
Colombia, presidente del Consejo de Seguridad de la ONU
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Colombia optó por el tema de la reconstrucción de Haití, lo cual realza su apuesta de liderazgo regional y promotor de la cooperación sur-sur. Pero se trata de una diplomacia blanda y sus productos serán por tanto blandos. ¿Mejor habría sido proponer el debate sobre la política mundial en materia de droga?
María Claudia Romero*
El turno de Colombia
Desde su creación en 1945, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas tiene a su cargo el mantenimiento de la paz y la seguridad internacionales. El Consejo consta de cinco miembros permanentes -Estados Unidos, Francia, Reino Unido, Rusia y China-, todos ellos con derecho a veto; y de diez miembros no permanentes que son elegidos para períodos de dos años. Actualmente son miembros no permanentes: Alemania, Bosnia Herzegovina, Brasil y Colombia -en representación de la región latinoamericana-, Gabón, India, Líbano, Nigeria, Portugal y Sudáfrica.
La presidencia se ejerce en forma rotativa, según orden alfabético en inglés, por cada uno de los países miembros. Abril de 2011 constituye el turno para Colombia. Aunque corto, es un período que permite a los países darse un aire en la escena internacional y proponer temas de interés general para el mundo, por supuesto; pero sobre todo para la región a la cual representan.
La escogencia de Haití
Entre los temas que están a la orden del día y que competen al Consejo de Seguridad -crisis en el mundo árabe, tensiones palestino-israelíes, conflictos en África Central, inseguridad medioambiental originada en el desastre nuclear de Fukushima, entre otros-, el gobierno Santos ha elegido, como prioridad para su mes de presidencia, la reconstrucción haitiana y el papel de la cooperación internacional. Al asumir la presidencia del Consejo, el mandatario expresó su voluntad de "impulsar un debate abierto sobre Haití, que renueve el impulso a la estabilización y al fortalecimiento del Estado de Derecho en ese país".
Es, en primera instancia, una elección que guarda coherencia si se mira desde el punto de vista regional; pero sobre todo, parece una opción integradora, poco espinosa, una suerte de tentativa de "soft diplomacy" que no dará pie a grandes debates ni contradicciones.
Desarrollo para la seguridad
En términos de cooperación internacional, Haití es un tema que se deja trabajar. Es cierto que los observadores coinciden en que el futuro de Haití depende de acelerar su desarrollo, y que el desarrollo como tal no es un asunto que concierna al Consejo de Seguridad. Pero Colombia de algún modo está planteando que la reconstrucción y el desarrollo son condiciones necesarias para la seguridad, lo cual por lo demás es coherente con la agenda interna del gobierno Santos, donde la seguridad ya no subordina los demás asuntos, sino más bien los acompaña y complementa.
Colombia se acoge entonces a dos premisas fundamentales de la agenda internacional de cooperación. Una, entender que el fin último de esta cooperación es alcanzar el "desarrollo"; y dos, que existen prioridades transversales en la cooperación internacional, las cuales se definen en la medida en que acontecimientos locales afectan situaciones globales. Algunas de estas prioridades son los problemas medioambientales, los de salud pública, los de pobreza y los de seguridad, todos los cuales sin duda están presentes en el caso de Haití.
De manera hábil aunque sin mayor profundidad, el presidente Santos liga los temas del desarrollo con los de la seguridad.
Para avanzar hacia el desarrollo autónomo y sostenible de Haití, se necesita afianzar el régimen democrático -y un primer paso se dio con las elecciones del pasado 20 de marzo, cuyo ganador fue Michel Martelly con el 68 por ciento de los votos-; fortalecer las instituciones y el aparato de gobierno, y apoyar los procesos de participación ciudadana y la reconstrucción de redes sociales. Acogiéndose a la Declaración de París de 2005 -acuerdo que recoge los principios rectores de la cooperación- en el diseño y ejecución de las estrategias o programas deben tener plena voz las propias comunidades involucradas.
