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Un día en San Antonio del Táchira: Repensando las abstractas relaciones colombo-venezolanas

Escrito por Hugo Ramírez
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hugo ramirezCrónica del acontecer cotidiano en una población de la frontera que nos invita a reemplazar los estereotipos por la verdad de vidas entretejidas entre personas que tienen formas distintas de sentirse colombianos o venezolanos, producto de compartir un mismo tiempo y espacio.

Hugo Eduardo Ramírez*

Chávez vuelve, julio 4

La pequeña plaza de la ciudad fronteriza, a escasas cinco calles del puente internacional Simón Bolívar, está llena el lunes festivo 4 de Julio. La alcaldía de San Antonio adaptó una pantalla gigante frente a la iglesia, sintonizada en Venezolana de Televisión. Todos miran ansiosos, esperando la reaparición del presidente Hugo Chávez.

El ambiente es de fiesta; nadie está obligado. Algunos opositores curiosos entre la multitud hacen chistes a sus amigos chavistas sobre el día muy lejano en el que ellos también se vestirán de rojo: “Deja no más que el deportivo Táchira se gane la Libertadores”, dice uno de ellos.

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En un acto público en Venezuela, en realidad no se hace necesario preguntar quién está de qué lado. Los chavistas van con sus camisas rojas con mensajes alusivos a los programas del gobierno central:

  • Las Madres del Barrio (encargadas de cuidar a los niños en los sectores más vulnerables).

  • La Misión Identidad (con la tarea de gestionar las cédulas de venezolanos e inmigrantes).

  • La Misión Cultura (encargada de rescatar los valores del venezolano).

No faltan las camisetas y gorras del Che Guevara. A diferencia de las grandes ciudades donde chavistas y opositores rara vez comparten lugares comunes, en esta pequeña ciudad la interacción es cosa de todos los días.

Los vendedores ambulantes aprovechan la oportunidad: venden helados, perros calientes, agua y gaseosa. “Ya no vendemos cerveza, porque pasan por ahí diciendo que nosotros nos reunimos aquí es a tomar, así que esas nos las tomamos es después”, cuenta una vendedora de la plaza (una de las pocas venezolanas) en medio de una gran mayoría de colombianos que no miran mucho la pantalla, pero sí están muy pendientes buscando su clientela.

La mayoría de los vendedores, no sólo ambulantes, sino dueños de almacenes, son de nacionalidad colombiana (un gran porcentaje tiene doble nacionalidad). Debo dejar claro que no tienen las dos nacionalidades, sino que tienen papeles que demuestran que son nacidos en San Antonio, Ureña, o hasta San Cristóbal, y al mismo tiempo tienen su cédula de identidad colombiana que los acredita como nacidos en territorio colombiano.

Esta es una práctica ilegal de las más comunes en la zona para acceder a los beneficios que brindan ambos Estados y tener una libre movilidad por la zona de frontera. Tener una cédula venezolana no es tan fácil como se dice, por lo menos en esta zona fronteriza, ni siquiera en periodo de campaña electoral.

La agenda gira alrededor de una única cuestión: el presidente Hugo Chávez regresaba a Venezuela, tras su larga estadía cuidando de su enfermedad en Cuba, y se iba a dirigir al pueblo venezolano por televisión. El suceso no podía dejarse pasar.

Mientras aparece el presidente en la transmisión, funcionarios de distintos niveles son entrevistados, pero esto no parece atraer la atención de los que esperan. En un momento se decide cortar el sonido de la transmisión, para dejar sólo la imagen y – como fondo – algunas de las canciones alusivas al “Comandante Chávez” en ritmo de salsa.

En la plaza, entre la gente, se habla de las bondades de la medicina cubana -y de la magia-, del peso del presidente, de los cuidados que deberá tener ya que “ese carajo es muy acelerado”, y de lo felices que están de volver a tenerlo en Venezuela.

Don Arturo, un colombiano desplazado por la violencia en 1948 y radicado en San Antonio desde entonces, habla de Chávez con emoción: “yo no soy chavista, yo ya he pasado por mucha cosa, pero eso sí le digo: fue Dios el que lo puso ahí, porque nadie quiere tanto a Venezuela como él”.

En el momento en que se abren las ventanas del balcón retorna el sonido de la pantalla. Algunos aplauden en la plaza, pero todos sonríen al ver las primeras imágenes de archivo del presidente, donde lo muestran cantando una canción.

Chávez aparece luego y da un corto discurso en el cual agradece a todos los venezolanos por sus buenos deseos. Al terminar, la plaza se desocupa y todos salen para sus casas, dos señoras comentan por el camino sobre la promesa que le hicieron a San Antonio para que el presidente se mejorara del cáncer. Dicen que más vale pasar mañana por la iglesia, “porque no vaya y sea que le pase algo y nos quiten todo lo que tenemos por aquí”. Retornan a Colombia, hacia Villa del Rosario (Norte de Santander), en el mismo bus conmigo.

La promesa no debe sorprender a nadie. Por las mañanas, en San Antonio y Ureña, la mayoría de personas que circulan pasan a trabajar de Colombia hacia Venezuela (sin importar lo devaluado que hoy está un Bolívar Fuerte, que cuesta 220 pesos), hacen filas en los puestos de la Misión Barrio Adentro en busca de atención médica gratuita, y traen un sinfín de productos para vender no sólo en las pequeñas ciudades vecinas de la frontera, sino más al interior como en San Cristóbal (Capital del Estado Táchira). Todo esto sin contar la compleja red de contrabando -hoy en poder de los paramilitares, en complicidad con algunos miembros corruptos de la Guardia venezolana-.

