Los feminicidios por su nombre | Razón Pública 2023
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Los feminicidios por su nombre

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La disputa no es por las palabras, es por el sentido político. Colombia necesita repensar el uso de eufemismos para nombrar los asesinatos de las mujeres por su género.

Mónica Godoy*

Para Valentina Trespalacios, Yulieth Chamorro y sus pequeñas Hellen y Dulce María, Erika Aponte, Maité Cárdenas, Viviana Chamorro, Ana María Suárez, María Camila Romero, Yesica Paola Ocampo, Yudy Paola Acero, Yamile Brito, Lady Carolina Navarrete, María Angélica, Sandra Milena Saavedra y las miles de mujeres que son asesinadas cada año en el mundo, por ser mujeres, ante la indiferencia social.

Nombrar la violencia

No estamos ante un fenómeno nuevo. Los asesinatos de mujeres son tan antiguos como las civilizaciones. Sin embargo, distinguirlos bajo la tipificación del delito de feminicidio, sí es reciente.

En Colombia, este reconocimiento ocurrió desde 2015 tras el feminicidio de Rosa Elvira Cely bajo la ley que lleva su nombre. Un crimen que conmovió al país por la sevicia, revictimización y grave cadena de negligencias de las autoridades y del personal de atención en salud.

En Chile, uno de los primeros países latinoamericanos en tipificar el feminicidio, su incorporación al código penal se produjo a finales de 2010. En México, en 2012 a raíz de las desapariciones forzadas de mujeres obreras en Ciudad Juárez y su posterior asesinato con patrones de sistematicidad alarmante. En Argentina fue un delito específico desde diciembre de 2012; en Perú y Bolivia, en 2013; en Ecuador, 2014 y, en Brasil, 2015.

Este esfuerzo regional por darle nombre a una violencia con características específicas ha sido el resultado de la lucha de las organizaciones de mujeres y feministas para abordar de manera más profunda y compleja una violencia que las afecta.

Aunque existen variaciones en la definición del tipo penal de un país a otro, coinciden en señalar al feminicidio como una forma de violencia extrema contra las mujeres por razón de su género, que tiene como causas la misoginia y la desigualdad de poder entre hombres y mujeres. Es decir, no es solo un homicidio sino un crimen de odio.

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No es “solo homicidio”

Los avances jurídicos, teóricos y conceptuales permiten hacer visible que en sociedades donde existe una subvaloración social y simbólica de las mujeres y todo lo asociado con lo femenino, ellas corren mayor riesgo de sufrir cierto tipo de violencia solo por el hecho de ser feminizadas al nacer.

La figura del uxoricidio estuvo vigente hasta 1980, pero el atenuante de la ira e intenso dolor sigue en pie y es usado para justificar la violencia contra las mujeres.

Foto: Wikimedia Commons - El partido Vox en España se opone públicamente a la erradicación de la violencia contra las mujeres e insiste en llamarla violencia intrafamiliar.
Pese a esto, todavía es común que miembros de las facultades de derecho de las universidades y del aparato de justicia critiquen este tipo penal y continúen afirmando que estos crímenes de odio son solo homicidios.

Uno de los argumentos que esgrimen para esta abierta desobediencia a la ley es que consideran que tipificar como feminicidio el asesinato de las mujeres, por razón de su subordinación, es como aceptar que su muerte es más importante, o que causa mayor sufrimiento que la de un hombre.

Este es un prejuicio extendido. Nada en la definición del delito de feminicidio podría ser interpretado de esa manera, sin embargo, lo dicen y lo enseñan a las nuevas generaciones de operadores de la justicia. Estos prestigiosos juristas se resisten a reconocer las causas originarias de la violencia feminicida: el desprecio absoluto por la vida y el bienestar de las mujeres y las niñas en sociedades supremacistas masculinas.

La complicidad de los medios

Ahora bien, los medios de comunicación son otra parte de la ecuación. Estos también son educadores y reproductores de valores en la sociedad, aunque parecen no ser siempre conscientes de ello.

El pasado 3 de julio varios medios dieron a conocer el asesinato de dos mujeres y dos niñas en Tulúa, Valle del Cauca, a manos de la expareja de una de las mujeres y padre de las dos niñas. En el Twitter de Blu Radio Colombia este hecho fue calificado como un “crimen pasional”.

Aún ocho años después de nombrar el feminicidio en Colombia y de que los medios contaran con la información precisa del autor del crimen y su relación con las víctimas, además del antecedente de la denuncia por violencia intrafamiliar que interpuso la madre de las niñas antes de ser asesinada, la redacción de este medio informó que se trató de “un crimen pasional”.

Esta no es una acción de ingenuidad o simple ignorancia, sino de una abierta resistencia a la ley.

El delito de uxoricidio, el derecho del marido a agredir a una mujer hasta asesinarla por presumirla adultera, o a su supuesto amante, fue consagrado en el código penal colombiano en 1938, en el artículo 382. Este derecho se extendía al padre, madre y hermanos de la mujer infiel a quienes también se les reconocía la potestad de infligirle lesiones personales hasta la muerte.

