Yann Basset, autor en Razón Pública
Foto: Cámara de Representantes

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Sin coalición y con unas relaciones tensas con el Congreso, el gobierno termina la legislatura con algunos éxitos importantes, pero quizás frágiles. También sufrió un par de grandes derrotas que dejan un panorama poco alentador para lo que queda del mandato de Gustavo Petro.

Yann Basset*

Unas considerables victorias…

En la última línea recta de la legislatura colombiana, el gobierno puede cantar victoria sobre algunos temas de especial relevancia para su agenda:

  • Logró, por ejemplo, que se aprobara la jurisdicción agraria, una pieza fundamental para avanzar en la reforma agraria.
  • El Congreso aprobó en primer debate la segunda versión de la reforma laboral, lo que la mantiene viva para su posible aprobación en la próxima legislatura.

Esto es un hito notable cuando recordamos que su primera versión se hundió hace un año, poco después de la ruptura de la coalición de gobierno. Parece indicar que, a pesar de que ya no tiene mayorías en el Congreso, este cuerpo no mantiene una actitud de completo bloqueo a los proyectos gubernamentales —contra lo que deploró en varias ocasiones el presidente—.

  • La laboral es, incluso, un caso emblemático que muestra que el gobierno, cuando está abierto a negociar (y tuvo que abandonar varias propuestas sobre la extensión del derecho de huelga o el fortalecimiento de los sindicatos), puede obtener los apoyos que necesita.
  • La mayor victoria del gobierno fue, sin duda, la aprobación definitiva de la reforma pensional. Es la primera que se hace realidad entre las tres grandes reformas sociales que el gobierno había puesto en primera línea de su agenda (junto con la laboral y la reforma de la salud)​.

Además, era quizás la que más visibilidad había adquirido como promesa de campaña de Gustavo Petro​, y un hito con el que mostrará resultados sociales a su electorado en 2026.

Con eso y algunos otros éxitos —como la prohibición de las corridas de toros, la subsanación del trámite del Plan Nacional de Desarrollo y el rechazo a las mociones de censura contra el ministro de Salud​ y el ministro de Defensa—​, el gobierno puede mostrarse satisfecho; hace un mes la perspectiva no era muy alentadora.

La ausencia de una mayoría estable dificultó considerablemente la tarea del ejecutivo. las descalificaciones al Congreso en los discursos presidenciales y las insistentes presiones a la movilización del “pueblo constituyente’ despertaron tensiones innecesarias entre le gobierno y el legislativo.

… que podrían resultar pírricas

Sin embargo, la ausencia de una mayoría estable dificultó considerablemente la tarea del ejecutivo. las descalificaciones al Congreso en los discursos presidenciales y las insistentes presiones a la movilización del “pueblo constituyente’ despertaron tensiones innecesarias entre le gobierno y el legislativo. A pesar de que el presidente parece convencido de que esto empuja su agenda. (Aunque el episodio de la reforma de la Salud no milita en este sentido).

Por otra parte, las acusaciones de corrupción que rodearon el escándalo de la UNGRD​ y su papel en la agenda del gobierno lo dejan mal parado ante la opinión pública y con pendientes que tendrá que aclarar la justicia. Si se confirma que el gobierno sobornó a congresistas para aprobar sus reformas, el precio podría ser mayor que lo ya logrado.

Finalmente, la reforma pensional solo se pudo aprobar al precio de un trámite accidentado y muy criticado​. Es problemático acudir a una proposición para aprobar el texto ya discutido en el Senado y así evitar el cuarto debate en la Cámara; el Congreso debe tener un papel deliberativo: no se trata solo de votar para que una mayoría se imponga a una minoría; hay que discutir, enmendar, negociar y —al final— mejorar el texto con la participación de todos. Para esto, la Ley 5.ª de 1992 define cuatro debates sucesivos​ y la Constitución ordena un sistema bicameral​.

Desde luego, es cierto que la oposición acudió a las consabidas maniobras de dilación para tratar de romper el quorum​ o dilatar el debate con una lluvia de propuestas de enmiendas pensadas para poner el gobierno contra la pared y hundir la reforma por tiempo; pero nada de esto justifica pasar por encima del trámite de rigor.

Después de todo, si el gobierno se vio acorralado en la última semana de la legislatura, es también en parte por el tiempo y la energía perdidos en defender una reforma de la salud que suscitaba demasiada oposición para pasar.

Así, tan pronto como fue aprobada la reforma pensional, la oposición anunció su demanda ante la Corte Constitucional​, que bien podría dejar al gobierno sin su mayor victoria legislativa. El ejecutivo reconoció implícitamente el problema al anunciar que propondrá una nueva ley sobre pensiones apenas se apruebe la reforma, lo que deja claro que el texto tiene fallas que se debieron resolver en el cuarto debate.

Unas sonadas derrotas

Por otra parte, el gobierno sufrió dos grandes derrotas que ponen en duda su capacidad de negociar con el Congreso:

  • La primera es, por supuesto, la de la reforma de la salud, que ya discutimos. Con el anuncio de un acuerdo entre el Ministerio de Salud y algunas grandes EPS al final de abril​, todavía se podía esperar un final más constructivo para el asunto. Sin embargo, el retiro de Sura del sistema y las dificultades que encuentra el FOMAG​ —el sistema particular de los profesores, que el gobierno había presentado como una alternativa a las EPS— terminaron de sepultar cualquier acuerdo para esta legislatura. Así, sin dejar mucha esperanza de acuerdos para el futuro, y con un sistema intervenido y en cuidado intensivo, el ejecutivo no parece capaz de proponer una alternativa viable.

El hundimiento de la ley estatutaria de la educación​ fue otra gran derrota, mucho menos esperada. Hasta hace pocos meses, la propuesta parecía gozar de un amplio consenso entre los congresistas, que se debilitó a medida que la desconfianza crecía entre los actores del sistema educativo y obligaba al gobierno a poner en la ley precisiones que traían más rechazo.

El conflicto alrededor de la elección del rector de la Universidad Nacional​ tensionó bastante el clima: abrió un debate sobre la autonomía universitaria y su implicación en la forma de elegir el gobierno de las instituciones de educación superior. Eso a su vez derivó en otros conflictos sobre el sistema mixto (con la clásica oposición entre educación pública y privada), sobre el aseguramiento de la calidad y sobre la forma de evaluar a los profesores.

En 2025, comenzará de lleno la campaña para las elecciones de 2026, y el gobierno ya no tendrá tanta posibilidad de manejar la agenda.

Foto: Presidencia de la República - La mayor victoria del gobierno fue sin duda la aprobación definitiva de la reforma pensional.

Las tensiones desbordaron el Ministerio de Educación. Si bien pactó un texto con la oposición que se votó unánimemente en comisión en el Senado, suscitó férreas oposiciones en los mismos rangos del gobierno y, en particular, en FECODE —el poderoso sindicato de maestros—.

El episodio terminó con el hundimiento de la reforma, que nunca se agendó para la plenaria. La ministra aseguró que buscará negociar un nuevo texto para la próxima legislatura; pero el clima que dejó la experiencia no parece favorable: unos sectores de la oposición critican el incumplimiento del gobierno y otros cercanos a este denuncian una suerte de traición de la ministra.

Los dos casos de la reforma a la salud y la ley estatutaria de la educación ilustran muy bien las dificultades que tiene el gobierno para negociar mayorías esquivas y mantener contentas a sus bases, que el propio presidente trata de agitar permanentemente. La tarea será cada vez más difícil cuando el gobierno empiece a tener el sol a sus espaldas. En 2025, comenzará de lleno la campaña para las elecciones de 2026​, y el gobierno ya no tendrá tanta posibilidad de manejar la agenda. De modo que el tiempo corre para la laboral, un eventual ajuste sobre la pensional y posibles tentativas en salud y educación.

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Yann Basset

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Yann Basset

*Director del Grupo de Estudios de la Democracia (DEMOS UR) de la Facultad de Estudios Internacionales, Políticos y Urbanos de la Universidad del Rosario.

Foto: X: Comisión Séptima Senado

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El hundimiento de la reforma de la salud muestra que el gobierno no podrá realizar su programa sin llegar a acuerdos mínimos con el Congreso. Aunque busque escenarios alternativos o cambios vía administrativa, no puede obtener resultados dando la espalda al legislativo, que tiene la salida de la crisis en sus manos.

Yann Basset*

Las ilusiones movimientistas

Desde la ruptura de su coalición inicial, ya hace un año, el gobierno se ha negado a afrontar la realidad de su posición minoritaria en el Congreso.

La insistencia en una agenda reformista muy ambiciosa y el no haber reunido los apoyos necesarios para hacerla posible, desembocaron en el anunciadísimo estrellón en la Comisión Séptima del Senado; el hundimiento de la reforma a la salud la semana pasada.

Aunque suele decirse que “con mermelada el Congreso siempre le camina al gobierno”, esta vez no valió la negociación congresista por congresista. Es posible obtener el apoyo de un congresista a punta de promesas o intercambios de favores para un tema puntual, pero así no es posible armar una mayoría para un proyecto de la envergadura de esta reforma a la salud.

Mucho menos valieron las estrategias dilatorias habituales, como la recusación de congresistas por la implicación de las EPS en el financiamiento de las campañas, cuando el tiempo jugaba en realidad contra del gobierno.

Le recomendamos: La maldición de la elocuencia: por qué Petro no logra establecer acuerdos

Tiros por la culata

Finalmente, incapaz de sortear el obstáculo, el presidente amenazó con patear el tablero con llamados recurrentes a la movilización social. Con eso esperaba mostrar el respaldo suficiente para presionar al Congreso con el “mandato popular para el cambio”, pero también con el riesgo de poner a los congresistas en su contra. A nadie le gusta que lo pongan contra la pared; el resultado fue achicar el margen de negociación del gobierno en vez de facilitar la aprobación del proyecto.

Fuera de las organizaciones sociales cercanas al Pacto Histórico, la movilización en respuesta a las convocatorias del presidente no fue particularmente impresionante, confirmando los resultados de las encuestas: la reforma de la salud propuesta por el gobierno despierta más inquietudes que entusiasmo.

Eso sí, el presidente encontró el escenario donde se siente más a gusto, en el papel de tribuno del pueblo. Incluso siguió hablando de un improbable “proceso constituyente”, como el último avatar en esta huida hacia lo imaginario.

Con lo anterior el jefe de Estado se presenta como el jefe de la oposición, un opositor radical al “sistema”, a los poderes fácticos que obstaculizaban el cambio.

Pero este posicionamiento, por definición, no permite llevar a cabo el cambio. A lo sumo permite encontrar excusas por no llevarlo a cabo y encontrar enemigos para echarles la culpa.

