Corridas de toros: celebración de la muerte y respeto a la vida - Razón Pública
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Corridas de toros: celebración de la muerte y respeto a la vida

Escrito por Leonardo González
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Leonardo GonzalezAnálisis riguroso de cada uno de los argumentos que pretende justificar la llamada “fiesta brava” y del potente mensaje pedagógico que enviaron Petro y Fajardo al oponerse a las corridas de toros.

Leonardo González*

Dos bandos

En su calidad de Alcalde de Bogotá, Gustavo Petro ha decidido no utilizar el palco de la alcaldía en la Plaza de Toros de La Santamaría y también ha retirado el patrocinio a las corridas de toros por parte de la Empresa de Telecomunicaciones de Bogotá (ETB). En la misma lógica, Sergio Fajardo, actual gobernador de Antioquia, retiró el apoyo de la Fábrica de Licores de Antioquia a la fiesta brava.

Estas señales han provocado un animado debate sobre las corridas de toros. Se han conformado claramente dos bandos: aquellos que defienden las corridas porque las consideran una manifestación cultural y artística (de aquí en adelante, los “taurinos”), y aquellos otros que atacan las corridas de toros, porque allí se violan los derechos de los animales (los “anti-taurinos”).

En breve, el conflicto se da entre la preservación de la tradición taurina y la protección de los animales. A continuación pretendo demostrar que los principales argumentos de los defensores de la fiesta taurina resultan muy problemáticos o son inválidos.

Para alimentarse y para entretenerse

Para empezar, el extorero y criador de toros de lidia César Rincón considera que en la fiesta brava “no existe la hipocresía” de comer carne. “Al cerdo y al pollo los alimentan para matarlos. La calidad de vida de un toro de lidia es muy buena en cambio”. Si bien entiendo, la idea central de Rincón es que resulta hipócrita criticar las corridas, cuando todos los días sacrificamos animales para consumo humano. En esto estoy completamente de acuerdo con el ex matador de toros.

Sin embargo, la opinión de Rincón sólo muestra que existe una cierta incoherencia entre la actitud anti-taurina y aprobar el sacrificio de animales para el consumo. Pero esta incongruencia de ningún modo justifica la fiesta brava. Si se busca ser estrictamente consecuente con el respeto a los derechos de los animales, ambas prácticas serían igualmente reprochables.

Pero hay una significativa diferencia de grado: el sacrificio de animales va dirigido a suplir una necesidad básica humana — la alimentación —, mientras que las corridas van dirigidas a satisfacer una necesidad secundaria: el entretenimiento. Esta diferencia es importante. Hay “mejores” razones a favor del sacrificio de animales que de las corridas de toros. Pero, repito, estas razones no justifican ninguna de las dos prácticas…y en este punto el debate sigue abierto.

Tres argumentos pomposos…y falaces

Algunos columnistas y escritores recientemente han redactado, firmado y difundido el Manifiesto Taurino en defensa de las corridas de toros. [1] Allí plantean, según mi lectura, tres argumentos a favor de la “fiesta brava”:

Conservación del toro de lidia

La primera razón es que los taurinos, a diferencia de lo que se cree, son “defensores del medio ambiente y de la conservación de las especies, que incluyen la del toro bravo, y en consecuencia las condiciones que hacen posible su crianza y su existencia”. En realidad, los toros de lidia exigen muchos cuidados y es preciso invertir muchos recursos para satisfacer los requisitos del espectáculo.

Este argumento presenta fallas lógicas. La razón: los taurinos confunden ‘cuidar-algo-como-medio-para’ y ‘cuidar-algo-como-fin-en-sí-mismo’. No es lo mismo cuidar al toro porque es importante en sí mismo que cuidar al toro para que sea usado posteriormente en el espectáculo.

Cuidar al toro instrumentalmente para luego causarle la muerte es absurdo: cuidar para matar es contradictorio. Además resulta deshonesto pensar que el ‘cuidado instrumental’ equivale a una preocupación auténtica por las especies y el medio ambiente.

Conservación de una tradición

Otras de las razones expuestas en el Manifiesto es que “el juego del toreo” es un arte que contiene “los ideales de la cultura hispánica”.

Esta idea de que el toreo es un arte y una tradición cultural es fuerte, pero igualmente inválida. En el fondo, la idea se basa en el falso supuesto de que algo está justificado sólo porque es una tradición o un arte (me temo que sobre este mismo supuesto opera la sentencia C/666 de 2010 de la Corte Constitucional). ¿Por qué tiene que ser así? Algo no se justifica solamente por ser tradicional o antiguo, o por ser una manifestación artística y cultural.

La tradición no es “buena” por ser tradición. Creer que la tradición se justifica por sí misma es dogmático y anticuado. Dogmático, por creer que la tradición debe persistir a pesar de los cambios sociales, culturales y educativos; y anticuado, porque se asume que lo antiguo tiene un valor superior frente a lo nuevo.

En efecto, no toda tradición, por antigua y tradicional que sea, puede ser preservada. Por ejemplo, difícilmente estaríamos dispuestos a mantener y apoyar la ablación, una práctica tradicional en algunos lugares de África.