En este caso la pena podría reducirse desde la mitad hasta las tres cuartas partes, incluso se consideraba como atenuante la ira y el intenso dolor por la ofensa y podía otorgársele el perdón judicial y eximirse de cualquier responsabilidad al agresor.

La figura del uxoricidio estuvo vigente hasta 1980, pero el atenuante de la ira e intenso dolor sigue en pie y es usado para justificar la violencia contra las mujeres. El uxoricidio es el origen del mal hábito de llamar “crimen pasional” al feminicidio. Fue erradicado del código penal desde hace casi 50 años, pero no del imaginario colectivo.

En esa resistencia de juristas y periodistas por llamar al feminicidio por su nombre se reciclan viejas ideas con respecto al supuesto derecho de los varones, en su conjunto, a castigar a través de la agresión el supuesto “mal comportamiento” de las mujeres para mantener el orden sexual/social.

Con esta resistencia reafirman la desigualdad y perpetúan la catalogación de estos crímenes como “inexplicables, incomprensibles, excepcionales y producto de la locura de hombres enfermos o  monstruosos”, ocultando lo que en realidad son: producto de prácticas sociales concretas, históricas y perfectamente identificables que podrían erradicarse, si existiera la voluntad real de hacerlo.

Desde su perspectiva, es mejor seguir contando muertas, una tras otra, de forma desarticulada y aislada porque en ese ocultamiento hay un propósito: enseñarle su vulnerabilidad a las mujeres, la necesidad de permanecer en lugares seguros bajo la protección masculina, a no salir con extraños, no sonreír en la calle, no aceptar unos tragos, no usar falda corta, no ser infieles y un interminable etcétera.

En últimas, son historias de terror reales, con moraleja incluida, que tienen como fin lograr que las mujeres y niñas se ciñan a una moral sexista que restringe su libertad individual.

Un cambio de paradigma urgente

Estos sucesos no son lejanos a la vigilancia que ejerce la policía de la moral en Afganistán o de las decisiones sobre las mujeres de la ayatola en Irán, pero preferimos pensar que las nuestras sí son acciones civilizadas y justas.

No deja de ser paradójico que como sociedad invirtamos todo el esfuerzo en responsabilizar a las mujeres por su propia seguridad y sobrevivencia y no hagamos casi nada para enseñarle a niños y hombres que ellas no son un objeto de su propiedad, sino humanas, ciudadanas y sujetos de derecho, lo cual podría dar resultados más esperanzadores para prevenir los feminicidios.

En últimas, son historias de terror reales, con moraleja incluida, que tienen como fin lograr que las mujeres y niñas se ciñan a una moral sexista que restringe su libertad individual.

Estas prácticas sociales de reproducción del orden de género siguen estando encaminadas a perpetuar esa injusticia existente, para luego sorprenderse con el aumento de las cifras de feminicidios. ¿Cómo obtendríamos un resultado distinto si no cesamos de fortalecer la raíz de esa violencia?

En España, en pleno 2023, el partido político Vox se opone públicamente a las políticas de erradicación de la violencia contra las mujeres e insiste en llamarla violencia intrafamiliar, como si el interior de la familia fuera el único escenario de las violencias machistas. “La violencia no tiene género”, repiten en abierta contradicción con los estándares internacionales de protección de los derechos de las mujeres.

Unos y otros se oponen a lo que han llamado “la ideología de género” o “lobby queer” para referirse con absoluto desprecio a las reivindicaciones de reconocimiento de derechos humanos del movimiento feminista y de las disidencias de sexo/género. El mismo desprecio que desde tiempos inmemoriales han reproducido para deshumanizar mujeres, niñas y transgresores de la heteronorma.

Pequeñas, grandes, abiertas o encubiertas resistencias al avance social de poblaciones marginadas del poder durante siglos.

No nos engañemos, no estamos frente a eventos esporádicos y desafortunados de unos periodistas o jueces recalcitrantes o ignorantes, sino ante la más agresiva reacción de sectores ultraconservadores y supremacistas masculinos que harán lo que sea para perpetuar lo que ellos llaman “su cultura”.

Para las mujeres estas décadas serán decisivas, o logramos arraigar los avances jurídicos como valores y sentidos políticos y éticos colectivos, o nos regresarán al silenciamiento del mundo doméstico. De ese tamaño es nuestro desafío.

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Lea en Razón Pública: Los cuentos que nos siguen contando sobre el feminicidio

1 comentarios

Monica Godoy

Escrito por:

Monica Godoy

*Antropóloga, maestra en estudios de género, defensora de derechos humanos, feminista.

Comentarios de “Los feminicidios por su nombre

  1. Gracias una vez más, Mónica, porque tu voz es como un respiro en la maraña de desinformación y de prejuicios que ahogan nuestra palabra.

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