Como notaron muchos comentaristas, Petro nos estaba llevando anticipadamente al escenario electoral de 2026, antes de que el gobierno hubiera hecho lo suficiente para traer a la mesa algo que mostrar a los votantes.  Al fin y al cabo, el llamado al pueblo resultó ilusorio como modo de cambiar la correlación de fuerzas en el Congreso, y además reveló el escepticismo o la apatía de la opinión pública frente al proyecto transformador de Petro.

Fuera de las organizaciones sociales cercanas al Pacto Histórico, la movilización en respuesta a las convocatorias del presidente no fue particularmente impresionante, confirmando los resultados de las encuestas: la reforma de la salud propuesta por el gobierno despierta más inquietudes que entusiasmo.

El hecho de que el presidente terminara evocando un confuso “proceso constituyente” que “no es para cambiar la Constitución”, y no un referendo, que sería lo lógico si realmente quisiera acudir al arbitraje de la voluntad popular, es otra señal de esta debilidad.

Reforma por decretos e intervención de EPS

Ante la derrota, el presidente hizo los habituales pronunciamientos en Twitter (oficialmente X) y acreditó una tesis que la oposición venía agitando desde hacía semanas: a falta de reforma legislativa, el gobierno implementará la reforma “a las malas”, por la vía administrativa.

La intervención sucesiva de Sanitas y la Nueva EPS, dos de los operadores principales del sistema de salud, acreditó este temor, sobre todo porque se anunciaron en el momento mismo de la votación definitiva en la Comisión Séptima del Senado.

¿Puede el gobierno hacer por decretos lo que negó el Congreso? Puede hacer mucho, pero no tiene las herramientas para hacer realidad su proyecto de manera completa y mucho menos satisfactoria.

Después de todo, la Ley 100 de 1993 sigue vigente y la arquitectura del sistema no se puede cambiar por decretos.

El gobierno probablemente tratará de desarrollar algunos aspectos, como ampliar la cobertura del sistema en el ámbito rural, uno de los puntos menos controversiales del proyecto.

Por otra parte, “estatizar el sistema” a través de la intervención de todas las EPS, que sería el propósito del gobierno según parte de la oposición, no tendría como salirle bien al gobierno pues causaría otras batallas jurídicas con las Cortes y entidades de control. Además, está claro que el Estado no tiene capacidad para manejar el servicio para millones de colombianos de la noche a la mañana, mucho menos mediante la figura de la intervención que de por sí aumenta los problemas que ya tenían las EPS.

La intervención de una EPS por parte del Estado es una figura legítima si se piensa como último recurso para garantizar el derecho a la salud de los afiliados ante una quiebra inminente de la organización o de incapacidad para asegurar el servicio.  Pero este instrumento traumático por naturaleza sería la peor manera imaginable de “cambiar el modelo” de la salud por organizaciones que funcionen con una lógica distinta.

Además, la intervención como tal no resuelve la falta de recursos para responder a la demanda de los usuarios.

Finalmente, y sobre todo, la intervención hará que los usuarios del sistema responsabilicen directamente al gobierno de cualquier falla del sistema. Es más, en este escenario, la movilización social que el presidente tanto anhela podría producirse, pero en contra del gobierno.

¿Qué sigue en el Congreso?

Las consideraciones anteriores nos devuelven de manera ineluctable al Congreso. Por más que haga, el gobierno no podrá cambiar el sistema de salud satisfactoriamente sin reglas nuevas y claras. La oposición tampoco podrá salvar este sistema si se limita a no votar los proyectos del gobierno.

Parece una situación atrapada donde todos tienen las de perder, más aún con las descalificaciones del presidente después de ver hundir su proyecto bandera y la respuesta airada del presidente del Senado.

Foto: X: Gloria Ramírez - El escenario de diálogo en el Congreso no está roto y prueba de ello es que el mismo día que se archivó la reforma a la salud se negó el archivo para la reforma pensional.

el Estado no tiene capacidad para manejar el servicio para millones de colombianos de la noche a la mañana, mucho menos mediante la figura de la intervención que de por sí aumenta los problemas que ya tenían las EPS.

Sin embargo, el escenario del diálogo no está del todo roto. Contrariamente a lo que dicen algunos partidarios del presidente, el Congreso no está en una actitud de bloqueo completo.

Prueba clara de esto es que el mismo día de archivar la reforma a la salud, el Congreso negó el archivo de la reforma pensional. La primera siempre ha sido la que suscita más oposición, y el gobierno tiene la posibilidad de llegar a una mayoría al menos para la segunda aun si el tiempo aprieta. La laboral puede resultar más complicada, pero tiene más tiempo. Además, el gobierno tiene la ventaja de estar en el trámite de la ley de educación que no suscita mayor oposición.

Independientemente de la controversia sobre las responsabilidades de unos u otros,  la crisis inminente del sistema de salud de la que nadie saldrá bien librado podría resultar en un escenario favorable para recomponer relaciones. Es un momento crítico cuando todos tienen que apostarle a la sensatez.

Todos coinciden en que se necesita en forma urgente una reforma a la salud. Afortunadamente, el debate de más de un año dejó ganancias a pesar del desgaste. Hay puntos de consenso y hay más ilustración de la opinión pública sobre este complejo tema. El Congreso tiene el deber de recoger lo acumulado para aprobar con rapidez un nuevo proyecto. Varios congresistas claves que se opusieron al proyecto del gobierno manifestaron su disposición a hacerlo e incluso para retomar puntos del proyecto del gobierno en diálogo con él.

En política es frecuente que las soluciones que parecían imposibles surjan en el momento de mayor bloqueo. Hay que esperar que esta sea una de esas situaciones.

Puede Leer: La aplanadora fallida de Petro en el Congreso: de la diversidad a la dispersión

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Yann Basset

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Yann Basset

*Director del Grupo de Estudios de la Democracia (DEMOS UR) de la Facultad de Estudios Internacionales, Políticos y Urbanos de la Universidad del Rosario.

Foto: Registraduría

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La proliferación de partidos y coaliciones hace difícil entender el escenario político. Pero hay patrones y hay señales elocuentes sobre lo que pasará en octubre y sobre lo que esto implica.

Yann Basset*

Dos miradas engañosas 

En un artículo reciente en Razón Publica advertí la dificultad para leer la política en un contexto de informalización acelerada de la oferta electoral debida a la proliferación de partidos y al desorden al hacer las coaliciones.

Esto hace que las miradas se dirijan apenas a las grandes ciudades, cuando no a Bogotá exclusivamente.

La otra solución fácil es leer las elecciones territoriales a partir de la política nacional, lo cual da una visión equivocada de lo que está en juego en los 1100 municipios y 32 departamentos. Aunque existe una influencia recíproca entre el ámbito territorial y el nacional, lo que está en juego no es lo mismo, y los actores tampoco son los mismos.

Le recomendamos: Las elecciones de 2023: no sabremos cómo les fue a los partidos

Para entender en medio del desorden

Para tener una imagen general de las fuerzas que se enfrentarán (o jugarán aliadas) en las selecciones del 29 de octubre, propongo este panorama que no hubiera podido   construir sin el trabajo colectivo de nuestros estudiantes y jóvenes investigadores del observatorio DEMOS.

Para esto, hemos contado las candidaturas inscritas para los ejecutivos territoriales (gobernadores y alcaldes) para todos los partidos, diferenciando las candidaturas únicas y las coaliciones.

A pesar de la multiplicación de las candidaturas en coalición, las partidarias puras siguen siendo la gran mayoría. Casi dos tercios de los candidatos a ocupar la cabeza de un gobierno municipal o departamental lo harán por un partido, y apenas 3% lo harán por un grupo significativo de ciudadanos (GSC), es decir, por firmas.

Así, si el terreno local es difícil para la izquierda, que parte de más lejos, no deja de tener las ambiciones de despegar a pesar de la popularidad menguante del presidente.

Esto es un primer resultado de la multiplicación de los partidos: hoy, ya no es necesario reunir firmas. Cualquiera puede encontrar fácilmente un partido que avale su candidatura, y el uso de los GSC se limita a candidaturas a la gobernación o a la alcaldía de grandes ciudades, donde es rentable iniciar la campaña antes del tiempo vía la recolección de firmas posando de “independiente” y disimulando los apoyos políticos.

¿Quién ganó en 2019?

Hace 4 años, los partidos tradicionales (Conservador y Liberal) y sus avatares (la U y Cambio Radical) dominaron claramente el panorama. Los cuatro tienen presencia en más de 300 ejecutivos territoriales cada uno.

Si Cambio Radical ocupa el primer puesto, es sobre todo porque hizo más coaliciones. El Partido Conservador ocupa el segundo puesto, pero el primero en cuanto a alcaldes propios, seguido muy de cerca por el Partido Liberal que tiene más gobernaciones propias.

Lista de siglas

ADA Alianza Democrática Amplia
AICO Autoridades Indígenas de Colombia
ASI Alianza Social Independiente
AV Alianza Verde
CD Centro Democrático
CH Colombia Humana
CJL Colombia Justa Libres
COMUNES Comunes
CR Cambio Radical
CRE Creemos
DyC Dignidad y Compromiso
EM En Marcha
FC Fuerza Ciudadana
GM Gente en movimiento
IND Independientes
LIGA Liga de gobernantes anticorrupción
MAIS Movimiento Alternativo Indígena y Social
MIRA MIRA
MSN Movimiento de Salvación Nacional
NFD Nueva Fuerza Demócrata
NL Nuevo Liberalismo
PC Partido conservador
PCC Partido Comunista
PCR Partido Colombia Renaciente
PDA Polo Democrático Alternativo
PDC Partido Demócrata Colombiano
PEC Partido Ecologista Colombiano
PED Esperanza Democrática
PFP Partido Fuerza de la paz
PL Partido Liberal
PTC Partido del trabajo de Colombia
PU Partido de la U
TSC Todos Somos Colombia
UP Unión Patriótica
VO Verde Oxígeno

Lejos detrás de los cuatro grandes encontramos al Centro Democrático, que aprovechaba su victoria en el ámbito nacional en 2018 para reforzar sus bases locales, pero quedaba lejos de los tradicionales, con una presencia en poco menos de 200 ejecutivos locales. La Alianza Verde y la Alianza Social Independiente completaban el panorama como jugadores intermedios, acercándose a una presencia en 150 ejecutivos locales.

La izquierda estaba más bien ausente del panorama, con un Polo Democrático presente en apenas 16 ejecutivos territoriales y la Colombia Humana en 9. Sin embargo, Bogotá es uno de los 16 del Polo ya que fue socio de la candidatura de Claudia López.

De los actuales socios del Pacto Histórico, el Movimiento Alternativo Indígena y Social (MAIS) es el único con algunos antecedentes importantes, pues tiene presencia en 81 ejecutivos territoriales, aunque al precio de muchas alianzas con partidos tradicionales.

