Comisión Nacional de Televisión: ¡Y el dinosaurio... desapareció! - Razón Pública
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Comisión Nacional de Televisión: ¡Y el dinosaurio… desapareció!

Escrito por Germán Rey
German Rey

German ReyNació mal, vivió mal, hizo mal y murió bien. Pero esta muerte debería propiciar el debate sobre el papel y el futuro de un medio del más alto interés público. El experto autorizado resume aquí la historia y plantea las preguntas cardinales.

Germán Rey*

El entierro

0132"Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí", dice el cuento más breve de Augusto Monterroso. Para la Comisión Nacional de Televisión (CNTV), la fecha definitiva fue el pasado miércoles 1 de junio, cuando se aprobó su eliminación constitucional después de ocho debates que transcurrieron en una relativa e inquietante tranquilidad. La tranquilidad que no fue posible alcanzar ni siquiera durante el largo gobierno del presidente Uribe. 

El fracaso

La historia de la CNTV es la historia de un fracaso anunciado.

Todo comenzó con un hecho insólito y prácticamente inédito en la elaboración de las Cartas Políticas en el mundo: a la aprobación del nuevo organismo -que desde el inicio se le llamó premonitoriamente el "ente"- se le endosó la supervivencia del sindicato del Instituto Nacional de Radio y Televisión (INRAVISIÓN). El tiempo, que es el juez inexorable de los actos humanos, desapareció al sindicato, disolvió a la Comisión y por poco acaba con la televisión.

Porque la televisión que se veía a comienzos de los noventa, es diametralmente diferente a la que ven hoy los colombianos y sobre todo a la que se verán dentro de apenas diez años.

La Comisión de televisión comenzó con unas de cal y otras de arena. Las de cal fueron la idea de independencia del gobierno de turno, la ficción de una gran junta directiva con la misión de trazar políticas para el sector y la transición entre el sistema mixto que había permanecido los primeros cuarenta años y los nuevos jugadores privados.

Pero entre Dinamarca y Cundinamarca, como bien lo recordó el maestro Echandía, hay sus diferencias. 

No independencia

La idea de independencia fue tomada de algunos modelos que funcionan bastante bien, como el Consejo del Audiovisual francés o la Comisión Federal de las Comunicaciones de Estados Unidos. Es una idea fundamental. Sólo que las ideas fundamentales para que funcionen necesitan contextos, historia, voluntad política y sociedades organizadas y participativas. Y en Cundinamarca, la independencia es rara y tuvo enemigos desde el primer día de la creación.

En primer lugar, los gobiernos, que durante estos años miraron con recelo a la CNTV, ese ente independiente, en el que apenas tenían la posibilidad de nombrar a dos de sus integrantes máximos. La televisión siempre ha sido un botín político. Los noticieros de televisión fueron asignados a los delfines y se repartían más o menos milimétricamente entre las diferentes tendencias políticas. Cuando llegó la hora de asignar frecuencias, manejar dineros, definir cambios tecnológicos y administrar la televisión pública, las ganas gobiernistas se aumentaron.

La Comisión contra ella misma

Pero quizás el enemigo más enconado de la independencia del organismo fue la propia Comisión. El juego del poder, o mejor, las triquiñuelas del clientelismo que se pusieron en funcionamiento dentro de la Comisión, forman parte de la dolorosa picaresca nacional.

Los procesos de elección de los Comisionados fueron una de las burlas peor montadas de las que se tenga noticia al concepto de participación democrática: electores de papel creados a última hora, alianzas a mano alzada, interpretaciones salvajes de la norma, cambios intencionados de fechas para la votación y cálculo meticuloso de la mecánica electoral por parte de los interesados, fueron tan sólo algunos ejemplos de la orgía de cinismo y desfachatez que convirtió al proceso eleccionario en un carnaval de prebendas y mentiras.

La participación de la comunidad fue otro engaño hábilmente manejado: siempre que se la necesitaba se la sacaba a relucir, pero a poco terminaba en el cuarto de los trastos o en el rincón más ahumado de la cocina.

Pero contra la independencia no sólo atentaba la participación convertida en rey de burlas, sino la propia calidad de los miembros de la Comisión. Uno de los fantasmas que siempre persiguió a los Comisionados de la Televisión fue el buen ejemplo de los integrantes de la Junta Directiva del Banco de la República, un organismo que también creó la Constitución del 91. A diferencia de los primeros, los segundos son respetados y reconocidos, se destaca el excelente nivel de sus conocimientos económicos y el buen juicio de sus decisiones.

Es verdad que en la breve y lamentable historia de la CNTV participaron personas intachables y con méritos académicos en el campo de la televisión, pero no fueron la mayoría. 

Junta de los canales privados

En materia de independencia, la CNTV jugó una mala partida. Supuestamente distante de los gobiernos, terminó congeniando con algunos mucho más allá de los cánones de la autonomía; acusada de ser una junta de los canales privados, acabó enredada entre abogados, demandas, contrademandas y tutelas, oscilando sospechosamente entre favorecimientos y persecuciones. Intérprete de la comunidad, le dio la espalda a la sociedad que nunca vio en la Comisión a una defensora valiente de sus demandas. Administradora del interés común, no fue capaz de estructurar un sistema sólido y sugestivo de televisión pública.

