
Colombia cambió de tiempo, no los reflejos
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Durante cuatro años ocurrió algo que no estaba en el libreto político del país, un cambio real en la forma de ejercer y disputar el poder. No fue simplemente la llegada de un nuevo gobierno, sino la irrupción de una narrativa distinta que alteró las coordenadas tradicionales de la política colombiana.
Sin embargo, el verdadero problema no es el cambio en sí, sino la dificultad del país para procesarlo. Colombia cambió de tiempo, pero no de reflejos, nuevas dinámicas conviven con viejas formas de pensar, reaccionar y hacer política.
No fue una alternancia más. Fue una ruptura con el establecimiento, un cambio de color, de tono y de relato.
Gustavo Petro no llegó empujado por las inercias del sistema, como llegaron otros como Pastrana o Gaviria. Llegó después de forjarse en la lucha, de insistir, de resistir, de construir una narrativa propia contra el margen.
Esa llegada, con aciertos y errores, instaló algo que no se había visto antes, un simbolismo que penetró el país regional y desordenó la vieja cartografía del poder.
EL PAÍS EN SUS PROPIOS HUEVOS REVUELTOS.
Desorden. Viejos reflejos. Algunos avanzan. Otros dejan al país revuelto en un ruido mental.
Sin embargo, una parte del país aún no termina de darse cuenta de que Colombia ya es otra. No porque todo haya cambiado, sino porque cambiaron las emociones, las dinámicas y las expectativas.
La popularidad rompió muros antes infranqueables y reactivó una idea de izquierda que todavía aburre a muchos. La noción de cambio empezó a tomar forma en la vida cotidiana del país regional. Algo se ha movido. No todo ha salido bien, pero se han abierto resultados y un nuevo terreno de discusión que una parte del país aún se resiste a reconocer. El país no está inmóvil, pero tampoco ha logrado reorganizarse del todo. Lo que vemos no es solo confusión, sino la superposición de dos tiempos, uno que intenta abrirse paso y otro que se resiste a desaparecer.
Y aun así, persiste un resto del país mediático, político y cultural que sigue leyendo la realidad con los lentes del siglo pasado, como si el presente fuera una anomalía pasajera y no un nuevo estándar de la comunicación política.
Hubo quienes convirtieron cada tropiezo en prueba de fracaso, como si la democracia fuera una línea recta, es un rompecabezas en obra, piezas que no encajan del todo y movimientos que incomodan.
Vuelve Gabriel García Márquez. Como si nunca se hubiera ido. Hay mucho por escarbar en los signos que han ido marcando lo que somos. Una identidad atravesada por episodios desbordados. Como si este país hubiera sido condenado a ese vaivén entre el asombro y el desencanto, entre la duda y la revelación, hasta volver borrosos los límites de la realidad.
Al final, todo termina pareciéndose a eso. Un enredo de verdades y espejismos donde ya nadie sabe qué es verdad y que apenas aparece.
Colombia anda en algo de eso. No en las mismas sombras, no en los mismos tiempos, pero sí en ese vaivén entre la esperanza y la desconfianza, entre el entusiasmo y ese miedo raro a creer.
Sabemos que algo cambió. Lo intuimos. Lo comentamos. Pero a la hora de dar el paso, todavía dudamos.
Como si esperáramos una revelación final. Y no la hay. El cambio no llega como milagro ni como promesa, sino cuando una sociedad decide dejar de mirar la historia pasar y se atreve, por fin, a empujarla.
Tal vez convenga retomar la idea de Emilio Yunis, no es un problema de genes, sino de conductas. En la política colombiana esto se vuelve perturbador cuando figuras surgidas de reivindicaciones legítimas de sectores históricamente marginados como “Polo Polo”, investido del peso simbólico de una herencia negra de resistencia, tambores, libertad y dignidad ancestral, terminan imitando, sin rubor, las mismas actitudes del poder tradicional que decían enfrentar. O cuando el debate público degenera en burla, como en los desdenes de Abelardo sobre la changua, el bocachico o las identidades regionales, no es humor, sino una vieja inseguridad colectiva, más cercana al desprecio que a la ironía. No es la raza ni el origen lo que explica estas conductas, sino la fuerza de entornos que nos adiestran para repetir gestos, heredar manías y movernos dentro de un guion conocido. Yunis lo dijo con crudeza: “tenemos jugadores de talla mundial, pero los trofeos se nos caen de las manos”. En política ocurre igual, sobran talento, historia y causas, pero persiste una vocación invisible de lo mismo que nos devuelve, siempre, al punto de partida.
Más que un proyecto político, emerge la irrupción de sectores históricamente marginados que conviven con miradas ancladas en el país que fue. Hoy coexisten dos formas de leer el tiempo, una aferrada a sus miedos y rutinas, y otra que intenta, no sin dificultad, ensayar nuevas perspectivas. El problema no es la disputa, sino la resistencia a aceptar que el tiempo ya cambió, y la incapacidad de reconocer que ambas hacen parte del mismo presente.
Durante mucho tiempo, la forma de entender el mundo partía de la pertenencia. Familia, partido, tradición. Ahí estaba el lugar de cada quien y también la certeza. Todo parecía tener un orden claro, casi indiscutible.
Hoy el individuo ocupa el centro. Pero el cambio no ha sido completo.
