Cuando los medios convierten a asesinos en víctimas
Foto: El Dorado Radio

Cuando los medios convierten a asesinos en víctimas

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Los asesinatos de Luz Mery Tristán y de Edwin Arrieta confirman que los medios de comunicación en Colombia y en España tienden a valorar más sus ratings que la justicia y el análisis sereno de los problemas éticos.

Mónica Godoy*

Los hechos

Dos asesinatos recientes estuvieron en los titulares de los medios de comunicación en Colombia y en España.

El primero, el pasado 2 de agosto en la isla Koh Phagan en Tailandia, cometido por Daniel Sancho, un chef español de 29 años, quien mató a Edwin Arrieta de 44, un cirujano colombiano con quien sostenía una relación sentimental desde hacía meses.

El segundo, en la ciudad de Cali, Colombia, el 4 de agosto Andrés Gustavo Ricci García, empresario de 58 años, asesinó a Luz Mery Tristán de 60, excampeona mundial de patinaje y su pareja con quién estaba comprometido.

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El espectáculo

Ambos crímenes fueron de gran interés para los medios, el primero por tratarse del hijo y nieto de una familia de reconocidos actores españoles y, el segundo, porque la víctima fue una famosa deportista colombiana.

En el cubrimiento periodístico de estos hechos se repite un patrón de espectacularidad para abordar crímenes similares. Ese modelo consiste en darle prioridad a la primicia, lo inmediato, el bombardeo durante días de detalles sobre los “protagonistas” y el hiperfoco vigilante y suspicaz sobre la vida íntima de las víctimas. De esta manera se produce en el público la sensación de asistir a una película policiaca, no de estar recibiendo información sobre hechos graves de violencia.

Este patrón usa un tono ficcional para narrar la realidad, cuyo único fin es captar más atención del público y retenerla durante más tiempo. Hace parte de una estrategia en la disputa por las audiencias.

Ambas situaciones son delitos graves que deberían ser reprochados y sancionados por la sociedad en su conjunto, pero no ocurrió así.

Si los medios de comunicación prescindieran de ese patrón de espectacularidad, estos crímenes no causarían un interés que durara más allá de unos días. Seguramente no mantendrían la atención de los espectadores sin la avalancha de declaraciones, versiones contradictorias, fotos, entrevistas a amigos y familiares, hipótesis de analistas, informes de corresponsales especiales, transmisiones en vivo minuto a minuto y detalles íntimos de las partes sin ningún valor probatorio.

Contrariamente a lo que puede suponerse, la sobreinformación acerca de los asesinatos puede despertar mayor curiosidad, pero no produce más ni mejor conocimiento de los hechos. Tampoco ayuda a una reflexión ética colectiva sobre este tipo de violencia y su prevención.

Como espectadores saltamos de capítulo en capítulo que bien podrían ser dirigidos por Quentin Tarantino y de indignación en indignación sin comprender el fondo de este horror.

Casos distintos

A pesar de las coincidencias en el tratamiento de los medios de comunicación, estos asesinatos son en realidad muy distintos. El primero fue un homicidio premeditado y el segundo fue un feminicidio agravado.

Más allá de ser delitos diferentes —y aunque ambos asesinos confesos sostenían una relación sentimental con sus víctimas— la muerte violenta de Luz Mery Tristán se basa en la diferencia histórica de poder entre los sexos/géneros en una sociedad machista, y la violencia que emerge de esa desigualdad ejercida sobre ella por su identidad y condición de mujer. Sin la herencia cultural de la subvaloración femenina, los feminicidios no serían tan frecuentes.

Además, Luz Mery Tristán no fue la primera a quien Andrés Gustavo Ricci agredió. En 2017 su exesposa lo denunció a través de las redes sociales por violencia física, psicológica y emocional. Las agresiones contra las mujeres parecen ser un comportamiento recurrente en él.