No trazó políticas

Las principales tareas de la CNTV se quedaron a medias o inclusive sin comenzar, entre el tintero. Una primera, su papel de determinador de políticas públicas de televisión. No se hizo la plana de las definiciones que se necesitaban cuando ya cambió radicalmente el contexto de los medios y en concreto de la televisión. La CNTV siempre operó como una regadera, pero casi nunca como un órgano serio de estudio, análisis, ejecución y evaluación de las políticas. Las reglas se cambiaban, los propósitos se desvanecían, lo avanzado se olvidaba.

Hoy se necesitan políticas que hablen de la convergencia tecnológica, que imaginen de otro modo las televisiones locales, regionales y públicas, que estén dispuestas a permitir el acceso de otros actores (no únicamente de los grandes grupos), que estimulen el desarrollo de las industrias creativas tan importantes mundialmente, que orienten flexiblemente los cambios en estos tiempos digitales, que encuentren conexiones con la sociedad que es finalmente la que paga por ver.

Es preciso diseñar una industria que ya no es la que fue y que requiere de un sentido documentado del futuro, de una infraestructura más sólida y de una cadena productiva con mucho más valor. En fin, unas políticas que piensen la televisión y en general la comunicación que necesita y demanda este país.

Una segunda tarea inconclusa fue la de construir un mecanismo transparente, eficiente y ágil para las decisiones que la Comisión nunca pudo proponer, ahogada como estaba por la pesadez de su estructura y la burocratización de su funcionamiento.

Costal de anzuelos

Junto a las de cal hay algo de arena. Porque montar un esquema de televisión en medio de un costal de anzuelos es casi una proeza. Y en estos días finales hay muchos que se rasgan las vestiduras criticando a la CNTV cuando atizaron la hoguera, hicieron la vida imposible y le pusieron generosos palos a la rueda.

Los canales privados de televisión no han sido venerables monjas dedicadas a la contemplación, sino aguerridos combatientes que frecuentemente se sobrepasaron defendiendo legítimos intereses, que a veces iban en contravía con los intereses de la sociedad. Que todavía estemos los colombianos supeditados a solo dos canales privados de televisión es a la vez delirante y tremendamente injusto. El cuento de que no hay suficiente torta para promover la iniciativa privada, es un cuento chino con el que no van a terminar las leyes sino las tecnologías.

Según un Informe reciente del Pew Institute, los norteamericanos ya no se informan predominantemente por la televisión, sino por los medios electrónicos. Y aunque en el reino de Cundinamarca se demoren más los cambios, se necesita ser muy ciego para no observar los que ya les trepan pierna arriba a los canales de televisión abierta. En poco tiempo, su negocio será un tema del pasado, arrollados por el cable, las transmisiones satelitales, pero sobre todo, por internet y las nuevas tecnologías. En el mundo, las empresas de contenidos están siendo cooptadas por las empresas tecnológicas, que han empezado a mandar la parada en el sector y a poner condiciones que en el pasado no se conocían.

Mientras se entierra al dinosaurio y nace la nueva criatura -o las nuevas criaturas- aún hay posibilidades de desastres. Una cola pterodáctila moviéndose puede ser capaz de acabar aún en su agonía con todo lo que se le atraviese. Por eso es necesario que se proceda pronto en materia de legislación y que se mantengan los ojos abiertos sobre los últimos estertores de la Comisión. 

Las preguntas que vienen

Sin embargo la muerte del dinosaurio es apenas la mitad de la faena. Como sabemos bien, en el reino de Cundinamarca es mucho más fácil acabar que construir. Ya se dice que a comienzos de la próxima legislatura se presentará al Congreso una nueva ley que haga olvidar -ojalá- los tiempos jurásicos.

  • ¿Se hará un debate público sobre tema tan crucial que no se agote en sesiones interminables y sobre todo en laberintos ineficientes?
  • ¿Se convocará a todos los sectores de la sociedad, que no son solamente los inversionistas privados, sino también los creadores independientes, los colectivos audiovisuales, las organizaciones de comunicación, las universidades, entre otros?
  • ¿Se les darán dientes a los nuevos Consejeros que no se pueden quedar en una junta de buenas intenciones, sin medios económicos y capacidad de decisión?
  • ¿Cómo se conectará su tarea con las de la Comisión de Regulación de la Comunicación?
  • ¿Se analizará seriamente el significado de la televisión regional y en general de la televisión pública, se apostará a un proyecto renovador y se garantizará su sostenibilidad en el tiempo?
  • ¿Se dejará el "lomito" a la supuesta racionalidad de los mercados que han mostrado ser imperfectos y muchas veces tremendamente voraces?
  • ¿Se tendrá en cuenta a la comunidad de una manera realista, sacándola de clichés y de las buenas intenciones?
  • ¿Cuál será el perfil que adoptará en este tema el Ministerio de las Tecnologías de la Información y la Comunicación? ¿Cómo se integrará con los Ministerios de Educación y de Cultura que también tienen velas en este entierro?

Cuento de hadas

Son días especiales para la historia de la televisión. Lo que pase en los próximos meses, decidirá en buena parte el futuro de este medio que ha cautivado, desde mediados del siglo pasado, a los colombianos. El dinosaurio de Monterroso aún seguía ahí cuando despertó. El de la canción de Charly García, desapareció. La disyuntiva es aún más amplia. Y es que en el reino de Cundinamarca, no aparezca un dinosaurio, sino un príncipe esbelto montando un caballo enjalbegado. Pero aún en Dinamarca, ese es un cuento de hadas.

* Investigador y profesor en la Facultad de Comunicación y Lenguaje de la Pontificia Universidad Javeriana.

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