Fernando Vallejo, el triste: Tango para Rufino José - Razón Pública
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Fernando Vallejo, el triste: Tango para Rufino José

Escrito por Manuel Hernández
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Manuel-Hernandez-Razon-PublicaDiatriba con matices de admiración hacia el Vallejo de antes: el volumen descomunal sobre Cuervo parece más una exposición de motivos para autocanonizarse, obtener por fin la bendición de la farándula cultural de Bogotá y oficiar un exorcismo para espantar sus propios fantasmas.

Manuel Hernández B.*

Decepcionante

¡Las cosas de la vida! Uno apuesta a ser nihilista y le alcanza la baza para repetir los contenidos del tango Cambalache. Esa exclamación, teñida de lamento, se me venía a la cabeza, insistentemente, mientras me indigestaba con las primeras sesenta páginas del libro de Fernando Vallejo sobre Cuervo, del total de casi cuatrocientas.

De los escritores colombianos que viven en México —Gabo, Mutis y muchos otros— he admirado en particular a este antioqueño. Su Desbarrancadero y sus Chapolas Negras me dieron un enorme gusto. Prosa angustiosa, descarnada y con los intestinos a la vista, en el primero. Y en el otro, una capacidad de arriesgar conjeturas, de abrirse paso por entre la maraña de las leguleyadas y su dulce y enfática admiración por Silva. Ni su Mensajero sobre Barba Jacob ni sus novelas de formación me impresionaron en ningún sentido.

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El autor antioqueño Fernando Vallejo.

Foto: Jairo Rubio, Tomada de Alfaguara.

Pero mi subjetividad de bogotano se transformó en una admiración sin restricciones por ese paisa que acompañó a un hermano a morir buscando “mejores aires” de greiffianos en una Bogotá pobre y destemplada, pero en todo caso menos invivible que esa Medellín de pesadilla de La Virgen de los Sicarios: novela boba entre las bobas y llevada al cine con tanto remilgo de incomprensión, que los amantes —el gramático y el sicario— terminan convertidos en una pareja que duerme arrunchada en su casita de “Medallo”, cada uno con su par de hermosas pantuflas al pie de la cama. No me tocaron sus libros contra el Vaticano o sobre la angustia de y por la vejez en las Ramblas de Barcelona.

Un repertorio tremendista

Cuando Ramón del Valle Inclán inventó el tremendismo, razones había de sobra: esa España postgoyesca, esos mendigos ya sin ángel y esos anarquistas sin luces ni bohemia. Que Vallejo haya decidido hacer tremendismo está bien, pero se le complicó la vida con el discurso de la ética de cambalache: “el mundo fue y será una porquería, en el quinientos seis y en el dos mil también”

Si no se maneja con cierta altura lo que toda costurera sabe se convierte en un discurso desapacible y bobalicón; pero, bueno, estamos en el mundo de la libre expresión. Y por ese camino nos correspondería revisar sus tremendismos.

No es fácil manejar el repertorio tremendista de y en las ideas de Vallejo: antievolucionista, no totalmente pedófilo, antivaticanista, amigo de los perros, elitista en sus amistades, buen músico, cineasta frustrado, hondamente melancólico de no se sabe qué paraíso perdido: uno se acostumbra a tolerar sus inconsistencias, por afinidad con algunas de esas posturas.

¡Ah! Y gramático. Autor de una gramática de los tropos literarios, con citas en varios idiomas, nos revela su paralelismo inocultable con Cuervo. Y más. Proyección evidente. Identificación psicoanalítica: soy Cuervo, soy gramático, soy hijo del poder político, soy austero, despreciador de las rutinas y desmesuras del poder, he escrito mi Logoi, sobreabundo en posibilidades y ahora quiero entrar a definir el gusto de la Capital.