Colombia líder de la cooperación sur-sur
De otra parte, Haití permite consolidar la posición de Colombia como líder regional en materia de cooperación Sur-Sur.
La Declaración de París y las acciones subsiguientes han marcado un giro en el sistema internacional de cooperación y conducen hacia lo que hoy se denomina "la nueva arquitectura de la ayuda". En efecto, con muy buenas razones, el Foro de París concluyó que la ayuda internacional debería concentrarse en atender los países más pobres del planeta y que los países "de renta media" -como Colombia- deberían encontrar una nueva posición en el sistema. Por esto entonces Colombia no asistió al Foro de París, pero en 2007 optó por suscribir la Declaración con un propósito central: asumir el liderazgo regional bajo una nueva concepción de la cooperación Sur-Sur, en virtud de la cual países tradicionalmente receptores de ayuda, como Colombia, empezarían a actuar como donantes capaces de transferir capacidades y tecnologías a otros países en vía de desarrollo.
La preparación de la reunión de Accra, realizada en 2008, y los trabajos que a continuación se han venido realizando de cara a la cumbre de Busan (Corea) que tendrá lugar en noviembre de este año, han permitido a Colombia asumir un liderazgo, manifiesto en la convocatoria y participación de las principales reuniones preparatorias, así como en la definición de la agenda. Haití podría verse entonces como un escenario para fortalecer dicho papel y lograr alianzas regionales que ratifiquen su posicionamiento.
Diplomacia del consenso
Finalmente, el tema de Haití permite una suerte de diplomacia del consenso. Evidentemente, una crisis humanitaria dramática como la que vive ese país insta a los Estados del mundo a declarar su solidaridad. Esto quedó demostrado en el "debate" que inauguró el presidente Santos al asumir la presidencia de Colombia en el Consejo de Seguridad. Cada uno de los participantes, de diversas partes del globo, expresó su voluntad concreta y decidida de continuar con el apoyo a Haití, reavivando esfuerzos y aún aumentando sus aportes económicos o de asistencia técnica, para acelerar o asegurar la reconstrucción que -infortunadamente y hasta la fecha- ha registrado muy pocos avances.
No hay que olvidar que en los programas de Ayuda Humanitaria se mezclan muy distintas motivaciones, como decir el sentimiento genuino de solidaridad, la búsqueda de visibilidad o liderazgo político, y los intereses militares, geoestratégicos o comerciales.
En este caso, Colombia, al hacer un llamado a la solidaridad internacional, espera lograr posicionamiento y reconocimiento político.
Diplomacia blanda, impactos limitados
En términos de diplomacia mundial, cabe decir que Haití es un tema que "no tiene pierde". Sin embargo hay que añadir que los temas suaves, o no generadores de confrontación, tienen también resultados leves o de escaso impacto en la escena internacional.
Quiero decir con esto que Colombia, al jugársela por una diplomacia del consenso antes que por una diplomacia de la confrontación o una de la diferenciación, asume el riesgo de pasar desapercibida.
De cualquier forma, un mes es poco tiempo; y más que resolver asuntos cruciales, es una oportunidad para poner temas en la agenda internacional que interesen a la región. Queda la duda de si haber elegido un asunto más controversial y contundente, como puede ser el narcotráfico -tema central en la región- Colombia hubiese alcanzado una postura más fuerte y hubiese logrado mayor visibilidad en la política mundial.
Sin dejar de lado las bondades del tema haitiano, es claro que la presidencia del Consejo hubiese sido una oportunidad para reabrir el debate sobre el tratamiento multilateral del narcotráfico y la responsabilidad de Estados Unidos y de Europa, en tanto primeros consumidores mundiales, junto con la despenalización en todas las etapas de este fenómeno.
* Profesora de Cooperación Internacional y Directora de la Especialización de Responsabilidad Social Empresarial de la Universidad Externado de Colombia.
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María Claudia Romero
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