
La verdad en tiempo de campaña
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En un país polarizado y con una memoria en disputa, el uso oportunista de la verdad puede profundizar las heridas en lugar de cerrarlas. Una reflexión necesaria.
El cierre pendiente de Justicia y Paz
El 24 de octubre, la directora del DAPRE, Angie Rodríguez, y el ministro del Interior, Armando Benedetti, dieron arranque al Comité Técnico. Fue el campanazo de una estrategia nacional para cerrar, por fin y por completo, el largo capítulo de Justicia y Paz con las AUC.
Una fase que cruza lo jurídico, lo político y lo pedagógico bajo la bandera de la Paz Total en el Plan de Desarrollo Colombia, Potencia Mundial de la Vida. En otras palabras, ponerle punto final con verdad, reparación y reconciliación reales, no de discurso.
El retorno de los antiguos comandantes
En las sesiones del Comité de Gestores de Paz realizadas en Valledupar entre el 22 y el 24 de octubre de 2025, se dio un paso firme que pone a prueba de nuevo la madurez democrática y la conciencia del país.
La reactivación de la mesa de diálogo con los exjefes paramilitares de las antiguas Autodefensas Unidas de Colombia, convertidos ahora en gestores de paz, revive una de las discusiones más profundas de nuestra historia reciente: cómo alcanzar la verdad sin que se confunda con el interés político.
Dieciséis antiguos comandantes —entre ellos Mancuso, Jorge 40, Macaco y Don Berna— fueron acreditados como gestores de paz hasta agosto de 2026. Según el Ejecutivo, la iniciativa busca cerrar el ciclo inconcluso de Justicia y Paz, saldando deudas de verdad, reparación y memoria con las víctimas.
Sin embargo, el momento elegido, a pocos meses de unas elecciones, abre un terreno minado. No por el propósito, sino por el contexto. La verdad no debería ser un acto de oportunidad, sino de conciencia. En política, la oportunidad suele pesar más.
La verdad como arma política
El ministro del Interior defendió la medida con una frase que suena transparente, pero deja interrogantes: “¿No le parece bien que se sepa si unas personas que hoy están posando de candidatos han estado dentro de esas estructuras? Es mejor que eso se sepa antes de campaña que después”.
Lo que parece un acto de claridad podría terminar siendo la vieja tentación de usar la verdad como arma en tiempos de política.
En Valledupar también se habló de mejorar la situación carcelaria de algunos exjefes para facilitar la coordinación con sus antiguos lugartenientes. “Si tengo una persona completamente aislada, no sé cómo hacer para que cierre la verdad, restituya, hable, coordine”, dijo el ministro. El argumento puede sonar práctico, pero plantea la misma duda moral: ¿se puede conceder libertad a quienes estuvieron en el centro del horror con la esperanza de obtener verdad? La paz no se construye solo con procedimientos. Se sostiene sobre un equilibrio delicado entre justicia y confianza. Ese es el reto.
Los riesgos de la campaña
Hay riesgos hondos. El desarrollo de esta iniciativa en medio de un ambiente electoral puede polarizar y enredar la cuerda de la verdad. En Colombia, donde la memoria siempre ha sido territorio en disputa, cada intento de reconciliación enfrenta el peligro de la manipulación.
En la visión del presidente, no se trata de negar el diálogo con los victimarios, sino de proteger el sentido de ese diálogo. Cuando las verdades que debieron liberarnos se agitan en el escenario del debate político, lo que se debilita no es una campaña, sino la conciencia colectiva.
La paz no es una negociación puramente jurídica, sino un esfuerzo por comprender y restaurar. Los fines de la lucha armada pertenecen al pasado, y prolongarlos en el presente solo perpetúa su sombra.

La herida que no cierra
Decía Saramago que el poder teme a quienes piensan por sí mismos, porque la conciencia no se arrodilla. Arendt advertía que el mal se vuelve rutina cuando la sociedad deja de pensar.
En cualquier tiempo o gobierno que haya preferido el silencio al juicio, el pensamiento libre ha sido un estorbo. Hoy, la paz total solo será posible si se arrancan de raíz las causas que nos persiguen desde aquel 9 de abril de 1948, que dejó miles de muertos y una nación partida. Desde entonces cargamos una herida abierta, como si, en la predestinación de Gabo, esas muertes hubieran seguido viviendo.
El conflicto no nació de un día. Se incubó en clanes que levantaron su poder sobre el aislamiento, la sospecha y el miedo. Clanes cerrados por la sangre, los mitos y la desconfianza, que adoraron las armas y normalizaron la violencia. Ese mundo interior terminó moldeando la mentalidad del conflicto. Y aunque duela admitirlo, sigue ahí, enquistado como una marca que el país no ha logrado borrar.
Verdad, memoria y futuro
Colombia sigue buscando un punto de equilibrio donde la justicia no sea venganza y la memoria no sea botín. La paz que se firma en papeles es apenas el comienzo. La verdadera es la que empieza dentro de cada conciencia. El país solo avanzará cuando la verdad deje de ser utilizada y empiece a ser comprendida. Porque la paz auténtica no se impone ni se administra: se vive y se reproduce.
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Acerca del autor

Ricardo Miguel Arquez
*Escritor y periodista mompoxino, especializado en Derecho Administrativo y formado en resolución de conflictos. Ejerce el periodismo investigativo con enfoque en política pública, minería, energía, derechos humanos y medio ambiente.
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Excelente artículo Don Ricardo cordial saludo desde el DAPRE un compañero suyo de trabajo