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Nueve meses de COVID-19 en Colombia

Escrito por María Fernanda Gutiérrez
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Las cifras, los aprendizajes, las preocupaciones y la esperanza de volver a la vida normal: lo que nos deja la pandemia al cierre del 2020.

María Fernanda Gutiérrez*

Las cifras de 10 meses de pandemia

Después de nueve meses de pandemia, Colombia cierra el año con casi 1,5 millones de casos de COVID-19, alrededor de 40.000 muertes, 90.000 casos activos y 1,4 millones de personas recuperadas, según datos del Instituto Nacional de Salud (INS) del 20 de diciembre de 2020.

A diferencia de lo sucedido en Europa, donde ya están hablando de una tercera ola de contagios, en Colombia el comportamiento ha sido de meseta. Los días más críticos fueron el 11 de agosto con 13.056 casos nuevos, el 17 de diciembre con 12.736 y el pasado 19 de diciembre, con 13.990 casos nuevos, la cifra más alta desde que comenzó la pandemia.

Desafortunadamente, es posible que esta última cifra continúe en aumento debido a las reuniones familiares y las fiestas de fin de año. Todos estos eventos aumentan el riesgo de contagio por la cercanía social.

A diferencia de lo sucedido en Europa, donde ya están hablando de una tercera ola de contagios, en Colombia el comportamiento ha sido de meseta.

Los efectos sociales del coronavirus

Aunque el tiempo y la historia permitirán un balance más completo, ya es posible ver algunos efectos de la pandemia en lo social.

Por ejemplo, cuando el virus salió de China y se esparció por el mundo, se esperaba que tuviera el mismo comportamiento epidemiológico en nuestros países, teniendo más incidencia —casos nuevos de una enfermedad en una población determinada y en un periodo determinado— en hombres que en mujeres.

Sin embargo, las cifras en Colombia muestran un porcentaje similar de casos confirmados en hombres y mujeres, 49,48% y 50,42% respectivamente. En cuanto a los casos de fallecimiento por COVID-19, el 64% son masculinos y el 36% femeninos.

También se ha visto que las personas de escasos recursos contraen más la enfermedad que las personas con mayor poder adquisitivo. Según cifras publicadas por el DANE, del 2 de marzo al 1 de noviembre, el 67,6% de las muertes por COVID-19 en el país fueron de personas de estratos 1 y 2.

La razón, por supuesto, no es una diferencia genética en las personas, sino las condiciones sociales que enfrentan y que afectan sus factores de riesgo. La pobreza, el hacinamiento y la poca educación aumentan las posibilidades de infección y disminuyen las posibilidades de tratamientos tempranos y efectivos.

A medida que fue avanzando el año, las brechas sociales se hicieron más evidentes, el desempleo aumentó y la imposibilidad de mantener los confinamientos estrictos disminuyó, pues había que salir a buscar el sustento diario. El impacto de la pandemia en las cifras de desempleo es notorio: para octubre había 1,5 millones de puestos de trabajo menos que en el mismo mes del 2019.

Una consecuencia preocupante de la pandemia, que se fue agravando durante el año, fue el predominio del trabajo y el estudio en casa y de forma virtual. Aunque esto ha permitido continuar con algunas actividades en medio de la emergencia, sería grave que el cambio quedara incorporado dentro de nuestro estilo de vida post-pandémico.

Recientemente una neuro comunicadora explicaba cómo y por qué los niños están perdiendo la capacidad de concentración y el aprendizaje de valores, como la sinceridad. Los medios virtuales, sumados a los problemas de conectividad que tiene el país, dan pie para que las mentiras se encuentren a la orden del día.

La educación necesita del cara a cara, el ver y sentir a las personas con quienes compartimos y de quienes aprendemos. El ambiente laboral también requiere de la interacción social no mediada por pantallas.

Foto: INCI Mucho hemos aprendido de la pandemia, y mucho nos queda por aprender.

La importancia de los medios

Uno de los efectos del coronavirus fue mostrar y reforzar la importancia de los medios de comunicación. Por un lado, fueron evidentes sus peligros: las noticias falsas pueden crear caos y sembrar miedo en la población.

