
Petro/Trump: después de la foto
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Si no se convierte el gesto en política, el diagnóstico en acción y la coincidencia en arquitectura institucional, el “ahora” volverá a parecerse demasiado al “antes”, y el horizonte seguirá siendo una promesa que nunca termina de alcanzarse.
El encuentro entre Gustavo Petro y Donald Trump en la Casa Blanca no fue lo que muchos quisieron vender ni lo que otros se apresuraron a celebrar. No fue una derrota, pero debió salir de otra manera y continúa marcando un punto de quiebre que pasó casi inadvertido, que obliga a revisar certezas y dudas, a desconfiar de los relatos fáciles y a mirar el horizonte con menos consignas y más estrategia. Porque, pese a las malquerencias, los despropósitos y ese “estupidismo” político que suele dominar la conversación pública, la reunión dejó al descubierto una verdad no fácil, una verdad que nos recuerda que hay que mirar el panorama sin egoísmos, sin ruido y sin antagonismos.
Durante meses se construyó la idea de un choque inevitable entre dos visiones irreconciliables. Trump, caricaturizado como la expresión más cruda del unilateralismo; Petro, inscrito en una corriente de orientación ideológica definida, cuya relación con la realpolitik ha sido objeto de debate. Ese era el “antes”. Pero el “ahora” mostró otra cosa: dos mandatarios, dos extremos que se unen en su actitud, que, desde lugares distintos, reconocieron que los diagnósticos errados y la información inexacta también gobiernan. Que corregir percepciones puede ser tan decisivo como firmar acuerdos. En política exterior cuentan los datos, los intereses y la coherencia. Lo demás es ruido.
El tema del narcotráfico funcionó como espejo de esa tensión entre lo pasado y lo que viene. Durante décadas, Colombia y Estados Unidos repitieron una misma coreografía: erradicación, persecución, extradición, y empezar otra vez. El resultado está a la vista. La delincuencia insiste en sembrar coca, lo que hace que el crimen sea más sofisticado y que los territorios terminen capturados por economías ilegales. Lo que se asomó en Washington fue el reconocimiento tácito de que insistir en la misma receta no garantiza un resultado distinto. Intensificar la erradicación y mejorar el seguimiento es necesario, sí, pero insuficiente si no se asume que el narcotráfico es un sistema complejo que se alimenta de ciencia, finanzas, tecnología y exclusión social.
Tener una actitud de guadaña, de descalificación inmediata, como la que ensayó el senador republicano Bernie Moreno, quien, pese a su sangre colombiana, optó por echar carbón a la hoguera, supone no advertir que en este tipo de conflictos la estridencia suele decir menos que el silencio estratégico. Esa reacción, más emocional que analítica, revela una lectura de buenos y malos como si el país cupiera en dos bandos.
Trump, con su inteligencia, sabe que la solución a los conflictos en América, y particularmente en Colombia, no admite atajos ni fórmulas universales. Suena paradójico, incluso incómodo, pero como advirtió Edgar Morin desde el pensamiento complejo, no existe una solución cerrada a problemas estructurales. La clave está en comprender las circunstancias y las singularidades de cada situación. Cuando el conflicto se mira por partes, se pierde la historia completa; y cuando se lo observa desde tan lejos, desaparecen los detalles que le dan sentido. Entre esas dos trampas, la fragmentación y la distancia, se juega la posibilidad real de comprender lo que está ocurriendo. Bernie Moreno, con sangre latinoamericana, por ahora parece no haber entendido esa complejidad. Gobernar en este terreno exige aceptar esa tensión permanente y avanzar paso a paso, escarbando cada episodio, casi garrapateando la realidad. Las decisiones que de verdad sirven no nacen del grito ni de la ilusión del corto plazo, sino de la paciencia para entender lo que está pasando, aguantar la presión y leer bien el momento antes de lanzarse. En ese sentido, enfrentar el narcotráfico y la violencia transnacional no es un golpe de fuerza repentino, sino un camino que se va entendiendo con el tiempo, donde los errores no se esconden, sino que sirven para corregir el siguiente paso.
