
América Latina y África, el regreso de una relación olvidada
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América Latina y el Caribe tienen una deuda silenciosa con África. No es una deuda económica ni diplomática en el sentido tradicional. Es algo más profundo, es una deuda de memoria, de historia y también de visión estratégica. Durante décadas, el continente que contribuyó a moldear nuestra identidad cultural y humana ha permanecido en los márgenes de la política exterior latinoamericana. Mientras la región reforzaba sus vínculos con Europa o consolidaba relaciones estratégicas con China, África quedaba relegada a un segundo plano, como si fuese una conversación pendiente que nunca encontraba el momento de comenzar.
Ese silencio empieza a romperse.
Del 18 al 21 de marzo, Bogotá será escenario de un foro entre la CELAC y varios países africanos. No se trata solo de una cita diplomática, es la posibilidad de empezar a abrir un nuevo capítulo entre dos regiones que comparten historia, desafíos de desarrollo y una posición común en el sistema internacional.
Pero más allá de la formalidad diplomática, el foro plantea una pregunta que durante mucho tiempo quedó sin respuesta: ¿por qué América Latina tardó tanto en mirar hacia África?
Durante décadas, la proyección internacional de América Latina se concentró en otros polos de poder: Europa, por sus vínculos históricos y culturales, y Asia, especialmente China como socio económico emergente del siglo XXI. África, en cambio, permaneció fuera del radar estratégico de muchas cancillerías latinoamericanas, a pesar de los antiguos y profundos lazos entre ambas regiones.
La historia compartida no es menor. El mestizaje cultural que define a buena parte de América Latina tiene raíces africanas evidentes. Las músicas, las lenguas, las tradiciones y las formas de resistencia social que se expandieron en el Caribe y en América Latina están atravesadas por esa herencia. Sin embargo, durante mucho tiempo esa relación quedó encapsulada en el terreno cultural, sin traducirse en una política exterior sostenida.
Hoy el contexto global obliga a repensar esa ausencia.
África emerge como uno de los espacios estratégicos del siglo XXI. Su crecimiento demográfico, su dinamismo urbano y una clase media joven en expansión abren nuevas oportunidades, mientras América Latina busca diversificar sus mercados y fortalecer la cooperación Sur-Sur, en un mundo cada vez más fragmentado.
La relación entre ambas regiones tiene, por lo tanto, una dimensión que va más allá de la diplomacia simbólica. Se trata de construir alianzas estratégicas en comercio, tecnología, infraestructura, energía renovable y servicios, sectores donde existen complementariedades evidentes.
Para Colombia, este acercamiento también recoge un proceso diplomático reciente. África ha sido escenario de varias giras de la vicepresidenta Francia Márquez, orientadas a abrir espacios de cooperación política, económica y cultural entre ambas orillas del Atlántico, esas giras fueron estratégicamente relevantes.
Sin embargo, quienes impulsan este proceso advierten que el foro de Bogotá no debe interpretarse como un punto de llegada. Es apenas un punto de partida.
El sistema internacional atraviesa una etapa de transformaciones profundas. Tensiones geopolíticas, conflictos armados y una creciente desconfianza hacia las instituciones multilaterales han debilitado los mecanismos tradicionales de cooperación global.
Pero abandonar el multilateralismo no es una alternativa viable.
El multilateralismo, como las democracias, no se preserva simplemente declarándolo necesario. Requiere ser reinventado constantemente para adaptarse a nuevas realidades. En ese proceso, la CELAC puede desempeñar un papel relevante como plataforma de diálogo político entre los países de América Latina y el Caribe.
El desafío consiste en traducir el diálogo político en mecanismos concretos de cooperación regional. La integración no se construye únicamente mediante declaraciones, requiere reglas operativas, marcos regulatorios modernos y una infraestructura capaz de conectar economías y sociedades.
Diversos organismos multilaterales recuerdan que la integración regional no empieza en las fronteras, sino dentro de los propios países. Antes de conectarse entre sí, América Latina debe fortalecer su infraestructura interna con corredores logísticos, redes energéticas, conectividad digital y marcos regulatorios compatibles. Ese sigue siendo uno de los grandes pendientes de la región. Pero el acercamiento entre América Latina y África no puede reducirse a obras o comercio. Hay un elemento más profundo que atraviesa cualquier intento de cooperación, y es la memoria histórica que ambas regiones comparten.
La esclavitud dejó una huella imborrable en ambos continentes. Durante siglos, millones de africanos fueron arrancados de sus territorios y trasladados a América en uno de los procesos más violentos de la historia humana. Esa experiencia no solo transformó economías y sociedades; también dejó cicatrices culturales y políticas que todavía influyen en las estructuras de desigualdad de muchas naciones.
En la última cumbre de la Unión Africana, el gobierno de Ghana insistió en reconocer la esclavitud como un crimen contra la humanidad. Esa reflexión invita también a América Latina a revisar su propia historia. Muchas de nuestras sociedades se construyeron sobre el mestizaje, pero al mismo tiempo desarrollaron formas persistentes de marginación y olvido hacia sus raíces africanas.
El escritor portugués José Saramago dejó una frase que resume bien ese desafío moral:
«Si puedes mirar, ve. Si puedes ver, repara.»
Mirar hacia África implica también reconocer esa historia compartida.
El foro reunirá en Bogotá a representantes de distintas regiones del continente africano, desde el norte hasta el África subsahariana, en un diálogo que busca abrir una nueva etapa entre ambas orillas del Atlántico.
La expectativa es que este primer encuentro abra el camino para una relación institucional más profunda entre ambas regiones. Si ese proceso avanza, podría consolidarse un espacio de cooperación del Sur global que represente a más de dos mil millones de personas.
El contexto político latinoamericano, sin embargo, no está exento de tensiones. La polarización que atraviesa a muchas democracias del mundo también se manifiesta en la región. Los países de la CELAC no siempre comparten las mismas visiones sobre las crisis políticas o los desafíos internacionales.
Pero la existencia de diferencias no necesariamente debilita los espacios de diálogo. Como ha sugerido Edgar Morin al pensar América Latina, quizá no exista una solución única para sus dilemas. Tal vez la clave esté, más bien, en aprender a observar las singularidades de este trozo de planeta, sus tensiones, sus mezclas y sus contradicciones, para comprender que en esa complejidad también reside una parte de su posibilidad histórica.
En ese sentido, la CELAC sigue siendo uno de los pocos foros donde América Latina y el Caribe pueden discutir sus diferencias en un espacio propio de diálogo regional.
Por eso, el encuentro entre la CELAC y África tiene un significado que trasciende la diplomacia. Representa el comienzo de una conversación largamente postergada entre dos regiones que comparten pasado, desafíos y aspiraciones.
Tal vez el resultado más importante de este foro no sea lo que se firme en su comunicado final.
Tal vez lo esencial sea algo más simple y más profundo, que después de siglos de historias cruzadas, América Latina y África empiezan finalmente a hablarse de nuevo.
Acerca del autor

Ricardo Miguel Arquez
*Escritor y periodista mompoxino, especializado en Derecho Administrativo y formado en resolución de conflictos. Ejerce el periodismo investigativo con enfoque en política pública, minería, energía, derechos humanos y medio ambiente.
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