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Los paramilitares en Colombia: un retrato colectivo (I)

Escrito por Juan David Velasco
Juan David Velasco

Juan David Velasco

Hubo tres formas distintas de organizarse y tres maneras de actuar entre los comandantes de clase alta, de clase media o de origen popular. Primero de una serie de artículos basados en la investigación novedosa de Eduardo Castellanos, Alexander Silva, Hugo Pineda, Gladys Martínez y Juan David Velasco.

Juan David Velasco*

Balance del proceso de Justicia y Paz

Después de ocho años de haber entrado en vigencia la Ley de Justicia y Paz, los Tribunales Superiores de Bogotá, Medellín y Barranquilla han proferido 20 sentencias, en las cuales se han condenado a 59 postulados, se han registrado 6.639 conductas punibles de los grupos paramilitares y se han reconocido a 7.546 víctimas del conflicto armado colombiano.

Con el propósito de construir una historia más detallada sobre el paramilitarismo en Colombia (que tenga en cuenta las especificidades regionales del fenómeno), este articulo presenta nuevas hipótesis y evidencias, que resaltan la importancia de variables como la clase social de los comandantes paramilitares, la geografía, las escuelas de entrenamiento y los legados de las resistencias campesinas de las décadas de 1930 y 1960, en el moldeamiento de las organizaciones y en las lógicas de violencia de los grupos paramilitares.


El exjefe paramilitar alias “McGuiver” construyó un
hospital en Puerto Triunfo, Antioquia.
Foto: Gobernación de Antioquia

El origen social de los comandantes

Un primer aspecto que se quiere analizar es la relación entre la clase social de los comandantes paramilitares y su actuación militar y delictiva.

Los jefes paramilitares tuvieron orígenes sociales diferentes: por un lado, estuvieron los “aristócratas” como Salvatore Mancuso, Ernesto Báez y Rodrigo Tovar Pupo (alias Jorge 40), quienes se criaron en los conjuntos residenciales más exclusivos de las capitales departamentales donde nacieron, asistieron a universidades prestigiosas, eran miembros de clubes sociales y disponían de recursos abundantes, producto de herencias familiares o de uniones matrimoniales con hijas de notables y terratenientes (por ejemplo, Mancuso con Martha Dereix).

Por otro lado, están los jefes de “clase media rural” como Carlos Castaño, Ramón Isaza, Hernán Giraldo, Luis Eduardo Cifuentes (alias el Águila), Arnubio Triana (alias Botalón), Ramiro Vanoy, Adán Rojas (padre), Juancho Prada, Rodrigo Mercado (alias Cadena), entre otros, quienes no asistieron a universidades, no disponían de riquezas (antes de entrar a la guerra), no eran miembros de clubes sociales y por lo general se casaban o vivían en unión libre con mujeres oriundas de la región donde nacieron.  

Adicionalmente, hubo una franja de comandantes paramilitares de clase media-baja, sin estudios de educación superior y sin afiliación a clubes sociales, que ascendieron dentro de esas organizaciones debido a la acumulación de capital que lograron con el narcotráfico (Don Berna, Macaco, Gordo Lindo, los hermanos Mejía Múnera y los hermanos Pérez Alzate) o debido a sus relaciones de amistad con Carlos Castaño (por ejemplo, el Alemán, Diego Vecino y Miguel Arroyave crearon vínculos fuertes con Castaño por haber nacido en Amalfi, Antioquia).

Los de arriba

La identidad de clase social que tuvo cada jefe paramilitar repercutió sobre el funcionamiento de sus organizaciones armadas.

Por ejemplo, los aristócratas como Mancuso, Jorge 40 y Ernesto Báez, “trabajaron de la mano” con oficiales de alta graduación en el Ejército y agentes del DAS, se preocuparon por establecer relaciones sistemáticas con las élites políticas, buscaron fuentes de financiación en el Estado (recursos de regalías y contratación en salud) y trabajaron la parte militar de los bloques de manera subsidiaria.

La identidad de clase social que tuvo cada jefe paramilitar repercutió sobre el funcionamiento de sus organizaciones armadas. 

No se preocupaban por entrenar a los patrulleros, no cargaban fusiles, no planeaban estrategias de combate, no diseñaron estatutos o reglamentos internos para regir el comportamiento de sus subordinados, etc.

Por lo general, estos aristócratas no sabían “traquetear” o aprendieron a hacerlo con dificultad. Un ejemplo concreto lo da en su libro autobiográfico El espejismo del diablo. Testimonio de un narco, el narcotraficante mexicano M.A. Montoya, cuando describe que dos muchachas “inexpertas” enviadas por ‘Jorge 40’ viajaron a México para negociar unos cargamentos de cocaína. Este narcotraficante se sorprendió por la falta de conocimiento de estas dos jóvenes y de Jorge 40 sobre la logística del negocio.


