
Armas y escapularios, una vieja historia de Colombia
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No deja de resultar paradójico que una acción militar que produjo muertes de personas sea bautizada con un nombre tomado de la tradición bíblica, mientras que sobre los que la ordenaron pesa también el quinto mandamiento de la ley de Dios: “No matarás”.
Ver no es un acto inmediato, es un proceso.
Y fotografié entonces los tableros de Bojayá.
J. M. E.
Silencios: cuando la guerra también mata la educación.
Me referiré al bombardeo de aviones de la Fuerza Aérea Colombiana, el 30 de agosto, a un campamento de las disidencias de las FARC. He leído montones de lo mucho que se ha escrito sobre este espantoso evento, coronado por el presidente con la exhibición pública de los cadáveres. Acción esta última que muchos de los que juzgan los hechos podrían, más que condenar la acción militar —de la cual poco o nada se dice—, condenar la decisión política y comunicativa de mostrar los cadáveres de los muertos en la operación y al presidente caminando entre estos con inocultable orgullo —¿católico?— y mostrándolos como trofeos de guerra, tal como lo representó el caricaturista colombiano Ricardo Rendón cuando ilustró la masacre de las bananeras ocurrida en Ciénaga (Magdalena) en 1928. De eso ha pasado casi un siglo y la foto es exactamente la misma. Regreso de la cacería, 98 años después.

En ambos casos se ve una clara asimetría de medios y de poder; si algunos de los trabajadores bananeros estaban armados, no podría ser sino con machetes, mientras el ejército colombiano estaba fuertemente armado. La caricatura de Rendón denunciaba un abuso de poder mientras la operación Azarías fue presentada por De la Espriella como una demostración de fuerza. El ataque se hizo desde aviones que volaban a gran velocidad. Vale preguntar si el Ejército Nacional había localizado el campamento del frente Carolina Ramírez, tal como el presidente lo anunció en su discurso de posesión cuando dijo: “Todos esos bandidos serán perseguidos sin tregua en el marco de la Constitución y las leyes de la República. Serán buscados, serán capturados, serán juzgados…” ¿Por qué, en este caso, se optó por una acción aérea de semejante poder destructivo? No pasó un mes de pronunciar en todos los canales de la nación esa frase para que se le olvidara su obligación de respetar las vidas de todos los colombianos, tanto hombres como mujeres. Y de los humanos y los inhumanos. También resulta llamativo el nombre escogido para la operación —Azarías—, un nombre de evidente resonancia bíblica. ¿Qué relación quiso establecer el Gobierno entre una acción militar de esta naturaleza y esa referencia religiosa? ¿Qué significa exhibir muertos como trofeos cuando quien lo hace invoca públicamente a Cristo?
Prefirió atacarlos desde el aire y de noche. No deja de resultar paradójico que una acción militar que produjo muertes de personas sea bautizada con un nombre tomado de la tradición bíblica, mientras que sobre los que la ordenaron pesa también el quinto mandamiento de la ley de Dios: “No matarás”. La contradicción me hace recordar una de esas frases que se repiten con frecuencia: “Dime de qué presumes y te diré de qué careces”.
Lo que queda claro es que la caridad y la misericordia cristianas no acompañaron esta acción del Gobierno. Y resulta particularmente difícil conciliar esos valores con la manera como el presidente De la Espriella se exhibe ante las imágenes de las personas abatidas en ese bombardeo. La misericordia cristiana, al menos en su sentido más elemental, no parece compatible con convertir a los muertos en imágenes de victoria.
Hasta la fecha, no he encontrado una manifestación de la Conferencia Episcopal de Colombia, ni de alguno de sus prelados que se refiera específicamente a la utilización de estos cadáveres. Y ese silencio, frente a la ostensible presencia de símbolos cristianos en el discurso presidencial, también plantea una pregunta que merece ser formulada: ¿Qué dice —o deja de decir— la jerarquía católica ante la utilización de símbolos cristianos por un presidente que convierte las imágenes de sus enemigos muertos en una pieza clave de su comunicación política? Y por eso la pregunta sigue abierta: ¿Puede un gobernante invocar públicamente a Cristo y, al mismo tiempo, convertir los cadáveres de sus enemigos en imágenes de triunfo, sin que la Iglesia tenga nada que decir?
Pocos días después del bombardeo, un juez de la República ordenó “suspender temporalmente bombardeos cuando exista información sobre menores reclutados”. Ciertamente, la Constitución, en su artículo 44, señala que “los derechos de los niños prevalecen sobre los derechos de los demás”. Esto no quiere decir que la vida de un niño vale más que la de un adulto. Lo que dice la Constitución es que los niños tienen una protección reforzada. A mi modo de ver, esto no debe interpretarse como una potestad del Estado de disparar contra colombianos adultos por la seguridad nacional y por hacer justicia desde el cielo y en horas de la noche. Lo que corresponde, en el marco de la Constitución y las leyes, es capturarlos y llevarlos ante la justicia. La operación debió hacerse buscando proteger las vidas de todas las personas que estaban en el campamento. Si las unidades del Ejército fuesen atacadas, corresponde responder al ataque. Pero, según la información pública conocida sobre este caso, esa no fue la situación que precedió al bombardeo.
Es justamente esa particular protección constitucional del derecho a la vida de los niños —consagrada en el artículo 44 de la Constitución— la que, en determinadas circunstancias, puede ser aprovechada por organizaciones criminales. Algunos delincuentes se acompañan de menores para protegerse frente a la acción de la fuerza pública y, más grave aún, utilizan a niños y adolescentes para la comisión de delitos.
Otro hecho del gobierno de Abelardo de la Espriella que también es difícil de entender, y que sin duda hace parte de los símbolos o mensajes que nos ha querido transmitir el presidente en sus primeras semanas de gobierno, es la orden de desmontar, en el edificio del Ministerio de Educación Nacional, la importante obra “Silencios” del maestro Juan Manuel Echavarría¹. Una obra que ha llamado la atención por la potencia de su mensaje, su calidad técnica y la fuerza de lo que proyecta. Amén de todo ello, por su belleza estética. Una exposición que ha sido vista en prestigiosos museos y galerías de Europa y Estados Unidos. Además de haber estado expuesta en cinco universidades públicas del país y en la Universidad Externado de Colombia, en Bogotá².
Se trata del trabajo que el maestro Echavarría, en compañía de su fiel escudero Fernando Grisalez, “quien durante 13 años seguidos me acompañó a fotografiar las más de ciento cincuenta escuelas abandonadas por la guerra…³ Sin su mirada, sin su dedicación y colaboración, esta serie de fotografías había quedado incompleta”. Fotografiaron 160 tableros del mismo número de escuelas rurales abandonadas en los departamentos de Bolívar, Caquetá, Cauca, Chochó y Sucre. Un triste y necesario testimonio de cómo ha tratado nuestro país a la educación, el más importante componente del desarrollo.
Una fotografía vista desde tres ángulos. La pobreza y el abandono en nuestros campos; el desinterés por la educación, sobre todo en las zonas rurales, y la violencia a la que ha sido, y sigue siendo, sometida buena parte de la población rural, por parte no solo de los grupos armados al margen de la ley, sino también, y en no pocos casos, por parte de las Fuerzas Armadas. Queda para la memoria y la historia este registro gracias en el bello libro Silencios de Juan Manuel Echavarría, editado por La Fábrica en el 2025.

