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Los hornos crematorios colombianos

Escrito por Juan Pablo Conto
Jornada de atención a víctimas del conflicto armado en Puerto Santander, municipio de Norte de Santander.

Jornada de atención a víctimas del conflicto armado en Puerto Santander, municipio de Norte de Santander.

Imagen del contactoEste libro reconstruye uno de los episodios más escabrosos de nuestra violencia reciente: los hornos donde los paramilitares quemaron a cientos de víctimas en Norte de Santander.

Juan Pablo Conto*

Me hablarás del fuego. Los hornos de la infamia
Javier Osuna
Ediciones B, 2015

Historia escalofriante

“Los escombros de una vieja edificación, a primera vista afectada por el tiempo, sobresalen de la maleza alta y emulan, en secreto, los más de 560 cadáveres incinerados por los hombres del Frente Fronteras, adscrito al Bloque Catatumbo, que comendaba Salvatore Mancuso, y que se convirtieron en un referente nacional del macabro accionar de los paramilitares en Colombia (…). La edificación permanece allí, como un monumento a la infamia (…)”.

La imagen que nos traen estas líneas del libro de Javier Osuna nos hace sentir un escalofrío. La desesperanza, la ira o hasta el deseo de venganza pueden ocupar también nuestros sentimientos. Pero esto es lo que el autor de este libro quiere evitar.

Me hablarás del fuego cuenta la historia de los hornos crematorios usados en Norte de Santander, concretamente en los municipios de Villa del Rosario y Puerto Santander, para desaparecer los cuerpos de las víctimas de los paramilitares y no dejar rastro de estos crímenes.

En el texto la tragedia se lee por medio del concepto de paisaje. Es este el que cuenta las historias, a través de la relación que el conflicto armado ha configurado entre un entorno y quienes lo han pisado.

El autor acude a los análisis del filósofo Augustin Berque para entender la idea de paisaje como algo que está conformado por tres niveles: sociedad, naturaleza y espectador. Osuna sumaría lo invisible, porque el paisaje habla tanto por lo que muestra como por lo que esconde. Precisamente esta lectura, como veremos, es la que da su forma definitiva al libro.

El otro concepto esencial en el libro es la banalidad del mal, una concepción desarrollada por la filósofa política Hannah Arendt, para aludir al modo cómo la obediencia ciega a alguien percibido como autoridad puede llevar a convertir el crimen en algo trivial y rutinario. Esto debido a que el perpetrador, más allá de cualquier problema psicológico o pasado traumático, es alguien que simplemente siente el deber de cumplir a cabalidad las órdenes dictadas por sus superiores.

La tragedia se lee por medio del concepto de paisaje.

Lo anterior determina la manera como Osuna se acercó a esta historia. El autor busca  darle una lectura a estos hechos bajo un lente que invite a ver lo sucedido y que ayude a identificar la conjunción de elementos que llevaron a algo así.

Más allá de una lista de perversidades, el texto se convierte en una lucha contra el olvido que contribuye a la reivindicación de las víctimas, a la memoria de los desaparecidos, a quienes busca darles la “oportunidad de un final destino”.

Por otro lado, la polifonía que nos entrega el texto convierte al libro en un insumo para entender. Nuevamente, no se trata de un entendimiento indulgente, sino de uno que nos permita comprender la cadena de historias, de decisiones y de obediencia que llevaron a un desenlace semejante. Es oír, balancear y seguir formando una lectura que reclame la memoria, la no repetición, y el deseo de un futuro distinto.

Su estructura

Jornada de desminado por parte de las Fuerzas Militares del Corregimiento de Bajo Grande en el departamento de Bolívar.
Jornada de desminado por parte de las Fuerzas Militares del Corregimiento de Bajo
Grande en el departamento de Bolívar.
Foto: Municipio de San Jacinto

El libro está dividido en cinco partes. En el primer capítulo, titulado “El paisaje de lo perdido”, el autor narra su experiencia cuando acompañó a un grupo de desplazados en el departamento de Bolívar a regresar al corregimiento de Bajo Grande luego de un proceso de desminado. En esta sección el autor busca reafirmar la manera como nos relacionamos con el paisaje.