No es la misma situación del premeditado homicidio de Edwin Arrieta. Este crimen no tiene esa base cultural externa de desigualdad sexual/social. Es un hecho criminal cuyas verdaderas razones están por esclarecerse.

Ambas situaciones son delitos graves que deberían ser reprochados y sancionados por la sociedad en su conjunto, pero no ocurrió así.

Daniel Sancho: el pájaro en una jaula invisible

El joven chef aceptó haber cometido el homicidio ante la Policía tailandesa que lo detuvo cuando se presentó, por cuenta propia, a la media noche del 3 de agosto a denunciar la supuesta desaparición de Edwin Arrieta. Las heridas defensivas en sus brazos hicieron sospechar a los agentes y lo retuvieron para interrogarlo.

Aunque el asesino ha cambiado varios detalles de su primera confesión, existen pruebas sólidas de que fue premeditado: imágenes de Daniel Sancho en varias tiendas de la isla en las que compró la sierra y el cuchillo para desmembrar el cuerpo, bolsas de basura para empacar el cadáver y varios productos de limpieza para borrar las evidencias. También se hizo a un kayak que usó para arrojar partes de la víctima y objetos personales mar adentro. Otros fragmentos del cadáver los arrojó en un contenedor y fueron hallados días después en el basurero central.

Según informó la Policía, Daniel Sancho declaró que habían tenido una pelea, se habían enfrentado físicamente porque él no quería tener relaciones sexuales con Edwin, quien se habría caído y golpeado en la cabeza. Daniel al verlo muerto había decidido descuartizarlo y desaparecer sus restos. Con la suerte de contar con el material preciso y necesario, comprado con anticipación, para realizar esta tarea.

Los motivos del crimen que al comienzo declaró Sancho ante las autoridades fueron los celos. Unos días después cambió su versión y dijo estar en una “jaula de cristal” sometido por Edwin Arrieta mediante amenazas de muerte y chantajes que le hacía si lo dejaba. Antes que denunciar ante las autoridades a la víctima por el hostigamiento que sufría, Sancho escogió la opción de planear un viaje a un destino “exótico” para asesinarlo.

Extraño comportamiento para una posible víctima de acoso y violencia psicológica que podría temer estar a solas en un país lejano con su presunto agresor. Extraño no es imposible, pero sí es poco probable.

Ahora bien, importa señalar que hay evidencia de grandes sumas de dinero que la víctima había dado a quien se convertiría en su asesino para invertir en su restaurante en España. También se sabe que el cirujano colombiano llevaba consigo 80 mil dólares para comprar unos equipos médicos de última tecnología en Tailandia, según informó su hermana a la prensa. Este dinero no fue desechado por Daniel Sancho en el mar, como el cuerpo destrozado y las demás pertenencias de Edwin, sino que fue encontrado en su totalidad por las autoridades al revisar el cuarto de hotel.

Los medios españoles

Nada en la anterior descripción de los hechos conocidos hasta el momento haría pensar en la verosimilitud de la hipótesis de que se trató de un homicidio culposo, es decir, accidental.

Sin embargo, gran parte de la prensa española ha hecho una campaña mediática para arraigar en la opinión pública esta versión y despertar simpatías hacia Daniel Sancho. Además de presionar a las autoridades tailandesas para repatriar al asesino, aunque no exista un tratado de extradición entre ambos países.

En esta tarea los medios de comunicación usaron toda clase de prejuicios xenofóbicos para consolidar la representación del hombre joven y bello caído en desgracia a causa de la tentación de juntarse con un latinoamericano, mucho menos agraciado y sospechosamente peligroso. Ese es el guion de su patrón de especularidad para lograr el tono ficcional de una brutal realidad.

La xenofobia no se limita a la nacionalidad de la víctima. Por ejemplo, el escritor español Salvador Sostres Tarrida en una columna de opinión del diario El Nacional, titulada Dani en Tailandia afirmó que el asesino “ha sido víctima de lo que mi abuela llamaba, cuando podíamos hablar en libertad, la mala leche del maricón que es retorcida, perversa, desesperante y puede llevarte a la enajenación”. Este columnista no se limitó a la nacionalidad de Edwin Arrieta, sino a su orientación sexual y saca a su abuela de la tumba para derrochar juntos de manera impune su homofobia.