Para completar el panorama, notemos que algunas de las principales ciudades, a diferencia del resto del territorio, suelen dar la espalada a los tradicionales y por eso eligieron figuras “alternativas” en Medellín, Cartagena y Bucaramanga, a través de grupos significativos de ciudadanos; en Cúcuta y Manizales, con la Alianza Verde; y en Bogotá y Cali con coaliciones alrededor de ese partido.

Esto es posiblemente el resultado más recordado, pero que no deja de ser la excepción que confirma la regla de la dominación de los tradicionales en lo local.

Las apuestas para 2023

Una vez descrito el escenario saliente, miremos las candidaturas inscritas para las elecciones del próximo 29 de octubre.

La primera observación es que, obviamente, el número de contendores explotó con el número de partidos.

La segunda es que los tradicionales siguen siendo los grandes apostadores. El Partido Liberal avala o co-avala más de 800 candidatos a alcalde y gobernador, seguido por la U y el Conservador con más de 700. Cambio Radical queda un poco relegado con poco más de 600, nuevamente con más propensión a hacer coaliciones que sus rivales tradicionales. Esto puede anunciar un retroceso análogo al que pudimos observar para este partido en las legislativas.

Hace 4 años, los partidos tradicionales (Conservador y Liberal) y sus avatares (la U y Cambio Radical) dominaron claramente el panorama.

Foto: Facebook: Carlos Fernando Galán - El Nuevo Liberalismo tiene la mayor apuesta entre los nuevos partidos, pues en Bogotá su candidatura es la favorita y tiene varios candidatos, la mayoría propios.
Detrás, encontramos de nuevo la Alianza Verde y Alianza Social Independiente que tienen entre 500 y 600 candidatos. Esto representa una distancia menor con respecto a los tradicionales que la que existe entre el número de electos que tienen actualmente. Así estas dos formaciones tratan de alcanzar el “club” de los jugadores grandes en estas elecciones.

Un poco más lejos, como jugadores intermediarios que avalan más de 300 candidatos, aparecen la Colombia Humana, Centro Democrático, y Nuevo Liberalismo, con trayectorias muy distintas.

Para la Colombia Humana, el partido fundado por Gustavo Petro que constituye el corazón de las coaliciones de denominación “Pacto Histórico”, se trata de transformar la victoria de la izquierda de 2022 en unas bases locales de las que carece.

Para cumplir su objetivo, este partido no duda en avalar también candidaturas propias que constituyen de hecho la mayoría de sus avales. Así, si el terreno local es difícil para la izquierda, que parte de más lejos, no deja de tener las ambiciones de despegar a pesar de la popularidad menguante del presidente.

Para el Centro Democrático, la trayectoria es inversa. Después de su derrota en la escena nacional, el partido del expresidente Uribe parece apostar a una estrategia defensiva, concentrándose en sus bastiones y aceptando coaliciones.

Finalmente, el Nuevo Liberalismo es la formación que apuesta más duro entre los nuevos entrantes, no sólo porque ha logrado posicionar una candidatura que aparece como la favorita en Bogotá, sino porque trata de posicionarse con muchos candidatos, la mayoría propios.

De hecho, si los nuevos partidos recién acreditados avalan menos candidaturas que los tradicionales, tienen tendencia a avalar más candidaturas propias que en coalición proporcionalmente, siguiendo el ejemplo del Nuevo Liberalismo.

Esto se puede explicar por su voluntad de posicionarse, o por la dificultad a encontrar socios de coaliciones como nuevos entrantes en el juego. Entre los que presentan pocas candidaturas, pero más de la mitad de ellas sin coalición, se pueden citar también los siguientes:

  • El Movimiento de Salvación Nacional;
  • Dignidad y Compromiso;
  • Independientes (el partido de Daniel Quintero);
  • el Partido Ecologista Colombiano, un partido de origen afrocolombiano que tiene la particularidad de avalar más candidaturas propias a gobernadores, incluso por encima de los tradicionales;
  • Nueva Fuerza Democrática (el partido de Andrés Pastrana);
  • Fuerza Ciudadana (el partido de Carlos Caicedo);
  • Verde Oxígeno (el partido de Ingrid Betancourt), y
  • la Liga de los Gobernantes Anticorrupción de Rodolfo Hernández.

Finalmente, más allá de la Colombia Humana, las candidaturas de la izquierda se traducen en una apuesta original de coalición recurrente a lo largo de todo el territorio bajo la denominación de “Pacto Histórico”.

Estas coaliciones agrupan algunos (pero casi nunca todos) los partidos Colombia Humana, MAIS, Polo Democrático Alternativo, Unión Patriótica, Todos Somos Colombia, Comunes, Partido Esperanza y Democracia, Partido Comunista Colombiano y Partido de los Trabajadores Colombiano. Menos frecuentemente, aparecen ahí Independientes, Fuerza Ciudadana, y Fuerza de la Paz (el partido de Roy Barreras).

La frecuencia de este tipo de coaliciones explica que estas nuevas formaciones, contrariamente a las otras, tengan mayor propensión a hacer coalición, pero casi siempre entre ellas.

El hecho de que la etiqueta “Pacto Histórico” sea en realidad coaliciones “a geometría variable” entre estos partidos, a veces con alguna candidatura avalada por uno de estos socios por fuera del “pacto” muestra la dificultad de mantener unida la izquierda a pesar de la presión que representa el hecho de ser por primera vez el oficialismo nacional.

Muestra también que la multiplicación de los partidos con personería y la informalidad, lejos de ser una ventaja para las fuerzas alternativas, complica notablemente sus posibilidades de presentar candidatos únicos con posibilidad de ganar.

Puede leer: ¿Qué pasó con las listas del Pacto Histórico?

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Yann Basset

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Yann Basset

*Director del Grupo de Estudios de la Democracia (DEMOS UR) de la Facultad de Estudios Internacionales, Políticos y Urbanos de la Universidad del Rosario.

Foto: Facebook: Canal Congreso

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El primer año del Congreso termina mal para el gobierno: sin mayoría y con las reformas estancadas. La ruptura de la coalición deja maniatado al presidente; ¿qué pasará en los años restantes del gobierno?

Yann Basset*

Un comienzo exitoso

Aunque Gustavo Petro no tuvo éxito en la búsqueda de apoyo de los partidos tradicionales durante la campaña —en particular la del partido Liberal—, no tuvo mayores dificultades para organizar una amplia coalición legislativa después de la victoria.

Sorprendentemente, el partido Conservador, el Liberal y el de la U se sumaron para formar una coalición con el Pacto Histórico y la Alianza Verde que podía ostentar amplias mayorías en las dos cámaras. Esto permitió que el gobierno arrancara rápidamente con la presentación de su agenda.

Petro tenía el impulso de la opinión pública en favor del nuevo presidente y organizó un equipo que balanceaba figuras nuevas y veteranas, gente de izquierda y moderadas, representantes de los partidos y activistas, hombres y mujeres.

El Pacto Histórico trató de asegurar su posición en el Congreso, quiso obtener de sus aliados las presidencias de ambas cámaras —y la del Senado fue para el experimentado Roy Barreras—.

La alianza de los reformistas de izquierda y de los tradicionales se montó a la carrera sobre muchas ambigüedades más que sobre un acuerdo de fondo

De esta manera, todos los astros parecían alineados para encarrilar la ambiciosa agenda reformista del gobierno. Los primeros resultados no tardaron: la adopción de una reforma tributaria que debía darle el apalancamiento financiero para su programa, la ley de paz total con herramientas para negociar con grupos armados, y el Plan Nacional de Desarrollo (PND) que, a pesar de ser un proceso laborioso de concertación con la sociedad civil en el que insistió mucho el presidente, no encontró mayores obstáculos en el Congreso hasta la aprobación final en mayo.
Foto: Facebook: Ministerio de Salud - La reforma a la salud reveló la fragilidad de la coalición de gobierno; nunca fue una “aplanadora” como se quería hacer ver.

Le recomendamos: Petro y el Congreso: ¿qué va a pasar con el gobierno del cambio en la arena legislativa?

Se rompe la coalición

Alentado por este contexto favorable, el presidente puso en el centro de la agenda las tres grandes reformas sociales que presentó como el corazón de la propuesta de cambio: la laboral, la pensional y la de la salud.

Se decidió a tramitar primero la reforma de la salud considerando que ella despertaba las mayores resistencias, y tratando de aprovechar el impulso inicial que la coalición tenía en el Congreso. Pero esta apuesta arriesgada acabó siendo la manzana de discordia que reveló la fragilidad e inconsistencia de la coalición constituida por Petro.

La reforma de la salud se radicó en febrero de este año pero desde mucho antes había suscitado controversias en el seno de la coalición y del propio gobierno.

Los partidos Conservador, Liberal y de la U expresaron reiteradamente reparos y amenazas de no votar el texto. La ministra Carolina Corcho fue confrontada por los colegas liberales del gobierno, encabezados por el ministro de educación Alejandro Gaviria. Las críticas que recibió el proyecto desde organizaciones del sector frenaron su radicación durante semanas.

Finalmente, el conflicto se saldó con la salida de Gaviria al final de febrero y, dos meses después, por un cambio drástico de la composición del gobierno que marcó el quiebre de la coalición. Salieron tanto los ministros “moderados” Alfonso Prada, José Antonio Ocampo y Cecilia López como Carolina Corcho, pero también los representantes de los partidos de la coalición Guillermo Reyes y Sandra Urrutia.

Consecuentemente, el partido Conservador y el partido de la U cambiaron oficialmente su posición de oficialistas a independientes, mientras que Cambio Radical pasó de independiente a opositor.

Con estos movimientos, el gobierno perdió oficialmente la coalición mayoritaria en el Congreso, quedando solamente con el Pacto Histórico y la Alianza Verde. El partido Liberal quedó dividido, en medio de presiones encontradas y sin poder constituir un apoyo seguro para el gobierno.

Una coalición muy frágil

De este modo, la reforma de la salud reveló el carácter frágil e instrumental de la coalición que acompañó a Gustavo Petro en sus primeros meses de gobierno, que nunca fue la “aplanadora” que algunos querían ver.

La alianza de los reformistas de izquierda y de los tradicionales se montó a la carrera sobre muchas ambigüedades más que sobre un acuerdo de fondo:

  • Para el gobierno, se trató de obtener apoyos al programa del presidente a cambio de participación en carteras “técnicas”.
  • Para los partidos tradicionales, se trató de mantener las cuotas de participación burocrática sin mayores compromisos con la agenda de reforma.

Este tipo de pacto que solía funcionar —a su manera— con los gobiernos pasados era en extremo difícil de operar con un presidente decidido a promover cambios drásticos que no coincidían con los intereses de los partidos o sectores cercanos a ellos.

Los límites de la coalición se vieron claramente con el hundimiento de la reforma política que tocaba el corazón de los intereses de los políticos. Si las diferencias de criterios podían vislumbrarse en un tema como este, que el presidente no consideraba como prioritario, iba a ser inaceptable cuando llegaran las tres reformas que el gobierno puso en el corazón de la agenda.

