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Colombia y Venezuela: una guerra sin sentido

Escrito por Jorge Mora

Una oportuna reflexión ética a propósito de un conflicto que bien podría estallar.

Jorge Mora Forero*

Justificando la guerra

A algunos les parecerá que lo que no tiene sentido es el título de este escrito, ya que podrían pensar que la guerra siempre tiene sentido. Por lo menos, es lo que nos diría una filosofía de la historia que entienda sentido como "razón". O una filosofía que  sostenga que la guerra es inherente a la totalidad de la vida misma. Incluso podría decirlo alguna historia de tipo explicativo que confunda "sentido" con causa o determinante. Y podríamos, finalmente, echar un vistazo al proceso histórico y pensar que la guerra tiene sentido porque, aunque no abarca la totalidad de la vida, sí se presenta como una constante histórica.

Así que no es difícil encontrar en el pasado elementos teóricos -y, también, teológicos- legitimantes. Por ejemplo:

  • Una voz del mundo griego que es la de Heráclito, dice: "Guerrear es el padre de todas las cosas, de todas es rey"[1]. Tal vez esto, y los estudios históricos, le sirvieron a Marx para considerar, en su dialéctica, a la violencia como partera de la Historia[2].
  • El historiador Tucídides nos presenta a Alcibíades, uno de los líderes de Atenas, defendiendo la expedición a Sicilia con el argumento de que "…cuando una ciudad está ociosa se gasta y corrompe, y como todas las otras cosas envejecen y se gastan con el ocio, así también sucederá a nuestra disciplina militar, si no nos ejercitamos en diversas guerras, para que la conserven las muchas experiencias, porque la ciencia de saber guardar y defender no se aprende por palabras, sino por uso, acostumbrándose y ejercitándose  en los trabajos y las armas"[3].
  • Maquiavelo nos dice que "El príncipe no debe cesar… jamás de pensar en el ejercicio de las armas y en los tiempos de paz, debe darse a ellas más que en los tiempos de la guerra "[4]; en el pensamiento maquiaveliano, también la guerra crea disciplina para mantener la seguridad.
  • Para el pensamiento cristiano la historia es una constante lucha entre el bien y el mal. Expresado a través de San Agustín, es la lucha entre dos ciudades, la ciudad terrena (civitas diaboli) y la ciudad celeste (Civitas Dei), conflicto dramático que mueve el proceso histórico[5]…

¿Una guerra entre Colombia y Venezuela?     

Colombia se encuentra ad portas de un conflicto armado con  Venezuela. Dos modelos ideológicos y sociopolíticos antagónicos: por un lado, la llamada Revolución[6] Bolivariana, de contenido estatal-populista, y por otro, el Estado Neo-oligárquico Emergente, se enfrentan, con unas consecuencias que no solamente pueden sacudir las estructuras internas de cada país, sino que pueden, también, involucrar a otros Estados.

Las situaciones de Colombia y de Venezuela son altamente inestables, por donde se les mire (quizás, y mucho más, al otro lado de la frontera) y, según lo afirman especialistas, la posibilidad de un conflicto armado es cada vez mayor, con todas las consecuencias funestas que eso traería.

El riesgo ético

Como académico que he  sido, no me imagino cómo una cosa así repercutiría en las universidades que tienen que ser los centros de conciencia crítica de sus respectivos países. Eso sin contar con el impacto en lo sociopolítico.

Un país que va a la guerra, se desangra física, financiera y moralmente.

La primera idea que sucumbe bajo el ruido mortífero de los tanques y de los aviones, es la de humanidad. Y  con ella, el sentido de lo ético.

A partir de la Segunda Guerra Mundial, como nos lo enseña Eric Hobsbawn, los ataques tienen como objetivo dañar al enemigo, no importa si es militar o civil[7]. El daño co-lateral no se cuenta, si no es que deliberadamente se busca, para aterrorizar.

En nuestros casos en que las sociedades ya están  bastante "cuarteadas" (a pesar de la solidez con que las presentan todos los maquillajes de las propagandas oficiales) como resultado de un proceso histórico-social absolutamente asimétrico, fuera de la destrucción física y de la pérdida de vidas, se llegaría al límite de la intolerancia; de una intolerancia que aplastaría por sospechosos a todos aquellos que no siguieran los criterios guerreristas porque, desgraciadamente, la historia nos muestra que los nacionalismos ramplones, o sea aquellos que se activan para confrontar al adversario, teniendo como base, más los intereses particulares que los colectivos, sólo dejan miseria.

