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El tercer canal o el vestido nuevo del emperador

Escrito por Germán Rey
German Rey

Germán ReyEl antiguo defensor de los lectores de El Tiempo habla de El Tiempo y demás absurdos que se han tejido en torno a lo que llama “el desfile de las vergüenzas al aire”.

Germán Rey *

Tintin-and-the-Picaros

Un sainete de cuarta categoría

Si no fuera por sus graves consecuencias, el caso del tercer canal de televisión sería el tema ideal para un sainete de cuarta categoría. Todos los personajes de la farsa están presentes: el ladino, el tonto, el pícaro y hasta el cura. El argumento central es de los más frecuentes en la historia de la comedia: la voracidad de unos y otros por un botín que buscan ganar utilizando con descaro las trapisondas más inverosímiles. Pero la realidad es otra. Lo que durante estos meses han visto los colombianos, en un escenario que combina medios de comunicación con estrados judiciales, pronunciamientos a granel, demandas y zafarranchos, no es más que un reflejo de la historia del poder en el país y la continuidad desastrosa de lo que ha pasado en la historia de la televisión prácticamente desde hace medio siglo.

De lo plural a lo concentrado

Vamos por partes. En primer lugar, lo sucedido es la confirmación de un modelo que se instauró con la privatización. Durante más de cuatro décadas la televisión colombiana fue relativamente plural y diversa. Las programadoras de televisión pudieron resistir la competencia entre ellas, con identidades muy diferentes, especialización y capitales bastante manejables.

En esta realidad siempre predominó el dedo del gobernante. Desde hace décadas las asignaciones de la televisión han sido dispuestas por una suerte de milimetría del poder, que alcanzaba su máxima expresión cuando se entregaban los espacios dedicados a los noticieros. La ley de “a cada delfín su noticiero”, forma parte de nuestra triste picaresca criolla. Sin embargo, lo que antes eran concesiones a la medida de los intereses políticos se desplazó hacia los grandes capitales privados. Al finalizar el sistema mixto, las autoridades del momento dieron paso a un sistema duopólico que sacó de la fiesta a la mayoría de los invitados y dejó toda la torta para los deseos sin límite de los canales actuales.

No fue una decisión extraña. En este país los capitalistas se han acostumbrado al sopor rentístico que les trae réditos abundantes, pero no a la competencia abierta y en igualdad de condiciones. Es mucho más atractivo y rentable económicamente estar solo dominando el panorama de los negocios que meterse de lleno en la competencia.

Maromas de una Comisión desprestigiada

En segundo lugar, la Comisión Nacional de Televisión vuelve a ratificar por qué es uno de los organismos más desprestigiados e ineficientes del país.

Las maromas jurídicas que hizo fueron tan protuberantes y fallidas como el catálogo de sus errores y malas decisiones. Estudios técnicos deficientes, convocatorias apresuradas, condiciones absurdas para los proponentes y divisiones internas, fueron algunas de sus actuaciones en el proceso de entrega del tercer canal que ya lleva más o menos dos años.

La improvisación se combinó con el cinismo y la trama del sainete siguió a la perfección un guión que parecía provenir de los propios pasillos de Palacio. De los mismos pasillos en que se promovieron varios embates legislativos contra la Comisión que naufragaron aparatosamente, comprobando que uno de los gobiernos con mayores índices de popularidad y respaldo, no pudo cambiar ni una letra de la retorcida institución.

Lo que sucedió en la Comisión sería un caso perfecto para un curso de gestión pública. Sobre todo para mostrar todo lo que no se debe hacer. Los plazos de la convocatoria se cambiaron, las condiciones del proceso estuvieron llenas de imprecisiones y todo indicaba que había una prisa irrefrenable para entregar el canal. Hasta que todo fue frenado por una disposición preliminar del Consejo de Estado y el llamado a la prudencia de la Procuraduría que le dio vuelta al proceso como una veleta.

En el país de Francisco de Paula

Pero en tercer lugar, como en el cuento del vestido transparente del emperador, todos los proponentes se pasearon estos meses mostrando tranquilamente sus vergüenzas.

Los canales privados pusieron toda su batería −y fue bien pesada− en arruinar la fiesta para continuar degustando la torta publicitaria sin invitados indeseables. No es una novedad confirmar que la mayor parte del negocio publicitario colombiano lo tiene la televisión y que los mayores porcentajes del negocio televisivo son de los dos canales, Caracol y RCN. Para ello acudieron a famosos abogados que se dedicaron a hacer malabares jurídicos, demandas y contrademandas, todos dentro del más estricto ordenamiento de las leyes y el más puro santanderismo, que pretendían convertir al tercer canal en un Titanic, al que había que hundir de cualquier manera.

Aburrimiento y papa caliente

Hasta el momento lo han logrado. Cada día que pasa sin más opciones de información y entretenimiento, se engordan aún más las arcas de las empresas privadas de televisión. Los abogados formaron parte activa del sainete: se les veía en los primeros puestos de las audiencias públicas, daban declaraciones por la televisión, hacían enjundiosos análisis para lectores y televidentes que seguramente bostezaban del aburrimiento. ¡Qué interesante sería saber el monto de sus honorarios que, como el de los futbolistas de postín, se contabilizan según los goles que metan! ¡Así sea con la mano!