No satisfecho con lo anterior, Sostres afirmó que Tailandia “desborda los límites civilizados. Es un país endiablado que propicia en ti lo atroz… Dani Sancho se vio superado por el secuestro mental de un gay retorcido y mañoso”. En pocas palabras, el escritor justifica al asesino, lo declara la verdadera víctima que no tuvo otra salida que cometer ese crimen para liberarse. Esto sin el más mínimo gesto de compasión con Edwin Arrieta y su familia. Le falto poco para que escribiera que Dani, como lo llama, le hizo un favor al mundo al erradicar a un ser infrahumano que se merecía morir.

Foto: YouTube: Captura de pantalla @purodisfrute8563 - La prensa española ha difundido una visión de Daniel Sancho como un hombre joven y bello que cayó en desgracia por relacionarse con un hombre latinoamericano.

Los usuarios de las redes sociales fueron quienes indignados por la inexplicable protección de la identidad del feminicida revelaron su nombre, su fotografía e investigaron y difundieron su perfil. El trabajo que podría hacer cualquier periodista acabo siendo efectuado por ciudadanos ofendidos por el silencio encubridor.

El 11 de agosto Miguel H. Otero, el editor de El Nacional, compartió esta infamia en su cuenta de X, antes Twitter. ¿Cómo un editor de un diario serio publica semejante revictimización sin asomo de vergüenza?

Lamentablemente Sostres no es el único. La revista de farándula Diez Minutos le da un fragmento de su portada a Daniel Sancho, con una foto de su perfecto torso desnudo mientras transmite su llamando de auxilio: “quiero volver a España, moved cielo y tierra”.  La revista española Semana le hizo al asesino una semblanza con todas las imágenes de su vida “ahora truncada”, acompañada de una foto de su padre, Rodolfo Sancho, “destrozado viajando hacia Tailandia para estar con su hijo” aunque en la imagen el papá luce tranquilo y sonriente. Por su parte, ABC España relató en tono dramático la noche complicada que tuvo que pasar Daniel Sancho en la cárcel tailandesa y resaltó que pidió medicación por el estrés.

Así en una cadena interminable de llamados a la consideración con el asesino y de revictimizaciones de Edwin Arrieta y sus familiares. Por ahora, el único logro de Daniel Sancho fue hacer de su supuesta jaula invisible una real.

Andrés Gustavo Ricci García: el rico empresario en problemas

Las primeras noticias sobre el feminicidio de Luz Mery Tristán se centraron en la víctima. La prensa describió cómo ella había sido asesinada en su casa por un “reconocido empresario” de la ciudad de Cali con quien sostenía una relación sentimental.

El sospechoso del crimen había sido encontrado junto a su cadáver. Aunque los medios sabían que había un detenido en flagrancia, ocultaron la información sobre su identidad durante el 6 de agosto, día en que se dio a conocer el asesinato.

Lo que sí dieron a conocer es que el detenido había sido llevado a un hospital para su desintoxicación, pero después corrigieron para precisar que el motivo eran sus supuestos problemas cardiacos. Desde las primeras informaciones, la intención de la prensa fue colaborar con el “caído en desgracia”, evitando su exposición pública.

Los usuarios de las redes sociales fueron quienes indignados por la inexplicable protección de la identidad del feminicida revelaron su nombre, su fotografía e investigaron y difundieron su perfil. El trabajo que podría hacer cualquier periodista acabo siendo efectuado por ciudadanos ofendidos por el silencio encubridor.

Esto, aunque el reconocido empresario recibió con disparos a las autoridades y fueron encontradas en el lugar del crimen varias armas de fuego y traumáticas sin salvoconducto. También la Policía halló una carta de despedida del feminicida confeso donde dejó clara su intención de suicidarse y daba instrucciones precisas sobre el sepelio de ambos.