Una salida pacífica

Con los instrumentos internacionales que tenemos hoy, por deficientes que sean, entrar en una guerra fratricida, es un sinsentido. Las agresiones no pueden responderse con agresiones sino acudiendo al derecho y a los organismos internacionales, exigiéndoles su intervención, fuertemente, si es necesario.

Hay que acudir a países que sean amigos comunes, a los empresarios, a los académicos, ¡a quien sea! Y tiene que ser a quien sea capaz de suscitar una confianza mínima en ambos gobiernos. La suficiente para acabar con los ataques mediáticos y dar paso a la diplomacia. Por lo que está ocurriendo, esa confianza debe estar fundamentada en dos premisas:

  • Una consiste en que, si bien, el presidente Chávez no se echará para atrás en su intento de expandir su proyecto bolivariano, debe, a la vez, ser consciente de que éste no pasará en Colombia y que tiene que actuar en consecuencia.
  • Y la segunda consiste en que, si bien el presidente Uribe no se echará para atrás en el asunto de las bases americanas, debe, a su vez, asegurar que desde allí no se va a agredir a terceros países. Esto podría conllevar una coexistencia controlada con Venezuela, y le permitiría a Colombia integrarse más a UNASUR, lo cual podría ser positivo en términos de buena vecindad y de seguridad nacional, dado el papel que Brasil puede jugar como árbitro en estos conflictos. Eso no significa abandonar la relación con Estados Unidos pues, si nos atenemos a la Realpolitik, esta potencia no es, hoy, para Colombia, por su situación estratégica, una opción; es una realidad con la que tiene que contar en un tablero geopolítico cuyo juego se extiende más allá del continente.

La voz de los intelectuales

Pero una guerra… ¡desengañémonos!, no hay guerras buenas; todas, en mayor o menor grado, son el resultado de la estupidez humana. Hay que evitarlas al máximo. Y no hay espectáculo más triste que ver a dos pueblos pelear una guerra que para ellos no tiene sentido, máxime si no han encontrado en la patria por la que pelean, un espacio para realizarse.

A estas alturas del discurso, como educador que he sido, me surge una pregunta: ¿cuál va a ser la palabra de los maestros y, en general, de los intelectuales, en este contexto crítico?

Me temo que no habrá una palabra sino tantas como intelectuales hay, plantados en sociedades resquebrajadas por sus propias y profundas contradicciones. Contradicciones que se manifiestan, muchas veces, en discursos ideológico-políticos absolutamente excluyentes.

En medio de este cuadro de confrontación, las ideologías radicales, de uno y otro lado, harían trizas la "razón razonable" que podría, en un momento dado, rescatar puntos de encuentro entre todos los actores del conflicto, sobre la base de los intereses reales de las sociedades civiles, ubicadas aquende y allende las fronteras y que podría, también mostrarles, a los diferentes connacionales y al mundo, la estulticia que encierra el hacer una guerra entre hermanos subdesarrollados que malgastan en los campos de batalla los recursos que necesitan, desesperadamente, para abrir o readecuar hospitales, talleres, escuelas, laboratorios y universidades en donde se construye la vida, fomentando la salud y el conocimiento.

La miseria moral

Seguramente que ir a la guerra es fácil; justificarla, también. Lo difícil es darles a las viudas, a los huérfanos y a los mutilados, civiles y militares, una razón vital que vaya más allá de una bandera doblada y un sentido pésame burocrático; una razón existencial que les haga visible, con optimismo, la vida. Porque cuando se pierde malamente al ser querido, o queda mutilado, la vida de los seres que lo habían rodeado, también queda destrozada y mutilada. Más allá de los sentimientos inmediatos, están las necesidades vivenciales concretas de las víctimas de los conflictos, bien sea que tengan uniforme, o que no lo tengan.  Víctimas que esperan algún tipo de resarcimiento allí donde, justamente, el Estado brilla por su ausencia, o hace presencia, sólo para oponerse.

La guerra deja derrotas o, lo que es lo mismo, victorias pírricas que se convierten en tragedias. El orgullo patrio queda maltratado u oculta con discursos rimbombantes los harapos de la miseria moral.  Ningún río de sangre surgido de la estupidez ha hecho reverdecer nunca el bosque de las esperanzas.