Las autoridades también desfilaron con el traje del emperador. Unas colisionaron con otras, en eso que los colombianos llamamos una “pelotera” y cada quien esgrimió sus argumentos para defender la postura a la que se inclinaban sus reflexiones… o sus intereses. En una lánguida audiencia pública, la Comisión Nacional de Televisión volvió a regresar el tema al refrigerador con las implicaciones políticas que eso tiene. El gobierno Uribe ya no podrá hacer la concesión, el vicepresidente Santos −accionista de El Tiempo− parece que tomará el camino de los micrófonos en RCN, una de las empresas implicadas en el asunto, Planeta se quedará con los crespos hechos y al nuevo Presidente le caerá la papa caliente en las manos al inicio de su gobierno.

Cómo no hacer periodismo

Pero quienes más se han paseado estos días luciendo el traje del emperador han sido los medios de comunicación. La desvergüenza del grupo Planeta ha sido de marca mayor. Como no había sucedido en la tradición centenaria de El Tiempo, el grupo español se tomó las páginas del periódico para defender sus intereses en forma descarada y sin ningún reato de conciencia, y publicó entrevistas de abogados y ex magistrados apoyando su punto de vista, transformando la opinión en propaganda, sin consultar en ningún momento los puntos de vista contrarios que pagaron también páginas enteras en el antiguo periódico de los Santos.

Un periódico serio y respetable no permite que sus páginas se conviertan en el altavoz unilateral de los intereses de sus accionistas, irrespetando de ese modo el oficio periodístico, la independencia de la información y sobre todo la capacidad analítica de sus lectores. Grave daño el que hacen imponiendo un estilo de manejo de los temas públicos en que El Tiempo tenía, por lo menos, más prudencia y decoro. Todo ello ratifica el verdadero interés del grupo español que está mucho más en la televisión que en el periodismo escrito. Además, como se ha visto con otras empresas españolas, hoy más que nunca las Américas son la oportunidad para superar los números rojos que amenazan seriamente a sus libros de contabilidad en la península.

Los ausentes de la francachela

En cuarto lugar, los grandes ausentes de todo este lamentable proceso fueron los televidentes. Nada garantiza que el ingreso de un nuevo canal sea una apuesta por la diferencia y el pluralismo. Lo más seguro es que rápidamente un tercer canal se pliegue al estilo de televisión que se apoderó de las cadenas privadas y que se concreta en una avalancha de telenovelas, bastantes sonsas por cierto, noticieros cada vez más truculentos y banales, y una ausencia de géneros televisivos que tuvieron sus días de gloria en el pasado, como los concursos, el seriado unitario, la comedia o los programas de opinión.

¿Hablar del futuro?

Todo ello lleva a un último punto y es que este episodio, más que del futuro, se refiere sin duda alguna al pasado. La televisión vive sus últimos años de efervescencia tal como se conoció hasta el momento y son muchos los signos que demuestran esta afirmación:

  • El informe Digital Life de la Unit Investment Trusts, UIT, en el 2006 mostró, por primera vez en la historia mundial, que las horas de dedicación a la televisión fueron superadas por las dedicadas a los medios electrónicos.
  • La tenencia de teléfonos celulares en Bogotá pasó de 30 a 92 por ciento en sólo cinco años.
  • El uso de internet se incrementa a pasos agigantados.
  • La lectura en internet se duplicó en Colombia y se triplicó en Bogotá entre el 2000 y el 2005, como lo demuestran las estadísticas del DANE.
  • La presencia del computador en los hogares sube como espuma aún en los de las clases populares.
  • Y la televisión ofrecida por las empresas de tecnología empieza a hacer estragos en las cuentas de la televisión abierta.

Lo que están peleando los abogados, los canales privados, Planeta y la Comisión, son las últimas rentas de los últimos años de la televisión abierta. Lo más preocupante es que el país esté de espaldas al futuro, que no se estén haciendo las preguntas esenciales, dejadas a un lado por las peleas y la alharaca del gallinero. Por ejemplo:

  • ¿Qué pasará con la tecnología digital que ampliará las oportunidades de canales en unos pocos años?
  • ¿Se usará una tecnología que puede democratizar la producción y el acceso para volverla a concentrar en los monopolios, es decir, en el gallinero?
  • ¿Cómo se usarán las nuevas tecnologías para profundizar la diversidad, facilitar la expresión de las regiones, de los creadores, de los grupos independientes?
  • ¿Cuál es la política del Estado para promover la producción de contenidos y la creatividad en las nuevas tecnologías?
  • ¿Acaso no sobran argumentos para replantear el manejo social de la televisión y transformar a fondo la Comisión Nacional de Televisión?
  • ¿Cómo se está incentivando la participación de inversionistas nacionales en la televisión?

Todas estas preguntas seguramente quedarán sin respuesta mientras sigue el lamentable espectáculo de autoridades, abogados, canales privados e inversionistas extranjeros que desfilan ufanándose, como el emperador, de sus vestidos nuevos.

* Investigador, fue defensor del lector en el periódico El Tiempo.

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