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Narración y memoria según Hannah Arendt

Escrito por Andrés González

Filósofa política, Hannah Arendt.

Andrés González¿Debemos reconstruir la historia objetiva o, por el contrario, debemos narrar el pasado de manera que le dé sentido a la propia vida? Y por lo mismo ¿podría la historia estar más cerca del arte que de la ciencia?

Andrés González Scancella*

La condición humana
Hannah Arendt
Paidós
2006                                                                                                                                               

“Sepan, pues, que nada hay más alto ni más fuerte ni más sano ni más útil en nuestra vida que un buen recuerdo…”. Fedor Dostoievsky

Narrar la historia

Las acciones de todos los hombres merecen ser narradas si fueron acciones de libertad. Esta premisa permite promover la recreación narrativa de estas acciones –esa es la convicción que plasma Arendt en su reflexión sobre la historia– donde existe la posibilidad de que los individuos que actúan sean tanto narradores como actores, de que sean los héroes.

No se trata de ser una especie de celebridad histórica, no es a esto a lo que apunta Arendt. De hecho, cualquiera podría serlo y estaría a un paso de asemejarse a un Hitler que busca saciar su sed de fama manipulando las conciencias con violencia disfrazada de camaradería. A lo que se refiere Arendt es a la posibilidad de ejercer la libertad por medio de una acción que pueda ser discursiva y a la vez innovadora. Gracias a esto es posible realizar una acción que sea reconocida, contada y recordada, porque la historia y la vida son, en últimas, resultados de la acción.

Es a través de la acción y de la narración como Arendt logra dar el giro comprensivo de la historia. Según la filósofa italiana Simona Forti, “la narración es en sustancia un artificio lingüístico que reconstruye aquello sucedido en la historia a través de una trama que privilegia los agentes humanos más que los procesos impersonales y que ya no hace derivar el significado de lo particular de lo general”.

Ante esta afirmación, considero que no deben privilegiarse los relatos que se concentran en los acontecimientos y en los individuos, sino aquellos que se ocupan de las acciones de los hombres, los que permitirían crear una poética de la historia. Por eso mismo estoy de acuerdo con Arendt cuando pone sus ojos en los primeros historiadores griegos que salvaguardaban la acción y las gestas en sus relatos imparciales. Imparciales en la medida en que inmortalizaban tanto a los vencedores como a los vencidos.

Narración e inmortalidad

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Lugar de nacimiento de Hannah Arendt, en Hannover "Un pasado no solo se evoca, no solo se cita, no solo se guarda: Hay que pensarlo"
Foto: Wikimedia Commons

Es en relación con lo anterior que cobra importancia la cuestión de la inmortalidad. Si bien la biografía, por ejemplo, es un artificio que integra las acciones particulares de un hombre con el todo que es su vida, así mismo es un modo para registrar dichas acciones para preservarlas del olvido. Arendt no duda de ello. Ella busca de manera insistente en los albores de la antigüedad para demostrar que la inmortalidad no se abordaba tanto en la obra de arte como en la creación del espacio público en donde actuaba el cuerpo político que era la polis:

A nosotros, habituados a la idea de inmortalidad sólo a través del duradero atractivo de las obras de arte y quizás a través de la relativa permanencia que adscribimos a las grandes civilizaciones, nos puede parecer razonable que el camino hacia la inmortalidad deba descansar en la fundación de comunidades políticas. Sin embargo, posiblemente los griegos daban mucho más por sentado esto último que lo primero”. (Arendt, Historia e inmortalidad)

Narrar es escapar de la necesidad que nos restringe como seres humanos –y animales– que somos. Arendt nos indica esta salida cuando muestra que el relato trasciende los límites biológicos del hombre. El hombre –cada hombre– ocupa un lugar en la historia y por eso mismo posee el poder de darle vida con su presencia y su acción narrativa, con el recuerdo de su acción.