Hacer la guerra puede ser más llamativo que hacer la paz. Pero, lo primero es un acto de locura y, lo segundo, un acto de sabiduría. Lo primero representa la forma más primaria del instinto (por más "justa" que sea la maldita guerra) y, lo segundo, esa conquista que hemos llamado civilización y que nos lleva a la búsqueda del consenso como salida razonable del conflicto, teniendo que sacrificar, cada parte, algo de su orgullo y de sus intereses, ya que los sacrificios por la paz siempre implicarán ganancias en comparación con los males que conlleva la guerra.

Parodiando a Kant, y con un optimismo que puede parecer risible, podemos decirles a nuestros gobernantes: ¡atrévanse a hacer la paz! Eso sí confirmaría que, de acuerdo con el filósofo, hemos llegado a la mayoría de edad, así sea por un momento y sobre los montones de muertos que han dejado las guerras fratricidas, externas e internas y que, curiosamente, acrecientan el orgullo patrio.

Dejemos que los cementerios se ocupen con los muertos "naturales" y no con las víctimas propiciatorias de la locura. Así, las flores que habrían de ser puestas a estos últimos en sus templos de la muerte, podrían ser utilizadas para inflamar los sentimientos y las pasiones de quienes desean vivir.

La guerra puede tener causas o "razones", pero jamás tendrá sentido, entendido éste como un valer la pena, desde una perspectiva moral de la vida. Creo que si el hombre se convierte en un ser ético, puede echar por tierra aquella ley que dice que "El guerrear es el padre de todas las cosas…".

En el caso de una guerra con Venezuela, el guerrear sería el padre de muchas desgracias que pagarían, como siempre y con seguridad, muchos inocentes.

 

* Doctor en Historia de El Colegio de México. Pedagogo de Excelencia de la Universidad Pedagógica Nacional de Colombia.

Notas de pie de página


[1] Lamanna, P., El Pensamiento Antiguo, Buenos Aires, Hachette,S.A.,1970, p.116

[2] Marx, C. y Engels,F., El Manifiesto Comunista

[3] Tucídides, Guerra del Peloponeso, en Historiadores Griegos, Madrid, E.D.A.F., 1972, p.1217

[4] Maquiavelo, N., El Príncipe, Medellín, Colombia, Editorial Bedout, 1970, p.96

[5] Mora, J.R., El Pensamiento Histórico. De los Griegos a Marx, Bogotá, Colombia, Alejandría Libros, 2003.Capítulo II

[6] "Revolución": una palabra prostituida

Las revoluciones modernas lucharon por valores universales como la libertad, la igualdad y la justicia. Y, prácticamente, a la sombra de esos ideales, construyeron su triunfo.

Pero, en la práctica: La libertad que se logró fue la de los pocos que podían pagar lo que podemos llamar  la capacidad operativa vivencial (el tener-hacer que daba el ser) que los identificaba como libres.

Por lo anterior, la igualdad fue sólo una frase de cajón en un pedazo de papel. Y la justicia, en muchas sociedades, para las mayorías, no fue más que un rey de burlas en la medida en que estaba adherida al derecho, y éste fue adaptado a través de la interpretación de las normas, y del agregado de los incisos, a los intereses particulares de quienes podían pagar la citada capacidad operativa vivencial que los identificaba como libres.

Tal vez ninguna palabra se prostituyó tanto (según el sentido etimológico), en el mundo moderno, como la palabra "revolución". Identificada fundamentalmente con la exaltación de la burguesía y el surgimiento del pensamiento liberal, acabó siendo patrimonio, no sólo de la izquierda radical "gulag-iesquiana", identificada con el estalinismo, y  de otros movimientos comunistas y socialistas, sino también, a veces, de socialdemócratas, fascistas y ultraderechistas (neolibers, neocons, de estilo post ) que al incorporarla en sus discursos pragmáticos de corte demagógico la sacaron de su nicho tradicional y la legitimaron como propia ("la revolución" o el "cambio social", no tienen por qué ser patrimonio de la izquierda), con lo cual, y por medio de la revolución en las comunicaciones, uno de los más grandes éxitos del capitalismo desarrollado, lograron que todo pueda ser visto como revolucionario dentro de la mayor revolución conservadora: todo cambia en la permanencia de lo esencial. El pensamiento de Parménides ("El ser es…"), fagocita el pensamiento de Heráclito ("Todo fluye…").

Y, sin embargo, parodiando a Galileo, podemos decir que el conflicto "se mueve". Va  "in crescendo", como un gigantesco tsunami, que puede apagar las escasas luminarias que encendió la razón en la historia.

[7] Hobsbawn, E., Historia del Siglo XX, Barcelona, Critica, 1996, p.36

 

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