No se puede afirmar con certeza si Venezuela está mejor o peor desde la llegada de Chávez al poder. Sin embargo, sí se puede afirmar que los venezolanos y los colombianos que cruzan todos los días la frontera piensan que todo cambió para ellos.

El regreso del presidente Chávez a Venezuela no fue sólo importante para sus seguidores. Un periódico satírico en internet dijo: “La oposición exige que Chávez regrese para seguir pidiendo que se vaya”. En la Venezuela de hoy todo tiene algo que ver con Chávez, desde las maldiciones hasta los milagros.

Relaciones tangibles o intangibles

Esta modesta crónica de un día en la vida de una ciudad fronteriza solo aspira a llamar la atención sobre la riqueza y la densidad humana de las relaciones entre Colombia y Venezuela, que van mucho más allá de los imaginarios y estereotipos ampliamente difundidos por los medios de comunicación de ambas partes, sea en periodos de crisis, sean tiempos de calma como el actual.

Así como se critica el papel de los grandes medios en la elaboración social de los imaginarios (que ya Benedict Anderson identificaba como uno de los principales constructores de nación), paradójicamente constituyen casi la única fuente de consulta de los “expertos” en relaciones internacionales.

De esa manera se ha ido formando un círculo vicioso que ha terminado por desdibujar la naturaleza real de las relaciones entre ambos países. Los periódicos locales o los medios alternativos de información que sí adoptan la perspectiva desde las regiones no logran contrarrestar tanta desinformación.

Las relaciones entre dos países son mucho más complejas, profundas y continuas que la relación entre dos gobiernos. La violencia, las costumbres, los lazos familiares, económicos, culturales y sobre todo la geografía compartida poco entienden de tratados internacionales, de modelos de Estado-Nación, y mucho menos de coyunturas políticas. Esto no significa que los habitantes de las fronteras no se consideren a sí mismos tan venezolanos o tan colombianos como los del interior de cada país.

Las relaciones entre Colombia y Venezuela pueden tratar de entenderse desde dos perspectivas:

  • Una, la de las relaciones tangibles, es decir relaciones entre personas que comparten los mismos tiempos y espacios, que se asocian para construir los lugares que habitan, relaciones que por la necesaria interacción cotidiana que las sustenta, sólo se dan en los espacios fronterizos.

  • Otra, la de las relaciones intangibles, que han ido ocupando el centro de la agenda pública y de las relaciones oficiales. Bajo esta óptica, funcionarios, políticos, y “expertos”, elaboran frases como “Colombia debería hacer…”, “Venezuela debe reconsiderar…”, “Colombia y Venezuela han acordado…”, pero ¿quién es esa “Colombia” o esa “Venezuela”? ¿Los Estados pueden ser tratados como entidades antropomórficas con voluntades y hasta personalidades? ¿Acaso las instituciones no se encarnan en personas concretas que comparten un espacio físico?

En los espacios fronterizos, venezolanos y colombianos se encuentran para producir bienes, no sólo materiales sino también simbólicos, que vienen intercambiando según el momento histórico que se vive.

La producción del espacio fronterizo entre Colombia y Venezuela está fundamentada en la apropiación de los bienes y servicios de cada parte que mejores ventajas ofrezcan al habitante de la zona. En este sentido, el espacio se configura a partir de la dicotomía entre su producción socializada y una apropiación de tipo individual, donde cada quien busca sacar el mejor partido posible de esa relación tan particular. No todo es comunión, pero tampoco todo es diferencia.

No deja de llamar la atención el hecho de que en las protestas sobre los puentes internacionales, las demandas no provienen de un sector marcado por su nacionalidad. Siempre los protagonistas son “los habitantes de la frontera” que se pronuncian contra las políticas de “los gobiernos nacionales”, como en el caso de los peajes impuestos del lado colombiano, o de la última protesta adelantada por los mototaxistas a favor en contra del decomiso de mercados a los transeúntes.

En estos espacios que priman las relaciones tangibles “el otro” se hace insustituible y fundamental, al compartir planes y ansiedades, constituyendo aquello que Alfred Schutz ha denominando “una relación Nosotros pura”.

Por eso, mientras se debate sobre fantasmas intangibles como soberanía, complementariedad económica e instancias binacionales, el habitante de la frontera vive en tiempos y espacios diferentes de los gobiernos centrales.

No sólo por su constante contacto con “el otro”, sino por que viven en carne propia fenómenos concretos como el paramilitarismo y el narcotráfico, que aunque se originan en Colombia, terminan por crear un contexto de profunda ilegalidad en toda la zona de frontera.

Tal y como explica Saskia Sassen, el derecho internacional tiene al Estado como su único sujeto, sin embargo, hoy más que nunca es necesario hacer visible al gran conjunto de actores y procesos que han ido tejiendo relaciones tangibles, en la búsqueda de constituir unas relaciones internacionales mucho menos abstractas que terminen por incluir los intereses y problemáticas de los habitantes de frontera.

* Politólogo de la Universidad del Rosario. Estudiante de la Maestría en Sociología de la Universidad Nacional de Colombia. Profesor de “Dinámicas de la Espacialidad y el Poder”, Becario Asistente Docente, en la facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional de Colombia. 

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