Arca de Noé y Patria Milagro: ¿Dios al servicio de la política? - Razón Pública
Foto: Influencia religión campaña ADLE

Arca de Noé y Patria Milagro: ¿Dios al servicio de la política?

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Del Arca de Noé del Antiguo Testamento al Reino de Dios anunciado por Jesús en el Nuevo, la Biblia ofrece maneras muy diferentes de entender la relación entre Dios, la sociedad y el poder. ¿Cuál de ellas inspira el lenguaje religioso de la “Patria Milagro” y qué significa poner a Dios en el centro de la política?

¿De qué Dios estamos hablando?

En los últimos años, el uso del discurso religioso en la política se ha vuelto cada vez más frecuente. 

En muchos países y, por supuesto, también en Colombia, algunos dirigentes insisten en la necesidad de «volver a poner a Dios» en las aulas de clase, en las instituciones públicas y en el ejercicio del gobierno. Incluso han difundido en redes sociales su participación en retiros espirituales, presentándolos como un signo de compromiso con los valores cristianos.

Estas expresiones reabren el debate sobre el Estado laico, entendido no como una negación de la fe, sino como una garantía para la libertad de conciencia, la convivencia democrática y el respeto a todas las personas, independientemente de sus creencias religiosas.

Como creyente, no considero que Dios deba permanecer encerrado en los templos ni reducido al ámbito privado. Todo lo contrario. Creo que Dios debe iluminar cada dimensión de la vida humana, también la vida social y política. La fe inspira valores como la justicia, la solidaridad, la compasión, la defensa de la dignidad humana y el cuidado de la creación.

La verdadera pregunta no es si Dios debe estar presente en la vida pública. La pregunta decisiva es otra: ¿de qué Dios estamos hablando?

El Arca de Noé

Llamar «Arca de Noé» al proceso de empalme del presidente Abelardo de la Espriella no parece ser una decisión improvisada. Tampoco lo parecen las expresiones “Patria Milagro”, “Viva Cristo Rey” ni sus recurrentes expresiones de orden religioso.

Llamar Arca de Noé a su equipo de empalme es una expresión simbólica que merece ser analizada. Las palabras crean realidades. Estas expresiones religiosas nunca son neutrales y, trasladadas al escenario político, pueden legitimar prácticas ajenas al bien común.

La imagen del Arca de Noé se encuentra en los capítulos 6 al 9 del libro del Génesis. El uso que se le pretende dar parte de una narrativa de crisis total. El mundo aparece dominado por el mal y el caos. En ese contexto, Dios elige a Noé para preservar la vida dentro del arca. Si esta imagen se aplica a la política, el mensaje que puede transmitirse es inquietante: existe un país condenado, un líder providencial y un pequeño grupo de personas que serán “salvadas”, mientras quienes quedan fuera del arca aparecen como parte del problema.

Este tipo de lenguaje alimenta una narrativa mesiánica. Presenta al gobernante como el único capaz de rescatar a la nación y divide a la sociedad entre quienes merecen ser salvados y quienes representan el mal. La historia demuestra que los proyectos políticos construidos sobre la lógica de los «elegidos» y los «enemigos» terminan debilitando la democracia, porque sustituyen el pluralismo por la exclusión.

Sin embargo, esa no es la enseñanza central del relato bíblico. El punto culminante no es el diluvio ni el arca. Es la alianza. Después de las aguas, Dios establece un pacto con Noé, con sus descendientes y con todos los seres vivientes. El arco iris no simboliza la victoria de unos sobre otros, sino la promesa de Dios de que nunca más destruirá la creación: “Pongo mi arco en las nubes, y será la señal de la alianza entre mí y la tierra” (Génesis 9,13).

El mensaje bíblico es claro: la respuesta de Dios frente al pecado no termina siendo la destrucción, sino una alianza para la vida. El relato concluye con una promesa de reconciliación, no con la invitación a buscar nuevos diluvios contra quienes piensan diferente.