La tauromaquia no es el tipo de tradición que está justificada sólidamente, porque no hay modo de justificar legítimamente el sufrimiento de un animal sólo para divertir a unos cuantos espectadores.

Ahora bien, los taurinos consideran que, si se prohíben las corridas de toros, se estaría atentando contra manifestaciones culturales y artísticas, lo cual les parece evidentemente una muestra de “intolerancia cultural y social”.

Estoy de acuerdo con el principio de que se deben tolerar y permitir manifestaciones artísticas y culturales diversas y minoritarias. Pero el respeto a la diversidad no significa que todo deba ser respetado. Tolerar y respetar no equivale al “todo vale”. ¿Vale matar a un animal para el goce del espectador?

En términos académicos esto se traduce en la paradoja de la tolerancia: ¿debemos tolerar lo intolerable? ¡No!… ¿Cómo se establece lo que resulta intolerable? Esta pregunta es difícil.

Una manera de abordarla es adoptando el problemático principio de que “mis derechos valen siempre que no se violen los derechos fundamentales de otros”. [2] En este sentido, el derecho al disfrute no puede ser válido si esto implica violar el derecho (¡a la vida!) de otro ser sensible.

Por este motivo resulta intolerable que se cometan actos de crueldad contra el animal y que además se ritualicen en forma de un espectáculo cuyo único propósito real es la diversión. En pocas palabras, una manifestación cultural y artística no puede ser permisible cuando se fundamenta en actos intolerables como la crueldad.

Derecho al disfrute

La columnista María Elvira Bonilla, resaltando otra de las razones del Manifiesto, ha señalado que las corridas de toros deben permitirse porque los taurinos tienen “el derecho a gozar de una tradición artística” [3]. Dice el Manifiesto: “Así como no pretendemos imponerle a nadie nuestra afición exigimos respeto absoluto por nuestros gustos y sentimientos”. En este sentido, las corridas se justifican por el legítimo derecho de entretenimiento que tienen los amantes de la fiesta brava.

En mi opinión, este argumento también es problemático, porque crea un conflicto entre derechos: el “derecho al disfrute” se enfrenta al derecho a la vida de los animales. Ante este conflicto de derechos, ¿cuál es más importante?

Preferir el derecho al disfrute sobre el derecho a la vida animal resulta antropocéntrico y egoísta, porque el derecho del hombre prevalecería, sin la menor consideración del derecho del animal. Además este derecho a entretenerse con la “gran metáfora sobre la vida y la muerte” –que es el toreo– también resulta cruel, porque implica necesariamente maltrato físico a un animal. ¡Celebrar la muerte no puede ser divertido!

Insistir en el derecho al disfrute y al goce evidencia la ceguera de los taurinos para reconocer y sensibilizarse ante otras formas de vida. Esta consideración no sólo aplica al toreo y al rejoneo, sino también a la riña de gallos, a las peleas de perros bravos, al coleo.

¿Qué sociedad queremos?

Probablemente el debate seguirá abierto y, pese al rechazo que seguirá en aumento, los taurinos seguirán defendiendo su causa contra viento y marea.

Pero es momento de romper con tradicionalismos, para preguntarnos cómo queremos que sea nuestro futuro. ¿Qué clase de sociedad estamos construyendo? ¿Una que acepta la diversión de unos cuantos humanos a costa del dolor de los animales? ¿No se justifica desear una sociedad que, lejos de seguir alimentando la violencia, respete los derechos de los seres vivos?”

Por esta razón celebro las iniciativas públicas –y privadas– para aumentar la sensibilidad y el respeto frente a otras formas de vida. Por ejemplo, el rechazo de Petro y Fajardo a las corridas de toros conlleva un mensaje pedagógico que no ha sido resaltado adecuadamente. Sobre todo este asunto quiero leer un intento público por promover y respetar la vida. No sólo se trata de un “No a la muerte cruel de animales”. Significa un sonoro “Sí al derecho a la vida”.

El hecho de que Petro y Fajardo hayan retirado el apoyo económico a las corridas de toros es muy significativo, porque envía otro claro mensaje: el dinero público no puede ser usado para promover acciones de violencia.

Como ya han sugerido varios defensores de animales, también se puede trabajar para prohibir el ingreso de menores de edad a las corridas de toros, con el fin de “no estimular esta tradición en las nuevas generaciones”.

Estas iniciativas van encaminadas, al menos en un primer momento, a que las personas entiendan que realmente existe un problema frente a las corridas de toros. Esto sería tan significativo como si los afiches taurinos vinieran acompañados de una frase que dijera: “la celebración de la muerte es perjudicial para el respeto por otras formas de vida”.

En definitiva, de lo que se trata es de ampliar la empatía de las personas ante el dolor de los animales. Los taurinos se aferran a la tradición para justificar el toreo, una tradición anclada en un pasado violento y clasista.

Podemos soñar en una sociedad capaz de ampliar su espectro ético al punto que los animales también puedan gozar efectivamente de derechos, comenzando por el derecho a la vida.

* Filósofo. Estudiante de Maestría en Filosofía. Universidad Nacional de Colombia

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