El dolor en imágenes: fotografías de la vida colombiana - Razón Pública

El dolor en imágenes: fotografías de la vida colombiana

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Juan ContoUn libro gráfico, biográfico y conmovedor sobre la violencia, sus autores y sus víctimas, que cuenta más y explica más que lo que hacen la mayoría de los informes mamotréticos.   

Juan Pablo Conto*

EL 9: Albeiro Lopera

Texto: Alfonso Buitrago Londoño Editor Gráfico: Stephen Ferry

Tragaluz Editores

Instantáneas

  • Unos jóvenes con la cara llena de barro que sostienen un arma de madera llevan a cabo un saludo militar ante la mirada vigilante de un hombre encapuchado y armado durante un entrenamiento de paramilitares en el Urabá antioqueño.
  • Dos hombres que se cubren la nariz y la boca con unas camisetas cargan un cuerpo ensangrentado, mientras el pueblo camina detrás después de una masacre, también en Antioquia.
  • Una niña y, probablemente su madre, lloran mientras la madre sostiene una bebé en sus brazos tras haber sido víctimas de una confrontación en su pueblo.
  • Tres militares exhiben en fila los cuerpos de presuntos guerrilleros, mientras posan para la foto.
  • Un policía entre lágrimas trata de cubrir el cadáver de su compañero muerto en combate con un pedazo de plástico.
  • Un tipo huele el polvo que arroja la cocaína desde una licuadora.
  • Del baúl de un carro se asoman las piernas de un cadáver que fue dejado en frente de las autoridades.
  • A contraluz se marca la silueta de unos punkeros que están tomando trago en el centro de Medellín.

Delirantes, crudas, emocionales, impactantes, reales. Así son las imágenes que dejó uno de los fotógrafos más controvertidos de Colombia: Albeiro Lopera, más conocido como el 9.

El hombre

Sector de Barrio Triste en Medellín.
Sector de Barrio Triste en Medellín.
Foto: Ocha Colombia

Un tipo que fue testigo de uno de los periodos más violentos de nuestra historia. Sus fotos no son las de un académico que estudió y se entrenó para salir a campo. Son las de un personaje de barrio, irreverente, que supo exponer la pesadilla de la guerra y que, en medio de su rudeza, invitó al país a mirarse y a preguntarse por su humanidad perdida.  

Las agencias de noticias pedían guerra, y él era un guerrero. 

“Yo sigo tomando fotos de guerra para que un día no tengan que hacerlas o para que ningún joven las tenga que tomar”, solía decir el 9. Es difícil saber en qué momento un fotógrafo de guerra se vuelve un gallinazo, pero con Albeiro, pese a lo perturbador que pueden ser algunas de sus tomas, queda la sensación de que lo que quería era darnos una cachetada.

Después de mostrar algunas de las imágenes que describía arriba, el libro “El 9: Albeiro Lopera” comienza a contar la historia de este personaje por el final.

En su primera parte, titulada “Un Collage Caótico”, se nos dibuja un Albeiro impregnado, nuevamente, de ese tono amarillo que su enfermedad había pintado varias veces en su piel y sus ojos. Su cresta ya se había transformado en una colita reggae sobre su pronunciada joroba, y las botas y los pantalones de bolsillo, que siempre había llevado a campo, reposaban en el armario.

Con esta imagen como punto de partida, los autores empiezan a dar recortes con los que se va armando la figura del paisa: una “sinónimo de punk, de guerra y supervivencia”. Nos narra sobre Barrio Triste -donde creció-, sobre sus amistades, sobre su aura ruda y agresiva, y su cercanía con el sector de La Ramada, de donde luego saldría una de las primeras bandas criminales al servicio de Pablo Escobar.

A medida que avanza el texto, la historia del 9 va sacando a relucir las caras más cruentas de Colombia. El clasismo que lo marginó y humilló cuando su padre, al trabajar en Fabricato, lo pudo inscribir en un colegio privado en Medellín. El racismo, que le daría su única amistad en los primeros años de colegio: a Jesús María, rechazado por su color de piel. La sensación del “no futuro” que llevaba, ya fuera por su procedencia y la falta de oportunidades, ya por la “limpieza social” que llenaba de sangre las calles de Medellín y que se llevó a su mejor amigo, o ya porque desde niño le diagnosticaron epilepsia y una cirrosis –por eso su color amarillo- debida a un problema en las vías biliares. Con todo esto nos van narrando cómo su fragilidad se volvió una prueba de resistencia de donde brotó su actitud temperamental, irreverente y arriesgada.