Cuando la religión legitima el poder

Por eso preocupa que el lenguaje religioso sea utilizado para construir una supuesta «Patria Milagro» basada en un relato de salvación reservado para unos pocos. El Evangelio nunca presenta la salvación como un privilegio de un grupo político o ideológico. Jesús no vino a clasificar personas entre dignas e indignas. Vino a buscar a todos, especialmente a quienes eran excluidos. Él mismo afirmó: “He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Juan 10,10).

La historia nos ha dejado grandes testimonios de cómo el nombre de Dios ha sido utilizado para liberar, pero también para oprimir; para defender la dignidad humana, pero también para justificar guerras, exclusiones, discriminaciones y privilegios. Por eso, cuando un gobierno, un presidente o un vicepresidente afirma que quiere «poner a Dios en el centro» y además utiliza expresiones como “Arca de Noé”, “Patria Milagro” o “Viva Cristo Rey”, es legítimo preguntarse:

  • ¿Se trata del Dios revelado por Jesús, que camina junto a los pobres, denuncia la injusticia y llama a construir fraternidad?
  • ¿O de un Dios utilizado para legitimar proyectos de poder, imponer una única visión de la sociedad o descalificar a quienes piensan diferente y así justificar el exterminio de los supuestos monstruos enemigos?

Los símbolos religiosos, por sí solos, no garantizan una política inspirada en el Evangelio. Llevar un rosario, citar la Biblia o participar en un retiro espiritual puede expresar una experiencia sincera de fe, pero no constituye el criterio para discernir la autenticidad cristiana de un proyecto político.

Los cristianos y cristianas sabemos que ningún gobernante puede ocupar el lugar del Mesías. Ningún proyecto político puede apropiarse del lenguaje de la salvación para legitimar el poder. Cuando la política se reviste de categorías religiosas para presentar a un líder como el elegido que rescatará a la nación, la fe deja de anunciar el Reino de Dios y corre el riesgo de convertirse en un instrumento ideológico.

El Reino de Dios y la vida pública

Si queremos saber qué significa realmente poner a Dios en el centro de la vida pública, debemos mirar a Jesús de Nazaret. Él nunca propuso una teocracia ni buscó imponer la religión mediante el poder político. Anunció un proyecto muy diferente: el Reino de Dios.

Ese Reino comienza por la justicia. El profeta Miqueas resume la voluntad de Dios con una frase contundente: “Practicar la justicia, amar la misericordia y caminar humildemente con tu Dios” (Miq 6,8).

El profeta Isaías invita a defender al huérfano, a la viuda y al oprimido (Is 1,17), mientras que Amós proclama: “Que el derecho fluya como las aguas y la justicia como un torrente inagotable” (Am 5,24).

Jesús confirma este camino al identificarse con quienes sufren: “Tuve hambre y me dieron de comer; fui forastero y me acogieron…” (Mt 25,35-40).

El Reino también dignifica el trabajo. Desde el Génesis, Dios confía al ser humano la misión de cultivar y cuidar la tierra (Gn 2,15). Jesús recuerda que “el obrero merece su salario” (Lc 10,7), mientras la Escritura condena toda forma de explotación laboral (Lev 19,13; Dt 24,14-15; St 5,4).

El Reino implica cuidar la creación, porque “del Señor es la tierra y cuanto la llena” (Sal 24,1). Somos administradores y no dueños absolutos de la naturaleza.

Poner a Dios en el centro de la vida pública exige acoger al migrante: “Amarás al extranjero como a ti mismo” (Lev 19,34), y Jesús se identifica con él: “Fui forastero y me acogieron” (Mt 25,35).

Defender la vida, promover el perdón y trabajar por la paz forman parte del mismo proyecto. “He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10,10).

“Bienaventurados los que trabajan por la paz” (Mt 5,9). “La obra de la justicia será la paz” (Is 32,17).

Por eso, hablar de Dios en la política solo tiene sentido cuando esas opciones se traducen en políticas públicas, decisiones institucionales y formas concretas de construir el bien común.

