
La pandemia aumentó la pobreza y la desigualdad
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Las personas más vulnerables ahora tienen menos ingresos, peor salud y menos oportunidades que hace un año.
Roberto Sánchez Torres*
Más pobreza y desigualdad
La pandemia de COVID-19 y las medidas para su contención han exacerbado las desigualdades económicas y sociales en todo el mundo.
Según un informe de Oxfam, mientras que las mil personas más ricas del mundo recuperaron lo que perdieron en apenas nueve meses, la mayoría de la población que cayó en la pobreza a causa de la pandemia tardará al menos una década en alcanzar los niveles de ingreso previos. De acuerdo con el Banco Mundial, 300 millones de personas alrededor del mundo habrían caído en la pobreza y 115 personas habrían caído en la pobreza extrema.
Además, los más afectados han sido quienes ya tenían menos oportunidades y menos ingresos. La carga de cuidado en cabeza de las mujeres aumentó y ellas perdieron más empleos que los hombres. Muchos jóvenes tuvieron que dejar sus estudios y redujeron sus expectativas de empleo. Los migrantes se expusieron más al virus y sus condiciones de vida se deterioraron aún más.
Estos devastadores efectos de la crisis podrían agravarse con el paso del tiempo. Si esto sucede se reducirá la movilidad social, se ampliarán las brechas y se limitarán aún más las oportunidades de los más vulnerables.
Pero eso no es todo: las desigualdades también se han manifestado en el proceso de vacunación. Del total de personas con vacunación completa en el mundo, Estados Unidos tiene el 42%, mientras que en los países africanos apenas 1 de cada 300 personas está vacunada.
El caso de América Latina también es desalentador: en la mayoría de los países, menos del 1 % de los habitantes han sido vacunados.

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El caso colombiano
Colombia no ha sido la excepción: los ingresos de la mayoría de la población han disminuido, pero con un golpe más fuerte para los hogares más pobres.
La desigualdad del ingreso laboral aumentó significativamente en 2020. El ingreso laboral medio del 10 % más rico de la población pasó de ser 30 a casi 40 veces más alto que el del 10 % más pobre.
Del total de personas con vacunación completa en el mundo, Estados Unidos tiene el 42%, mientras que en los países africanos apenas 1 de cada 300 personas está vacunada.


Las otras desigualdades
El virus también ha afectado de manera diferencial a la población más vulnerable en términos de salud y nutrición, condiciones habitacionales y acceso a la educación.
Como encontraron investigadores de la Universidad de Los Andes, la población de estratos bajos tiene más probabilidad de contagiarse de COVID-19. Un individuo de estrato 1 tiene diez veces más probabilidad de ser hospitalizado o de morir por la enfermedad que una persona de estrato 6. Sobre la base de las pruebas realizadas en el proyecto COVIDA, se concluye que los casos positivos aumentan a medida que desciende el estrato de la persona.
La reducción del ingreso y la mayor presión de los arriendos sobre el presupuesto familiar ha disminuido la calidad de vida, sobre todo en hogares pobres donde este rubro alcanza a ser alrededor del 20%.
El ingreso laboral medio del 10 % más rico de la población pasó de ser 30 a casi 40 veces más alto que el del 10 % más pobre.
Por otra parte, tenemos el aumento del desempleo y la informalidad laboral. La tasa de desocupación aumentó en un 50 % entre 2019 y 2020. También se redujeron las horas trabajadas y aumentó el número de trabajadores en ausencia temporal de sus puestos de trabajo, es decir, trabajadores con licencias remuneradas y no remuneradas, suspensión de contratos, cierre temporal de negocios, etc.
A todo lo anterior hay que añadir la incertidumbre y el deterioro de las condiciones de trabajo para muchos de quienes laboran desde sus casas.
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¿Qué hacer?
El Estado tiene la responsabilidad de contrarrestar las desigualdades que han aumentado durante el último año.
Lo primero es garantizar el acceso equitativo a las vacunas. En lugar de asignarlas por la eficiencia en la aplicación de cada región, se debería dar una ayuda a departamentos rezagados en atención en salud, lo que permitiría morigerar algunas desigualdades. En ese sentido, hay que tener cautela en la posibilidad de que personas y organizaciones privadas puedan comprar vacunas.
En términos de desigualdad del ingreso, la ineludible reforma tributaria no debería imponer mayores impuestos a los hogares vulnerables. Aumentar impuestos de suma fija, como el IVA, es un mecanismo fácil, pero perjudicial en términos redistributivos.
En un momento en que el objetivo es aumentar la recaudación, no sería deseable desmontar impuestos ya existentes (como el 4 x 1.000), sino crear o aumentar los impuestos a las rentas financieras, a la riqueza, y a actividades con externalidades ambientales negativas.
La desigualdad no es inevitable y, como ha resaltado Piketty, las medidas que se toman después de una crisis son esenciales para determinar lo que pasará en el futuro.
El aumento en las desigualdades no es irreversible. Se necesitan políticas que garanticen el bienestar de toda la población y, en particular, de la más afectada por la pandemia. Sin duda, las transferencias monetarias juegan un papel clave, pero tal como están diseñadas son insuficientes y poco ambiciosas.
Además, la desigualdad no es apenas monetaria. Por eso, el plan de recomposición económica y social debe tener un carácter integral y multidimensional, que reconozca las múltiples afectaciones que trajo la pandemia para la población con menores oportunidades.
Acerca del autor
Roberto Sánchez Torres
* Profesor e investigador de la Universidad Nacional de Colombia y la Universidad de La Salle.
rmsanchezt@gmail.com
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