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El laicismo y sus demonios: sobre nuestra incultura teológico-política

Escrito por Carlos Manrique
Carlos-Manrique

La relación entre Petro y un líder evangélico, la aparición de “Dios” y “el Diablo” en la campaña por la presidencia son menos serias, pero también más serias de lo que piensan muchas personas educadas.

Carlos A. Manrique*

De dioses y demonios

Han pasado algunas semanas desde que “Dios”, “Jesús”, los “demonios” y el “Diablo” aparecieron en la campaña por la presidencia de Colombia.

Primero fue una cadena de Whatsapp según la cual Gustavo Petro iba a convertir a Barranquilla en “la capital de los demonios”. Después fue la respuesta de Petro, quien dijo haber sido criado en un entorno católico con sensibilidad social y sostuvo que el “pacto histórico” es también un pacto “con el Jesús que prefiere a los pobres, un pacto con el pueblo”. Unos días después, un supuesto representante de una coalición de iglesias evangélicas se adhirió atropelladamente y después se retiró de la campaña de Petro.

Desde entonces, un grupo de opinadores y opinadoras ilustradas han puesto el grito en el cielo por el supuesto peligro de hablar de dioses y demonios en el debate político. Según estas opiniones, el lenguaje religioso socava las “virtudes republicanas”, pues es “supersticioso” e “ignorante”.

Pero este lugar común está absolutamente revaluado en casi todas las corrientes de la teoría social y política contemporáneas. Entonces, ¿cuál debe ser el lugar de la religión en una campaña electoral?

Entre la “alta cultura” y la cultura popular

Los hechos religiosos y su lenguaje han sido pensados durante años en la “alta cultura” occidental como una faceta de la vida humana, individual y colectiva, sin la cual no podemos apreciar cabalmente su complejidad.

En Los demonios, Dostoievski usó esa figura bíblica y teológica para reflexionar sobre las fuerzas sociales de su tiempo. Además, esta sensibilidad hacia la riqueza de la religiosidad popular le sirvió al autor para mostrar los dramas de la condición humana, siempre atravesados, desde el nacimiento hasta la muerte, por el límite de lo insondable.

En ese sentido, Dostoievski se acercó al sociólogo Max Weber, para quien la vida religiosa y sus efectos sociales son indispensables para comprender las transformaciones históricas del capitalismo. También se acercó a Rainer Maria Rilke, que usó en su poesía las imágenes de ángeles y demonios para evocar el drama de la vida humana.

Pero, de forma interesante, los textos de todos estos autores también desestabilizan la jerarquía entre la “alta cultura” y la sabiduría de las culturas populares: los demonios, las almas, las bendiciones, los arrullos, los males, los santos, los espectros o, más recientemente, las influencias astrales.

En Buenaventura, donde hago trabajo de campo desde hace algunos años, son comunes, como lo son en tantas veredas y barrios del país, las narrativas de la posesión de los demonios. Durante mi última visita, un líder social que ha entregado buena parte de su vida a una lucha ejemplar por la justicia social me contaba, sin ningún atisbo de extrañeza, cómo habían tenido dificultades porque a su hija le habían entrado “unos demonios” que le ocasionaron problemas emocionales.

Otro médico amigo, científico y profesor, me contó que, en las tomas terapéuticas de ayahuasca, los chamanes estaban siempre alertas a evitar la entrada de “los demonios” por el portal de percepción ampliada que allí se abre.

Estas formas de narrar la vida y la experiencia humana se entremezclan con el lenguaje médico, el lenguaje de la militancia contra la injusticia y la violencia, el lenguaje jurídico y los lenguajes íntimos y cotidianos.

Religión y lucha social

Pero ese potente y significativo papel del lenguaje mítico-religioso en la “alta cultura” y las culturas populares infortunadamente no ha llegado a la política electoral.

Por eso, el gesto político de Petro es interesante. Durante años, el progresismo colombiano ha asumido un laicismo autocomplaciente que mantiene lo religioso a lo lejos, como si fuera un pozo abyecto. También parece haber un esfuerzo por renovar el discurso de la izquierda, que ha reducido lo religioso a un engaño, una manipulación y un sopor ideológico.

Tras el doloroso aprendizaje del voto por el No en el plebiscito para refrendar el Acuerdo de Paz, Petro parece haber entendido la necesidad de articular sus propuestas de justicia social, construcción de paz, e inclusión, con las sensibilidades religiosas populares. También parece haber aprendido que, si el campo de la religión se deja “vacío”, el espacio lo ocupará una agenda conservadora moralista y discriminatoria, que hoy movilizan algunos sectores evangélicos.

Es importante el gesto de Petro, porque apunta a reivindicar herencias importantes de luchas sociales en Colombia, inspiradas en gran parte por la revolucionaria doctrina social de la iglesia postconcilio Vaticano II.

