El periódico de Petro: ¿el gobierno del cambio, o más de lo mismo?
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El periódico de Petro: ¿el gobierno del cambio, o más de lo mismo?

Escrito por Mario Morales
Foto tomada de: Presidencia

Foto tomada de: Presidencia

El gobierno lanzó el periódico Vida para explicar y defender sus actuaciones. ¿Qué pensar de este periódico y del manejo de los medios bajo el gobierno del cambio?

Mario Morales*

El periódico

Asistimos a varias guerras simultáneas: la imaginada, sin registros audiovisuales consistentes en Gaza y Ucrania; la cacareada del cambio climático, con cifras apocalípticas cada comienzo de año; la de la desinformación, plagada de fake news, propaganda sucia y lenguajes de odio; y la de la asignación de sentido a la historia del presente entre políticos mesiánicos, audiencias veleidosas, medios desconcertados y periodistas indignados porque perdieron protagonismo en la intermediación de la información.

En medido de semejante panorama, la Presidencia de la Republica acaba de lanzar   el periódico Vida —un periódico que sigue la huella de Humanidad, aquel que se publicó sin mayor influencia cuando Gustavo Petro fue alcalde Bogotá—.

Un cambio de estrategia

Vida es una nueva batalla en esa pugna sin fin por el relato nacional entre los polos ideológicos que nos separan desde hace 22 décadas y unos medios masivos que no pocas veces han confundido el papel de guardián de la sociedad con el de oposición.

También forma parte de un viraje brusco de estrategia en tres sentidos:

  1. Ya no pareció suficiente la agitación presidencial vía redes sociales o discursos en escenarios internacionales a través de revelaciones políticas y denuncias, e incluso voces de orden, es decir, lemas para resumir toda la plataforma política, como “el gobierno del cambio”. Ahora cree el gobierno que necesita competir en géneros y formatos con los medios tradicionales a la hora de reivindicar o de interpretar actividades o logros.
  2. Reemplazar la inversión publicitaria en medios generalistas, siempre entendida como presión indirecta, y enfocarla en medios públicos como RTVC o propios, como el naciente periódico.

Ya el año pasado La Silla Vacía mostró cómo en el gobierno Duque ese rubro tuvo un 69% en medios de comunicación privados, lo que se redujo drásticamente en esta administración. Así, RTVC pasó de recibir $900 millones con Duque a $5.147 con Petro. Esa disposición del gasto ha sido no pocas veces interpretada como resultado de la animadversión del gobierno actual con los medios masivos.

  1. A la idea inicial de desintermediación mediática y de personajes piloto, con énfasis en redes sociales y apoyo a medios activistas, erróneamente llamados alternativos, le ha seguido la estrategia mediocéntrica, retornando a medios tradicionales, con la pretensión” de equilibrar” el supuesto sesgo en el caudal de información, que más que alimentar, indigesta la opinión pública.

Esa ofensiva, que comenzó con la toma informativa de los medios públicos, continúa con un periódico tipo tabloide de 24 páginas, a todo color, con 500.000 ejemplares, distribución gratuita nacional y a un costo de 630 millones de pesos.

Las criticas

Esas fueron “las razones” que esgrimieron quienes criticaron la aparición del medio. Primero, que fuera un pretendido medio periodístico; segundo, que se dedicara a contar las actividades gubernamentales; y tercero, el costo.

Una cosa es que el gobierno tenga espacios, como ya los hay en las parrillas de programación, dedicados a la difusión de logros, pedagogía sobre los cambios o reformas que se pretenden o posiciones o claridades sobre los debates y dilemas políticos, y otra que esa pretensión contamine todas las franjas y todos los programas, insultando la inteligencia de oyentes y televidentes.

Foto tomada de: Facebook: Gustavo Petro - Además del habitual uso de las redes sociales del presidente como medio de comunicación del gobierno, se está compitiendo con los géneros y formatos de los medios tradicionales.

La primera critica no debe sorprendernos. Salvo por la obligada declaración editorial de “ejercer un periodismo responsable”, Vida es, a todas luces, un órgano de comunicación política del gobierno Petro.  No tiene estándares de calidad periodísticos porque su objetivo es propagandístico: “contarles a los colombianos los avances y logros del primer gobierno popular en Colombia”, dice.