Narrar es escapar de la necesidad que nos restringe como seres humanos –y animales– que somos.

Notemos que, si bien en la Antigüedad la ley de alguna manera perduraba, eran la poesía y la historia las que permanecían siempre a salvo de la fugacidad del instante. Las acciones de los hombres eran recordadas con la pluma, así como inmortalizadas con el recuerdo. El recuerdo constituye así aquello que es escogido para darle vida con la narración.

Por eso la narración le pertenece al hombre y es importante para él en el tiempo, porque es en ese tiempo donde él contribuye, con su vida humana y breve, con su praxis, a estampar el sello de su identidad única y duradera. En suma, la narración por lo menos amplía el horizonte de la acción del hombre en la historia, si es que no la inmortaliza.

Salvarnos del olvido


Las acciones de todos los hombres merecen ser narradas si fueron acciones de libertad. Graffitti Patrick Wolters, Kevin Lasner. 
Foto: Wikimedia Commons

En un principio pensé que Arendt iba en contra de la noción de una historia objetiva, y me pregunté también si quizá el valor de la filosofía (el que ella criticaba y acusaba de encubrir el proceso histórico) no estaría en favorecer una filosofía histórica crítica. Tenía en mi mente eso de que existe una diferencia entre lo que sucedió y lo que se cree que sucedió. Me parecía que ella batallaba contra la certeza ineludible que fantasiosamente crearon las ciencias positivas.

¿Pulverizar el pasado? Claro que no. La mirada de Arendt no intenta escudriñar el pasado para ver qué sacamos de él, como si removiéramos en las cenizas aquellas que todavía siguen prendidas. Me fui dando cuenta de que lo que ella deseaba era rescatar la fuerza que guarda una acción y el desconcierto por lo genuino de un instante en la historia. Luchaba por traer de nuevo a aquellos héroes al espacio público. Repensaba la historia.

Un pasado no solo se evoca, no solo se cita, no solo se guarda. Hay que pensarlo. Arendt lo propuso. ¿Por qué? Porque enfatiza en la necesidad de mirar hacia atrás, de volver a aquello que ya es parte de nuestra vida, porque recordar es combatir. ¿Cauterizar las heridas? Quizá. Pero es algo más. Es dejar a un lado los fantasmas espirituales de tiempos remotos para reconciliarnos con los verdaderos fantasmas que todos tenemos: el miedo a olvidar, a que nos olviden y a que las acciones que alguna vez hicimos porque queríamos queden enterradas bajo la tranquilidad de las mentiras de una historia.

Un pasado no solo se evoca, no solo se cita, no solo se guarda. Hay que pensarlo.

La memoria, no obstante, implica imaginación. A veces la historia (incluso la propia) es una bruma a través de la cual navegamos. Arendt nos enseña algo cierto: la vida es apetecible, y quien se niega a recordar la propia entra en la indeterminación de un presente superfluo. En cambio, quien acepta dicho reto logra ver su vida en perspectiva y es capaz de advertir en ella la presencia de los demás. Viaja a lo inefable de la historia: la aparición de algo nuevo, de un riesgo, de ese conmovedor instante en el que contemplamos lo inesperado y que nos transforma.

En definitiva, Arendt narra su convicción: lo propio de los recuerdos es revivir. El hombre que es capaz de recordar es capaz de experimentar. Hay una cierta solemnidad en este asunto, y es que el hombre no representa la historia, sino que la imagina y la cuenta; no la reproduce, sino que la construye. Y así disecciona, por decirlo de algún modo, su vida.

Por eso deberíamos tener miedo de olvidar y deberíamos, en cambio, anhelar que exista una conspiración del destino que nos prohíba el olvido al otorgarnos siempre una imagen, un objeto, un monumento, pero también una cadencia musical, una palabra, una promesa. Y quizá así no nos perdamos –como sugiere Dostoievsky– de un buen recuerdo.

* Licenciado en Filosofía.

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