore de Bry son los tres personajes de los que se vale Pablo Montoya en Tríptico de la infamia para pintar una época en que la ambición y el fanatismo desquiciaron a media humanidad. Tres artistas que presenciaron las convulsiones del siglo XVI y, cada uno a su modo, retrataron lo que vieron y vivieron.

Elegir tres artistas para contar esta historia es una forma de mostrar la importancia del arte y del papel del artista en cualquier sociedad. La prosa misma en la que está escrita la novela da cuenta de eso.

La ficción es otra forma de explorar el pasado, un método que puede ayudarnos a comprender mejor la historia.

La reflexión estética es una forma de indagar en el horror. Las variadas facetas de la brutalidad pueden ser abordadas desde el arte para mostrar lo que somos, tratar de entenderlo mejor, y tal vez corregirlo. El arte puede difundir, denunciar, comprender (y comprender, como lo muestra Javier Cercas en El impostor, no es lo mismo que justificar).

La belleza formal como búsqueda y aspiración artística puede ser una herramienta para retratar el horror. No puede ser bella la masacre cometida en la noche de San Bartolomé, pero sí puede serlo la pintura que Dubois hizo de ese hecho terrible.

La capacidad de perdurar que puede tener una obra de arte de ese tipo la convierte en un documento importantísimo para la historia, tanto que hoy nos preguntemos cómo fue posible que semejante barbaridad ocurriera y por qué cosas así siguen ocurriendo sin que logremos detenerlas. ¿Acaso estamos condenados a la violencia, la brutalidad, el fanatismo y el desamparo?

De igual forma, aunque la narración de Montoya dé cuenta del salvajismo de la conquista española de América y de las atrocidades de las guerras de religión en Europa, lo hace con una prosa que no renuncia a la riqueza del lenguaje, a la aspiración de una precisión poética capaz de crear imágenes indelebles, de afectar al lector, remover sus emociones e involucrarlo profundamente con el relato.

Mujeres Timucua pescando. Dibujo del artista francés Jacques Le Moyne.
Mujeres Timucua pescando. Dibujo del artista francés Jacques Le Moyne.
Foto: Wikimedia Commons

Humanidad o barbarie

No queda indemne quien lee Tríptico de la infamia. La crueldad contada en sus páginas es una bofetada, un intenso cuestionamiento de eso que hemos dado en llamar civilización. Al fijar la mirada en nuestra historia de iniquidades, despojos y exterminios, la novela nos deja ver que lo inhumano no es más que una faceta de lo humano.

Después de leerla queda la sensación de que la barbarie y la desesperanza nos ganan la partida. Pero hay pequeñas luces. La sensibilidad del artista desprende un destello de compasión y esperanza.

Jacques Le Moyne es capaz de identificarse con los indígenas de las Tierras Floridas y ponderar sus expresiones artísticas, al punto de permitirles pintar en su propio cuerpo. Aunque no pueda entender del todo las motivaciones y las ideas que hay detrás de las manifestaciones pictóricas de los indios, es capaz de considerarlas una forma de arte tan valiosa como las pinturas europeas.

Théodore de Bry puede sentirse afectado por las atrocidades que se cometen contra los indígenas americanos, seres humanos que nunca ha visto y que están al otro lado del océano. Sabe y siente que es una injusticia lo que se está haciendo con ellos, al punto de que dedica buena parte de sus esfuerzos a hacer los grabados que acompañarán una edición de la Brevísima relación de la destrucción de las Indias, el libro en el que Bartolomé de las Casas denunció la ferocidad de los conquistadores.

Y Francois Dubois, aunque triste y desencantado, entregado al pesimismo, termina por pintar un cuadro magnífico donde muestra la matazón de hugonotes perpetrada por los católicos y cree, en el fondo, que puede haber un poco de esperanza: “Pero sé que debería creer en la humanidad. En esos seres desprovistos de rasgos y ahítos de olvido que, así los imagino con la ayuda de unos cuantos versos de Virgilio, hacen fila para tomar el turno que se les ha dado e ingresar al ciclo tumultuoso de la existencia.