Además de adoptar posturas discriminatorias, las iglesias evangélicas están sintonizadas con el talante neoliberal del gobierno actual y su bancada. Hay que recordar que cierto discurso del “emprendimiento”, surgido en la corriente del así llamado evangelio de la prosperidad en Estados Unidos hace un par de décadas y llevado a la práctica pastoral latinoamericana, ha tenido una gran influencia en estas iglesias.

Por eso es importante el gesto de Petro, porque apunta a reivindicar herencias importantes de luchas sociales en Colombia, inspiradas en gran parte por la revolucionaria doctrina social de la iglesia postconcilio Vaticano II, que ha sido revitalizada ahora durante el pontificado de Francisco.

El verdadero problema

Pero lo que hay de interesante en el gesto del discurso de Petro se desdibuja cuando el sentido “estratégico” de lo religioso se reduce a una cruda negociación con grupos de interés para obtener réditos electorales.

Para tratar con rigor los asuntos teológico-políticos, se deben desenterrar, reconstruir y relanzar herencias religiosas importantes para la lucha social en Colombia, como la de Álvaro Ulcué o Gerardo Valencia Cano, por nombrar solo dos ejemplos: militantes católicos que lucharon por la justicia social y dejaron una huella duradera y aún muy viva en los movimientos sociales indígenas y afrodescendientes.

El “Jesús que prefiere a los pobres” es una herencia compleja, con un potencial democrático intenso. Por eso no es serio aludir a ella sin hacer la tarea de reactivar su legado afectivo, político, y teológico, articulándolo en una propuesta de lucha popular, desde abajo, por una paz con justicia social.

En pocas palabras, la reciente aparición del lenguaje religioso en la contienda electoral no es llamativa por nuestra supuesta “superstición” e “ignorancia”, sino por nuestra desastrosa incultura teológica-política. No expresa una exagerada importancia del lenguaje religioso en el debate político, sino que muestra que en la política electoral colombiana no se toma en serio ese lenguaje.

El problema no es que “Dios” y los “demonios” aparezcan en el discurso político. ¿Por qué no habrían de hacerlo cuando ese vocabulario tiene usos tan creativos en la “alta cultura” y en la cultura popular, que pueden contribuir de maneras tan intensas y vitales a urdir la trama de sentido con la que se navega la existencia? El problema es la falta de cuidado, de esfuerzo y de rigor con que se trata estos temas.

Foto: Twitter: Andy B. - El gesto del discurso de Petro apunta a dar esta disputa del campo religioso reivindicando herencias importantes de luchas sociales en Colombia y en la región inspiradas de manera importante.

Lo religioso, lo social y lo colectivo

El afán de los demás candidatos a la presidencia por contarle a la opinión pública “sus creencias” y cómo estas no riñen con la sensibilidad religiosa más extendida en Colombia solo confirma esa incultura teológico-política. Se trata de una estrategia de mercadeo publicitario, como si se confeccionara un producto para agrado de su consumidor.

En pocas palabras, la reciente aparición del lenguaje religioso en la contienda electoral no es llamativa por nuestra supuesta “superstición” e “ignorancia”, sino por nuestra desastrosa incultura teológica-política.

Sin seriedad, sin juicio, sin cuidado y sin trabajo, estos gestos reproducen lo que ha sido sin duda una de las herencias más nefastas del laicismo liberal: la idea de que lo religioso es un asunto “subjetivo”, de “creencias” de los individuos en sus fueros internos. Ese subjetivismo es, como lo han mostrado ya suficientes investigaciones académicas, la impronta de cierto ethos de un protestantismo europeo de los siglos XVIII y XIX que fue crucial en el desarrollo histórico del capitalismo.

Por lo tanto, esta postura está muy lejos de ser “neutral”. Enriquecer el debate teológico-político en Colombia pasa por entender que en lo religioso se juegan no creencias subjetivas de individuos, sino formaciones históricas complejas de la vida social y colectiva.

El conservadurismo evangélico, por ejemplo, opera de forma corporativa en complejas organizaciones transnacionales y deriva de allí la fuerza de su lobby político como grupo de interés. En lo religioso se sigue jugando en nuestro tiempo, entonces, más que “creencias” de éste o aquel, la textura afectiva, material, social, e incluso institucional de nuestra vida en común, y los modos de ser, pensar y vivir que allí se cultivan y se gestan en su lucha por hacerse influyentes en la configuración del orden social. Esta agenda la ha tenido muy clara el conservadurismo religioso en América Latina.

Más valdría entonces trabajar con rigor y cuidado el lenguaje religioso o sobre lo religioso y sus usos públicos. El conservadurismo evangélico, en su estilo mediático, espectacularizado, y afectivamente frenético, le va cogiendo en esto una ventaja enorme a las sensibilidades progresistas, religiosas o no. Si bien no en el estilo, al menos sí en el volumen y la intensidad.

Esta es la prueba de que, así como “el sueño de la razón produce monstruos”, el sueño del laicismo produce sus demonios. Y el laicismo no es el lugar para enfrentarlos.

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