La del Libro: una feria desangelada y excesiva - Razón Pública
Manuel Hernandez

La del Libro: una feria desangelada y excesiva

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Manuel HernandezA propósito de la 25ª edición de la Feria del Libro de Bogotá, un escritor reflexiona en torno a los excesos de la cultura–espectáculo, derivando sin rumbo fijo entre estanterías de libros y recuerdos aleatorios, para sentar una protesta formal contra semejante acumulación sin sentido.

Manuel Hernández B.*

Bogotá sin ángel

La frase del título designa algo impreciso, pero inequívoco. Inubicable pero certero. Se pierde el ángel o la gracia, las cosas y las personas se desangelan, y después de que eso pasa ya no es lo mismo: ni la forma de relacionarse ni el entusiasmo.

Hay cosas en el entorno de Bogotá y del más amplio de Colombia que se desangelan. Y a veces nacen sin ángel. Un ejemplo: el parque Tercer Milenio. Otras lo van perdiendo paulatinamente como el sistema de trasporte masivo llamado Transmilenio.

La Plaza de Toros de Santamaría ha venido perdiendo su gracia y hoy ya no importa la proclama semivitalista y mística del alcalde actual. Ya estaba erosionado su brillo. Una explicación sería la de que los taurófilos del poder están envejeciendo: las fotos de las crónicas sociales los muestran abotagados y cansados, resignados a ser fotografiados, divas y divos, viejos, ancianos y ancianas haciéndose perdonar su primacía, su supremacía. Cumpliendo de forma cansada el principio enunciado por Hume de que ser es ser percibido por la mirada aprobatoria o desaprobatoria de los otros.

Derivando

Lo mismo pasa con la espectacularidad de la cultura. Y esto nos conduce suavemente a la advertencia descarada y reaccionaria de Vargas Llosa: la civilización actual ha devenido en espectáculo. Copiando, con recato y descaro al mismo tiempo, la proclama situacionista de Guy Debord, compendiada claramente en el título de su volumen emblemático: La Sociedad del Espectáculo.

Sí, quién lo duda, la espectacularidad es el requisito de lo que acepta la sociedad. La civilización regula y cobra impuestos. La diferencia entre el peruano y el francés radica en que el primero lo hace para marcar la nostalgia neoconservadora por unas humanidades de señoritos y el otro lo hace proponiendo soluciones justamente para escapar de esto, como al proponer la deriva.

La deriva se puede aplicar casi a cualquier cosa. Es un navegar sin rumbo fijo, esperando mejores condiciones de tiempo y de clima o simplemente aventurando el deseo de perderse. Lo que sí se puede decir es que hay deriva urbana, deriva poética, deriva artística… Por ejemplo, para Walter Benjamin, la utilidad del mapa es usarlo para perderse en la ciudad. No para encontrar los sitios en el territorio.

Uno podría, aventurando, decir que el Estado detesta la deriva, pero termina amando el chamboneo. Por otra parte, el mercado propone la deriva para terminar en un juego ya predeterminado. Juego que consiste en dejarnos creer que escogemos la mercancía, cuando ella está dispuesta a cazarnos a todo precio, en su condición de fetiche: monigote que finge no saber cómo se trasporta o se distribuye y que nos habla desde la vitrina.

No tanta cultura de festival

De este forcejeo surgieron el festival y la feria, en el capitalismo temprano y cristalizaron su forma en el capitalismo tardío. Y digo cristalizar pues ahora sus formas son imponentes, faraónicas, pero muy quebradizas. Y Bogotá y sus adoloridos habitantes, ya casi globalizados, no podemos más con tanta cultura de festival y tanta feria de cultura.

En este dos mil doce de nuestras agonías sí que no podemos más. Nos han propuesto, desde la sociedad del espectáculo: el Festival Iberoamericano de Teatro, dos o tres festivales de cine, la Cumbre de las Américas, Paul McCartney y la Feria del Libro.

El Estado chambonea como sólo él sabe hacerlo y el mercado se agazapa, disfrazado de cordero, como sólo él sabe hacerlo. Y no es que se proponga aquí un rechazo resentido de todo lo anterior, es que, aún en estas condiciones, uno sabe hasta dónde va el afán y el ademán pretencioso de universalismo, imposible y utópico, pero caro a Occidente.

Y hasta dónde va la gracia mínima que debe acompañar estas piruetas cándidas y candorosas de las que somos objeto los ciudadanos. Y, sin embargo, tantas actividades ya no son para todos, (nunca lo han sido, pero pareciera que la ficción, el como si, la simulación de que sí lo son) hubieran perdido su magia persuasiva y los espectadores, enajenados en su simulacro, ya no fueran parte del espectáculo y mucho menos de la deriva liberadora.

La fatiga del material

Cada uno va a lo suyo y su aceptación se segmenta, con la metáfora de los públicos para cada cosa, para cada espectáculo. Y así nos va. Las ferias y los festivales van perdiendo su ángel. Pero en el caso específico de la Feria del Libro de Bogotá, esto sí que es evidente:

  • Una librería editorial – con nombre de unión continental – acapara la fiesta de los descuentos. Y se entroniza.
  • El libro infantil, con su especular espejismo para satisfacer las tristes realidades de desatención del niño, hijo de padres enajenados, trabajadores; pretende sacar partido, inundando el mercado de garabatos, monerías y fraseos insensatos, disfrazados todos de creatividad.
  • Los libros de ficción, ensayo y otras perversiones antiguas, tienen una obsolescencia de un año. Pasado éste al escritor las editoriales le ofrecen los sobrantes de una venta fallida, que ya se sabe de antemano, por un precio que es un porcentaje, generalmente alto, de los derechos liquidados de autor, o la amenaza de enviar el producto de sus desvelos a la máquina trituradora de papel.
  • Las novedades, en general, son refritos de noticias de prensa. Como el caso de la tonta biografía de Mr. Jobs, que si era espiado por la CIA, desde cuándo y hasta su muerte.

Arrumes, torres, filas, estantes saturados, sobreabundancia, ríos de papel y tinta. Para nadie. Es forzoso sentir la mordedura amargada de un final de época. No es que el libro vaya a morir, es que su cadáver sigue perdiendo batallas después de su muerte en la hoguera del clérigo y del bachiller. Pero, ahora, la hoguera se tarda apenas un año en provocarse a sí misma. Es la antorcha con la que soñaba Cannetti que seríamos visitados.

Pero en la paz bobalicona del hipnotismo regulado, pagador de impuestos, aunque no siempre: remember la oveja descarriada y así. Los jóvenes parisinos de mayo del 68 escribieron un sabio graffiti: inventemos nuevas perversiones, que ya no puedo más. Parodiando: inventen nuevas ferias, sean creativos con el formato: ya no podemos más.

* Escritor y profesor universitario. Su novela Ese Último Paseo es una visión de Bogotá desde comienzos del siglo XX hasta el emblemático y trágico año de 1985. Ha participado en múltiples encuentros académicos sobre temas urbanos y fue consultor de la Agencia Española de Cooperación ante la Empresa de Renovación Urbana, para el tema de la sostenibilidad urbana, entre 2005 y 2006

 

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