A veces veo esas muchedumbres poseídas del afán por volver a la luz y nacer nuevamente. Escucho sus respiraciones y el pálpito de sus corazones, como si se tratara de un enjambre gigantesco, antes de comenzar su periplo ilusorio. Y pienso en quienes se inclinarán hacia el conocimiento y la búsqueda de la belleza. Entonces me asalta un deseo de creer en las bondades de la criatura humana. Me alcanzo a entusiasmar porque sé que algunas de ellas escribirán poemas conmovedores. Otras harán pinturas portentosas. Algunas más compondrán una música que se comparará con el sublime rostro de Dios.

Me apresuro en concluir aquello de que el hombre es una obra maestra cuya razón posee el rasgo de la nobleza e infinitas son sus facultades. Que es la maravilla y el arquetipo de los seres de la tierra. Que es necesario renovarlo continuamente, como lo proponen los ministros de los consistorios, para que el futuro sea más benévolo. Pero debo admitir que el optimismo en las virtudes de esa desconocida prole es bastante frágil en mí como para intentar cultivarlo cada día”.

Espacio para la esperanza

Portada del libro Tríptico de la Infamia del escritor Pablo Montoya.
Portada del libro Tríptico de la Infamia del escritor Pablo Montoya.
Foto: Biblioteca Pública Piloto

Puede haber esperanza porque no todos están dispuestos a dejarse arrastrar por la corriente de la estupidez violenta o a enrolarse con orgullo en las “putas guerras que todo lo destruyen”, como exclama Le Moyne. Algunos querrán dedicar sus vidas al conocimiento, a entender mejor el universo, a crear cosas bellas y hacer del mundo un lugar más compasivo y hermoso.

Sin embargo, las tinieblas siempre acechan y el arte no logra resultados inmediatos y tangibles, como los logran la ignorancia, las armas y la agresión. Por eso el mismo artista puede dudar de la utilidad de su obra:

Aunque la narración de Montoya dé cuenta del salvajismo de la conquista española de América y de las atrocidades de las guerras de religión en Europa, lo hace con una prosa que no renuncia a la riqueza del lenguaje

“Cuando reflexiono, en todo caso, en esos ojos que algún día mirarán mi posible testimonio, me entran el escalofrío y la duda. Por un lado, estoy convencido de que no es bueno ocuparse de las turbulencias provocadas por los hombres, esos seres minúsculos destinados a desvanecerse en el aire como un humo sin nombre. Y, por el otro, me pregunto ¿de qué servirá entrometer mi experiencia del desarraigo en la orfandad de una población que fue exterminada y nada hasta ahora ha podido redimirla? ¿Podría la factura de un óleo curarme no solo de mis heridas aún no cerradas, sino de las laceraciones que padecen mis contemporáneos de Ginebra? Y me pregunto, todavía más, si una pintura, así logre erigirse como símbolo de una tragedia colectiva, ¿podría otorgarme una sola pero necesaria palabra de consuelo por parte de los agresores?”.

El artista duda, sí, pero sigue adelante. Pasa el mundo por la criba de su sensibilidad y entrega una obra (una pintura, una novela, una sinfonía) que tiene algo para decir, algo que tal vez intuíamos pero solo vemos consolidado gracias al artista. Algo que nos habla y que oímos en lo más hondo de nuestro ser.

El arte parece inútil, pero no lo es. Puede que no sea útil en el sentido que lo es un horno microondas, un carro, una olleta o un puente, pero lo es en otras formas, en maneras que nos conectan estrechamente con lo que somos, hemos sido y podemos ser.

No necesariamente está para llenarnos de esperanza; de hecho, a menudo nos hunde en la desazón. Pero tal vez el examen de lo que somos pueda ayudarnos. Con suficiente paciencia, los ojos son capaces de ver mejor en la oscuridad.
 

* Historiador y magíster en Escrituras Creativas, corrector de estilo y editor.

@IvanLecter

 

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