Voy a enseñar a los bogotanos quién fue Silva y quién Cuervo y cómo era el mundo de esos migrados a París. Ya vamos en la página doscientas y todavía no sabemos santo de qué fue Cuervo ni bajo las leyes de qué santoral. Pero lo sospechamos. Se trata de una ciencia o arte vaticanista: la hagiografía o recuentos elogiosos de la vida de los santos del cielo católico.

Cuervo ¿un pretexto?

¿Pero sirve este método para redescubrir a Don Rufino José? Yo creo que no. Por ahí en la página doscientos y tantas hay tres o cuatro párrafos sabios y eruditos, claros y precisos sobre qué pretendía Cuervo con su Diccionario de Construcción y Régimen: quería abarcar el idioma, la lengua hablada y escrita.

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Rufino José Cuervo (derecha). Esta foto de 1877 fue recientemente publicada por la revista El Malpensante.     Foto: www.elmalpensante.com

Poner ejemplos de todo, insinuar paradigmas, elaborar su Aleph de palabras juntas analizadas con rigor sintáctico y vigilia estética, con la mala fortuna que el sesenta por ciento de las citas que usó eran contemporizaciones de la peor época literaria de España, la de Rivadeneira y Hartszenbusch, cuando la península quería corregir y vigilar el idioma — en lugar de fijar y dar esplendor, como reza el lema de la Real Academia— que la filología observa y pretende guardar con esmero.

Esas páginas son divertidas y paradójicas: Cuervo solo alcanzó a culminar los dos primeros tomos usando como fuente una literatura infiel e inexacta. Kafka puro, cábala inútil. El resto de los tomos los hizo en su mayoría, entre 1955 y 1975, un ejército de investigadores dirigido por un académico de bajo perfil cuyos apellidos resisten toda broma: Cruz y Espejo. Y así vamos.

Claro, para meterse con el problema de la filología y la gramática hay que acordarse de las consecuencias filológicas que estableció Nietszche sobre la tragedia y de las gramáticas de los semiólogos y los desconstruccionistas, así como de la célebre disputa entre Chomsky y Foucault sobre el requerimiento de origen de la organización de la expresión lingüística. Y de mucho más.

Ahí Vallejo ni se inmuta: descalifica a Chomsky como un marihuanero que abarcó tanto que no apretó nada y sigue, desbarrando, y desbarrancando. Es como si en el fondo quisiera meter el lenguaje, la lengua y las lenguas en un solo saco: el de una semiótica de los desastres naturales. “El español es una ruina, más aún en España que en Colombia, mejor hablemos inglés”.

Sospecha y exorcismo

Así no hay derecho. Ni izquierdo, como diría nuestro Fernando, el triste. Es preciso concluir este artículo de mil palabras, aceptando el aguijón del maldecir (no me gusta esto que acabo de escribir).

¿Sirve de algo usar el escándalo de una vida, las bellas páginas sobre el desequilibrio infame de una sociedad como la colombiana, la excelente prosa y el abuso de un método estilístico dado, para escribir un mamotreto del que se salvan cinco o diez páginas?

¿Se justifica el gasto de papel —pongámonos ambientalistas— la difusión por vía del insulto y la iconoclastia, la desmesura de la referencia yoísta y toda la exageración usada con coquetería durante una vida, para este final más de fama que de cronopio?

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Portada de la biografía de Cuervo por Vallejo. 
Foto: Alfaguara.

Un atisbo de sospecha se impone. Azogado en su piel, desazonado supremo —como dice Luis Ospina— Vallejo no se resigna a / con ser y provenir y vivir de Antioquia, la grande. Quiere ser canonizado en Bogotá por una papisa, heredera del gramático, y así poder alejarse definitivamente de la casa campestre familiar donde tronaba el proteccionista económico que fue su padre y donde el mayordomo y su esposa, la maestra de escuela, engendraron a quien de adolescente se haría robador de lápidas y más tarde coronaría una triste fama nacional y mundial, mientras el mundo se traquetizaba. Hasta compañero de juegos debieron ser.

 

 

* Escritor y profesor.

 

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