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Un terremoto: Chile se desnuda

Escrito por Jorge Mora

Jorge R Mora ForeroLos saqueos posteriores al terremoto sacaron a la luz un Chile en el cual los chilenos no quieren reconocerse. El déficit ético que algunos señalan en los pillajes puede estar vinculado con el consumismo y una educación informativa más que formativa.

Jorge R. Mora Forero*

"Concepción está en el suelo. Talcahuano ha sido arrasado por una ola gigante. Los barcos ocupan las calles, las casas convertidas en un revoltijo informe de tablas y restos, rumas de escombros por los que hay que trepar para desplazarse de un lugar a otro; las camas de un internado, sepultadas bajo tierra.

Los desaparecidos se confunden con el número de muertos.

Hay saqueos…"

Esta descripción que he tomado de Claudia Urzúa [1], no corresponde, como muchos podrían pensar, al terremoto del 27 de febrero de 2010. No. Hace referencia al cataclismo de 8.5 (Escala de Richter) del 20 de febrero de 1835.

Hace 175 años; como si fuera ayer.

Pero es que Concepción nació sísmica. En efecto, 20 años después de fundada, el 8 de febrero de 1570, la ciudad se estremeció con un sismo equivalente a 8.3 en la Escala de Richter. "Las crónicas relatan que la tierra se abrió en varios lugares y manó agua negra con olor a azufre. Luego, un maremoto destruyó lo poco que quedaba en pie. No se reportaron muertes, pero se informó de intentos de saqueo por parte de la población indígena"[2].

Lo del 27 de febrero lo sentimos quienes estábamos en Chile; el resto del mundo se informó por radio, por televisión y por internet.

El sacudón de 8.8 grados se sintió unos 20 minutos antes de las 4 de la madrugada. Edificios, puentes, casas, carreteras, parte de la carretera central y parte del aeropuerto de Santiago, fueron destruidos o dañados. Más de 500 muertos y muchos desaparecidos.

Y luego, sobre las ruinas o bajo ellas, el aislamiento, el desconcierto, la impotencia, la ira, de mucha gente que se sintió abandonada. El gobierno no estaba preparado para afrontar un sismo de esa magnitud. Comenzó con la falla, imperdonable, de información sobre el tsunami y, después, sobre la asistencia a las víctimas y sobre el orden público.

El mismo sábado en la tarde comenzaron los saqueos de tiendas y pequeños comercios. Era el comienzo de dos días de saqueos a supermercados, a viviendas averiadas y a camiones que llevaban auxilios para los damnificados. Carros de bomberos son asaltados para quitarles el agua. Viviendas no dañadas también son asaltadas y vi, en Los Ángeles, otra ciudad dañada cerca de Concepción, organizar grupos de vecinos para defender de los delincuentes sus viviendas que no habían sido dañadas por el terremoto. Ello, a pesar del toque de queda. La televisión, mostraba una y otra vez las imágenes de los saqueadores con el show de la violencia porque la violencia vende. Una venta irresponsable porque al vender, también crea efectos de mostración que reproducen el fenómeno en otras partes.

¡Que los maten! ¡Que los fusilen! decía gente del grupo de "los buenos", cuando veían a los saqueadores por televisión. "Nosotros los chilenos no somos así", agregaban. Y añoraban una mano militar como la del almirante que puso orden cuando ocurrió el terremoto de Valparaíso en 1906. Entonces los saqueadores fueron fusilados sin piedad in situ. Algún periódico publica los rostros de algunos de los fusilados. Los contemplamos: rostros del olvido, hijos de la miseria que creyeron que la vida les daba una oportunidad con la desgracia y, en cambio, se encontraron con la muerte fulminante…

Pero ahora no es sólo el "lumpen" quien saquea. Son obreros, trabajadores del transporte, gente de clase media. Unos llevan alimentos, otros licores, otros televisores plasma… Hay rostros de madres necesitadas buscando alimentos, rostros de quien pudo echarse al hombro cualquier cosa y rostros que utilizaron automóviles y camionetas para el saqueo.

Desde este lado, algunos justificaron el saqueo de alimentos, pero no más.

"No somos así ¡Qué vergüenza! ¿Qué pasó?"

Héctor Soto dice que las imágenes de los saqueos son una puñalada a nuestra conciencia de pueblo virtuoso. Y agrega: "La televisión inicialmente quiso hacer distingos de buen tono perdonando a la señora que sacaba tarros de leche para sus hijos y condenando al que llevaba televisores o sillones. Pero entrar ahí es entrar en un campo de fronteras difusas, porque lo más probable es que sacó leche quien no encontró whisky y whisky quien comprobó que los plasmas se habían acabado"[3].

Ante esta situación, la alcaldesa de Concepción habló de la posibilidad de un estallido social y criticó al gobierno por dejarlos en esa situación.

Pero más allá de este saqueo abierto y al margen de la ley,  hubo otro tipo de saqueo, éste legal: fue el producido por el egoísmo y afán acaparador de las clases más pudientes que agravaron los efectos de la catástrofe por el acopio innecesario de productos[4]. La gente que contaba con pocos recursos, encontró los escaparates vacíos.

Algunos hablaron del terremoto moral; del quiebre de un mundo de valores que, se suponía, sostenía la cohesión social.

El afamado analista Patricio Navia, escribió que "El dolor de la tragedia estará acompañado por la vergüenza de esas imágenes que mostraron que, después del terrible golpe de la naturaleza, la reacción de algunos chilenos podría ser tan indigna"[5].