La segunda etapa

El gabinete fue reconfigurado sorbre la base de sectores de izquierda más cercanos al proyecto de Gustavo Petro —varios de los nuevos ministros lo acompañaron en la alcaldía en Bogotá—. La nueva composición resultó más coherente, con un espectro político mucho más reducido.

Además, la imagen del presidente empezó a deteriorarse por distintos escándalos y por su estilo confrontativo. El nuevo ministro del interior, el liberal disidente Luis Fernando Velasco, no logró ofrecer una solución de recambio a la falta de coalición mayoritaria, aunque trató de negociar con sectores disidentes del liberalismo o de la U y de convencer a congresistas caso por caso para apoyar los proyectos.

El resultado previsible fue un estancamiento de la agenda del gobierno, que contrasta con los buenos resultados que se auguraban al final de la sesión pasada: la reforma laboral se hundió sin haber sido votada a tiempo, y las reformas pensional y de la salud pasaron in extremis y muy laboriosamente los primeros debates, con pronósticos poco alentadores para la próxima legislatura.

Las experiencias de gobiernos que trataron de funcionar sin los partidos o contra ellos no han sido exitosas, empezando con la más reciente de Iván Duque al principio de su mandato.

Para completar el panorama, Roy Barreras tuvo que dar un paso al costado después de la inhabilitación por doble militancia, lo que dejó al Pacto Histórico en manos menos experimentadas.

Un panorama poco promisorio

¿Cuáles son las posibilidades del gobierno de volver a encontrar gobernabilidad sin coalición? En principio, pocas.

Las experiencias de gobiernos que trataron de funcionar sin los partidos o contra ellos no han sido exitosas, empezando con la más reciente de Iván Duque al principio de su mandato. Y esto es aún más difícil si tomamos en cuenta las ambiciones reformistas del gobierno.

También es un método costoso frente a la opinión pública, que siempre mira con sospecha los apoyos oportunistas de congresistas individuales a los proyectos del gobierno.

Sobre todo, los partidos parecen decididos a resistir las tentativas del gobierno de romper las bancadas, lo cual constituye un cambio de actitud notorio. Las estadísticas muestran que los partidos tradicionales se acomodan con facilidad y dejan márgenes de autonomía a los grandes congresistas. Pero en esta oportunidad, esos partidos empiezan a dar la señal de aplicar la ley de bancadas para sancionar a los disidentes. Por ejemplo,

  • El partido Liberal amenazó con sanciones a la representante María Eugenia Lopera por votar positivamente la reforma de la salud en comisión
  • El partido Conservador suspendió por tres meses al representante Jorge Quevedo por firmar la reforma laboral. También retiró los avales de los candidatos en el departamento del Guaviare, mostrando que la apuesta por la disciplina de partido iba en serio.
  • Mientras los tradicionales tratan de cohesionarse contra de los proyectos del gobierno, los aliados verdes muestran divisiones cada vez más visibles, con varios congresistas que empiezan a oponerse públicamente a la reforma de la salud.

Con todo eso, las cuentas del gobierno parecen imposibles de cuadrar.

En este contexto, las elecciones locales van a ser un momento intenso de pulso político. Aunque los ámbitos locales conservan lógicas propias que no pueden leerse tan fácilmente en términos nacionales.

Por otro lado, los que quieren ver en las elecciones de octubre un plebiscito a favor o en contra de Petro se equivocan de escenario. En cambio, la campaña muestra desde ya, a través del proceso de designación de los candidatos, una pelea entre partidarios y adversarios del gobierno dentro de los partidos tradicionales. Ahora es claro que el gobierno tiene todas las de perder.

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Puede leer: Hace un año que Petro ganó las elecciones: ¿en qué estamos?

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Yann Basset

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Yann Basset

*Director del Grupo de Estudios de la Democracia (DEMOS UR) de la Facultad de Estudios Internacionales, Políticos y Urbanos de la Universidad del Rosario.

Foto: Facebook: Partido Liberal

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Las próximas elecciones dependerán de factores locales de cada ciudad o región, pero tanto el Pacto Histórico como el Centro Democrático sufrirán las consecuencias del caos en el sistema de partidos.

Yann Basset*

Una reforma inconclusa

La reforma política de 2003 dio comienzo a un proceso de racionalización del sistema de partidos, impulsado por una serie de normas que a partir de mediados de la década pasada nos llevaron a un multipartidismo relativamente bien definido sobre las cenizas del viejo bipartidismo liberal-conservador.

Las reformas políticas de 2003 y 2009, así como las leyes 974 de 2005 y 1475 de 2011 cimentaron un sistema de incentivos para formalizar la política en los partidos. Se trataba de agrupar a los representantes en un número limitado de organizaciones identificables por los electores para facilitar el control político, asegurar una acción colectiva entre los representantes en los cuerpos de elección popular, y castigar el transfuguismo.

La contrarreforma no obedece a un proyecto político específico, sino a una vuelta al atavismo y la inercia de un juego donde prima la informalidad. En este contexto, los políticos han encontrado múltiples maneras de saltar los umbrales y las reglas que pretendían obligarlos a concertarse en organizaciones que superaran los proyectos personales o los encaminaran hacia lógicas colectivas.

Una consecuencia interesante de este ciclo de reformas fue la reconstrucción del nexo entre la política local y la nacional, que se habían desconectado en el contexto anterior. El escenario local podía acoplarse a la política nacional o, al contrario, servir de contrapeso en el panorama de fuerzas políticas, como ocurrió con Bogotá durante la época de hegemonía del uribismo.

Lea en Razón Pública: Reforma Política: segundo tiempo

La contrarreforma en marcha

Pero a partir de 2015 se ha producido una contrarreforma marcada por la introducción de las coaliciones para organismos de elección popular. Las nuevas normas han permitido el reconocimiento de personerías jurídicas a un número creciente de organizaciones y han impedido varias tentativas de reformas para continuar el proceso de racionalización del sistema de partidos.

La contrarreforma no obedece a un proyecto político específico, sino a una vuelta al atavismo y la inercia de un juego donde prima la informalidad. En este contexto, los políticos han encontrado múltiples maneras de saltar los umbrales y las reglas que pretendían obligarlos a concertarse en organizaciones que superaran los proyectos personales o los encaminaran hacia lógicas colectivas.

Se debilitaron las consultas para elegir candidatos, los movimientos “por firmas” aumentaron aceleradamente, y las coaliciones más exóticas y cambiantes debilitaron la articulación política entre lo nacional y lo local, reapareciendo en una gran cantidad de micro-partidos que no son mucho más que proyectos personales.

Hay que decir que la propuesta de reforma política del gobierno Petro no incluye disposiciones para avanzar en la urgente reglamentación de la figura de la coalición, ni en el sistema de adquisición progresiva de derechos que permitiría frenar la proliferación de partidos.

El caos en aumento

El ámbito local es, sin duda, el que más se ve afectado por esta re-informalización. Por tanto, lo que está en juego en las elecciones locales de 2023 no es si gana tal o cual partido, sino si se podrá tener alguna lectura coherente de los resultados o si estamos condenados a analizar 1133 escenarios locales incomparables, porque se trata de meros candidatos individuales y no de representación de fuerzas políticas.

Hoy tenemos 28 partidos reconocidos por el Consejo Nacional Electoral para competir en las elecciones locales, de los cuales 12 no existían hace cuatro años. Y eso es apenas una cifra provisional ya que otras varias personerías jurídicas están en trámite. Bajo estas circunstancias los candidatos pueden ser avalados por cualquiera de las 28 organizaciones, o cualquier combinación de ellas, si se da una coalición.

Además, existe la posibilidad de que ser avalado por firmas, que es una forma muy útil de anticipar campaña. Y quienes lo hagan tendrán la posibilidad de recibir avales partidarios posteriores. Pero este aval parece ir en contravía de la norma, porque la candidatura por firmas surge, supuestamente, de la necesidad de permitir candidaturas ciudadanas alejadas de la figura de los partidos.

Este punto de partida es un pasaporte para el caos. En las pasadas elecciones locales, desde el observatorio DEMOS, logramos mostrar que, a pesar de las coaliciones y la proliferación de etiquetas de todo tipo, tanto la oferta política como las declaraciones políticas de oficialismo, independencia u oposición a los gobiernos locales mantuvieron cierta lógica política.

Los partidos aliados en el plano nacional tendían a aliarse más frecuentemente en el plano local, y las declaraciones de oficialismo, independencia u oposición con respecto al gobierno local tendían a conservar cierta correspondencia con las que asumían los partidos a nivel nacional. Es decir que detrás del aparente desorden de las etiquetas, el acervo de racionalización del sistema de partidos no se perdió del todo.

Ahora, con la proliferación de nuevas organizaciones y con una coalición nacional de gobierno de una heterogeneidad inédita, que asocia una coalición electoral de izquierda, otra de centro izquierda y partidos tradicionales, las situaciones locales se verán a todas luces muy confusas, y las lecturas nacionales atrevidas.

Todos los partidos se declararán vencedores y cada uno tendrá alguna razón medianamente creíble para decirlo.

Descifrando el caos

Con todas estas advertencias, trataré al menos de evaluar la apuesta de cada sector político:

-La izquierda, que llegó por primera vez al gobierno nacional, aspira a capitalizar este éxito en las elecciones locales.  Pero este no es un buen escenario porque que carece de figuras con arraigo local; desde luego, si el gobierno en general y el presidente, en particular, logran mantener un buen nivel de popularidad en octubre, podrán tratar de endosarlo a candidatos de su cuerda. Aunque la informalidad no facilita el proceso.

No es obvio que la coalición del Pacto Histórico se pueda reeditar en todos los municipios o departamentos. En las grandes ciudades, donde la izquierda tuvo un buen respaldo en las elecciones nacionales, la ausencia de líderes naturales puede dividir las fuerzas progresistas. Fuera de las ciudades, en regiones donde el Pacto tuvo buenos resultados, tendrá que enfrentarse probablemente a candidatos de los partidos tradicionales que son sus aliados en la coalición nacional, o tomar el riesgo de apoyarlos y perder visibilidad.

Foto: Facebook: Pacto Histórico - El escenario para la izquierda en las próximas elecciones no parecer ser favorable porque no tiene figuras con arraigo local; probablemente se enfrentará con candidatos de los partidos tradicionales.

El ámbito local es, sin duda, el que más se ve afectado por esta re-informalización. Por tanto, lo que está en juego en las elecciones locales de 2023 no es si gana tal o cual partido, sino si se podrá tener alguna lectura coherente de los resultados o si estamos condenados a analizar 1133 escenarios locales incomparables, porque se trata de meros candidatos individuales y no de representación de fuerzas políticas.

