El camino de la paz: Harina de otra moral - Razón Pública
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El camino de la paz: Harina de otra moral

Escrito por Manuel Hernández
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Manuel_Hernandez_RazonPublicaApuntes perturbadores sobre la condición moral de los colombianos en el inicio de las negociaciones entre el gobierno y una cúpula guerrillera del autodenominado “ejército del pueblo”.

Manuel Hernández*

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Venimos de una amnistía política para las AUC. También dedicadas a la exportación de cocaína, pero camufladas como defensoras del statu quo.   Foto: maf.usafreeforum.com

¿De dónde venimos?

Entre el año 2000 y hoy,venimos de un intento de la susodicha guerrilla de establecer un impuesto al capital y a la renta y de mostrar un énfasis en el control del territorio arrinconada en las fronteras, mediante algún grado de control de hondonadas y páramos del sistema montañoso, más unos episodios en las goteras de Bogotá, un poco alarmantes. Todo esto sustentado en el secuestro extorsivo.

Se dice que, adoptando una visión pragmática, los empresarios mandaron a sus contadores a transar, mientras los ganaderos y los old narcos creaban réplicas de la estrategia anticomunista de los años 80 en Puerto Boyacá, tan cerca de Palanquero… y de las Bahamas. La susodicha optó por un impuesto al gramaje y derivó en una empresa exportadora.

Venimos de una amnistía política para las AUC. También dedicadas a la exportación de cocaína, pero camufladas como defensoras del statu quo frente al moralismo de Estados Unidos. Con gran despliegue mediático, extradición forzada de los cabecillas — debido a circunstancias aún no bien entendidas del todo por la opinión — unos setenta congresistas sub júdice y el fin de la financiación norteamericana del Plan Colombia.

Decía Bruce Bagley: “Colombia debe prepararse a no contar más con la ayuda de Estados Unidos: si tuvo éxito, porque lo tuvo, y si no, por lo mismo.”

Laxitud en medio de la crisis humanitaria

En dicha articulación política de la derecha con la derecha armada, la moral de los colombianos fue laxa y tolerante. Nadie cuestionó la presencia de los líderes paras en el Congreso, ni la desfachatez de su apariencia de hombres y mujeres de éxito.

La iglesia católica estaba contenta, pues ellos eran sus aliados perfectos contra el comunismo ateo y el enrrolamiento de niños en la dureza de la guerra, no tan distinta de la ternura pedófila de los confesionarios y sacristías.

En nombre de la moral, la “Refundación de la Patria” tuvo éxito en Ralito, como sostiene en un volumen exacto Claudia López. Las rentas de los setecientos municipios con algo qué repartir fue capturada por las bandas criminales y su entronque partidista–clientelista. Otro ejemplo de lasitud y facilidad para no condenar, no exigir y permanecer callados en un torvo homenaje al statu quo.

La crisis de la presencia del ejército regular en el territorio no admite ninguna exculpación: tres mil fosas comunes, dos mil investigaciones por falsos positivos, cuatro millones de desplazados, y a todo esto las fuerzas armadas regulares responden que no vieron ni oyeron nada. O, que estaban defendiendo la democracia.

A todo esto se le llama internacionalmente crisis humanitaria, cuando hay experiencias parecidas. Lo curioso del caso colombiano es que se trata de una crisis sin responsables. No opera la responsabilidad política, que obviamente debe ser de moral pública. No es desdeñable el hecho de que ciertos mandos medios con veleidades carismáticas fueron asesores de los hermanos Castaño y su odio recíproco se expresó hace poco en una venganza entre una Fiscal General malcasada y un prófugo de la justicia por falsas desmovilizaciones.

¿Dónde estamos?

Desde otras apuestas morales — sociales y religiosas — las iglesias cristianas atónitas tenían una lasitud sionista–capitalista dispuesta a bendecir el neoliberalismo y a los defensores de la interdicción, muy a lo DEA, pero se les atravesó el discurso apocalíptico ambiental. Los rabinos enmudecen, los imanes también.

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Nadie cuestionó la presencia de los líderes paras en el Congreso, ni la desfachatez de su apariencia de hombres y mujeres de éxito.    Foto: esferapublica.org

Ni separación de Iglesia y Estado, ni Estado posmoderno laico–comprometido. Rentas de pobres ricos para iglesias de aggiornamento forzado. Santos feliz, hace de cosmopolita local. Y así nos estamos entusiasmando con la paz.

Pero debemos recordar que sanar una crisis humanitaria lleva muchos años. No basta con que se suspenda el tiroteo. Ha llegado el momento de una imparcialidad armada de argumentos y de indignación.

Algo parecido a lo que se llama la presencia de organismos internacionales prestos a reconocer los desastres del neoliberalismo en las rentas mineras. Comenzando por el gas natural, cuya complejidad de inicio y de intereses actuales haría sonrojar a los amigos de los Nule, los prestantes, aquellos que no dicen ni mu. Que pasan de agache mientras sus hijos iletrados anudan lazos familiares de alto turmequé costeño. Es lo que en lenguaje mamerto se designa como una oligarquía nacional con entronque en las trasnacionales más explotadoras. Todo esto es moralmente reprobable, en la medida de su capacidad de aumentar la desigualdad hasta acercarnos peligrosamente a Haití.