El exjefe paramilitar, Salvatore Mancuso.
Foto: Sistema Bolivariano de comunicación e
Información

Los del medio

En cambio, los jefes de “clase media rural” como Castaño, Giraldo, el Águila, Botalón, Ramón Isaza y Baldomero Linares se preocupaban mucho por temas militares y de contrainsurgencia.

Invertían recursos para entrenar a los patrulleros, diseñaron y aplicaron sus propios estatutos o reglamentos internos (hubo muchos jóvenes patrulleros que fueron asesinados por incumplir con los estatutos), portaban uniformes con insignias que los identificaran, cargaban fusiles y daban órdenes específicas para combatir a la guerrilla y emboscar a los narcotraficantes que no les pagaban el “impuesto al gramaje”.

Adicionalmente, estos jefes paramilitares buscaban ganar simpatías con la comunidad a partir de la provisión de bienes como carreteras, hospitales, escuelas, mercados, electrificadoras, etc.

Por ejemplo, el Águila contribuyó con el arreglo de caminos veredales en Yacopí y construyó un electrificadora; McGuiver (yerno de Ramón Isaza) mandó a construir un hospital en Puerto Triunfo; Botalón entregaba regalos y mercados en diciembre a los campesinos más pobres de Puerto Boyacá; Baldomero Linares construyó una electrificadora en Puerto López; Carlos Castaño repartió tierras en Valencia y Montería a las familiares de los patrulleros que lo protegían, y así hubo muchos más ejemplos en Puerto Gaitán, Caucasia, Aguachica y la Sierra Nevada de Santa Marta.

Los de abajo

Por último, los comandantes de clase media-baja que ascendieron debido al narcotráfico o debido a la amistad con Carlos Castaño (por lo general estas dos variables coincidían como en el caso de Don Berna, el Alemán y Miguel Arroyave) se preocupaban mucho por los temas económicos, es decir, por llevar la contabilidad de gastos e ingresos, por cuidar las rutas de narcotráfico, por entablar contactos para poder lavar activos, etc.

Estos jefes del paramilitarismo vinculados con el narcotráfico les delegaron completamente los temas militares a “segundos comandantes”. De hecho, la figura del segundo comandante ha sido recurrente en los bloques paramilitares donde el jefe máximo es narcotraficante. El Bloque Central Bolívar, el Bloque Vencedores de Arauca y el Bloque Libertadores del Sur son ejemplos de esto.

Los jefes de “clase media rural” como Castaño, Giraldo, el Águila, Botalón, Ramón Isaza y Baldomero Linares se preocupaban mucho por temas militares y de contrainsurgencia. 

Por ejemplo, Miguel Ángel Mejía Múnera (alias Mellizo) le delegó en Arauca el manejo de la “tropa” a Orlando Villa Zapata, y Guillermo Pérez Alzate (alias Pablo Sevillano) le delegó las mismas tareas a Jorge Enrique Ríos en Nariño.

En los bloques que comandaban esta clase de jefes no hubo estatutos internos que dotaran a los patrulleros de un régimen disciplinario, no se conocen obras públicas para las comunidades donde operaban, las relaciones con los políticos no eran prioritarias (al menos en etapas preelectorales) y la lucha contrainsurgente fue subsidiaria al tema de vaciar territorios donde estaban los campesinos cocaleros que servían de base social a las guerrillas de las FARC en el Bajo Putumayo y el ELN en Arauca.

El motivo último de su lucha no era acabar con la guerrilla por ideología sino por negocio, pues buscaban apropiarse de toda la cadena productiva del narco.

Tres clases de paramilitarismo

En conclusión, la clase social de los jefes paramilitares influyó significativamente sobre la organización regional de los bloques y sobre los estilos de liderazgo. Así, los comandantes de extracción aristocrática tendieron a subordinar lo económico y lo militar a los temas políticos (por eso la mayoría de políticos condenados por concierto para delinquir agravado estaban en el Bloque Norte y el Bloque Córdoba).

Por su parte, los jefes de “clase media rural” tendieron a subordinar lo político y lo económico a los temas militares y sociales (realizar obras públicas). Por tal motivo, el Bloque Cundinamarca, las Autodefensas Campesinas del Magdalena Medio y las Autodefensas Campesinas de Meta y Vichada (que eran comandadas por esta clase de jefes) mostraron una mayor combatividad armada contra la guerrilla.

Finalmente, los jefes narcos o amigos de Carlos Castaño tendieron a subordinar lo militar a los temas económicos. Por tal motivo, según los reportes entregados por la Fiscalía a los Tribunales de Justicia y Paz, el bloque paramilitar más rico fue el Bloque Central Bolívar cuya ubicación está relacionada espacialmente con la densidad de cultivos de coca.

Por eso este Bloque tuvo presencia desde el sur de Bolívar, donde la variedad de hoja de coca “cuarentana” tenía una alta productividad, hasta el bajo Putumayo, donde las variedades ‘Chirosa’ y ‘Patirroja’ eran muy productivas.

 

* Profesor de la Facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales en la Pontificia Universidad Javeriana.

@Velasco_Juan

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