Los días siguientes consolidaron el patrón de espectacularidad con el que se abordan estos crímenes para generar interés y permanencia en las audiencias. La investigada fue la víctima a quien varios medios responsabilizaron de su propio asesinato por sostener relaciones con hombres con antecedentes cuestionables.

Por otro lado, la afiliación política del feminicida con el uribismo fue usada con fines políticos por el actual candidato del Pacto Histórico a la alcaldía de Bogotá, Gustavo Bolívar, y algunos de sus seguidores, quienes a través de las redes sociales no dudaron en utilizar el crimen catalogándolo como una consecuencia de su postura ideológica. Como si no existieran demasiadas víctimas de feminicidio para descartar semejante prejuicio.

Aunque en el momento de su captura Andrés Gustavo Ricci confesó el crimen, en la audiencia de imputación de cargos se declaró inocente de los delitos de feminicidio agravado y porte ilegal de armas. Según la defensa, el imputado había disparado su arma hacia algún objeto, rebotó e impactó por accidente el cuerpo de Luz Mery Tristán, sin que su intención fuera asesinarla. Es decir, desde la perspectiva de la defensa se trataría de un homicidio culposo.

el escritor justifica al asesino, lo declara la verdadera víctima que no tuvo otra salida que cometer ese crimen para liberarse. Esto sin el más mínimo gesto de compasión con Edwin Arrieta y su familia. Le falto poco para que escribiera que Dani, como lo llama, le hizo un favor al mundo

Habrá que ver durante el juicio si la defensa logra probar que disparar varios proyectiles al interior de una casa habitada puede ser un acto involuntario y de bajo riesgo, si explica el golpe en la cabeza de la víctima y si puede desafiar las leyes de la física acerca de los rebotes de proyectiles para sacar mejor librado de las consecuencias de sus acciones al “reconocido empresario”.

La simpatía hacia los asesinos como objetivo periodístico 

En ambos crímenes vemos que varios medios de comunicación tuvieron un objetivo que explica el punto de vista con el cual informan sobre estos hechos: manipular las emociones de la opinión pública para generar simpatía hacia los asesinos. ¿Cuál es la razón? una posible respuesta es la necesidad de reafirmar las jerarquías y desigualdades sociales, raciales y sexuales en la sociedad.

Defender así sea veladamente a quienes tienen prestigio, poder económico, herencia familiar o superioridad en razón de su nacionalidad es parte de la reproducción cultural del orden social. Esa simpatía sirve para minimizar los crímenes de gente poderosa y evitar que se sientan al alcance de la justicia. Es una promesa de impunidad que el sistema social entrega como dádiva al poder.

Si bien la pena de muerte o una condena perpetua, como la que podría esperarle a Daniel Sancho en Tailandia, o bien, una sentencia por feminicidio de 50 años –que en la práctica sería cadena perpetua para Andrés Ricci en Colombia– tampoco podrían ser consideradas justicia, los medios de comunicación tienen una responsabilidad social que están incumpliendo al profundizar la victimización, manipular emocionalmente a las audiencias y ficcionar la realidad a través del patrón de espectacularidad. Esto con pleno conocimiento de las consecuencias de sus acciones y los resultados esperados.

Esta acción con daño y negligencia periodística tiene consecuencias profundas en la baja comprensión social de las raíces de estos crímenes y en su eventual prevención. Más que simpatía hacia los asesinos la prensa tendría que ayudar a generar compasión hacia los involucrados, en especial, hacia las víctimas y sus sobrevivientes. Muy lejos estamos aún de tener el nivel de conciencia y autocrítica necesaria.

Lea en Razón Pública: Los feminicidios por su nombre

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Monica Godoy

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Monica Godoy

*Antropóloga, maestra en estudios de género, defensora de derechos humanos, feminista.

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