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¿Ya ganó el Pacto?

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De la importancia de no confundir los escenarios en una elección de cuatro vueltas.

La consulta del Pacto Histórico fue un éxito en términos de participación al reunir unos 2,8 millones de electores en un resultado inédito para este tipo de mecanismo. Sin embargo, hay que resistir la tentación de analizar la participación en la consulta como un termómetro para las elecciones de 2026.

Aceptar la incertidumbre

La vieja lección de Maquiavelo, el padre de la ciencia política moderna, siempre se vuelve a aprender y a olvidar. La fortuna, el azar, la incertidumbre gobierna las acciones humanas. En materia electoral, nos hemos inventado las encuestas de opinión para reducirla, pero también hemos aprendido a desconfiar de ellas, al punto de buscar regularlas más allá de lo razonable, rompiendo el termómetro. Queda el expediente de reducir lo desconocido a lo conocido y buscar augurio de lo que va a pasar en las elecciones del año próximo en los resultados de la consulta del pasado domingo, o —¿por qué no?— en los resultados de la elección de los Consejos Municipales de Juventud. A su vez se compararán los 2,8 millones de electores que votaron la consulta del 26 de octubre al mismo número que obtuvo el Pacto Histórico en las elecciones legislativas de 2022, o a los 5,5 millones que votaron la consulta interpartidista de la misma fecha, o —¿Por qué no?— a los famosos once millones que apoyaron a Gustavo Petro en la segunda vuelta presidencial de este mismo año, para especular sobre la fuerza o debilidad del Pacto para las elecciones de 2026. Con la misma lógica, podremos tratar de buscar en los resultados de hoy lecciones sobre la viabilidad de la Constituyente propuesta por el presidente, como algunos buscaron en los resultados de las elecciones regionales y locales de 2023 castigos o recompensas a la gestión de Gustavo Petro.

Todo eso es inevitable en un contexto de fuerte incertidumbre reforzada por la preocupante fragmentación de nuestro sistema de partidos y multiplicación de candidaturas, pero no deja de ser muy poco riguroso. El fondo del problema es que el Pueblo que se expresa en las urnas es como el agua del río de Heráclito y Parménides: nunca es el mismo, y nunca es completamente distinto.

En las elecciones ordinarias, todos los ciudadanos tienen vocación a expresar sus preferencias. Sabemos muy bien que todos no lo hacen, siendo la abstención generalmente una variable importante en Colombia. Es importante, pero no constante. Por ejemplo, es más fuerte en las elecciones legislativas que en las elecciones regionales y locales. En estas últimas, los pequeños pueblos votan mucho más, con tasa de participación muy importante en realidad, porque los electores conocen personalmente a muchos candidatos, al menos al Concejo municipal. En la presidencial, al contrario, son las ciudades grandes las que votan más, particularmente la capital de la República y las del centro del país, mientras que las zonas rurales de las regiones más apartadas de la misma no pesan tanto. 

En las consultas, no todo el mundo tiene vocación a expresar sus preferencias, únicamente el núcleo duro de los militantes o simpatizantes de los partidos que se someten al mecanismo. Este núcleo duro no es necesariamente representativo del electorado general permanente del partido, ni en cantidad, ni en preferencias, mucho menos de la parte más variable u ocasional del electorado del partido que varía de forma marcada de una tolda a otra. 

Ni mencionemos los efectos de arrastre de la participación de una elección sobre la otra cuando son simultáneas, que es lo que no permite comparar el electorado de la consulta del domingo al de la consulta de la izquierda en marzo de 2022. Una cosa es desplazarse a votar a una consulta cuando no se juega nada más, y otra, muy distinta, aprovechar la vuelta de una elección ordinaria para votar también una consulta opcional. 

Todo eso debería alertarnos fuertemente sobre los peligros de juzgar los resultados de un escrutinio con el rasero de otro. Es la mejor manera no sólo de cometer errores, sino de caer en interpretaciones subjetivas e interesadas de lo que podría pasar en una elección futura. Para los no convencidos, recordemos los resultados de las consultas de 2009 previas a las elecciones presidenciales de 2010, que son quizás lo más comparable a las del pasado domingo, con la gran diferencia que entonces, solo se elegían candidatos presidenciales y no el orden de las listas legislativas de los partidos respectivos. En 2009, la consulta del Partido Liberal atrajo 1,3 millones de votantes, y la del Polo Democrático unos 500.000. Unos meses después, el candidato electo en la primera, Rafael Pardo, sacó 630.000 votos en la primera vuelta, mientras el candidato electo en la segunda, Gustavo Petro, sacaba 1,3 millones de votos.