Todo eso puede diluir las esperanzas de la izquierda de hacer irrupción en los escenarios locales con la misma fuerza que en lo nacional.

-Para la derecha de Centro Democrático el escenario tampoco es fácil. Se trata ahí de volver al ruedo después de las derrotas del año pasado, presentándose como la fuerza aglutinadora de la oposición; es de hecho el único partido grande que se haya declarado como tal.

Pero el ámbito local tampoco es favorable para el Centro Democrático. Nunca ha sido tan fuerte en las grandes ciudades como para ganar alcaldías por sí solo y, si tiene arraigo local en varias regiones del centro del país, encontrará también un obstáculo en la informalidad que puede diluir las fuerzas de derecha o dividirlas.

Aunque puede tratar de aprovechar el escenario para romper la impresión de aislamiento que dio la formación de la coalición entre los partidos tradicionales y la izquierda a nivel nacional.

En este contexto, el “centro” tiene muchas posibilidades de ganar en las capitales, pero recubre un espectro tan amplio que no designa un sector muy fácil de delimitar.

Finalmente, fuera de las grandes ciudades, los partidos tradicionales pueden aspirar a sacar réditos, ya que siempre supieron acomodarse a la informalidad con políticas de avales y coaliciones amplias y pragmáticas.

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Yann Basset

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Yann Basset

*Director del Grupo de Estudios de la Democracia (DEMOS UR) de la Facultad de Estudios Internacionales, Políticos y Urbanos de la Universidad del Rosario.

Foto: Facebook: Ministerio del Interior

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El gobierno propone hacer obligatorias las listas cerradas, pero esto puede fomentar el caudillismo o el autoritarismo dentro de los partidos. ¿Cómo logar que una lista cerrada también seas democrática?

Yann Basset*

Ventajas y riesgos de las listas cerradas

La mayoría de los congresistas en Colombia fueron elegidos por el sistema de “voto preferente”, o donde el elector puede escoger un nombre dentro de una lista y hacer    que cada candidato dependa de sus propios votos. El sistema contrario se llama de “lista cerrada”, o donde el elector vota por un partido y los primeros en la lista son los primeros en ser elegidos.

Hoy vuelve a renacer la propuesta de que las listas cerradas sean obligatorias para todos los partidos. Las virtudes de esta reforma parecen indudables: Las listas cerradas permiten la paridad de género, ayudan a combatir el clientelismo y la compra de votos, y facilitan el control de la autoridad electoral sobre el financiamiento de campañas.

Razones menos discutidas, pero igual de importantes, son que la lista cerrada simplifica considerablemente el proceso electoral y evita la confusión que supone el voto preferente para el ciudadano que marca el tarjetón.

Sin embargo, la lista cerrada sigue suscitando grandes resistencias entre la mayoría de los políticos y parte de la ciudadanía por el temor al llamado “bolígrafo”. Con la lista cerrada existe el peligro de que el jefe de bancada arme una lista para consolidar su poder, premiando a los fieles y castigando a los críticos.

Pero esta idea es un mito propagado por los políticos con el deseo de conservar su propia independencia y su poder dentro del partido – y aunque no está muy claro que esta independencia implique un mejor vínculo entre representantes y representados-. Por otro lado, las agrupaciones políticas son muy poco transparentes en sus criterios o procedimientos para avalar candidatos.

Entre el dedazo y la consulta

Por todo lo anterior es preciso pensar en cómo organizar las listas cerradas.

Cabe decir que el proyecto del gobierno Petro estipula que las bancadas tendrán que conformar las listas mediante un “proceso democrático”. Pero esta frase no ayuda mucho, no es una propuesta nueva, ni clara y tiene muchos vacíos.

El rechazo a las listas cerradas se ha interpretado como la necesidad de organizar consultas abiertas, para confiarle la decisión a la ciudadanía y no al “bolígrafo”. Pero la consulta popular es cada vez más criticada por el elevado costo y la poca participación ciudadana, exceptuando los casos done la consulta es simultánea con una elección ordinaria.

Las listas cerradas tienen varias virtudes. Por ejemplo, el Centro Democrático creado alrededor de la figura de Álvaro Uribe, presentó listas cerradas que permitieron la aparición de nuevas personalidades en la escena política, quienes cumplieron cabalmente con el propósito de defender el ideario uribista para la satisfacción de sus electores.

Esto muestra que cuando una bancada representa un proyecto bien definido o tiene un líder muy popular, el hecho de elegir autoritariamente una lista de fieles puede cumplir con la voluntad ciudadana con mayor eficacia que una consulta. Claro, no se puede considerar eso como un proceso democrático dentro de la agrupación política, pero no deja de ser eficaz desde el punto de vista de la democracia representativa en general.

Por lo demás, las virtudes que acostumbramos a reconocer de las consultas bien pueden ser exageradas, en especial cuando se las compara con una lista cerrada. Si un grupo político decide organizar una consulta para armar su lista plenaria e inscribe a los candidatos en el orden de votos obtenidos, lo más factible es que el resultado sea un sancocho indigesto.

Desde luego, los candidatos tendrán una buena razón para acatar los resultados de un proceso en apariencia legítimo, pero los electores no necesariamente se reconocerán en una lista que pega nombres con proyectos y orientaciones quizás muy distintos, cuando no contradictorios.

El riesgo de las consultas es llegar a desdibujar por completo la identidad de la agrupación política, o al menos de la lista, bajo el peso de los individuos. Por ello, una lista cerrada debe ser más que una suma de individuos para que sea exitosa, a diferencia de una lista abierta.

Listas Cerradas y Democráticas

El programa prima ante las personas

Es momento de explorar alternativas al dedazo y a las consultas. Esto sin pretender imponer un modelo único o excluir la consulta, que al menos cumple con la condición de ser un proceso democrático.

¿Cómo podríamos crear listas cerradas a través de procesos democráticos dentro de las agrupaciones políticas y, al mismo tiempo, minimizar el riesgo de perder de vista el proyecto colectivo?

Parte del problema de la consulta para formar una lista cerrada es que obvia una etapa fundamental: la lista cerrada obliga a una acción colectiva que tiene que guiarse en función de unos objetivos previamente definidos. Se va a elegir una bancada que tendrá que actuar concertadamente y declararse en conjunto como oficialista, independiente o de oposición con respecto del futuro gobierno.

Por supuesto, si elegimos cien personas con discursos distintos y sin un mecanismo para coordinarse, la tarea no es para nada fácil. Por esto se necesita un programa previo. Entendámonos. No quiero caer en la idolatría hacia el programa que nuestra cultura política acordó con la medida del “voto programático” vinculante para los candidatos elegidos.

Los mandatos no son imperativos en los regímenes modernos. Los políticos no gobiernan solos y tienen que negociar parte de sus programas después de la elección. Es decir, los tienen que adaptar a circunstancias y coyunturas que cambian constantemente. El programa es un buen instrumento de coordinación entre políticos aliados, sobre todo si participan todos en su elaboración y lo elaboran con una visión ideológica más amplia.

Por tanto, antes de determinar el “quién” es importante determinar el “qué”. Todos los aspirantes a candidatos por la bancada política deben participar en consolidar el proyecto a través de un proceso deliberativo. Al final, si se hace correctamente, el proceso deliberativo hará emerger un proyecto consensuado que será más que la adición de los intereses y temas defendidos por cada precandidato.

Y si el proceso se hace de manera abierta y pública, podrá llamar la atención de la ciudadanía, un buen punto de partida para la futura campaña.

Del qué al quién

Una vez elaborado el programa vendrá el tiempo del voto para seleccionar los candidatos en la lista, pero los candidatos deben comprometerse públicamente a defender el programa si quieren participar en el proceso. Así como de actuar en bancada junto con sus compañeros de lista en caso de salir electos.

Eso es un compromiso mínimo que no desestima las particularidades personales, pero es fundamental y necesario para pensar en una futura acción política conjunta, de bancada. Es más, el proceso de selección de los candidatos podría desarrollarse bajo una serie de entrevistas públicas de los precandidatos que deben convencer de su compromiso y habilidad para defender los objetivos elaborados colectivamente.

Para que sea democrático el proceso de selección tiene que incorporar el voto, ya sea que involucre a todos los militantes de la agrupación política o a todos los ciudadanos con deseo de participar.

Si el proceso se hace mediante una elección directa, será entonces una consulta cerrada; es decir, los militantes tendrán el control electoral. Si llega a ser abierta, todos los ciudadanos podrán hacerlo.

No obstante, el proceso puede ser indirecto. Los ciudadanos o militantes pueden elegir un cuerpo encargado de seleccionar los candidatos. Es el modelo de la convención partidaria de las bancadas estadounidenses, por ejemplo. Dicho cuerpo puede ser un órgano ordinario de la agrupación política, siempre que hubiese sido electo por los militantes.

Así, los procesos democráticos internos para conformar las listas cerradas del grupo político pueden tomar muchas formas en función de los objetivos que tengan. Pero siempre deben involucrar el voto y una etapa donde todos los militantes intervengan.

Finalmente, conviene pensar atentamente los objetivos. Es una lástima limitarse a pensar solo en una forma de tranquilizar los temores de los políticos frente a los dirigentes. Debemos pensar más allá, de una forma más creativa, usando las nuevas tecnologías para así formar un vínculo más cercano entre representantes y representados.

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Yann Basset

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Yann Basset

*Director del Grupo de Estudios de la Democracia (DEMOS UR) de la Facultad de Estudios Internacionales, Políticos y Urbanos de la Universidad del Rosario.

Foto: Facebook: Gustavo Petro

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Petro logró mayoría parlamentaria e integró un gabinete que al mismo es de izquierda, tranquiliza a los empresarios y da campo a los socios del Congreso. Pero también tiene una agenda ambiciosa y poco tiempo para mostrar resultados.

Yann Basset*

Sumando aliados en el Congreso

El gobierno de Gustavo Petro comienza con pie derecho.

El nuevo mandatario ha logrado desmentir por ahora los pronósticos sobre un Congreso donde no tendría el apoyo suficiente para sacar adelante sus proyectos.  Petro consiguió esta mayoría y además le añadió el componente pluralista que tranquiliza al país que no votó por él.

Petro sabía que necesitaba esta mayoría y que no podía gobernar con el apoyo apenas de la izquierda, por más de que el Pacto Histórico haya logrado resultados históricos.

Por eso durante la campaña buscó sin mucho éxito el apoyo del Partido Liberal.  César Gaviria le fue esquivo, y se fue detrás de Federico Gutiérrez. Pero lo que sembró durante la campaña los cosechó después de la elección, y el jefe liberal no tuvo otro camino que apoyar al ganador.

La coalición de la Esperanza hizo lo propio en su casi totalidad por la cercanía ideológica con el nuevo gobierno, lo mismo que el Partido de la U, consciente de que sus bases electorales están en regiones petristas. Más sorprendente, el Partido Conservador se sumó a pesar de la distancia que lo separa de la izquierda.