Ahí aparece una pregunta erizante: ¿Qué pasaría si la lucha contra las drogas dejara de ser solo un asunto de fuerza y se convirtiera en una política de conocimiento? Mapeo satelital y territorial de cultivos, trazabilidad financiera avanzada, investigación aplicada a sustitución productiva, agroindustria con valor agregado, campesinos integrados como actores y no como variables de ajuste. Golpear las finanzas ilícitas con la misma precisión con la que hoy se persigue el eslabón más débil. Ese cambio de enfoque no se anunció como consigna, pero flotó en el ambiente. Y eso, en diplomacia, suele ser más relevante que un comunicado oficial. El capítulo venezolano terminó de confirmar que el encuentro no fue una foto aislada. Sentar en la misma mesa energía, sanciones, reactivación económica y seguridad fronteriza es reconocer que la región no funciona por pedazos. Pensar en corredores energéticos, modernizar lo estratégico y entender que la estabilidad nace del desarrollo, no solo del control, cambia la lógica: la economía también es una forma de seguridad. No es altruismo, es pragmatismo. Y tal vez por eso encontró menos resistencia de la prevista.

También hubo un gesto que muchos dejaron pasar: la solicitud de desclasificar archivos sobre heridas abiertas de la historia colombiana. Gaitán. El Palacio de Justicia. Odebrecht. No es solo pasado, es presente. Sin verdad no hay confianza, y sin confianza la democracia no se sostiene. Llevar esa discusión al plano internacional es poner la memoria y la justicia donde deben estar, en lo público y no en el bolsillo de nadie.
Todo esto me hace pensar: ¿Qué lugar quiere ocupar América Latina en un mundo que ya no gira alrededor de un solo poder? Durante años, la región se quedó entre el aplauso sin preguntas y las promesas que el viento se llevó. El encuentro Petro/Trump sugiere otra posibilidad, más desafiante y exigente, la de construir una agenda propia, coherente, que articule seguridad humana, transición energética, desarrollo tecnológico y reglas financieras contra la impunidad transnacional, bajo una condición innegociable de cero corrupción.
En ese horizonte aparece la necesidad de revisar las herramientas multilaterales existentes. La OEA, el derecho internacional humanitario, los marcos de cooperación regional muestran signos de agotamiento frente al crimen organizado transnacional y las nuevas formas de violencia. Persistir en normas pensadas para otro siglo es condenarse a administrar el fracaso. Lo que se insinúa, aún de forma fragmentaria, es la urgencia de un derecho internacional más preventivo, más restaurativo, con perspectiva de género y con protección real de comunidades rurales e indígenas, que hoy cargan el peso de conflictos que no diseñaron.
La “mentalidad poderosa” de la que habla Petro no es, entonces, una frase de campaña. Es una advertencia. Gobernar sin profundidad estratégica deja ruedas sueltas que tarde o temprano pasan factura en mortalidad infantil, en desigualdad, en territorios abandonados, en Estados capturados. Pensar el largo plazo ya no es un lujo intelectual, es una condición de supervivencia política.
El encuentro en la Casa Blanca movió el eje, sacó el debate del lugar cómodo del enfrentamiento simbólico y lo puso en el terreno complejo de las decisiones estructurales. El desafío ahora es evitar que esta convergencia momentánea se diluya en la inercia burocrática o en el cálculo electoral. Convertir el gesto en política, el diagnóstico en acción y la coincidencia en arquitectura institucional. Si no, el “ahora” volverá a parecerse demasiado al “antes”, y el horizonte seguirá siendo una promesa que nunca termina de alcanzarse.
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Acerca del autor

Ricardo Miguel Arquez
*Escritor y periodista mompoxino, especializado en Derecho Administrativo y formado en resolución de conflictos. Ejerce el periodismo investigativo con enfoque en política pública, minería, energía, derechos humanos y medio ambiente.
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