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La magnitud del rebrote depende de nosotros

Escrito por María Fernanda Gutiérrez
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Aunque por ahora no podemos eliminar el virus, sí podemos moldear nuestro comportamiento para reducir los contagios. Esta es la explicación científica en palabras comprensibles.

María Fernanda Gutiérrez*

Rebotes y rebrotes

Agarre una pelota de hule y tírela al piso con fuerza. Una vez toque el suelo, la pelota rebotará y dependiendo de la fuerza con la que la haya tirado, volverá —o no—a sus manos. Si no la agarra, la pelota seguirá rebotando hasta que pierda fuerza.
Justo eso está pasando en Europa con la COVID-19: Con el primer lanzamiento los países no lograron agarrarlo del todo, y por eso no para de rebotar o, más bien, de rebrotar.

Cuando un virus rebrota no significa que “vuelva a nacer”, sino que al volver encuentra un grupo de personas a las que no infectó en el primer brote.

Un segundo rebote de la pelota puede llegar a ser más alto que el primero, pero si dejamos que la pelota continúe con sus rebotes, cada vez dará saltos más pequeños y eventualmente dejará de rebrotar. Sucede exactamente lo mismo con el virus. Por ejemplo, en España está infectando más personas que el brote original, pero también parece que la mortalidad y la severidad de la infección son menores.

Más contagios y menor letalidad

Con respecto al número de infectados, el de la segunda ola es mayor que el de la primera porque los jóvenes —los principales portadores del virus— tienen una vida laboral y social mucho más activa que los adultos mayores. Además, muchos creen que no se van a contagiar y que si se contagian, serán asintomáticos o experimentarán síntomas leves.

La disminución de la mortalidad puede explicarse porque la primera ola atacó principalmente a adultos mayores y la segunda está atacando a personas jóvenes con pocas comorbilidades. Además, los grupos más vulnerables han aprendido a cuidarse y el cuerpo médico conoce mejor el virus y sabe cómo tratarlo para evitar complicaciones.

foto: Wikimedia Commons Como los casos de reinfección son poco comunes, es importante estudiarlos con cuidado.

Las claves del rebrote

La genética y el sistema inmune del huésped son fundamentales al hablar de rebrotes, porque explican que algunas personas no se infecten pese a convivir con portadores del virus.

Lo que sucede es que todos tenemos los receptores que el virus utiliza para entrar a la célula, pero algunas personas presentan polimorfismos o variaciones menores en los aminoácidos en dichos receptores que impiden que el virus penetre la célula. Esas personas no contraerán el virus aunque se expongan a él.

Las condiciones del medio juegan también un papel fundamental en la aparición de rebrotes: si las condiciones socioeconómicas son desfavorables, es más fácil que el virus vuelva a tomar fuerza porque los empleos informales y la falta de acceso a información confiable, a servicios de salud y a servicios públicos son un caldo de cultivo para la indisciplina social.

En resumen, hay cuatro factores fundamentales que inciden en la aparición de brotes y rebrotes:

  • la capacidad infecciosa del virus,
  • nuestra composición genética e inmunológica,
  • las condiciones del medio, y
  • la conducta social.

¿Por qué hay reinfecciones?

De acuerdo con los libros clásicos de inmunología, una persona no puede contraer dos veces virus similares al SARS-CoV-2.

Sin embargo existen casos de reinfección como el de la mujer holandesa de 89 años que tenía macroglobulinemia de Waldenström (un cáncer tratable, pero incurable) y murió tras contraer la COVID-19 por segunda vez. En mi opinión, ella no murió por el virus, sino por su delicado estado de salud.

Como los casos de reinfección son poco comunes, es importante estudiarlos con cuidado. Por ahora, sabemos que hay cuatro razones para que ocurran:

  • Inmunosupresión de base, esto es, la disminución o desaparición de uno o más componentes del sistema inmunológico como en el caso mencionado anteriormente;
  • La aparición de una nueva cepa del virus que no es reconocida por el sistema inmunológico de la persona que se contagió con el virus original;
  • Problemas en las pruebas de diagnóstico: por ejemplo, un falso positivo la primera vez y un positivo verdadero la segunda. Estos errores ocurren con relativa frecuencia;
  • Pérdida de memoria inmunológica, un proceso que ocurre cuando una persona ha pasado mucho tiempo sin tener contacto con el patógeno. En este caso, es poco probable que suceda porque las personas que se recuperaron del virus siguen teniendo contacto con él, lo cual estimula la producción de anticuerpos.
Foto: Wikimedia Commons En términos epidemiológicos, se trata de aceptar que esta pandemia será endémica y por ende, debemos aprender a convivir con ella.

¿Qué podemos hacer?

Lamentablemente, para disminuir la magnitud del rebrote no podemos modificar la capacidad infecciosa del virus, nuestra genética ni nuestra inmunología hasta que no aparezca la vacuna.

Pero en cambio podemos modificar nuestro comportamiento: si nos lavamos las manos con frecuencia, usamos el tapabocas correctamente y mantenemos la distancia física con las demás personas disminuiremos la fuerza del rebrote.

Retomando la analogía inicial, las medidas de autocuidado equivalen a un cuchillo que nos permite chuzar la pelota de hule e impedir que rebote más. El tapabocas es un escudo que nos protege y protege a los demás en caso de que seamos portadores del virus, y el distanciamiento físico dificulta que la pelota nos golpee, y permite que si nos golpea, lo haga suavemente.

La pelota de hule llegó para quedarse, así que si queremos tener una vida plena debemos aprender a jugar con ella, y usar las estrategias que tenemos para que no rebote con tanta fuerza y golpee al menor número de personas posible.

En términos epidemiológicos, se trata de aceptar que esta pandemia será endémica y por ende, debemos aprender a convivir con ella.

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