No es solamente que así es el mundo de los negocios: es que con negocios así no hay futuro, ni prosperidad. En los años treinta del siglo XX, el zar del café acuñó la frase “prosperidad a debe”. Hoy es prosperidad a muerte.

¿Alguien ha propuesto tomarse en serio el problema de la educación desde la cuna hasta la tumba? ¿O tomarse en serio el problema de la deforestación? ¿O el de las fuentes hídricas correlacionadas con lo anterior? Nadie. Son problemas sistémicos de alto grado de complejidad que no puede explicar un ministro ad usum: La relación sociedad y sociedad de la sociedad, como diría Luhman, no pasa por los gabinetes ministeriales.

Se requiere una voz surgida de la entraña de la sociedad, un más allá del nihilismo disfrazado de prosperidad. Y ahí se entroncan moral pública, moral privada y moral mediática.

Pero para torear ese paquidermo furioso se requiere un sacudón moral. Un compromiso entre verdad, conocimiento y ciencia, que debería pasar necesariamente por una puesta entre paréntesis de la moralina contra el narcotráfico, la guerra contra las drogas y su secuela de imbecilidades. Y eso no se ve posible. Con o sin conversaciones de paz.

Tenía razón el presidente de Bolivia de compadecer a Colombia por recibir las órdenes militares directamente desde Estados Unidos. Pero aún ese diagnóstico es ligeramente trasnochado. Alguien, en las más altas esferas de los que recaudan el impuesto del tabaco, del alcohol y de las armas, ya mandó decir que no más interdicción: el caso se resolverá en unos veinte años. Para tal momento, el negocio debe estar en manos limpias, de viejos jugadores de cartas, de tahúres expertos en un sangriento póker.

Y es a eso a lo que estamos apostando todos. Como si no pudiéramos acceder a la mesa de juego y nos entusiasmáramos de oídas por intermedio de unos locutores que comentaran las jugadas, también de oídas, sobre los gambitos maestros o no de este desafío del fin del mundo.

En estos días, los medios han estado mostrando unos conversadores o voceros por parte de la guerrilla que recuerdan la Stasi alemana y que ya están muy mayores en edad, casi como el locutor colombiano cuasi–árabe que tontamente hace preguntas.

¿Para dónde vamos?

Un imperativo moral es el siguiente: hay que sanar a la población de esta infernal e inacabada crisis humanitaria. Al decir sanar, estamos incursionando en un terreno cenagoso: sanación moral, salud moral, salutación, salvación, salvación individual ultraterrena, convivencia civilizada, etc., etc. Todo el espectro de las esferas, mal llamadas culturales por Mockus: entre moral, ley y mores.

Manuel_Hernandez_harina_refundaronEn nombre de la moral, la “Refundación de la Patria” tuvo éxito en Ralito, como sostiene en un volumen exacto Claudia López.
Foto: cuestionatelotodo.blogspot.com

En breve: para no seguir la cultura del atajo hay que definir el camino principal, sin la moralina gringa y sin el efecto que ha producido en las iglesias colombianas la turbiedad por su pasado inmediato.

Una frase clave: definir el camino principal, distinto al de las élites desconcertadas y descontroladas, o aquél de las iglesias que en el municipio derivan el sustento de los diezmos de quienes les pagan.

El supuesto camino principal debe integrar la responsabilidad de los adultos políticos, frenar el auge de los moralismos a la usanza de Ordóñez, dar ejemplo desde la juventud formada, eliminar el saqueo tirano de las mentes y de los cuerpos en la vida estudiantil y laboral formal, reivindicar el camino de las mujeres por sus derechos – vulnerados históricamente por más de dos mil años – dejar hacer a las artes su papel, estudiar la complejidad, contando con todas las inercias y todas las proposiciones.

Es como el síntoma de lo indecible, (pero) que hay que intentar decir: no hay moral para borrar el mal; la hay para no olvidar y en la libertad de la memoria invocar la justicia.

El jolgorio de esta paz no puede soslayar que “víctimas” y “reparación” ya legisladas (¡soberanamente!) se tornen, desde la indiferencia, un escenario donde lo que ahora sigue es coser y cantar. Sin clamor por la justicia, sin catarsis, ni temor ni compasión por esta tragedia vivida.

Aceptar lo que Derrida con tanta terquedad enseñó: la hospitalidad y el perdón son imposibles y por eso son necesarios; la democracia es una promesa, nunca un hecho cumplido; la internacional silenciosa e invisible puede ser la que se ocupe de una agenda de los pueblos; él llamó a todo eso “el trabajo del duelo y el estado de la deuda”.

Me gustan esas palabras mayores para ponerlas en una brújula entre la harina del otro costal y la harina de otra moral.

* Escritor.

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