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Las crisis convergentes

Escrito por Darío Fajardo
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dario fajardoPese al optimismo oficial, estamos ante el cruce de dos crisis históricas -y Colombia no está preparada para capotearlas.

Darío Fajardo*

Un rudo despertar

El ciudadano común veía las amenazas derivadas del calentamiento global como curiosidades propias de programas televisivos sobre historia natural. Cosa distinta es cuando comienzan a traducirse en pérdidas crecientes de vidas humanas y de patrimonios, ocurridas en nuestro entorno inmediato.

Igual sucede con la crisis económica.  Los altos funcionarios y analistas oficiales, al ser indagados sobre sus riesgos, contestaban molestos que tal especie carecía de fundamento; es más, el comentario era: "Colombia está blindada". Ya no: las cifras sobre el desempeño de la economía evidencian que ni siquiera estamos en el escenario del "crecimiento sin empleo": no hay empleo pero tampoco hay crecimiento.

Varias crisis simultáneas

Más preocupante resulta advertir que, en el lapso de unos pocos meses tocaron a nuestra puerta otras  tres "crisis": la del petróleo, la de los alimentos, la de las "pirámides", cada una con sus causas e implicaciones. En épocas pasadas sentimos los desajustes ambientales, como los fenómenos del Niño (llegó hasta el gabinete ministerial) la Niña, erupciones volcánicas y tsunamis, etcétera,  pero la particularidad de esta coyuntura es que se han hecho convergentes.

Signos del fin de una época

Immanuel Wallerstein resalta el carácter histórico del capitalismo y señala algo que, siendo obvio, trató de encubrirse con la ensoñación de haber llegado al "fin de la historia" con el triunfo del mercado. Pero las grandes estructuras históricas, como el propio capitalismo, surgen, se desarrollan y mueren.

Al aplicar en su análisis la teoría de Nikolai Kondratief, según la cual el proceso económico se desenvuelve a través de ciclos de corta, mediana y larga duración, sucedidos en secuencias ya identificadas, Wallerstein advierte el agotamiento del sistema vigente, la pendiente de su tal vez última crisis. Como nunca antes, lo agobian la sobreproducción, las cargas fiscales, los costos crecientes de las materias primas y la contaminación ambiental. Acabó con el estado y ya no tiene quien le ayude.

Las crisis se alimentan una a otra

A más de sorprendente, la coincidencia de las crisis genera obvias inquietudes e incertidumbres por sus alcances impredecibles. Los estados y los organismos multilaterales se encuentran avanzando en sus diagnósticos sobre el cambio climático, uno de los cuales, el Informe Stern (2006), preparado por requerimiento del gobierno británico, expone una apreciación de sus impactos, recomienda las principales líneas para su mitigación y estima las magnitudes de sus costos.

Ese informe, solicitado a un economista y no a un meteorólogo, establece un costo promedio estimado del 1% del PIB anual mundial para las medidas de mitigación. Pero este ejercicio no preveía la crisis económica mundial que tomaría forma en el 2008. Los costos posiblemente sigan siendo los mismos, pero las posibilidades de sufragarlos seguramente se han reducido.

Colombia: el riesgo climático

Estas nuevas circunstancias son particularmente preocupantes para Colombia por nuestras características físicas y geográficas y por las condiciones de pobreza que nos afectan.

Nuestra localización ecuatorial – con un régimen de lluvias más intenso que el de los países de la zona templada-  y la disposición de los asentamientos humanos, en particular los de las poblaciones mas pobres, en áreas de elevada vulnerabilidad (vertientes cordilleranas con alta erosión, vegas inundables de ríos y ciénagas), debida al régimen de propiedad de la tierra, nos hacen particularmente frágiles frente a los riesgos derivados del cambio climático.

Colombia: el riesgo económico

A ello se añaden, de una parte, la orientación del gasto público, con su sesgo estructural a favor de los grandes intereses y el impacto que está teniendo y tendrá la crisis sobre los recursos públicos, afectados por la reducción de las exportaciones, de las inversiones externas, de las rentas de trabajo y de las remesas del exterior.

Gobiernos imprevisivos

Posiblemente ningún gobierno aceptó de buenas a primeras la presencia de la crisis: era reconocer la incapacidad previsiva de sus equipos económicos. En España, por ejemplo, a principios de este año el gran debate del Partido Popular (P.P.) contra el gobierno del socialista Rodríguez Zapatero se centró en criticarle su reticencia para aceptar la amenaza de la recesiòn. Paradójicamente, la crisis ya estaba en marcha durante el gobierno del P.P. y sus indicios posiblemente no escaparon a sus sagaces analistas financieros.

Colombia, sin previsión ni recursos

En nuestro caso posiblemente no podríamos esperar mucho de la plana mayor de nuestros dirigentes económicos, puesta a prueba ante la afirmación oficial sobre el supuesto "blindaje" de una economía apoyada en las fugaces inversiones de capitales en búsqueda de legalización. Pero las responsabilidades son aún mayores ante las evidencias del impacto que la convergencia de las crisis ya está teniendo entre nosotros.

Hemos dirigido parte sustancial de nuestros recursos públicos a estimular y subsidiar inversiones que, sin contribuir a generar empleo y beneficiando solamente a un reducido grupo, han agravado el deterioro del patrimonio ambiental de los colombianos. Y cuando no podremos esperar recursos de la "cooperación internacional", debemos contar con nuestros propios y menguados medios para atender vulnerabilidades causadas en buena parte por el régimen económico y político que hasta ahora hemos tolerado.

*Miembro fundador de Razón Pública. Para ver el perfil del autor, haga clic aquí.

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