
La tregua de Busan: una respirada, no un giro
Compartir:
La pausa entre China y Estados Unidos reduce la volatilidad externa, pero no resuelve la competencia estructural que define el siglo XXI.
El mundo respiró aliviado tras la reunión entre Xi Jinping y Donald Trump en Busan. El 30 de octubre, en los márgenes de la cumbre APEC 2025, las dos potencias económicas más grandes del planeta anunciaron una pausa en su guerra comercial y tecnológica.
Esta tregua es bienvenida. Llega en un momento en que la economía global, apenas recuperándose de las crisis de inflación y logística, no soportaba otra escalada. La retórica de la administración Trump, sumada a la desaceleración interna de China, creó el escenario perfecto para una “desescalada” pragmática.
La colisión permanente amenazaba con fracturar irreversiblemente las cadenas globales de suministro. El anuncio de Busan reduce esa tensión inmediata. Sin embargo, interpretar este acuerdo como un giro estructural o el fin del conflicto es un error de análisis. Lo pactado en Corea del Sur es una respirada táctica, no la paz económica. La competencia fundamental por el dominio tecnológico, la influencia geopolítica y los modelos de desarrollo sigue intacta.
Para Colombia y América Latina, esta pausa ofrece una ventana de oportunidad para mitigar riesgos externos. Pero no es una garantía de estabilidad a largo plazo.
Un alivio táctico, no estratégico
El acuerdo de Busan es, en esencia, un trueque de concesiones diseñado para calmar los frentes más irritantes de la relación bilateral.
Primero, Estados Unidos anunció la reducción de algunas tarifas arancelarias impuestas en los últimos años. China, por su parte, accedió a demorar la implementación de sus controles a la exportación de tierras raras. Este punto es clave. Las tierras raras –un grupo de 17 minerales– son vitales para la industria de defensa, la transición energética (turbinas eólicas, autos eléctricos) y la tecnología de consumo (semiconductores, teléfonos).
Estados Unidos tiene una altísima vulnerabilidad en este frente, pues China domina el procesamiento de estos minerales. La amenaza de Pekín de cerrar el grifo era una palanca de presión existencial para la industria occidental. Que Xi ceda, temporalmente, es una concesión mayor.
Segundo, Pekín prometió retomar y aumentar sus compras de productos agrícolas estadounidenses, principalmente soya. Este es un guiño directo a la base electoral de Trump en el Farm Belt, una necesidad política para el presidente estadounidense. Para Xi, es una necesidad económica: asegurar el suministro de alimentos a un precio estable.
Tercero, China se comprometió a cooperar en el control del flujo de fentanilo hacia Estados Unidos. Este no es solo un tema de salud pública: se ha convertido en uno de los mayores irritantes políticos y sociales dentro de Estados Unidos Pekín utiliza la cooperación en este campo como una valiosa ficha de negociación.
Para economías emergentes como la colombiana, la señal de esta tregua es positiva. Un menor grado de incertidumbre entre los dos gigantes ayuda a estabilizar el entorno global. Menos volatilidad en los precios de las materias primas y menos interrupciones logísticas son buenas noticias para la región.
Las raíces del conflicto siguen intactas
Aquí es donde la tregua de Busan muestra sus límites. El acuerdo no toca, ni de lejos, los cimientos del conflicto. Los analistas coinciden en que es una pausa, no una resolución. Los dilemas de fondo siguen latentes y definen la competencia del siglo XXI:
- El modelo de capitalismo de Estado. El verdadero choque no es sobre tarifas, sino sobre el modelo “Made in China 2025”. Estados Unidos y Europa denuncian que la política china de subsidios estatales masivos a sus industrias clave (acereras, astilleros, tecnología) crea una competencia desleal imposible de igualar. China no renunciará a este modelo, pues es la base de su desarrollo.
- La guerra tecnológica. La verdadera guerra no son los aranceles: es el control de los semiconductores. El acuerdo de Busan no dice nada sobre las restricciones de Washington a la venta de chips avanzados (como los de NVIDIA) a China. Tampoco resuelve la carrera por el dominio en 5G, 6G e inteligencia artificial.
- Propiedad intelectual. Un problema crónico que sigue sin resolverse de manera estructural.
Además de no resolver lo estructural, el acuerdo es frágil en su implementación. La capacidad de China para cumplir en la práctica lo acordado es cuestionable. ¿Realmente cerrará el grifo del fentanilo, un negocio gris y descentralizado? ¿Materializará las compras agrícolas prometidas, o las usará como amenaza futura?
La confianza es mínima. Ya se vieron promesas rotas en la “Fase 1” del acuerdo comercial de 2020. Pekín es hábil en la “ambigüedad estratégica” para ganar tiempo.
Finalmente, el acuerdo económico puede descarrilarse por la geopolítica. La tregua no menciona a Taiwán ni las tensiones militares en el Mar de China Meridional. Estos son los verdaderos “cisnes negros” que podrían romper la calma en cualquier momento, arrastrando a la economía global.

