
Semblanza: para recordarnos
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A pesar de su pluma milagrosa, Manuel Hernández apenas balbucea el dolor de Razón Pública. ¡Descansa, amigo, maestro!
Por Manuel Hernández Benavides *
Luto en Razón Pública.
Fernando Garavito 1944 – 2010.
In Memoriam

No creí que llegaría este momento. Lo imaginaba, austero y frugal, viviendo y hablando y pensando. En ese orden. Amando por encima de todas las cosas. Como un hombre bueno. Lidiando las contradicciones de su espíritu. Pues, quién puede dudar de su sentido de la integridad y de las vueltas que daba para perseguir la corrupción colombiana.
Él, el anarquista. Tenía una dulzura y a la vez un rigor fuerte y demoledor. Sobre todo para con él. Todo lo mío desemboca mal. Había dicho. Fatalista, como el personaje de Diderot era, a la vez, el último iluminista y el primer desencantado. O ambas cosas, pues pueden ir juntas. En su caso, por ejemplo.
Amante y amador. Rígido, sabanero, hermano de Edgar, el filósofo deleuziano que se fue primero. Constituían como familia un caso especial de seres escogidos. Delgados, morenos oliváceos de nariz aquilina, tuvieron siempre el regusto de lo ultrapersonal.
Anticonvencionales convictos. Se recuerda la oración que Fernando hizo a la muerte de su padre. Muchos de sus amigos alcanzamos a conocer al anciano padre. Riguroso, también. Moreno y severo. Lo imagino en casas de la sabana viviendo con frío y eucaliptus. Algo, un paisaje de austeridad hubo, como norma, en la vida de los dos Garavito.
Donde ponía el ojo ponía la crítica mordaz. Eso le acarreó enemistades de poderosos. No voy a enumerarlos. Se conocen. Entre ellos. Y la sociedad los conoce.
Aún con la capacidad de olvido de esta sociedad, se sabe que abrió la puerta a la denuncia del nuevo mandarinato. Tenía un ojo avizor para ver por donde vendría el poder más perverso y rastrero y lo denunció incansablemente.
Un sistemático deseo de denunciar lo que ya era demasiado. Los "avivatos" del metro de Medellín. Radicados en Bogotá, hoy prohombres. Los "avivatos" de la banca financiera del Ecuador y Colombia, hoy manejando la alta banca del desarrollo. Con una lista de sus denuncias, siempre muy bien investigadas, se puede hacer una geografía de la corrupción como el único poder legítimo que le queda a Colombia. Después vendría la subordinación de esos grandes tramposos a las mafias y de éstas a aquellos en el contubernio que, por más que se explore y denuncie, siempre da para más.
Esta pequeña nota escrita desde el dolor se publicará cuando ya han revivido las voces de todos sus amigos de fuera. Con los que había creado el Polo Mosca. Con jóvenes hombres y mujeres, en Europa y Estados Unidos, inició una campaña política de la que se retiró humildemente, hastiado por lo que nunca pudo comprender: la palanca que mueve las cosas de la política, para que sea exitosa, requiere un abajamiento y él no podía con eso.
Propongo una edición de sus artículos de los últimos años. No para recordarlo. Para recordarnos. Para acordarnos que nuestra tarea siempre pasa por el caer en cuenta de ése horror cotidiano que él conoció y vivió desde el exilio.
Hay múltiples enlaces que van a sus amistades últimas y a sus premuras más acuciantes en denuncia y en política de la buena, de la que no triunfa pero nos redime.
Escribía para la agonía. Sospecho que le gustaba Unamuno. Nunca hablamos de eso. Nunca fue menos gentil que el primer día. Lo recuerdo con sus camisas de hombre apuesto y tirantes, en la redacción de un diario o revista o medio de alto vuelo, corrigiendo con minucia la redacción de otros. Encantado y desencantado. Vivo, y así seguirá.
*Escritor y profesor universitario.
Acerca del autor
Manuel Hernández
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