De esta manera, el nuevo gobierno se aseguró una coalición ampliamente mayoritaria en ambas cámaras, mientras que el Centro Democrático queda solo en la oposición junto con Cambio Radical, posiblemente, y la Coalición cristiana en la independencia.

Por supuesto, los cálculos no están ausentes detrás de esta llegada de las bancadas tradicionales a la coalición petrista. Cada cual espera obtener sus cuotas en la nueva administración.

Hay también una buena dosis de realismo o de fatalismo en ello. El nuevo mandatario ganó con buena parte de la clase política en contra y su victoria lo ha llevado a un nivel de popularidad que nunca había alcanzado en el pasado. Hay muchas expectativas de cambios y los tradicionales sienten que no se pueden quedar por fuera.

Un gabinete bien pensado

La segunda prueba de fuego para Petro consistió en organizar un gobierno que alcanzara simultáneamente varios propósitos difícilmente compatibles.

Por un lado, el de satisfacer las aspiraciones legítimas de la izquierda y, por otro, tranquilizar a los sectores empresariales y financieros preocupados por la llegada de esta misma izquierda y contentar a los nuevos socios de la coalición de gobierno.

En cuanto a lo primero, la composición del gobierno ofrece efectivamente una imagen de cambio con la llegada de varias figuras de izquierda con trayectorias de activismo social o gremial.

Es el caso de la ministra de Salud, Carolina Corcho, de la ministra de Ambiente, Susana Muhamad, de Minas, Irene Vélez, de Deportes, Isabel Urrutia, de Vivienda, Catalina Velasco, de Cultura, Patricia Ariza, o de la misma Francia Márquez que se encargará de un nuevo Ministerio de la Igualdad.

Esos temores se atenúan sobre todo porque las carteras más importantes son ocupadas por figuras veteranas, no tan asimiladas a la izquierda, y que tienen sólidas credenciales técnicas, como en el caso del equipo económico encabezado por José Antonio Ocampo.

Por otra parte, la jugada audaz y arriesgada de nombrar a Iván Velásquez, reconocido por su trayectoria en defensa de los derechos humanos en el ministerio de Defensa, señala claramente la ambición de reforma del nuevo gobierno en las Fuerzas Armadas que no le son afines.

Hay que señalar en particular el caso de Gloria Inés Ramírez, ministra de Trabajo, quien militó en el Partico Comunista y la Unión Patriótica y después en el Polo Democrático, lo que permite considerarla como la primera ministra comunista en la historia del país.

El compromiso con la paridad de género es igualmente una señal importante, aunque Iván Duque había empezado también con un gabinete paritario.

La tendencia de izquierda de todas estas figuras puede confirmar la preocupación de quienes ven en Petro a un radical, pero se atenúa por el hecho de que se trata, con pocas excepciones, de figuras nuevas o no tan conocidas.

Esos temores se atenúan sobre todo porque las carteras más importantes son ocupadas por figuras veteranas, no tan asimiladas a la izquierda, y que tienen sólidas credenciales técnicas, como en el caso del equipo económico encabezado por José Antonio Ocampo.

De este modo, Petro quiere tranquilizar a los sectores económicos y anunciar una reforma tributaria que propone mayores niveles de igualdad.

Los nombramientos de Álvaro Leyva como canciller, Alfonso Prada como ministro de Interior, Alejandro Gaviria como ministro de Educación o Cecilia López en el ministerio de Agricultura, todos muy reconocidos y cercanos a sectores más tradicionales que el grupo anterior, pueden ser vistos como garantía de moderación y experiencia en los principales ministerios.

Finalmente, están las cuotas de las bancadas políticas que son siempre impopulares pero necesarias para obtener los apoyos en el Congreso. La selección ha sido probablemente más difícil para Gustavo Petro, que se guardó el anuncio de estos nombres para el final.  Estos anuncios polémicos muestran la dificultad de encontrar nombres que satisfagan a las bancadas, por un lado, y a la opinión general, por otra.

Y en efecto, los dos ministros de este grupo fueron lo que levantaron más ampollas: Guillermo Reyes, acusado de plagio, ocupará la cartera de Transporte para el Partido Conservador, mientras que Mery Gutiérrez se encargará posiblemente de las Tecnologías de la Información y Comunicación para el Partido de la U.  Néstor Osuna, presentado por el Partido Liberal para la cartera de Justicia, es finalmente quien fue mejor recibido en su sector.

Es importante anotar que Petro no ha dado continuidad a las cuotas de los partidos que hacían parte de la coalición de gobierno anterior. Así, el Partido Conservador perdió su baluarte del ministerio de Agricultura y el Partido de la U, el ministerio del Trabajo.

Los grandes desafios de Petro
Foto: Alcaldía de Santiago de Cali - El Pacto Histórico y parte de la Coalición de la Esperanza están más convencidos, pero sus bancadas se componen en parte de primíparos y activistas que tendrán que aprender rápido.

Le recomendamos: Del empalme al gobierno: los problemas que le esperan a Petro

Una agenda abultada

El presidente empezó su mandato con la presentación de la reforma tributaria, indispensable para sanear las finanzas, pero también para costear las otras reformas que se intentará realizar.

Además, el mandatario anunció otras reformas que hacen parte de un programa sumamente ambicioso: reforma pensional, laboral, política, agraria y del sistema de salud.

Por otra parte, se proponen negociaciones de paz con el ELN, de sometimiento con el Clan del Golfo, extensión del acceso a la educación superior pública, traspaso de la policía al ministerio del Interior, moratoria sobre nuevas exploraciones de hidrocarburos y plan de protección de la selva amazónica.

Si este empalme ha sido reconocido por su seriedad, no ha permitido del todo ordenar las prioridades de las ambiciosas propuestas del nuevo gobierno. Cumplir estos propósitos supone un riesgo de desgaste y el riesgo de que no se consigan a cabalidad.

Se trata de una apuesta arriesgada que obliga al gobierno a arrancar a toda velocidad mientras tiene el apoyo de la opinión y del Congreso. Gustavo Petro tiene suficiente experiencia para saber que, después de su primer año, la situación será diferente.

Por eso ha puesto todas sus cartas sobre la mesa reclamando y obteniendo las presidencias de las dos cámaras para el Pacto Histórico en el primer año, con Roy Barreras en el Senado, y David Racero en la Cámara. La habilidad del primero, la frescura del segundo y la experiencia de Alfonso Prada en el ministerio del Interior pueden ayudar a Petro a ejecutar sus proyectos de forma rápida.

Sin embargo, su coalición no significa que tenga un cheque en blanco puesto que está compuesta de fuerzas políticas que, hace un par de meses, se movilizaban contra el programa reformista del candidato Petro.

El Pacto Histórico y parte de la Coalición de la Esperanza están más convencidos, pero sus bancadas se componen en parte de primíparos y activistas que tendrán que aprender rápido. De este modo, el nuevo gobierno tiene que prepararse para un primer año de muchos embates.

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Yann Basset

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Yann Basset

*Director del Grupo de Estudios de la Democracia (DEMOS UR) de la Facultad de Estudios Internacionales, Políticos y Urbanos de la Universidad del Rosario.

Foto: Facebook: Rodolfo Hernández https://www.facebook.com/photo.php?fbid=597387551745569&set=pb.100044229889375.-2207520000..&type=3

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El triunfo de Rodolfo Hernández en primera vuelta no es una sorpresa. ¿Qué nos espera si llega a ser elegido como presidente?

Yann Basset*

La independencia

Durante la campaña presidencial de 1998, Noemi Sanín se prestó a la prueba de la entrevista con Heriberto de la Calle, el personaje de lustrabotas del añorado Jaime Garzón.

Sanín se enalteció con una larga explicación sobre su “independencia” y el hecho de que llegaba sin acuerdos con los políticos y sin deberle nada a nadie, mientras Heriberto se esgrimía impúdicamente sobre su zapato derecho.

Después de un largo minuto de monólogo de la candidata, Garzón la interrumpió preguntándole: “¿Y usted no se cansa de repetir esas huevonadas todo el día?”.

Si bien era la voz y el estilo de Heriberto, la pregunta provino más del humorista —quien conocía muy bien la política por haberla experimentado personalmente— que de su personaje, quien bien hubiera podido comulgar con esta visión anti-política tan arraigada en Colombia y que Rodolfo Hernández ha logrado encarnar hábilmente en esta campaña.

La tradición anti-política

Desde este punto de vista, el éxito de Hernández no tiene nada de inesperado o excepcional. Al contrario, toca una cuerda muy trillada de la cultura política nacional, quizás la más compartida universalmente: la utopía de que se puede gobernar solo con la gente “más honesta y merecedora”, sin hacer política y sin los políticos y sus partidos.

Se ha comparado mucho a Hernández con Trump o con Bolsonaro, y probablemente haya algunas similitudes, pero no conviene exagerarlas. No entenderíamos al candidato equiparándolo con un fenómeno de extrema derecha.

Hernández, sin duda, alberga valores y referencias muy conservadoras que entran en resonancia con la cultura popular, sobre todo en el mundo rural del centro del país que logró movilizar. Estas referencias exaltan la autoridad y el trabajo duro, más que el “vivir sabroso” que llamó la atención de los jóvenes y de las clases medias urbanas.

Al ingeniero Rodolfo le importa un pepino la ideología y las consideraciones doctrinales, y por más que la lengua lo traicione y lo pueda llevar a salidas escandalosas como la absurda celebración de Hitler, ha sabido mostrarse más tolerante en su práctica política real.

Pero lo que más lo caracteriza es el repudio de la política y de los políticos, asunto que comparte con la gran mayoría de sus conciudadanos en su grado más extremo.

Hay distintos grados en la anti-política: desde la versión centrista que rechaza la “polarización” que implica la política, o el de las élites tecnocráticas que pretenden gobernar sin los políticos, hasta la versión extrema de Rodolfo que busca gobernar en contra de ellos.

Pero ni siquiera esta versión extrema es nueva. Incluso Ingrid Betancourt la encarnó desde el principio de su carrera política, por ello no es casualidad que se haya sumado a la campaña de Hernández.

La corrupción

En todo caso, el centro de todo es la igualación de la política con la corrupción. No se trata solo del hecho lamentable de que la política esté plagada de corrupción en el sentido banal y judicial del asunto, sino también de un sentido más filosófico de la idea de corrupción en el que se entiende que el interés general, el bien común, está contaminado por intereses personales e ilegítimos de los políticos.

Desde esta concepción, la política ya no sería el arte de buscar el interés general mediante la deliberación democrática, sino la perversión de un bien común obvio y límpido, que se asume existe de forma previa a cualquier discusión.