La comunicación política y la propaganda son opciones legítimas de todos los gobiernos dentro de márgenes de pertinencia y mesura presupuestal. La propaganda escueta de la primera mitad de la centuria pasada, la de los efectos mínimos de mediados del siglo veinte y la comunicación política de orden cognitivo, estudiada por teorías como los usos y las gratificaciones, la espiral del silencio, y la agenda setting, forman parte de la necesaria información desde los poderes públicos, de la urgente pedagogía y la persuasión para lograr la aquiescencia o fidelización de la opinión pública en las metas comunes.

Ya lo decía Napoleón: «Para ser justo no basta con hacer el bien. Es necesario, además, que los gobernados estén convencidos de ello. La fuerza se funda en la opinión. ¿Qué es el gobierno? Cuando le falta la opinión, nada». Claro, otra cosa es dedicarla a impresionar, a sugestionar, a la personalización de la política, al culto a la imagen o búsqueda de favorabilidades ajenas al interés general.

¿Por qué y para qué un periódico en plena época de declive en la lecturabilidad de los impresos? Para plantar duelo en el mismo terreno de los medios hegemónicos, manteniendo la inveterada reverencia a la palabra en papel y al paradigma de su indisolubilidad, propio de sociedades en extinción, esas que al decir del mito hegeliano todavía entienden la “lectura del diario como la plegaria matutina del hombre moderno».

Y obviamente, en una sociedad doblemoralista como la nuestra no podía faltar el falso dilema del presupuesto y su presunta mejor inversión en otros menesteres. La memoria es flaca. Según la Fundación para la Libertad de Prensa, durante el segundo periodo de Santos se gastaron 36 mil millones de pesos en publicidad gubernamental.

La misma entidad documentó que, en sus cuatro años, Duque empleó más de 40 mil millones de pesos, incluyendo su programa televisivo Prevención y Acción, que comenzó con un requerimiento pedagógico en medio de la pandemia y degeneró en politiquería o retórica a favor de la imagen presidencial.

El teleprograma de Iván Duque fue polémico porque parte del presupuesto salió del fondo para la paz, sin contar un contrato superior a tres mil millones para una empresa publicitaria, que lideró la campaña del No en el Plebiscito por la Paz, con la intención de definir y ejecutar la estrategia de imagen y posicionamiento online del presidente Duque.

Periódico “mal jalado”

En medio de la polémica planteada arriba sobre la conveniencia de distribuir un medio impreso en estos tiempos digitales, agravada por la ausencia de una cultura mediática en el consumo de periódicos para encontrar la información necesaria para los ciudadanos y así tomar decisiones, urge preguntarse sobre la calidad en contenido y estéticas del medio propagandístico de este gobierno.

Se habla de distribución en 32 ciudades, pero sin suficiente claridad sobre su operación y con señalamientos de uso de canales destinados a otros fines. Son 24 páginas a todo color, en formato tabloide, con un diseño esencialmente tradicional y conservador, donde lo sobrio se confunde con lo escueto.

En el logo se integran los tres colores primarios, vitales, en concordancia con el nombre y la alusión gráfica al mapa de Colombia. Tiene un eslogan a manera de voz de orden propagandística: “avanza el cambio”, con mandatos manifiestos como ir contra el silenciamiento mediático, romper con el centralismo y circular en las calles como escenario de las movilizaciones. Es decir, ideología pura. Habla de pluralismo, pero escasean voces distintas en el consejo editorial.

Su talón de Aquiles es la fotografía, comenzando por la que aparece en primera página, una suerte de selfie desangelada con una joven en medio de una multitud y con una llave figurada y un título a manera de eslogan “tierras para la paz” pero sin conexión real entre la frase y la ilustración. No emociona.

Las demás fotos utilizadas son desafortunadas, posudas, estáticas, sin vida y sin relato. Salvo aquella donde aparece el alcalde Galán quieto, pasivo, de espaldas, saludando al presidente, activo y avanzando.  La intención es clara. Se salvan también las imágenes de la última página, para quienes lleguen hasta allá, esas sí espontáneas y plenas de acción y contenido.

Los titulares son fríos, todos construidos con la redacción del siglo pasado: sujeto, verbo y predicado, pero sin historia, porque gana la intencionalidad publicitaria. La cuarta parte de ellos están fundamentados en las cifras, que no tuvieron el suficiente cuidado a juzgar por los reparos que le hizo La Silla Vacía a aquellas referidas a la compra y formalización de tierras, la columna vertebral de esa primera edición.

El contenido está construido sobre la clásica pirámide invertida según los temas de interés del gobierno. Tanto que termina con entretenimiento, cultura y deportes. Pero el eje del 75 % de los artículos gira en torno a la economía, la inversión o el presupuesto, con una estructura repetida, denotando una mirada unidireccional y mecánica que deja en evidencia la formación y experiencia del editor.