Cuatro vueltas, cuatro electorados

Se ha dicho mucho que estas elecciones nacionales van a ser de cuatro vueltas. Si queremos ser consecuentes con esta lógica, cada vuelta tiene que ser analizada en su propia lógica, con su propio electorado. Por supuesto, una vuelta influye más o menos directamente en la siguiente, en la medida en que determina los protagonistas que pasan a la siguiente ronda, pero cada etapa se pelea en sus propios términos.

La primera etapa es la etapa partidista, en la que vota, como señalamos, el corazón duro del electorado militante de los partidos que participan. En esta ocasión, sólo participó el Pacto Histórico. Ojalá el éxito de participación de la consulta incite los demás a imitarlo y no suscite al contrario temores a los efectos negativos que podrían suscitar una participación menor. En efecto, si la afluencia de domingo propulsa el Pacto y particularmente a Iván Cepeda para lo que sigue con una presunción de viabilidad, implica también el desafío de mantener las expectativas en toda la distancia. Lo vimos, nada garantiza que vaya a ser así.

Parte de la buena participación de la consulta se explica por el mecanismo innovador de elegir orden de las listas cerradas que competirán en marzo para el Congreso. Si bien la elección del candidato presidencial era lo más llamativo, el nivel importante de voto nulo (unos 140.000) y no marcado (250.000) a la misma sugiere que no fue lo único que motivó a los electores. Por otra parte, muchos de los candidatos que quedaron bien ubicados en la lista al Senado son políticos o familiares de políticos con trayectoria previa fuera de la izquierda como Pedro Flórez (primer puesto), Ferney Silva (cuarto puesto), Patricia Caicedo (sexto puesto), Laura Ahumada (séptimo puesto), entre otros. En la Cámara, varios funcionarios o contratistas de la administración Petro lograron buenos resultados. Esto sugiere que la consulta atrajo una franja del electorado más allá de la izquierda, movida por razones clientelistas muy típicas de la política legislativa tradicional. De hecho, no es casualidad que la consulta haya tenido una participación similar a la lista del Pacto al Senado en 2022. Desde muchos puntos de vista, la consulta para ordenar las listas anticipó el voto de las legislativas, en particular el de las llamadas “maquinarias”.  

La gran cuestión para el Pacto es si estas maquinarias volverán a moverse en marzo próximo. Los políticos tradicionales que quedaron bien ubicados en las listas ya no tendrán incentivos para gastar recursos en marzo, asegurados que están de resultar electos en las listas cerradas. En cambio, el Pacto podrá esperar compensar estas bajas atrayendo una parte de un voto urbano más independiente que no se desplazó a la consulta por no ser tan militante del Pacto, pero que está abierto a apoyar alternativas progresistas. Habrá que ver qué pesará más. Para Iván Cepeda, habrá que competir probablemente con los candidatos de centro-izquierda del “Frente Amplio” (Roy Barreras, Juan Fernando Cristo, Clara López y quizás Daniel Quintero, entre otros) en un electorado más amplio y no tan identificado a la izquierda. Lo favorece el hecho de que las “maquinarias” que habrían podido apoyar a Quintero (que parece decididamente haberse equivocado al no participar esta vez) no se activarán tanto, pero lo perjudica el hecho de competir con figuras más moderadas en un electorado menos estrictamente identificado con la izquierda, aunque parte del mismo podrá irse hacia otras consultas.

Finalmente, las dos vueltas de mayo y junio se jugarán, como siempre, en un electorado más urbano, más del centro del país, cuando las legislativas habrán movilizado en marzo un electorado de las periferias para el cual los congresistas son intermediarios fundamentales para gestionar recursos con el centro del país. Qué tanto le irá bien al candidato de la izquierda dependerá no sólo de lo que habrá pasado en marzo en la consulta interpartidista, sino también de cómo el ganador se puede posicionar en este tipo de electorado y de quiénes serán los adversarios que quedarán a estas alturas.

Como vemos, cada etapa se gana con una lógica distinta en un electorado distinto. Esto no obsta que la consulta de domingo fue un éxito para el Pacto Histórico, que logró posicionar tempranamente un candidato presidencial viable mientras los demás sectores siguen enredados en sus discusiones internas respectivas sobre cómo elegir candidatos. Eso le da una ventaja incontestable, pero también lo pone como blanco de las campañas adversas para las próximas etapas. Hoy, la campaña sólo está empezando.     

Le recomendamos: La consulta del Pacto: ¿renovación o fractura?

Acerca del autor

Yann Basset
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*Director del Grupo de Estudios de la Democracia (DEMOS UR) de la Facultad de Estudios Internacionales, Políticos y Urbanos de la Universidad del Rosario.

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