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Más allá de las francas sonrisas

Escrito por Hugo Ramírez

Hugo Eduardo RamírezLas relaciones entre Colombia y Venezuela entran en un nuevo período. Pero, para mejorarlas se necesita mucho más que abrazos y buenos deseos.

Hugo Eduardo Ramírez*

El cuento de la carretilla

Una vieja historia cuenta sobre un obrero sospechoso de robar en la fábrica donde trabajaba. Todos los días cuando salía de la fábrica, tanto él como su carretilla eran cuidadosamente examinados, sin que nunca encontraran nada. Tras mucho tiempo, los guardias dieron en el clavo: ¡lo que el obrero se estaba robando eran las carretillas!

En un engaño similar parecen estar hoy quienes buscan encontrar las falencias de la relación colombo−venezolana en hechos estrictamente coyunturales.

En medio del optimismo de unos y la amargura de otros por las renovadas relaciones producto de la última reunión entre los presidentes Chávez y Santos, es necesario dar un paso atrás y distanciarse de los hechos superficiales en la relación binacional −que se han convertido en la agenda pública de los países− para pensar en algunos puntos estructurales que son los que en realidad se convierten en obstáculos en la búsqueda de la estabilidad de las relaciones entre los dos gobiernos.

Tres puntos claves

Aunque nunca se había llegado a una ruptura de relaciones, no es la primera vez que Colombia y Venezuela tienen desencuentros y reencuentros tan marcados. En este sentido, con miras a superar el eterno retorno, este artículo desarrolla tres puntos claves que a mi juicio se convierten en las principales causas estructurales, producto de sólo buscar dentro de la carretilla sin ver que ella es el verdadero problema.

Hipótesis de las buenas intenciones y de las buenas instituciones

Las buenas relaciones y la confianza entre los dos países no son un punto de partida, como parecen afirmar algunos medios, sino que deberán ser el resultado de las acciones que se emprendan luego de la reunión de Santa Marta.

Pensar que las sonrisas y palabras de buena voluntad que cruzaron los dos presidentes sea el final de la crisis entre Colombia y Venezuela es un espejismo.

Aunque la reunión haya sido importante y haya ayudado a abreviar un lago proceso de reacercamiento, los cambios de fondo en la relación binacional deben obedecer a una institucionalidad que los sustente, y los mantenga alejados de las voluntades pasajeras de los gobiernos. En este orden de ideas, los buenos resultados no sólo dependen de la eficacia instrumental de estas instituciones consideradas en sí mismas, sino también de la confianza que puedan generar entre las partes.

Seguro mató a confianza

La historia ha demostrado que las buenas relaciones entre Colombia y Venezuela no han funcionado precisamente por vía de la coerción de pactos, acuerdos, o tratados. Los mejores momentos se han vivido cuando la confianza −que es el significado último de la buena vecindad− le da legitimidad a las relaciones entre los dos países.

Si bien lograr estos equilibrios es una tarea complicada, un ejemplo de que sí es posible puede verse en la administración del presidente Alfonso López Michelsen, y en la relación que mantuvo con el presidente Carlos Andrés Pérez, de Venezuela.

Una buena política exterior no sólo se debe quedar en el plano de las ideas y de los acuerdos institucionales, sino que también debe llegar a la vida cotidiana de las personas. En este sentido, el fracaso de las soluciones planteadas hasta ahora no sólo puede explicarse a partir de los obstáculos que presentan los intereses encontrados entre los dos países. Los conflictos reales entre Colombia y Venezuela vienen desde antes y subsistirán después de la reunión de Santa Marta.

Hipótesis de los mínimos razonables

En la reunión el presidente Santos habló de arrancar desde un “punto cero”, en el que los dos gobiernos se comprometieran a diseñar una nueva “…hoja de ruta para que todos los aspectos de la relación puedan progresar, avanzar y profundizarse”.

Esta declaración es comprensible si se sitúa en el contexto de la reunión, en cuanto puede ser vista como una señal de buena voluntad entre las partes. Sin embargo, esa no puede ser la estrategia de ninguno de los gobiernos. La posibilidad de un borrón y cuenta nueva siempre ha demostrado estar alejada de la esfera política.

Por el contrario, los gobiernos deberán iniciar la nueva etapa de las relaciones desde su propia experiencia. El presidente Chávez ha tenido relaciones con tres presidentes colombianos (Andrés Pastrana, Álvaro Uribe, y ahora Juan Manuel Santos), por lo que ya se podrá identificar una cierta “doctrina” que permita aprender de los errores y desarrollar los aspectos positivos de la relación. 