La política se volvió más individual y emocional, casi al ritmo del “me gusta digital”. Cambiaron las formas, pero no todos los reflejos. El presente sigue leyéndose, muchas veces, con las lógicas del pasado.
Se ampliaron libertades. Se abrieron espacios. Pero los reflejos siguen intactos. Ahí está la tensión, un país que cambió de tiempo, pero que todavía reacciona como si nada hubiera cambiado.
Ahí está el verdadero desafío, qué país queremos construir cuando los tiempos ya cambiaron y la democracia debe probarse en la ruptura, no en la inercia. Porque no se pone a prueba cuando todo permanece igual, sino cuando el país cambia y debe decidir si acompaña ese movimiento o si, como en Macondo, prefiere seguir mirando cómo pasa.
Desde un análisis académico y lejos de posturas partidistas, queda abierta una pregunta, ¿por qué la política ha dejado de construirse desde la cercanía, cuando debería sostenerse en el diálogo, la palabra compartida y la confianza?
Y ahí aparece la pregunta más insoportable, la que no se resuelve con discursos ni con encuestas, ¿qué nos pasa como sociedad cuando cada quien cree tener una verdad definitiva que imponer y que los consensos se vuelven una rareza? Tal vez por eso seguimos dialogando tanto con el pasado. Piketty lo explicó desde la desigualdad persistente. Mazzucato desde la ausencia de un Estado que convoque y organice el futuro. Emilio Yunis desde una herencia cultural marcada por la fragmentación y la desconfianza. No son teorías aisladas, son pistas para entender por qué, aun cuando el país cambia, nos cuesta tanto cambiar con él. El desafío no es solo político, es mental y colectivo, aprender a leer el presente sin miedo, a discutir sin negarnos, y a entender que la democracia no se cuida regresando al ayer, sino asumiendo, con responsabilidad y conflicto, el tiempo que ya llegó.
Colombia ya cambió en muchos sentidos. La pregunta es si está dispuesta a asumir ese cambio con responsabilidad, o si seguirá interpretándolo como una anomalía pasajera, postergando una vez más la tarea de transformarse a sí misma.
Acerca del autor

Ricardo Miguel Arquez
*Escritor y periodista mompoxino, especializado en Derecho Administrativo y formado en resolución de conflictos. Ejerce el periodismo investigativo con enfoque en política pública, minería, energía, derechos humanos y medio ambiente.
3 comentarios





Tu texto es un ensayo profundamente sugerente, con ecos literarios y filosóficos que recuerdan tanto a García Márquez como a los diagnósticos sociopolíticos de Yunis, Piketty o Mazzucato. Lo que planteas es una radiografía de la tensión entre un país que ya cambió en sus emociones y dinámicas, pero que sigue reaccionando con reflejos del pasado.
Una felicitación al Dr. Ricardo por el escrito que nos ha compartido, en el cual logra articular un análisis lúcido y profundo de la realidad política y cultural de nuestro país. Su reflexión, elaborada desde una nueva perspectiva, abre caminos de comprensión que trascienden la mirada convencional y nos invita a reconocer la transformación de las emociones, dinámicas y expectativas que hoy configuran la vida nacional.
El texto no solo ilumina las tensiones entre el pasado y el presente, sino que también nos convoca a pensar la democracia como un ejercicio de ruptura y responsabilidad, más allá de la inercia de los viejos reflejos. En su aporte se percibe la fuerza de una voz comprometida con el diálogo, la confianza y la construcción de consensos, valores indispensables para el tiempo que ya llegó.
Por ello, celebramos este esfuerzo intelectual y lo reconocemos como una contribución significativa al debate académico y ciudadano, que enriquece nuestra comprensión colectiva y nos anima a asumir, con rigor y esperanza, los desafíos de la Colombia contemporánea.
Buenos días cordial saludo estimado Ricardo, paso por aquí para comentarle que su artículo es muy bueno, agudo y acertado al hacer una radiografía al mejor estilo macondiano dél surrealismo mágico dé Gabriel García Márquez, respecto al cambio de las formas de hacer política y de la disputa por él poder público.
Desde ésta perspectiva, al concluir usted dé manera categórica al decir que:
«Ahí está el verdadero desafío, qué país queremos construir cuando los tiempos ya cambiaron y la democracia debe probarse en la ruptura, no en la inercia. Porque no se pone a prueba cuando todo permanece igual, sino cuando el país cambia y debe decidir si acompaña ese movimiento o si, como en Macondo, prefiere seguir mirando cómo pasa.»
Dé ésta manera, su escrito deja ver lo qué realmente Colombia y en especial él pueblo colombiano estámos atravesando en la actualidad, y su reflexión aquí puesta en valor, nos invita a pensarnos de manera profunda él papel qué cómo individuos, cómo ciudadanos, cómo actores sociales, cómo actores políticos y cómo servidores públicos los colombianos en su heterogeneidad debemos aprender de una vez por todas a trabajar en equipo, en colectivo porqué al final todos vamos en él mismo navio, en él mismo barco naufragado contra viento y marea y nos es un deber común, él asumir y decidir hacer parte del nuevo paradigma y del proyecto de país qué está apostando él gobierno dél cambio y él legado de Iván Cepeda en querer continuarlo, muchas gracias por compartir éste documento para la opinión pública global, felicitaciones…
interesante leer el escrito, identifica muchas verdades. Es una radiografía de lo que somos