Pero estas manifestaciones de indignación impiden abordar seriamente el problema. Tomamos el árbol por las ramas y nos quedamos en ellas. Confundimos los síntomas con las causas o, sencillamente, no queremos abordarlas. No queremos reconocer que ese es el espejo que nos retrata y que la realidad social siempre tiene dos caras muy pronunciadas en América Latina: las de la inclusión y la exclusión; las de la riqueza y la pobreza, que impactan mayormente cuando hay catástrofes, como nos lo recuerda Juan Flores Riquelme, Presidente de la Sociedad Chilena de Sicoanálisis, cuando dice que "toda catástrofe tiene un sello inevitable de clase, es decir, afecta siempre más duramente a los más débiles, a los más necesitados y a quienes están fuera de las redes protectoras… [6]

Vivi Kreutzberger, la hija de "Don Francisco", recorriendo las ruinas dice que el 70% de los afectados, está entre los menos favorecidos…

Pero, también están las dos caras "circunstanciales" (para decirlo en términos de Ortega y Gasset) de la personalidad, o los eternos Mr. Jekyll y Mr. Hyde que llevamos dentro y que se manifestaron en los rostros de quienes, sin necesitar, participaron en los saqueos. Y es que, con frecuencia, nos olvidamos de que el hombre es "humano" (valga la redundancia), es decir, que está hecho de barro y que, en ciertas circunstancias, el mundo de los valores con los cuales sublimamos ese barro, no opera, no funciona. Y, entonces nos sorprendemos de llegar a ser lo que no queremos ser, o lo que no deberíamos ser. Y exclamamos, contra toda evidencia ¡Ese no soy yo! ¡Esos no somos nosotros!

Los sociólogos y los sicólogos sociales advirtieron, desde hace tiempo, que en Chile estaba construyéndose una sociedad consumista, individualista y excluyente que conllevaba un deterioro creciente del tejido social y, por lo tanto, un quiebre de la personalidad de los asociados.

Si miramos a los actores del caos social, encontramos a gentes con necesidades inmediatas y a gentes que no las tenían pero que tenían un ‘déficit ético'. "Imposible imponer una respuesta moral frente a padres que pasaron 48 horas sin agua o alimentos para sus hijos, lo que pone luz sobre los problemas de gestión de la administración de la tragedia" dice la socióloga de la FLACSO Lucía Dammert. Y agrega que: "Que el terremoto demostró la fragilidad del orden y la paz pública, evidenció las profundas fracturas sociales que nos rodean y materializó la violencia como método reconocido para resolver todo tipo de conflictos"[7].

Entonces nos encontramos con:

Un Estado doblemente ausente: frente a la tragedia, sin información sobre el tsunami y sin comunicación del centro con las regiones, sin ayudas materiales y sin orden público (ya que el ejército no iba a ser sacado a la calle, para no dañar la imagen de la presienta Bachelet) y frente a la cohesión social, sin una política estructural incluyente.

También el caos social demostró que la educación está fallando. Que es más informativa que formativa. Que falta una educación vivencial en valores cívicos y solidarios.

Pero, la educación sola puede hacer muy poco si no hay una sociedad menos inequitativa y un Estado social absoluta y creíblemente renovado y reinventado, porque, como dice el citado Héctor Soto, "En los saqueos naufraga por igual el proyecto del Chile Católico del Padre Hurtado y el Chile laico de don Pedro Aguirre Cerda, el del  sueño republicano y el de la utopía socialista, el del programa iluminista de las viejas humanidades chilenas y el de las clases ahora por computador. Naufraga el país de Neruda y también el del mall. Todos a pérdida.

Es un gran fracaso y una gran decepción"[8].

Es de esperarse que Chile aprenda la lección, porque lo más probable es que pasados los movimientos telúricos y políticos de estos días y pasada la reconstrucción básica de la infraestructura física (que traerá grandes ganancias a los inversionistas constructores), el país siga en el marasmo del consumismo ilimitado, de la concentración de la riqueza y del ingreso, impulsados ahora mucho más por la optimización del Estado neoliberal consagrado en la Constitución de 1980, proyectada por el nuevo gobierno, lo que incluye flexibilización laboral, por supuesto. Porque ahora hay "un gobierno de empresarios" en el que las grandes compañías prescinden de sus representantes y mediadores políticos para asumir de forma directa y abierta la gestión del gobierno[9].

* Doctor en Historia de El Colegio de México y Pedagogo de Excelencia de la Universidad Pedagógica Nacional de Colombia. Web: www.jorgemoraforero.com

 Notas de pie de página

 

[1] Claudia Urzúa, "El remesón que Darwin esperaba", La Tercera, 7 de marzo de 2010, pp. 22-23

[2] Revista Ercilla No. 3393 del 8 al 21 de marzo de 2010, p. 26

[3] Héctor Soto, "Grietas en la autoestima", La Tercera, 7 de marzo de 2010

[4] El  Mercurio, 3 de marzo de 2010, p. B2

[5] Patricio Navia, "Daños Colaterales", La Tercera, 6 de marzo de 2010, p.22

[6] Juan Flores, "Vandalismo y pillaje: ¿qué nos pasa?", Revista Ercilla, Op. Cit. p. 18

[7] Lucía Dammert, "Vandalismo y pillaje…", pp.18-19

[8] Héctor Soto, Op. Cit.

[9] Alvaro Ramis, "Ciudadanos contra gerentes", Le Monde Diplomatique, Año X, No. 105, Santiago de Chile, marzo de 2010

 

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