La política exterior de Santos y de Uribe: quiebres con continuidades, continuidades con quiebres - Razón Pública
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La política exterior de Santos y de Uribe: quiebres con continuidades, continuidades con quiebres

Escrito por Laura Gil
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laura gilBalance matizado y esclarecedor para entender la conexión entre la política exterior de Uribe y los quiebres aportados por el gobierno Santos. Colombia ha recuperado su lugar en la comunidad internacional, pero muchos de sus gestos siguen gobernados por la dinámica interna de este país algo disfuncional*.

Laura Gil *

Vaivén entre visiones encontradas

Compartiré con ustedes algunas reflexiones que acabo de presentar en un seminario sobre América Latina en la Universidad Nacional de Australia.

Mucho se habla del giro de la política exterior colombiana. De hecho, en tan solo un año, el presidente Juan Manuel Santos reparó las relaciones con Venezuela y Ecuador, fortaleció los vínculos con América Latina, removió a la seguridad como prioridad única de la política exterior, diversificó las prioridades temáticas y geográficas de la agenda diplomática y todo ello sin poner en peligro la relación privilegiada con Estados Unidos.

Nada en la campaña electoral del 2010 nos hubiese podido hacer sospechar semejante cambio. Pero si el rompimiento con la política exterior del expresidente Uribe es aparente, ¿estaremos hoy frente a una nueva política exterior, una política exterior no solo de quiebre con el pasado inmediato sino de construcción de caminos inéditos hacia el futuro?

No olvidemos que la política exterior colombiana se ha caracterizado por el vaivén entre dos visiones encontradas: la del “réspice polum”, es decir “mirar a la estrella del norte” que, de alguna manera, caracterizó al gobierno anterior y la del “réspice similia”, que busca una inserción entre socios similares.

Esta oscilación dejó poco en materia de principios y pilares de política de Estado, aceptados tanto por la clase política como por la sociedad. Digo poco, porque creo que algo sí queda: el principio de corresponsabilidad en materia de drogas entre países consumidores y productores, que constituye una política de Estado.

Considero entonces pertinente ver si estamos nuevamente ante un movimiento pendular o si hay, detrás de ello, una propuesta original, dubitativa todavía, sin formular completamente, algo incoherente, pero nueva al fin.

Intentaré aportar elementos de análisis para contestar y, para ello, haré una comparación entre la política exterior del 2002 al 2010 y la actual para ver si se pueden identificar elementos nuevos a partir del resultado de esta comparación.

Antes de comenzar les quiero decir que me parece importante salir de lo que percibo como un análisis maniqueo, sin matices. Es verdad que hay quiebre en la política exterior, pero también hay continuidades. Les hablaré ambas cosas: de quiebres y de continuidades. Es más, les voy a describir quiebres matizados de continuidades y continuidades matizadas de quiebres. 

Quiebres matizados con continuidades

En agosto de 2010, Juan Manuel Santos asumió la presidencia de un país relativamente aislado en América del Sur: relaciones rotas con Venezuela y Ecuador y tensas con Brasil. Solo con Chile y Perú parecía haber relaciones fluidas.

Los antecedentes los conocemos todos: la violación de la integridad territorial del Ecuador, el antecedente de la captura de alias Rodrigo Granda en territorio venezolano, el intento de acuerdo que hubiese dado a Estados Unidos acceso a siete bases militares colombianas y el rechazo a la institucionalidad de UNASUR que, gustara o no, ya existía y operaba al menos en términos de diplomacia presidencial.

A 72 horas de su posesión, el presidente Santos había dado un salto exponencial en la consolidación de las relaciones con Ecuador, con la entrega de las USB de alias Raúl Reyes, y en la recuperación de la relación con Venezuela, en la cumbre de Santa Marta.

Esta construcción de confianza avanzó en dos niveles: mediante una diplomacia presidencial activa, pero también mediante la recuperación de la institucionalización de las relaciones bilaterales, con la reactivación de las comisiones bilaterales de frontera, de vecindad y nuevas comisiones de trabajo. Luego, se produjo un evento que afianzó mucho más a Colombia en la región: la elección de María Emma Mejía como Secretaria General de UNASUR.

¿Por qué, entonces, afirmo que este quiebre notorio está matizado de continuidades? Son múltiples las razones:

  • Relación con Venezuela: Existe un quiebre en términos de estrategia, pero no en términos del diagnóstico heredado por el gobierno del presidente Uribe. Estoy convencida que el presidente Santos no peca de ingenuidad ante la comodidad con la cual las FARC se mueven en el país vecino. Por eso, mientras con el gobierno anterior, se trataba de hablar con Venezuela solo de seguridad, parecería que con éste se trata de “hablar de todo, para también hablar de seguridad”. Se ha logrado una cooperación, incipiente y tímida – es absolutamente cierto – que no es poco frente a los últimos 15 meses del presidente Uribe.
  • Relación con Ecuador: Es importante recordar que la normalización de las relaciones comenzó con el presidente Uribe. Un día, amanecimos con la sorpresa que ambos gobiernos habían iniciado negociaciones, pero ninguno de los protagonistas, ni de éste ni del otro lado de la frontera, ha contado los detalles del inicio de la negociación.

Destaco dos escenarios más relacionados con América Latina que son fuente de continuidad:

  • Haití como instrumento de inserción, no solo en la cuenca del Caribe, sino como acercamiento a la región entera: Recordemos que Colombia fue uno de los primeros países en tender un puente humanitario después del terremoto y la entrada de policías colombianos en la Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en Haití (MINUSTAH) fue concretada por el Canciller Bermúdez. Esta administración ha profundizado esta estrategia desde el Consejo de Seguridad. 
  • Colombia no sólo como país receptor de ayuda, sino también donante de ayuda: Juan Manuel Santos también ha profundizado las relaciones de cooperación, pero también ya venía en marcha un rubro que adquiere cada vez mayor importancia: la asesoría policial a países como México, Paraguay y de Centroamérica.

