
El debate que terminó en un zapato… y lo que revela
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Daniel Coronell afirmó públicamente que prefería votar por un zapato antes que por el precandidato presidencial Abelardo De la Espriella. Más allá de la coyuntura y de los nombres, la frase abrió una discusión que merece examinarse con serenidad.
La frase se volvió mantequilla pasada por cuchillo caliente. Voló por las redes sociales. Se volvió titular, meme, sobremesa y discusión de café.
Pero más allá del picante, la sentencia tiene un fondo que perturba.
En la pasarela electoral colombiana han aparecido competidores inesperados. No convocan multitudes, no prometen refundaciones históricas, no se indignan frente a las cámaras ni señalan culpables con el dedo índice sin pruebas suficientes. No cargan esa charretera que certifique que su propuesta emergió de las regiones, ni se reclaman como herederos de Jorge Eliécer Gaitán, de Álvaro Gómez Hurtado o de Otto Morales Benítez. No tienen jefe de debate. Apenas una estratega digital para mostrarse viralmente ante un segmento de ciudadanos que todo lo cree a primera vista.
Y sin embargo, ahí están.
La frase de Coronell, más que una punzada, es un examen silencioso. El ciudadano debería mirarse al espejo antes de cerrar la puerta y, a solas, hablar con su conciencia. En ese momento no habrá aplausos, ni bodegas, ni barras bravas. Solo el espejo.
Y entonces surge la pregunta inquietante: ¿por qué un zapato empieza a sumar puntos y ha puesto a pensar a la gente?
Pensaría uno en Charles Chaplin cuando decía que la vida es una tragedia en primer plano y una comedia en plano general. Tal vez esta escena política, vista de cerca, angustia. Pero vista de lejos revela su ironía. O en Charles Darwin, quien advertía que no sobrevive el más fuerte ni el más inteligente, sino el que mejor se adapta. ¿Será que nos estamos adaptando a estándares cada vez más bajos sin notarlo?
No se trata de lanzarle el zapato al adversario. Tampoco fue, creo yo, la intención literal del periodista. El zapato es símbolo. Es metáfora. Es un recurso viejo como la sátira misma para decir que el estándar se ha erosionado.
No es el zapato el que sube. Es el debate el que baja.
El país no espera a un mesías. Espera a un presidente que no agreda como método, que no cambie de versión según el viento, “al son que me toquen, bailo”, que no improvise cifras al calor del micrófono. Alguien firme. Con la suela pegada a la realidad.
Es cierto que el periodismo ha convivido con la sátira. Pero la democracia no debería acostumbrarse a la mediocridad. La metáfora se vuelve perturbadora cuando la elección termina reducida a una escena áspera entre el mal olor y el zapato.
Y cuando algo empieza a oler mal, no siempre es el cuero. A veces es el ambiente.
En cambio, en Mompox, la familia de Waldo Fonseca conserva un zapato con devoción casi doméstica. Dicen que se desprendió del pie de Belisario Betancur en plena manifestación política, durante la campaña presidencial de 1982. En medio del fervor, del empujón y del entusiasmo provinciano, el zapato quedó atrás como una reliquia involuntaria.
Lo guardan no por el cuero ni por la marca, sino por la historia. Porque ese zapato, extraviado en el fragor del mitin, tiene algo de símbolo nacional, el objeto humilde que termina contando más que el discurso. Algunos aseguran, con esa solemnidad mompoxina que mezcla fe y memoria, que el zapato parece salido del pie de un Papa en procesión vaticana. No por sagrado, sino por lo que representa…el paso fugaz del poder.
Y tal vez ahí esté la diferencia. Hay zapatos que se pierden en la algarabía del momento… y hay otros que, sin proponérselo, terminan convertidos en memoria. Otros, en cambio, no dejan huella, apenas un olor persistente que el tiempo se encarga de disipar.
Conviene decirlo con justicia, en medio del ruido sí hay candidatos estructurados, con ideas trabajadas, equipos serios y propuestas que resisten lectura. Los hay. Pero comparten micrófono con una manada de aspirantes mal parados, no de postura, sino de argumento, que han confundido el grito con la razón y la consigna con el pensamiento. Se desgañitan en adjetivos. Lanzan epítetos como si fueran programas de gobierno. Se miran en el espejo del aplauso fácil y creen que la intensidad es profundidad. ¡Qué tentación tan grande la de parecer sin ser!
Y hay algo más grave, cuando el ciudadano empieza a resignarse, cuando normaliza la ligereza, cuando deja de exigir altura, el zapato deja de ser metáfora y se convierte en medida. Y ese día ya no estaremos comparando candidatos. Estaremos midiendo cuánto hemos reducido nuestras expectativas.
Y entonces volvemos la mirada al zapato. Callado. Mesurado. Sin promesas imposibles. Sin dramatismo. Sin insultos.
Quizás la verdadera pregunta no es por qué el zapato resulta competitivo.
La pregunta es otra, más honda: ¿en qué momento la política perdió la suela… y empezamos a caminar descalzos?
Este escrito no pretende tomar partido ni señalar nombres propios. No es un respaldo ni una descalificación personal. Es una reflexión ciudadana sobre el momento político que vive el país, expresada a través de una metáfora que ha circulado en el debate público reciente.
La intención no es influir en decisiones electorales ni orientar preferencias, sino invitar a una mirada más amplia sobre la calidad del debate, el tono de la discusión y las expectativas que como sociedad depositamos en quienes aspiran a dirigirnos.
La figura del “zapato” no debe leerse como agravio, sino como símbolo. Un recurso narrativo que permite examinar, con cierta distancia y serenidad, cómo a veces el ruido desplaza a las ideas y la forma termina imponiéndose sobre el fondo.
En últimas, no se trata de confrontar a nadie, sino de pensar mejor. Porque fortalecer la democracia no consiste en amplificar el grito, sino en elevar la conversación.
Acerca del autor

Ricardo Miguel Arquez
*Escritor y periodista mompoxino, especializado en Derecho Administrativo y formado en resolución de conflictos. Ejerce el periodismo investigativo con enfoque en política pública, minería, energía, derechos humanos y medio ambiente.
2 comentarios





Qué bien, qué buen escrito. Una crónica literaria ciudadana, que reivindica al corazón vibrante de las auténticas sociedades democráticas, al ciudadano activo y crítico ó rebelde con su entorno mediocre ó de medianías. En todo caso, lejos de la espera de los llamados “liderazgo fuertes” del empresariado, de los mesianismos o caudillismos políticos y, peor aún, de las egolatrías emergentes sin antecedentes o pasados institucionales que les den consistencia ética y política.
el escrito tiene un narrativa exquisita, se mezcla algo de crónica y literaria, el pasaje de Mompos causa un rompimiento y no hace aburridor el análisis, por el contrario le da un toque de símbolo historico, y por otro lado la metafora del zapato se convierte en un analisis para la memoria
felicitaciones