Así, no se repara en que la sociedad está atravesada por variedad de opiniones e intereses contradictorios que deben ajustarse, sino que se privilegia una versión idealizada, armónica y natural de lo social.

En la anti-política, entonces, hay una enorme resistencia al reconocimiento de la diversidad y de los desacuerdos legítimos e irremediables porque hay una profunda convicción en que el bien común que debe guiar el rumbo del gobierno no admite controversias y, si las admite, lo hace sólo de forma técnica o académica. De allí que Rodolfo sea “el ingeniero” y no un político.

¿Y si gana?

Si Hernández es elegido en la segunda vuelta, como Noemí Sanín en su tiempo, llegará sin “compromisos” ni “acuerdos” y “sin deberle nada a nadie”. Pero en política no hace falta deberle un favor a Vito Corleone para depender de los demás.

Rodolfo Hernández en la política
Foto: Facebook: Rodolfo Hernández - https://www.facebook.com/photo.php?fbid=595265795291078&set=pb.100044229889375.-2207520000..&type=3 En este momento, Hernández no cuenta con gobernabilidad.

Eso resulta escandaloso para la anti-política, pero es la mejor garantía y justificación de la democracia.

Nadie puede gobernar en soledad y sin considerar los intereses y las posiciones de los demás, así en la anti-política se defienda esta soledad como principio.

“El ingeniero” intentará conformar un gabinete “técnico” con gente alejada de la política. Es posible que escoja a sus ministros por medio de espectaculares concursos de méritos que refuercen su discurso, aunque difícilmente salga un equipo coherente de semejante procedimiento.

Pero en menos de un año el experimento se estrellará con la realidad de la política: un Congreso sin el cual no se puede gobernar, y que también ha sido elegido democráticamente, una institucionalidad compleja de contrapoderes que no se puede soslayar y poderosos intereses sociales que no se pueden ignorar.

A partir de allí habrá dos caminos. El más probable consistirá en moderar la predica anti-política y aceptar compartir el poder, como lo ha hecho Duque y como lo hizo Uribe en su primera elección.

Tanto Duque como Uribe son ejemplos de presidentes que llegaron al poder con campañas anti-políticas. El primero, con una versión moderada y tecnocrática y, el segundo, con una versión más extrema.

Duque tuvo que abandonar la pretensión de gobernar sin mermelada para los partidos después de un año de parálisis institucional. Uribe hizo lo propio después del fracaso de su referendo de 2003 “contra la politiquería” y para conseguir su reelección de la mano de los mismos políticos que criticaba.

Es por esto que solo la ceguera voluntaria sobre la naturaleza de la política podría llevarnos a creer que el apoyo que la derecha le regala a Hernández es gratis y que está únicamente motivado por el temor a una victoria de Petro.

Hernández deberá gobernar con la derecha porque se ha convertido en su campeón, quiéralo o no. Ojalá que alguien en el entorno del presidente-ingeniero se atreva en su momento a darle el cepillazo en la rodilla al estilo Heriberto para instarle a abandonar “la huevonada” y a reconocerlo.

El otro camino es mucho más peligroso y delicado. Consistiría en un enfrentamiento institucional con el Congreso, la Corte Constitucional y otros poderes.

Allí habría que recordar el antecedente de otro ingeniero anti-político que llegó a la presidencia de su país en 1990 movilizando el rechazo a proyectos de la derecha y de la izquierda: Fujimori cerró el Congreso en un autogolpe que inauguró una década de autoritarismo en Perú.

A diferencia de Fujimori, que se benefició de un contexto de crisis económica y de seguridad muy profunda, Hernández tendría todas las de perder en semejante enfrentamiento, pero aún es dudoso si alguien tendría algo que ganar.

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Yann Basset

Escrito por:

Yann Basset

*Director del Grupo de Estudios de la Democracia (DEMOS UR) de la Facultad de Estudios Internacionales, Políticos y Urbanos de la Universidad del Rosario.

Foto: Twitter: María José Pizarro - El anuncio de la visita del presidente Duque a la Casa Blanca había creado grandes expectativas en Colombia.

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Las pasadas elecciones cambiaron el mapa del Congreso colombiano, con el ascenso de la izquierda, el retroceso del Centro Democrático, de la U y de Cambio radical, el leve avance del centro y la persistencia de los dos partidos tradicionales.

Yann Basset*

Un nuevo mapa

Las elecciones legislativas del 13 de marzo estuvieron marcadas por el empuje del Pacto Histórico, el retroceso del Centro Democrático, la resistencia de los partidos tradicionales, la perdida de fuerza de la U y de Cambio Radical, y el leve avance de la alianza Verde- Centro Esperanza.

La conformación del nuevo Congreso es por eso distinta de la de su antecesor, y esto seguramente incidirá sobre el funcionamiento del Legislativo y su relación con el gobierno que comenzará en agosto.

En este breve artículo reviso el nuevo mapa legislativo a partir de los datos electorales disponibles.

La victoria de la izquierda

El Pacto Histórico logró su propósito de propulsar la izquierda al rango de fuerza más votada en las elecciones legislativas y mejor representada en el Senado.

Tradicionalmente, las legislativas no favorecían a la izquierda, cuya influencia se limitaba al ámbito de las grandes ciudades y difícilmente llegaba a los pueblos y las zonas rurales. Pocas figuras de izquierda lograban un arraigo suficiente en las regiones. Así, en 2018, la lista de la Decencia apoyada por Gustavo Petro apenas consiguió poner 3 senadores mientras que el Polo Democrático Alternativo, de más amplia trayectoria, consiguió 5 curules.

Sin embargo, el empuje de Petro como favorito en la carrera presidencial permitió que la izquierda esta vez superara las barreras habituales. Y esta vez además fue posible aplacar las divisiones que habían sido la marca tradicional de la izquierda, para presentar una lista cerrada al Senado —integrada también por políticos tradicionales como Roy Barreras— y a la Cámara en muchos departamentos.

Esta jugada logró “presidencializar” la elección y atar el voto del Pacto Histórico al de Gustavo Petro en la consulta presidencial, aunque sin lograr el mismo nivel de votos. Como se puede ver en el mapa siguiente, este amarre tuvo distinta intensidad en distintas regiones:

Lista más votada al Senado por municipio

el congreso colombiano en estas elecciones
El arrastre de Petro funcionó particularmente en el suroccidente del país, con unos excelentes resultados en el Valle de Cauca, Cauca, Nariño y Putumayo. Esta región fue la más afectada por las dos grandes olas de movilizaciones de paro nacional, y no hay duda de que el inconformismo que se manifestó entonces se tradujo ahora en votos.

Lo anterior fue visible ante todo en las grandes ciudades, como Bogotá, Cali y todas las capitales del sur del país. El Pacto Histórico llegó a la cabeza en Popayán, Pasto, Villavicencio y hasta en Neiva, tradicionalmente uribista.

Como siempre, la costa Caribe dio un gran apoyo al candidato presidencial que no se tradujo del todo en votos para el Pacto en el Congreso.

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Un voto sanción contra el uribismo

El uribismo sale duramente castigado de estas elecciones. Podemos explicar su retroceso por la ausencia de Álvaro Uribe, que siempre encabezó la lista del partido y que por primera vez no fue candidato.

Uribe fue muy activo en la campaña, pero no lo suficiente para salvar al Centro Democrático de un gran castigo electoral. Claramente, la bancada oficialista sale derrotada después de cuatro años de gobierno de un presidente que no logró conectarse con la opinión y fue incapaz de lidiar con la movilización social.

Medellín es la única gran capital que sigue siendo fiel al uribismo. En los otros grandes centros urbanos del país, el retroceso es fuerte.

Lo anterior resultó en retroceso del Centro Democrático en el ámbito urbano, cuando otrora la bancada había sabido interpretar la opinión en las grandes urbes. El mapa vuelve a decirlo:

Lista más votada al Senado por municipio con visualización del número de votos

(cada círculo representa el número de votos válidos en el municipio mientras el color indica la lista más votada)

el congreso colombiano en estas elecciones
Medellín es la única gran capital que sigue siendo fiel al uribismo. En los otros grandes centros urbanos del país, el retroceso es fuerte.

Pero estos resultados son más graves si tomamos en cuenta las ciudades intermedias y zonas rurales del centro del país. Este electorado constituyó siempre el bastión de la bancada uribista, pero esta vez fue asaltado con éxito por los partidos tradicionales: el partido Liberal en el Eje cafetero, el partido Conservador en el Tolima, Cambio Radical en el Huila, la U en el Valle del Cuaca, y así sucesivamente.

Los llanos orientales, y particularmente la Orinoquía, son la única región fiel al Centro Democrático, que sigue dominando en Arauca, Casanare, Vaupés y Vichada.

La Alianza Verde-Centro Esperanza es el tercer partido que llega a la cabeza de más municipios, lo cual deja prever buenos resultados para las elecciones locales de 2023.

Por lo anterior vale decir que el retroceso del uribismo es más que un movimiento coyuntural de desafección. Afecta las bases territoriales de la bancada y la deja mal parada para las elecciones locales del año próximo.
el congreso colombiano en estas elecciones
Foto: Facebook: Centro Democrático - Medellín es la única gran capital que sigue siendo fiel al uribismo. En los otros grandes centros urbanos del país, el retroceso es fuerte.

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El retorno de los tradicionales

Los partidos tradicionales Conservador y Liberal resistieron el proceso electoral e inclusive lograron aumentar sus cuotas en el Congreso.

Como muestran los mapas anteriores, los buenos resultados se explican en buena parte por el arraigo territorial de estas bancadas, que dominan las zonas rurales y los municipios pequeños. Son de lejos las bancadas que ganan en el mayor número de municipios —303 para los conservadores y 244 para los liberales—.

Más allá de las zonas rurales, los dos partidos tradicionales logran mantenerse en algunas capitales, como Pereira para los liberales y Cartagena, Ibagué o Montería para los conservadores.

Por otra parte, Cambio Radical y la U no gozan de una fuerza territorial tan homogénea y tan bien arraigada en el mundo rural, lo cual explica su derrota en el plano nacional. Estas dos organizaciones están reducidas a sumar fuerzas regionales como las de Atlántico, Magdalena, Norte de Santander y Huila para Cambio Radical —que no logró tan buenos resultados como en 2018 en el resto de la costa Caribe—, y Valle, Cesar y La Guajira para la U que disputa también Córdoba con el conservatismo.

El caso del centro

Finalmente, conviene mencionar el interesante caso de la Alianza Verde-Centro Esperanza. La alianza de centro tuvo que competir en condiciones difíciles con la ausencia de Antanas Mockus, quien fue de lejos su senador más votado en 2018, y además con la falta de arrastre de una consulta que fue la menos votada.

Sin embargo, el centro logró mantener su presencia en el Congreso y además logró crecer un poco. Esto se explica por su apoyo en las ciudades, como ya es tradicional, pero también por un principio de arraigo territorial más amplio en el centro del país, en particular en los departamentos de Boyacá, Caldas y Santander.