El siguiente capítulo, llamado “La sociedad”, se ocupa de reconstruir la historia, las determinaciones y las relaciones sociales que tuvieron como desenlace los crímenes en los hornos crematorios. Aquí reflexiona sobre la violencia ciega y sobre cómo se usó el castigo para la construcción de los lugares donde los cuerpos serían incinerados.

Luego el autor transcribe una entrevista a Jhon Jairo Jácome, del diario La Opinión, de Cúcuta, quien acabó siendo amenazado debido a sus investigaciones sobre el caso. Después entra a estudiar las sentencias emitidas por los tribunales de Justicia y Paz contra los paramilitares. Aquí se ponen en evidencia las relaciones entre estos y el Estado colombiano.

Por último entrevista a Jorge Iván Laverde Zapata quien, como comandante del Frente Fronteras, ordenó construir los hornos. Desde una cárcel en Itagüi, Laverde narra su vida, la manera como se vio afectado por la guerrilla y las circunstancias que lo fueron llevando a las armas. La entrevista es un franco ejercicio para entender al victimario.

En el epígrafe siguiente, llamado “Naturaleza”, pasa a mirar el territorio en su forma física, buscando exponer el espacio de los hornos crematorios. Primero construye una narración conformada por imágenes y texto, que realiza a partir de la información suministrada por los periodistas Federico Ríos y Elizabeth Yarce, quizá los primeros en visitar los hornos después de las declaraciones de los paramilitares.

A manera de cierre, Osuna cuenta la historia del predio donde se hicieron las incineraciones, incluyendo una entrevista con su dueño legítimo a quien los paramilitares le quitaron una tierra que ya no está interesado en recuperar.

Los pobladores del Corregimiento de la Gabarra en Norte de Santander fueron víctimas de la ocupación paramilitar en 1999.
Los pobladores del Corregimiento de la Gabarra en Norte de Santander fueron víctimas de la ocupación paramilitar en 1999.
Foto: Centro Nacional de Memoria Histórica

Darles voz a los muertos

En el cuarto capítulo Osuna busca construir la historia de “lo invisible”, con la ayuda de Luis, Moisés y Víctor, tres de los cientos de humanos que fueron incinerados en esto hornos.

El texto se convierte en una lucha contra el olvido.

Primero nos da algunas impresiones que obtuvo al conversar con familiares de los desaparecidos, quienes le colaboraron pese a las intimidaciones. Luego pasa a explicar la metodología que utilizó para contar los tres retratos: el de Luis, un joven de 17 que estudiaba y trabajaba como mecánico en Cúcuta; el de Moisés, un pintor de 42 años que sostenía a su familia; y el de Víctor, un chofer de taxi que dejó tres hijos.

En el último capítulo nos cuenta los riesgos que tuvo que asumir como autor del libro, incluyendo el ataque a su vivienda, que fue incendiada. Luego explica la increíble historia detrás de la ilustración que cubre el libro.

Por último exhibe dos cartas: una a un militar retirado que estuvo doce años secuestrado por las FARC y que, en su momento, le facilitó ir a los hornos; y otra dedicada a los desaparecidos sobre las impresiones que tuvo al visitar el lugar de los hechos.

El libro logra abarcar una gran cantidad de elementos al poner la lupa sobre un suceso histórico específico ocurrido en un lugar concreto. Nos entrega historias individuales que le ponen cara al conflicto y mediante un entendimiento no indulgente nos permite seguir reconstruyendo los comportamientos sociales y los contextos históricos que llevaron a estas situaciones.

También pone en evidencia los retos que implica mantener la memoria en un país que aún hoy se encarga de poner todos los obstáculos para borrarla y acallar a quienes la buscan.

El libro nos muestra la importancia de profundizar, de encontrarle ángulos de lectura a lo sucedido, para que la investigación no sea una lista de desgracias sino una reivindicación de quienes sufrieron los crímenes.

Reconstruir la vida de todos los allí asesinados es imposible, pero con los tres casos que construye de una a otra manera pone, la vida de muchos en el mapa. Restituye sus voces y les brinda un homenaje. En definitiva, el libro invita a una militancia vital que busque “pronunciar las palabras de los muertos, de los masacrados”.

 

* Historiador con maestría en Periodismo de la Universidad de los Andes.

 

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