Cuando Dios deja de ser un símbolo del poder para convertirse en criterio de autoridad y de valores, puede entrar en diálogo con un Estado laico.

Este debate ya llegó a los tribunales. El Juzgado Quinto Laboral del Circuito de Bogotá concluyó que durante la posesión presidencial se vulneró la neutralidad religiosa del Estado y ordenó al presidente ofrecer disculpas públicas. El fallo recordó que los funcionarios conservan su libertad religiosa, pero, cuando actúan como autoridades, deben evitar asociar el ejercicio de sus funciones oficiales con una religión específica.

Foto: Religión y actos públicos

La fe no está al servicio del poder

Jesús nunca utilizó a Dios para conquistar el poder. Hizo exactamente lo contrario: utilizó la autoridad moral del Evangelio para cuestionar todo poder que olvidara la dignidad humana.

Por eso criticó a quienes convertían la religión en espectáculo, denunció la hipocresía de quienes multiplicaban prácticas religiosas mientras descuidaban la justicia y recordó que el sábado fue hecho para el ser humano y no el ser humano para el sábado, recuperando la idea del descanso y la solidaridad.

El profeta Isaías recuerda cuál es la práctica religiosa que le agrada a Dios: “El ayuno que yo quiero consiste en romper las cadenas injustas, liberar a los oprimidos, compartir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al desnudo y no desentenderte de tu hermano” (Is 58,6-12).

Jesús hace suyo ese mismo programa al comenzar su ministerio en Nazaret: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar la Buena Nueva a los pobres; me ha enviado a proclamar la libertad a los cautivos, la vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos y a proclamar un año de gracia del Señor” (Lc 4,18-19).

Este es el verdadero criterio para discernir el uso del lenguaje religioso en la política. No basta con invocar a Dios. No basta con exhibir símbolos religiosos. No basta con hablar de valores cristianos. Como creyentes, no estamos llamados a poner a Dios al servicio del poder. Estamos llamados a poner el poder al servicio del proyecto de Dios. Solo así la fe deja de ser un instrumento de legitimación política y se convierte en una fuerza capaz de transformar la historia desde la justicia, la misericordia y el amor.

Una mesa, no un arca

Colombia no necesita un arca para unos pocos. Necesita una mesa donde todas y todos tengan un lugar. No necesita un nuevo Noé que decida quién entra y quién queda fuera. Necesita dirigentes capaces de construir puentes y no muros; acuerdos y no exclusiones; una alianza nacional por la vida, la reconciliación, la justicia y el bien común.

Le recomendamos: Dios y patria: ¿qué significa el regreso de la religión al poder en Colombia?

Acerca del autor

Henry Ramirez Soler cmf
hramirez@razonpublica.org | + posts

*Misionero claretiano. Licenciado en Filosofía y Letras de la Universidad Santo Tomás. Profesional en Teología de la Universidad Javeriana, Bogotá. Maestría en Sociología.

4 comentarios

Henry Ramirez Soler cmf

Escrito por:

Henry Ramirez Soler cmf

*Misionero claretiano. Licenciado en Filosofía y Letras de la Universidad Santo Tomás. Profesional en Teología de la Universidad Javeriana, Bogotá. Maestría en Sociología.

4 comentarios de “Arca de Noé y Patria Milagro: ¿Dios al servicio de la política?”

    1. Maravilloso planteamiento, Henry. Es un texto construido y organizado desde una hermosa pedagogía teológica. También desde una profunda preocupación por la ética y moral de quienes han mercantilizado la fe a niveles denigrantes. Excelente forma de ayudar a desnudar el entramado engañoso de esta ‘mercadería evangelicalista’ que no respeta iglesia, comunidad, colectivo ni persona… Y que apóstata, por demás. Gracias.

  1. Henry graciasss contribuye y aporta a una reflexión individual y colectiva
    En este momento de realidades donde el poder opresor propende ser opio çon y para nuestro pueblo.

  2. Excelente análisis para reflexionar e interiorizar. Que todos los católicos sepamos identificar a los fariseos de hoy, es nuestra obligación.

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