A esto me refiero con evitar el maniqueísmo sin matices. Se dio en efecto un quiebre en la relación con América Latina que considero benéfico —no solo para Colombia, sino para la región entera— pero éste no parte de un rechazo indiscriminado al pasado reciente.

Continuidades con quiebres

Donde más continuidad se percibe es en la relación con Estados Unidos. Sus ejes principales siguen siendo seguridad, con énfasis en Plan Colombia, y comercio, con énfasis en el tratado de libre comercio (TLC).

Es verdad que hay cambio en el discurso: se habla de diálogo de socios, Juan Manuel Santos dijo que “hablará de tú a tú” con Obama y se plantea que se amplió la agenda. Los cambios parecen más del orden del discurso que otra cosa y pueden estar más dirigidos a América Latina que a la misma Casa Blanca.

Bajo el gobierno anterior, la alineación principal con Estados Unidos partió de negar la existencia del conflicto armado, para ubicar a Colombia en el epicentro de la “guerra contra el terrorismo”. Valdría la pena recordar que la autorización para usar dineros de Plan Colombia con fines contrainsurgentes coincidió con el inicio de la administración de Uribe.

Al presidente Santos le tocó un momento diferente en Estados Unidos: un presidente demócrata, con algo de voluntad de alejarse de la guerra contra el terrorismo. Y, aún así, esta administración no ha logrado concretar el necesario viraje. Basta ver cómo ha anunciado la abstención en relación con la votación sobre el reconocimiento del estado palestino, único país de América del Sur que no lo apoya.

En conclusión, la ampliación de la agenda con Estados Unidos está por verse. Hay que dar tiempo al tiempo.

Por otro lado, la política exterior económica construye sobre lo construido en los últimos ocho años: la búsqueda de los tratados de libre comercio y de inversión extranjera, así como la conexión energética y de infraestructura con la región. El acercamiento al Asia y la búsqueda de la membresía en el Foro de Cooperación Asia-Pacifico (APEC) también se vienen buscando desde el pasado.

El verdadero quiebre

La política exterior del gobierno anterior estuvo, en buena parte, supeditada al proyecto interno de pacificación y por eso hizo de la seguridad su único objetivo.

Para el presidente Santos, la política interna no gobierna totalmente la política exterior. Traigo a colación dos ejemplos: la votación a favor de la intervención de Libia y el discurso del Presidente ante la Asamblea General hace dos semanas.

Con respecto a Libia, vale la pena recalcar un notable cambio de posición. Colombia ha tenido un rechazo tradicional a las intervenciones humanitarias en tanto se entendían como un precedente preocupante. Ahora ha dejado de mirar al mundo mediante el lente estrecho de sus intereses nacionales para participar en la toma de decisiones con sentido de responsabilidad global.

Lo mismo se puede percibir en el discurso del presidente Santos ante la Asamblea General. A diferencia de lo que venía sucediendo, no se planteó solo lo que el mundo puede darle a Colombia, sino también lo que Colombia puede darle al mundo.

¿Se tratará de un réspice mundi al estilo de lo que plantea el excanciller Fernández de Soto en su nuevo libro? ¿Estamos frente una política exterior con sentido cosmopolita? Es temprano todavía para dar respuesta a estos interrogantes.

Límites a la nueva política exterior 

La política doméstica:

Una política exterior ambiciosa no puede depender completamente del proyecto interno, pero tampoco puede ignorar las realidades internas. El futuro de la política exterior dependerá de varios factores: la presión que pongan las FARC en las fronteras, la cooperación del presidente Chávez que deberá ser más contundente -al fin y al cabo, es posible que los colombianos estén dando un compás de espera, pero la paciencia puede acabarse-, la evolución de la situación de derechos humanos en Colombia como una limitante a su proyección internacional y el avance en la implementación de la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras.  

  • El clientelismo en los nombramientos diplomáticos:

Se sigue nombrando a embajadores y demás personal del servicio exterior por amiguismo y pago de cuotas políticas. Eso va en detrimento del fortalecimiento de la carrera diplomática. Es preciso acabar con el mito de que como no tenemos diplomáticos preparados, toca buscarlos en otra parte…  

  • Una fuerte herencia de desconfianza que prevalece en la Cancillería:

Cito como ejemplo la relación con el sistema de Naciones Unidas en Colombia. En junio pasado, la canciller Holguín, por ejemplo, expresó reparos con respecto al trabajo del Fondo de Naciones para la Infancia (UNICEF), nada menos que ante el Consejo de Seguridad. Se sigue temiendo que las agencias y programas de la ONU pudieran entrar en contacto con grupos armados ilegales en contra de la voluntad del gobierno. Cuesta creer que, si se ha podido construir confianza con el presidente Chávez, no se pueda hacer lo mismo con Naciones Unidas.

* Ponencia en el debate con el ex Presidente Álvaro Uribe sobre la transición en política exterior, efectuado el pasado 3 de octubre.

** Politóloga e internacionalista uruguaya residenciada en Bogotá. Es articulista del diario El Tiempo. Ha sido observadora de DD.HH. de la ONU y de la OEA. Y profesora de la Academia Diplomática San Carlos de Colombia.

twitter1-1@Lauraggils

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