También, y en contravía de la visión de mundo que plantea el gobierno, la narrativa es vertical. En las formas redaccionales el gobierno es activo, dinámico y asistencialista: da, destina, invierte, planea, prioriza, entrega, consolida, propone, establece, protege, activa, logra, apoya, se la juega… y las poblaciones reciben, les llega, aceptan, si acaso celebran resignadas a su papel de pacientes de las acciones gubernamentales.

La palabra que más aparece con variaciones es logro, en esa intención vendedora. De hecho, el carácter aspiracional y futurista aparece en once de las veinte notas principales. Solo nueve hablan de hechos cumplidos, obras iniciadas o acciones adelantas.

Los leads pierden fuerza, se aplazan, se diluyen en medio de la premura por el autobombo. Le gana la agenda al relato. Los títulos están más cerca de los bullets de las plataformas o programas electorales que de la creatividad y las estéticas llamativas, cuando no de los lugares comunes: “las comunidades energéticas tienen vida”, “una vía para fortalecer organizaciones culturales”, “alianza para soluciones de fondo”.

En fin, un periódico no solo difícil de leer sino de ojear. Denso, aburrido, pero sobre todo tardío. Esa periodicidad, que oscila entre lo mensual y el “cadapuediario”, que quizás intentará solventar la versión digital, le llega fuera de tiempo al debate, a la desinformación, a las verdades a medias y a la pedagogía que, como es apenas obvio, debe anteceder a los hechos y no solo repetirlos cuando ya casi están en el olvido.

¿Y los medios públicos? 

Si el periódico representa una alternativa legítima, aunque insípida, el trato que están recibiendo los medios públicos nacionales por el gobierno actual va en contravía del mandato que esos medios tienen, en tanto que son medios ciudadanos por excelencia y no cajas de resonancia o perifoneos para la comunicación política o la propaganda del gobierno.

Vida es, a todas luces, un órgano de comunicación política del gobierno Petro. No tiene estándares de calidad periodísticos porque su objetivo es propagandístico: “contarles a los colombianos los avances y logros del primer gobierno popular en Colombia”, dice.

Son el resultado de una confusión malintencionada entre lo estatal y la injerencia de los gobiernos nacional, regionales y locales no solo en la nominación de gerentes y directivos tanto en la parte informativa y de ficción, sino también en las líneas editoriales, las decisiones sobre los contenidos o el tratamiento que deben tener, amén de los señalamientos por abusos y las brechas explícitas que hablan de ambientes laborales hostiles, fragmentados y enfrentados.

Pierde Petro una oportunidad de oro de devolverle esos medios a sus verdaderos dueños: los ciudadanos. Una cosa es que el gobierno tenga espacios, como ya los hay en las parrillas de programación, dedicados a la difusión de logros, pedagogía sobre los cambios o reformas que se pretenden o posiciones o claridades sobre los debates y dilemas políticos, y otra que esa pretensión contamine todas las franjas y todos los programas, insultando la inteligencia de oyentes y televidentes.

Como no se veía hace mucho tiempo, ahora RTVC tiene un mayor presupuesto, pero se requiere materializar el tan presumido pluralismo y la tan reiterada participación ciudadana en asuntos decisorios sobre los medios.

Hace falta una junta multipartita y diversa que tome decisiones de fondo, que esté integrada por representantes de la sociedad civil, la de las ciudades y la de los territorios; por representantes de la academia, de la comunidad internacional, de los colectivos de expertos audiovisuales organizados; y, por qué no, una silla para un representante del gobierno.

Es hora que la retórica y la agitación le den paso a la transformación requerida para comenzar a creer que el eslogan que acompaña al periódico Vida y a la discursiva presidencial no es letra muerta y que “el cambio avanza!”. Que se note. Medios públicos para los ciudadanos.

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1 Comentario

Claudio Eriles febrero 3, 2024 - 7:21 pm

Soy imparcial y yo al margen de todo tinte politico, como ciudadano del comun, lo que veo es que el poder de los gobiernos que siempre han gobernando a nuestra querida patria Colombia, siguen gobernando, nunca han dejado de gobernar. A Petro no lo han dejado gobermar, hasta uno medio de comunicacion que saca a ver si le permiten los duelños de los medios de dejar publicar un poco de la verdad y de inmediato saltan a atacarlo.

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