Carlos Fuentes: del boom al bumerang - Razón Pública
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Carlos Fuentes: del boom al bumerang

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Manuel-Hernandez-Razon-PublicaRepaso magistral de la vida trepidante de un mexicano universal, profundo, generoso, consciente de los valores auténticos de lo latinoamericano, de una historia plagada de grandeza y bajezas. Llamada lúcida a leer o a releer un autor imprescindible.

Manuel Hernández B.*

Algo murió con Fuentes

La novela El Águila y la Serpiente (1928) de Martín Luis Guzmán es el primer gran fresco sobre los antecedentes de la guerra civil mexicana y la revolución que dio origen al México moderno y a la extraña estabilidad de las costumbres políticas instaurada por el Partido Revolucionario Institucional (PRI), en el poder hasta bien entrados los años ochenta del siglo XX.

En el último capítulo se percibe quién escribe y por qué: un militar intelectual y receloso, que desconfía de Pancho Villa, quien le perdona la vida y lo deja escapar con su familia hacia el Norte. Es una buena manera de fijar la fecha de la insurgencia de una cultura popular que se tomará a México y también a toda la América que habla español.

Las rancheras, el cine y los dancing se propagaron por todos los países latinoamericanos, al tiempo que la Virgen de Guadalupe exhibía sus rarezas y se reivindicaba el pasado indígena de la mano de León Portilla y de los antropólogos, quienes junto con Alfonso Reyes comenzaron a hablar de los indios Tarahumaras, llevados luego a la condición de inspirados por Antonin Artaud.

Esta cultura popular mexicana tiene sus días y sus noches. Y Monsiváis es el autor de la más punzante y recreativa mirada para descifrar en qué consistió ese surgir de una expresión popular que se tomó un continente y que llevaba de la mano un aire de liberación de Los Olvidados, así llamados por Buñuel en una película de 1950.

Y Fuentes es aquél que sobrevoló la épica de una novela burguesa para ese inconmensurable país. La muerte de Carlos Fuentes cierra lo que había abierto Guzmán y lo cierra para siempre. No por nostalgia mal comprendida, sino porque cuando una cosa se acaba, se acaba: algo muere con Fuentes y la pregunta es qué.

Embajador universal

En 1915, Alfonso Reyes escribe y publica su visión de Anáhuac, que cuenta en el mejor español posible la historia de la desecación de las dos lagunas –una dulce y una salada– que darán lugar a la ciudad federal, y la llama la región más transparente del aire. México en una laguna, cantará Jorge Negrete. Y entrará la modernidad, el modernismo y lo moderno.

Y Fuentes será el embajador de esa extraña delegación de ideas, intereses y formas de conciencia que se propondrá narrar minuciosamente entre 1956, el año de Las Buenas Conciencias y éste 2012, en que fallece. Durante 56 años, Fuentes recuperará un pasado y un reciente presente, en el más grande fresco que escritor alguno haya hecho sobre un país de América Hispana.

El ambiente burgués —que apenas lleva formándose veinte años o menos— ya tiene su clase, su mentalidad, como dicen los sociólogos, y una mala conciencia a toda prueba. Y esa mala conciencia es precisamente la que Fuentes llama la moral ad usum: la buena conciencia. El incesto, la satrapía, la cobardía, el falso heroísmo, las angustias de una generación que dominará al siglo XX, quedan representadas de la mejor forma posible en estos cuentos tempraneros.

Y luego vendrá La Región más Transparente, la novela que nos irá informando minuciosamente sobre los lugares y los escenarios de esos dos destinos que se cruzan: el muchacho de clase media, Rodrigo Pola, con sus angustias de universitario en trance de no ser nada, y el potente Ixca Cienfuegos, especie de símbolo de los cobres y oros que brillan en el mestizaje que había intuido Vasconcelos, como raza cósmica.

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La Región más Transparente, la novela que nos irá informando minuciosamente sobre los lugares y los escenarios de esos dos destinos que se cruzan.

Pero ojo, todo esto esgrimiendo las mejores armas narrativas. La mejor novela corta: Aura, donde una viejita es una muchacha en las ruinas del México francés. No se puede hacer de una obra narrativa ningún ejercicio pedagógico diferente de sentir su placer intelectual y de forjar en trance de proyección psicoanalítica la percepción de su lucidez. Una generación de muchachos de toda América Latina vivió las inseguridades de Felipe Montero, con el bochorno de lo propio.