Pero no se puede negar que los medios han contribuido inmensamente en la actividad pedagógica para que la gente continúe utilizando el tapabocas, lavándose las manos, manteniendo la distancia social, ventilando continuamente los lugares y no asistiendo a lugares hacinados tipo reuniones, fiestas, centros comerciales o similares.

Si no fuera por la labor de los medios, la pandemia habría provocado muchos más daños y podríamos estar en una situación similar a la de 1918, la pandemia de la gripa española, también causada por un virus.

Las personas de escasos recursos contraen más la enfermedad que las personas con mayor poder adquisitivo.

Una imagen más real de la ciencia

Otra cosa más que nos ha mostrado la pandemia es la importancia de la ciencia en la sociedad.

Ha cambiado la imagen del científico como genio despeinado e infalible en bata blanca. Por ejemplo, hemos aprendido que no es suficiente lo que uno de ellos diga: varios tienen que trabajar de manera independiente y llegar a la misma conclusión para que sus hipótesis se conviertan en teorías, que aún no son del todo verdades.

Por eso, a lo largo del año hemos recibimos informaciones provenientes de distintas fuentes, pero esta diversidad no significa necesariamente equivocación o error. Es que la ciencia avanza a partir de la investigación y luego de la discusión de los científicos, que participan en el debate a partir de sus resultados independientes.

Un ejemplo de esto fue el uso de guantes. Cuando llegaba el virus al país el mensaje era no usarlos, un par de semanas después pasamos a usarlos diariamente cada vez que salíamos a la calle, y meses más tarde se concluyó que no debíamos usarlos a menos de que formáramos parte del personal de la salud.

No será fácil lograr al menos un 80% de cobertura en vacunación, que es lo que necesitamos para regresar a nuestra vida normal

Este “tire y afloje” respondió al tiempo en que los científicos analizaban las fuentes de contagio llegando a proponer que pudiéramos agarrar el virus con la mano y llevarlo a las mucosas. Bajo esta premisa, era mejor usar guantes.

Sin embargo, con el paso del tiempo y los nuevos estudios se encontró que el virus podría estar en el aire suspendido en microgotas de saliva producidas por la persona infectada o podría estar libre en el aire después de salir de sus vías respiratorias. Este hallazgo les quitó fuerza a los guantes y le dio mayor importancia al tapabocas.

Estas situaciones han sido criticadas por la sociedad con frases como “esos científicos no tenían ni idea de lo que hacían ni decían”, cosa que no es ni cierta ni justa. Cada uno de ellos tenía un motivo sólido para hacer la afirmación correspondiente. Las opiniones que en su momento dieron los investigadores, los medios, los médicos, e inclusive políticos, que pueden ser vistas como equivocadas, no necesariamente significan que fueran mentirosos.

Es mejor entenderlo como la forma como va avanzando la ciencia y se va creando nuevo conocimiento. Al comenzar la pandemia, la sociedad había tenido pocas oportunidades para vivir una situación como la que nos trajo la COVID-19, por lo tuvo que empezarse casi de cero a producir información y medidas adecuadas.

Controlar la pandemia

En conclusión, mucho hemos aprendido de este año de pandemia, mucho es lo que falta por aprender, y mucho es el trabajo que nos falta por hacer cuando llegue a Colombia la vacuna que es, sin duda alguna, la mejor alternativa para controlar la pandemia.

Subrayo la palabra “controlar” y no utilizo “terminar”, puesto que no será fácil lograr al menos un 80% de cobertura en vacunación, que es lo que necesitamos para regresar a nuestra vida normal: esa de compartir de forma cercana la comida, bailar apretado y disfrutar la oferta cultural en espacios al tope de su capacidad.

Pero para lograrlo y mientras llegamos a vacunarnos, es muy importante no olvidar nuestras normas de autocuidado y de respeto por los demás: tapabocas bien usado, lavado de manos frecuente y dos metros de distancia entre nosotros.

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