Colombia ante la nueva “calma”
Aunque la tregua sea frágil, sus efectos inmediatos sobre América Latina son reales. Para Colombia, el impacto se sentirá en tres frentes principales.
El frente comercial
El impacto inmediato es sobre los precios de las materias primas. Colombia exporta principalmente carbón y petróleo a China. Si Pekín aumenta su actividad importadora y estabiliza su crecimiento interno gracias a la tregua, la demanda global de commodities se sostiene.
Esto da un piso a los precios del petróleo, el carbón y el café, y alivia la presión sobre las cuentas externas y fiscales de Colombia. La estabilización de los precios de minerales estratégicos (como el cobre, aunque Colombia no es un gran productor) también calma los mercados de inversión minera en la región.
El frente financiero
Quizás el efecto más tangible sea la estabilidad externa. El peso colombiano es una moneda emergente altamente sensible al riesgo global. Cuando China y Estados Unidos chocan, los capitales huyen de los mercados emergentes y buscan refugio en el dólar (fenómeno de flight to quality).
Una tregua reduce este pánico. Menos volatilidad entre el yuan y el dólar se traduce en menos choques externos para el peso. Un entorno global más predecible da mayor margen de maniobra al Banco de la República para continuar su política de reducción de tasas de interés, sin la presión de una devaluación abrupta. Esto es un alivio directo para la inflación de bienes importados y para el costo de la deuda externa, tanto pública como privada.
El frente estratégico y doméstico
Finalmente, esta calma externa abre una ventana crucial para la política doméstica. Colombia se encuentra en un proceso de debate y ajuste de reformas estructurales. Estas reformas (pensional, fiscal, laboral) requieren confianza, estabilidad e inversión.
Un entorno externo caótico, como el vivido en los últimos años, es el peor escenario para implementar cambios profundos. Genera desconfianza, frena la inversión extranjera y reduce el apetito por el riesgo.
Esta tregua da aire. Si el mundo ofrece un entorno más estable, Colombia podría aprovechar para avanzar en su agenda económica con un mejor clima externo. La pregunta es si el país aprovechará esta ventana, o si la volatilidad política interna anulará los beneficios de la calma global.
Una ventana corta que exige acción
La reunión de Busan no debe interpretarse como un giro en la relación bilateral. Es una respirada estratégica. Establece un piso mínimo de estabilización, pero no elimina las bases de la competencia estructural que definirá las próximas décadas.
Para Colombia, este no es un momento de complacencia, sino de realismo. La tregua es frágil y probablemente temporal. El país debe vigilar de cerca la implementación de los acuerdos: si las compras agrícolas se materializan, si las tarifas bajan realmente y cuál es la reacción de los mercados de commodities y divisas.
Pero, sobre todo, Colombia debe usar este tiempo. La pausa debe aprovecharse para fortalecer la economía interna, avanzar en la diversificación productiva (para reducir la dependencia de los ciclos de materias primas ligados a China) y gestionar la agenda de reformas con prudencia fiscal.
El conflicto estructural entre Estados Unidos y China volverá. La pausa actual es solo eso: una pausa.
Le recomendamos: Colombia frente a los aranceles trumpianos
Acerca del autor

Luis Eduardo Gonzalez Lozano
*Economista de la Universidad del Rosario, MBA con énfasis en Gerencia de la Innovación del Colegio de Estudios Superiores de Administración, estudiante de PhD en Economía de la Universidad del Rosario. Analista de datos y negocios, investigador y gerente de proyectos.
1 comentarios





Existe cierto optimismo sobre que fue Xi quien perdió y no Trump, al otorgarle al segundo la posibilidad de crear empresas occidentales que sustituyan la oferta, con intermediarios e incluso países aliados como Australia.
Si bien temporalmente EE. UU podría suplir esa oferta, en los plazos de 1 o 2 años del secretario del Tesoro Bessent, -que son dudosos… -, con el procesamiento que tenga lugar allí, la interdependencia con China -por la masiva fabricación que emplea esos materiales-, seguirá presente en el largo plazo. Es decir, tendría que existir una política estratégica de reindustrialización para hacerle quite al capital chino y eso en los 4 años de Trump, en los 2 años de Bessent no se va a lograr. Al revés, a los inversores extranjeros en Asia les resultará más barato seguir como están.