A pesar del tono preventivo de este artículo, todos los sectores sociales debemos apoyar una tesis fundamental: la relación puede y debe llegar a mínimos razonables que beneficien a ambos países.

Contra el “antichavismo metodológico”

Un punto clave en este sentido será el de superar el “antichavismo metodológico” que guía la mayoría de respuestas que se dan desde Colombia, poniendo en claro que la relación entre dos países es mucho más que la relación entre dos gobiernos.

Pensar que el presidente Chávez tiene la responsabilidad total de la crisis, y que ha sido a su vez el responsable exclusivo de los problemas que aquejan la relación, no dista mucho de la posición de quienes lo consideran el único caudillo que podrá salvar a los pueblos latinoamericanos. Dando un paso atrás, en ambos casos se sobredimensionan las capacidades de un sólo actor en medio de una compleja red de relaciones donde convergen distintos intereses.

Hipótesis de los mínimos comunes

Un último elemento que se puede considerar a partir de las promesas que quedaron de la pasada reunión, tiene que ver con la idea de “avanzar en beneficio de los dos pueblos”.

En este sentido, dos países con valores rectores distintos, en función de las ideologías que son las que han asumido el protagonismo en la relación, deben tener presentes antes que nada sus diferencias (algo que se ha convertido quizás en el triunfo simbólico más importante del último encuentro), para luego sí definir aquellos mínimos comunes sobre los cuales se va a enfocar la relación entre los gobiernos. No se debe esperar que se detenga la lucha por la hegemonía en el campo de las ideas. Lo que se debe buscar es que éstas se mantengan en el plano que les corresponde y no los lleven a intervenir en los asuntos internos del otro.

Las relaciones económicas entre los dos países son fundamentales (sobre todo para Colombia) pero no pueden pensarse independientemente de la política. El éxito del acuerdo de crear cinco comisiones en temas relacionados exclusivamente con la economía, la seguridad y la atención a las poblaciones fronterizas, deberá tener presente esta consideración.

Superar el eterno retorno

La historia de Venezuela y Colombia se ha desarrollado entre encuentros y desencuentros. Acuerdos con buenas intenciones han estado presentes desde los comienzos de los dos países. El 28 de mayo de 1811, por ejemplo, el “Tratado de Alianza y Federación” suscrito entre la Junta Revolucionaria de Caracas representada por el canónigo Cortés de Madarriaga, y don Jorge Tadeo Lozano, presidente de Cundinamarca, decía que “…Habrá amistad, alianza y unión federativa entre los dos Estados, garantizándose mutuamente la integridad de los territorios de sus respectivos departamentos, auxiliándose mutuamente en los casos de paz y guerra, como miembros de un mismo cuerpo político, y en cuanto pertenezca al interés común de los Estados federados” (Londoño, 13).

La política exterior ha planteado soluciones teniendo como partes a enemigos irreconciliables. El 26 de noviembre de 1820, Pablo Morillo y Simón Bolívar, firmaron el “Armisticio y Tratado de Regularización de la Guerra entre España y Colombia” (conocido como “Armisticio de Trujillo”), con el objeto de suspender las hostilidades entre los dos bandos, e iniciar el camino hacia la paz. Este acuerdo celebrado con gran entusiasmo por el Libertador sólo duraría seis meses. En su artículo 1º consagraba una cláusula particular cuando decía que “la guerra entre Colombia y España se hará como la hacen los pueblos civilizados…”.

Estos son sólo dos ejemplos de la historia común de los dos países. Compete a los gobiernos superar el eterno retorno de crisis y reconciliaciones. Lo que esperamos es que hoy no se cumpla la máxima de Mark Twain, para quien “la diplomacia es el arte de decir ‘perrito bonito’ hasta que encuentras una buena piedra”.

* Politólogo, Joven Investigador del Observatorio de Venezuela, Centro de Estudios Políticos e Internacionales (CEPI) Universidad del Rosario. Profesor auxiliar en el curso de Política y Sociedad de la Facultad de Ciencia Política y Gobierno, y Profesor auxiliar en el curso de Perspectivas de Venezuela de la Facultad de Relaciones Internacionales de la misma Universidad.

Bibliografía


Londoño Paredes, Julio. La frontera terrestre colombo venezolana. El proceso de la fijación de 1492-1941. Bogotá: Banco de la República, 1990.

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