De esa manera, la Alianza Verde-Centro Esperanza es el tercer partido que llega a la cabeza de más municipios, lo cual deja prever buenos resultados para las elecciones locales de 2023.

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Yann Basset

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Yann Basset

*Director del Grupo de Estudios de la Democracia (DEMOS UR) de la Facultad de Estudios Internacionales, Políticos y Urbanos de la Universidad del Rosario.

Foto: Facebook: Registraduría Nacional - las maquinarias son uno de los mitos que usamos para leer los fenómenos políticos en Colombia.

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Aunque las maquinarias pueden inclinar el resultado de las elecciones en ciertas zonas del país, en realidad son bastante más frágiles de lo que suele creerse.

Yann Basset*

¿Qué son las maquinarias?

En una entrevista con Noticias RCN, la candidata presidencial Íngrid Betancourt afirmó que no haría alianzas con otros candidatos que “tengan maquinarias que los apoyen”. A partir de esa afirmación, es pertinente analizar con más detenimiento lo que significa “tener maquinarias”.

En realidad, las maquinarias son uno de los mitos que usamos para leer los fenómenos políticos en Colombia, mitos como el del “voto de opinión”, el “bolígrafo” o la más reciente “mermelada”. Como todos los mitos, parte de fenómenos reales, pero los simplifica, deforma, reinterpreta y, finalmente, les otorga propiedades casi mágicas.

Las maquinarias son lo que los politólogos llaman una red clientelista que los políticos usan para conseguir votos. Este mecanismo no tiene nada de original y se presenta hasta en las democracias más avanzadas, donde se las confunde con el aparato local de los partidos.

En Colombia creemos que las maquinarias han prosperado gracias a la informalidad y que por eso se han vuelto todopoderosas, han degradado la política hasta convertirla en una simple transacción de bienes o servicios a cambio del voto y han corrompido todo el sistema político. Veamos qué hay de cierto en estas ideas.

Manual de uso de las maquinarias

No hay duda de que las maquinarias inciden sobre el resultado de las elecciones. Lo contrario sería sorprendente en un país donde la mayoría de los ciudadanos tiene muchas necesidades básicas insatisfechas y vive en un contexto de informalidad que los hace depender de redes de apoyo diversas para resolver los problemas de la vida cotidiana.

Las maquinarias empiezan ahí, en el nivel más bajo, con algún líder social que acude a sus relaciones políticas para ayudar a gestionar un subsidio, legalizar un barrio, conectar una cuadra a los servicios públicos, obtener material para la construcción del acueducto veredal, conseguir un cupo en la escuela, una subvención para el club de futbol, etc. El líder habrá tenido que pasar por un edil o un concejal, que podrá haber movido su propia influencia en la administración, o acudir a otro político más poderoso.

En el momento de las elecciones, el político llamará a “su gente” para recordarles el servicio prestado y pedir apoyo en las urnas. Probablemente también prometerá más ayudas. A su vez, los líderes tratarán de convencer a todas las personas que ayudaron para que se comprometan a votar por el político que hizo tanto para la comunidad.

Cuando un líder ha adquirido cierto nivel de conocimiento y es reputado “dueño” de muchos votos, puede aspirar a que su patrón lo nombre en algún puesto en la administración, hasta eventualmente lanzarse él mismo como candidato en una elección local. Finalmente, los que se ubican en un nivel más alto podrán pedir contratos a cambio de su apoyo.

Muy a pesar de su nombre, que evoca los engranajes implacables de una fábrica, las maquinarias son bastante frágiles.

Las maquinarias son una pirámide o un ascensor que sirve para subir de nivel, aunque la competencia suele ser muy dura. Cada actor se vincula con el patrón del nivel superior y desarrolla vínculos de confianza personales, relativamente estables, con sus “clientes”, lo cual implica que las maquinarias no se limiten al simple intercambio de bienes materiales.

Los actores de las maquinarias las conciben como una red de solidaridad duradera y revalidada por el intercambio de bienes y servicios. En caso de un problema, el cliente piensa que puede acudir al patrón y éste confía en la lealtad de aquel.

Así, los bienes que se intercambian en el momento de la elección, que pueden consistir en una suma de dinero o en cosas más sutiles —el pasaje gratis hacia el puesto de votación con el almuerzo incluido, una invitación a una fiesta o un concierto en el marco de la campaña, etc.—, son apenas una forma de reafirmar unas relaciones más profundas.

Los que se lanzan a comprar votos a la topa tolondra con plata en efectivo el mismo día de las elecciones son, en general, políticos desesperados que se dan cuenta de que las maquinarias les está fallando.

las maquinarias electorales en Colombia
Foto: Facebook: Registraduría Nacional - Muy a pesar de su nombre, que evoca los engranajes implacables de una fábrica, las maquinarias son bastante frágiles.

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¿Qué tan poderosas son las maquinarias?

En lugares aislados, donde existen pocas oportunidades económicas, las maquinarias pueden llegar a ser el mejor, quizás el único canal de ascenso social. Por eso adquieren un gran peso y se vuelven una actividad casi profesional.

Su impacto sobre los resultados en estos contextos es importante, particularmente en las elecciones locales y legislativas. No están ausentes de las elecciones presidenciales, pero ahí juegan un papel secundario, porque los beneficios para los participantes son más difusos y porque el peso relativo de sus votos no es tan decisivo.

Dada la descripción anterior, se entenderá que es casi imposible medir el número de votos que aporta una maquinaria. En la motivación de los electores, los favores se mezclan con la confianza en el político, la conciencia en defender los intereses del territorio, y también los valores o las orientaciones ideológicas que no tienen por qué ser incompatibles con el intercambio de apoyos. Por eso es tan difícil distinguir claramente entre “voto de las maquinarias” y “voto de opinión”, pues rara vez se encuentra una de las dos en su “estado puro”.

La fragilidad de las maquinarias

Muy a pesar de su nombre, que evoca los engranajes implacables de una fábrica, las maquinarias son bastante frágiles. Esto ocurre por tres razones:

  • Las maquinarias son un sistema opaco. Cada actor tiende a presentarse ante su patrón como “dueño” de más votos de los que en realidad puede movilizar para obtener mayor recompensa. Además, nunca pueden estar seguros de la lealtad de todos, por más que traten de “controlar” su clientela llenando planillas de actos de campaña, inscribiendo electores en puestos de votación particulares, o tratando de burlar los mecanismos que protegen el secreto del voto.
  • Las maquinarias se basan en una confianza que es frágil, sobre todo en contextos de penuria. La gente piense que merece más de lo que tiene y se compara con otros, percibiendo que aquellos logran más con menor esfuerzo. De modo que las maquinarias alimentan un descontento latente, lo cual implica que cada actor está tentando de pasar a otro patrón en cualquier lugar de la pirámide.
  • Las maquinarias satisfacen mejor a sus miembros si están en el equipo de los ganadores; los actores de las maquinarias perdedoras siempre pueden negociar sus apoyos después de las elecciones, pero pasarán después de los que estaban desde el principio. Es decir, las maquinarias ayudan a definir el resultado de una elección, pero no como una locomotora, sino como un mecanismo para subirse en el vagón de la victoria.

No son pocos los casos de políticos que fracasaron por apostarle todo a las maquinarias, sobre todo cuando se enfrentan a un rival que logra entusiasmar a las personas por sus calidades o propuestas y pone a tambalear la cadena de lealtad de toda la red.

En realidad, los políticos saben que las maquinarias son altamente ineficientes cuando se alarga la cadena de lealtades. Se cuentan anécdotas muy antiguas de cómo los políticos trataron de regular los “precios” del voto en ciertas zonas poniéndose de acuerdo sobre qué se podía entregar y en qué momento, para limitar la competencia. Por supuesto, estos acuerdos nunca se respetaban.

Las maquinarias implican que el político electo tiene que retribuir a su clientela nombrando funcionarios que no son los mejor preparados o repartiendo contratos entre sus financiadores. Éste es su mayor daño.

De modo que la idea de que un político es “dueño” de una maquinaria y que “tiene” cierto número de votos “amarrados” mediante ella es profundamente equivocada y no da cuenta del funcionamiento real de estas redes.

¿Maquinaria es igual a corrupción?    

Las maquinarias pueden inducir comportamientos corruptos en el marco de la competencia dura que mantiene con otras maquinarias, desde delitos electorales para controlar la clientela (trasteo de votos, corrupción al sufragante, etc.), hasta coimas en los contratos que el político electo entrega a sus clientes para recuperar la plata que tuvo que invertir en su campaña.

Pero la ilegalidad no es inherente a las maquinarias. En realidad, lo que la define mejor es la ambigüedad de sus prácticas. Las maquinarias son comparables con la economía informal, más que con la economía ilegal. Subvierten la institución formal de la elección que supone un cierto sentido cívico y un compromiso hacia lo público, sin necesariamente caer en prácticas que puedan ser tipificadas como delitos.

Incluso cuando se comete un delito, los participantes no siempre tienen conciencia del hecho o lo justifican con la idea (no tan cierta) de que todos lo han hecho así, y porque no ven razones para actuar de otro modo. En este sentido, las maquinarias viven también de la debilidad de la capacidad de los políticos alternativos para atraer adhesiones con propuestas, o de su falta de credibilidad.

Tampoco es claro que las maquinarias coarten totalmente la voluntad de los electores. Más bien, les hacen sentir cierta obligación social de reciprocidad, real o anticipada, que los induce a votar por un candidato, que los clientes no tienen por qué vivir como un dilema moral.

A veces, la competencia lleva a algunas maquinarias a acudir a métodos bastante coercitivos para tratar de asegurar la lealtad de sus clientes, pero a menudo son ineficaces o llevan a las maquinarias a transformarse en otra cosa, como en la parapolítica. En ciertas zonas del país, la coacción de los paramilitares transformó las redes clientelares en un fenómeno bastante distinto y mucho más inquietante.

En todo caso, es claro que las maquinarias representan un problema para el correcto funcionamiento de las instituciones. Es decir, no son necesariamente corrupción en sentido legal, pero lo son sin duda en un sentido más filosófico. Por ejemplo, las maquinarias implican que el político electo tiene que retribuir a su clientela nombrando funcionarios que no son los mejor preparados o repartiendo contratos entre sus financiadores. Éste es su mayor daño.

Muchos políticos alternativos que atacaron las maquinarias mostraron que se puede gobernar sin incurrir en estas prácticas. Pero pocos han propuesto mecanismos efectivos para proteger la administración pública de los males que causan las maquinarias.

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Yann Basset

Escrito por:

Yann Basset

*Director del Grupo de Estudios de la Democracia (DEMOS UR) de la Facultad de Estudios Internacionales, Políticos y Urbanos de la Universidad del Rosario.

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