El fotógrafo

Interior del Museo Casa de la Memoria en Medellín.
Interior del Museo Casa de la Memoria en Medellín.
Foto: Deúniti, colectivo creativo

Después, en “La Invención de sí Mismo”, Buitrago y Ferry nos cuentan el nacimiento del 9 como fotógrafo, cuando un joven desconocido le mostró unas fotos en el Parque del Periodista en Medellín. Entusiasmado, Albeiro se inscribió en un taller de fotografía, vendió su moto y compró su primera cámara. Empezó a descubrir este camino, dejó de ir a conciertos de punk y comenzó a trabajar para el periódico El Mundo. Luego de cubrir momentos trágicos como el terremoto de Armenia en 1999, logró que sus fotos llegaran a la agencia Reuters, tras fotografiar los daños que había causado un carro bomba de las FARC contra un grupo antisecuestro especializado de la Policía en Medellín.

En la tercera sección “Y Tocó la Guerra”, el libro se explaya en su trabajo para Reuters. Las agencias de noticias pedían guerra, y él era un guerrero. Cuenta como Lopera, con un grupo de reporteros, una suerte de club del bang bang a la colombiana, agarraban carro a encontrarse con las masacres. En ocasiones llegaban primero que las fuerzas armadas. Vestido con sus pesadas botas y sus pantalones de bolsillos a los lados buscaba un ángulo   capaz de captar el caos que Colombia vivía y del cual nadie se enteraba en la comodidad de sus hogares. Vio como la guerrilla destruyó pueblos enteros, como los paramilitares arrasaban con medio país y fue testigo, con incredulidad total, de su desmovilización: “Acuérdese, aquí ya no hay paramilitares” decía con tono de ironía. Cubrió la Operación Orión, fotografiando lo que sentía como suyo y donde casi muere baleado.

Se cruzó frente a frente con todos los victimarios del conflicto pero, como si la cámara fuera su arma,  se paraba al frente con su irreverencia.

Humano, demasiado humano

Mientras tanto seguía enfermo, comía mal, bebía todo el tiempo y vomitaba sangre, pero la excitación lo hacía sentir indestructible. Se arriesgaba demasiado. También sentía que “tenía un mensaje para dar. Un mensaje que en sus manos era también una denuncia de las consecuencias que traía la guerra para los no combatientes”.

Se cruzó frente a frente con todos los victimarios del conflicto pero, como si la cámara fuera su arma,  se paraba al frente con su irreverencia. 

Fueron los civiles en medio de la guerra quienes lograron romper su dureza, un hecho que queda constatado en el momento cuando Albeiro rompió las reglas básicas del periodismo de guerra para transportar a dos niños desplazados después de una masacre: “Después de haber visto tanto muerto y no fruncirme, lloré por mi trabajo como reportero. Corroboré que estábamos puteados, que no era lógico (…). Estaba acostumbrado a ver combatientes, había visto esos cadáveres en la carretera, pero la mirada de esos niños, perdida, lo que tuvieron que haber visto la noche anterior…”, diría más tarde el 9.

Para terminar, el libro narra “La Última Batalla”. Cuando parecía que el 9 se estaba desmovilizando de tanta rebeldía llegó su última pelea: tras un trasplante de hígado exitoso, que lo volvió por un momento a su vida adolecente, Albeiro volvió a caer enfermo. Un nuevo contexto lo inducía a intentar trabajos diferentes, pero su relación con Reuters estaba empeorando. Con trabajos cada vez más esporádicos acabó por aceptar su muerte en febrero de este año. El Museo Casa de la Memoria en Medellín construyó una sala permanente con sus fotos y las de varios de sus colegas.

El libro no es una obra maestra. Es uno que nos acerca a un personaje a cuyo través podemos ver la crudeza de la guerra, la tragedia que padecen quienes la sufren. Más allá de una visión panorámica nos da la de un ojo desesperado por mostrar lo que ve. El 9 es el autor de imágenes que hoy conforman nuestra memoria histórica, y tanto su trabajo como su historia logran tocarnos las fibras que muchas veces las cifras no logran, y poner en tela de juicio los discursos que con frecuencia creamos desde la comodidad de nuestras casas.  

 

* Historiador con maestría en Periodismo de la Universidad de los Andes.

 

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