Una idea que, con muy buen tino, concretaron unos funcionarios del Ministerio de Educación del gobierno anterior fue invitar al maestro Juan Manuel Echavarría a instalar, en el corredor más transitado del edificio de este ministerio, 17 de los tableros que hacen parte de Silencios. Estos “tableros” de escuelas rurales conforman una galería que es recorrida a diario no solamente por las más de mil personas que trabajan en este edificio, sino también por los cientos de visitantes nacionales y extranjeros que a diario lo visitan.
Difícil encontrar un lugar más estratégico y con mayor impacto en la búsqueda de resultados de una mejor educación para nuestros compatriotas. Pero se aplica la máxima que cualquier funcionario público tiene en su agenda: Ttodo lo que hizo mi antecesor está mal hecho, igual lo hizo quien me sucedió”. Difícil progresar teniendo en cuenta este punto de partida. En Colombia ha calado una actitud que se ha llamado “el complejo de Adán.”
Y, para ser sinceros, no sorprendería que la decisión de desmontar la exposición del maestro Echavarría terminara produciendo el efecto contrario: hacerla aún más relevante, darle mayor visibilidad y despertar un interés que quizá de otro modo no habría alcanzado. Pocas cosas resultan tan atractivas como lo prohibido.
Que así sea. Y que Silencios termine convirtiéndose en un documento de consulta, reflexión e interés en cada rincón de nuestro bello país.
Le recomendamos: Un país atrapado en el bucle la guerra: balance de las tendencias de violencia en Colombia
¹ https://jmechavarria.com/es/#1
² Josée Bienvenu Gallery, Nueva York – Université de Louvain, Bélgica – Musée d’Aquitaine, Burdeos, Francia – Auckland Art Gallery Toi o Tāmaki, Nueva Zelanda- University of Virginia, Charlottesville, Estados Unidos – Brooks School, North Andover, Massachusetts. Y en Colombia en las universidades Universidad Nacional cedes Bogotá y Manizales, Universidad de Antioquia, Universidad Pedagógica Nacional, Universidad de Nariño y en la Universidad Externado de Colombia.
³https://acrobat.adobe.com/id/urn:aaid:sc:va6c2:660d98bc-a0a9-4115-aa8f-583424833a0f
Acerca del autor

Enrique Uribe Botero
Arquitecto de la Universidad Nacional. Máster en Arquitectura Urbana de la U.P.8 Paris Belleville. Estudios de paisajismo en la Escuela Nacional de Paisaje en Versalles.
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