Un digno precursor de las novelas de dictadores es su Artemio Cruz: un hombre muere recordando las infamias y los logros de su larga vida de guerrero, hacendado y forjador de riqueza en ese México ambivalente y opulento que oculta sus pecados y sus farfulleos atroces en el cantinflismo. Artemio Cruz es la novela de la segunda fase de la revolución mexicana.

 

Una manera nueva de imaginar

Fuentes, ya en ese momento, podría haberse ido a la diplomacia, que era herencia de su padre, y no escribir más. Pero, justo en ese mismo momento llega el Boom, fechado por Luis Harss entre finales de los cincuenta y finales de los sesenta: son los diez años en los que sí se tuvo la revelación de otra manera de escribir, surgida en los contraídos y contrahechos países del subcontinente hispanoamericano.

Núcleos narrativos que se extenderán como paisajes fractales, constituirán una nueva manera de imaginar: los Cachorros, las Rayuelas, los Macondos y esa ciudad de México sin nombre, la federal, la innominada, la hija de La Malinche, la de Tlatelolco, su plaza de las tres culturas y su matanza de estudiantes.

Ya ha pasado todo y todavía nada ha pasado. Fuentes renuncia a la embajada que ostentaba; Paz no renuncia. Divisiones sutiles en el destino del compromiso político. El poeta se hace el loco, el novelista muestra que lo público no es tan simple. Hay matanzas y muertos y hay conflictos graves en América. Los gringos viejos, escritores y académicos, bien valen un brindis, los políticos, nada.

Y es en ese momento cuando decide escribir una vasta y singular mirada sobre su destino de escritor del Boom: Cambio de Piel. Que había sido precedida, en el mismo año 67 por Zona Sagrada, la novela mítica sobre Guillermito, mito, el hijo de la diva, de Claudia… María Félix. María Bonita, María del alma. Cada epígrafe de Zona Sagrada es un tratado de cultura occidental.

Amigo de la Sontag, se hace guiños con ella, lo mismo que con el fantasma de Scott Fitzgerald, pues él quiere escribir también sus bellos y sus malditos. Esa novelita del 67 con su obsesión por Italia, por el cine y por los gestos de los adinerados, se refunde con el éxito de Cien años de soledad…un damnificado más del realismo mágico.

Pero hay necesidad de un cambio de piel. Todas las torturas, las de Cholula y las del Tercer Reich, forman un fresco erótico para el monólogo inconsolable de la pareja adulta que es testigo de los años setenta; primera versión cosmopolita en la que se incluyen todos los Aleph, todas las monedas y todas las palabras.

Por esa época, hacen Los Caifanes una peliculita con guión de Monsiváis. Actuada por el Guillermo hijo de la Diva mayor. Fuentes goza sus escapadas a la sátira: al año nuevo desapacible de los ricos en la plaza Garibaldi.

Y Fuentes decide seguir. Algo se le ha quedado entre el tintero. Nada menos que Terra Nostra. La desengañada mirada a los perros de Felipe Segundo con su carlanca hirsuta, en el Escorial, y, del otro lado, México, como un Vietnam, antes de Chiapas, pero como coincidiendo en anticipación. Y ahí termina. Qué fatiga, qué lustre. Cuánta intensidad.

Insaciable codicia literaria

Scholar de la academia norteamericana, burgués de nacimiento, hombre público comprometido por elección, vivió todo lo que se puede y debe vivir. Pérdidas familiares, envidias, oscuros episodios de escritores o investigadores fantasmas de su propia sangre, en fin. Hasta se comprometió en la pelea contra Estados Unidos por la despenalización de las drogas, al ver lo que estaba pasando en su México inagotable.

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Fue un digno precursor de las novelas de dictadores con su Artemio Cruz.

Una tarde, en la biblioteca Mitterrand, lo saludé y le dije: “Fuentes, principio y fin del Boom”. Me repuso con la frase manida que tenía lista para esos momentos: “… y del bumerang”.

En efecto el Boom los hizo escribir a todos más de la cuenta, pero les sacó todo, los dejó exhaustos. Villoro, es un discípulo de La Cabeza de la hidra y Una familia lejana. Bolaño, el de 2666, lo es de Cambio de Piel.

Luego siguió solitario y comprometido con el retrato dibujado y narrado, como él creyó que se hacía, como se hacía antes, según las teorías novelescas —que conocía a la perfección y sobre las que gastaba bromas con Kundera— casi mítico, histórico, narrador de su México.

Muchos libros más constituyen lo insaciable de su codicia literaria: la independencia argentina en La Campaña, los episodios medio secretos de Hollywood. Etcétera…

Todo esto ha desaparecido… en cierto sentido.

* Escritor y profesor universitario.

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Manuel Hernández
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