La máquina orgánica: la reconfiguración del río Columbia - Razón Pública

La máquina orgánica: la reconfiguración del río Columbia

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Pesca de salmones en el río Columbia en 1914.

Tatiana Acevedo Un libro sobre la historia de un río en Norteamérica nos enseña que los espacios naturales son la relación que los humanos establecen con ellos. Una historia similar con los ríos colombianos – como el Cauca- nos ayudaría a conocerlos mejor.

Tatiana Acevedo*

La máquina orgánica: la reconfiguración del río Columbia.

Richard White.

Hill and Wang;

1995.

Historia de un río

En este libro, escrito hace casi veinte años, Richard White sostiene que la historia humana no puede entenderse sin la historia natural y la historia natural no puede entenderse sin la historia humana.

No se trata de describir las características físicas de un paisaje, juntarlas con las de las personas que lo habitan y afirmar que se trata de una historia ambiental. Esto, dice White, sería como “escribir la biografía de una mujer, ponerla al lado de la biografía del esposo y decir que se trata de la historia de un matrimonio”.  

La historia humana no puede entenderse sin la historia natural y la historia natural no puede entenderse sin la historia humana. 

A partir de esta premisa el autor relata la historia del río Columbia, que nace en Canadá, cruza el estado de Washington y desemboca en el océano Pacífico.

Los primeros grupos que navegaron el Columbia advirtieron el poder del río por el daño que les hizo su corriente, las averías que produjo en sus barcos y las heridas que  infligió a sus cuerpos. Estos pioneros conocieron el río porque les exigía un gran esfuerzo colectivo y coordinado para mantenerse a flote y navegar su cauce.

El punto de partida del libro nace precisamente de esta reflexión: los humanos no “dominan” ni “conquistan” la naturaleza, sino que la conocen a través del trabajo.

La máquina de vapor y los enlatados

Esta historia del río Columbia está dividida en cuatro partes. En la primera, White traza distintas geografías por las que se movió la energía a través del río durante el siglo XIX. Una de ellas fue delineada por los humanos en su movimiento por el cauce, hacia arriba y hacia abajo (y los conflictos derivados de este movimiento).

Otra geografía fueron los salmones. Estos viven la mayor parte de su vida adulta en el océano, pero vuelven, contracorriente, al agua dulce de su nacimiento para desovar. Durante su tiempo en el mar, el salmón del Columbia cosecha la energía solar disponible en la cadena alimenticia del Pacífico y luego la integra a la energía disponible en el río.

Al interceptar al salmón para comérselo, otras especies, incluidos los humanos, captan la energía solar que viene del océano. Por eso, la posibilidad de pescar salmones en grandes cantidades atrajo a muchas familias desde regiones apartadas hacia las cuencas del Columbia.

La segunda parte del libro trata sobre los enlatados de pescado, y sobre cómo los seres humanos se aproximaban al río con canoas, redes de pesca y barcos de vela. Estas tecnologías eran orgánicas, pues para hacerlas funcionar se necesitaban los músculos y el viento. Pero todo esto cambió con la llegada, en la década de 1830, de la máquina de vapor.

Con la máquina se navega más rápido, se atrapan más peces, se crean las primeras plantas de enlatados y se exporta el pescado. White nos recuerda que “vapor es viento en una caldera”. Es decir, que la nueva tecnología disimula los apretados vínculos entre la naturaleza y el trabajo humano, y que lo orgánico (el viento, el agua, la madera) produce lo mecánico.

Represa John Day en el Río Columbia.
Represa John Day en el Río Columbia.
Foto: Wikimedia Commons

Electricidad y salmón

La tercera parte del libro  se refiere a la electricidad. White describe cómo la Bonneville Power Administration fue creada como una agencia pública para producir electricidad como un vehículo “para el desarrollo” de los pueblos.

Con el tiempo, la generación eléctrica perdió sus pretensiones sociales y se convirtió en un fin en sí mismo. Hacia 1976 la agencia inició la búsqueda de nuevas fuentes de poder y construyó reactores nucleares en el río.

No era la primera vez que el río albergaba este tipo de edificaciones, pues en el pasado se había producido plutonio en las cuencas, aprovechando el agua para enfriar los reactores.

Así, se creó un nuevo tipo de espacio atómico en el Columbia, pero como los grupos humanos no querían vivir cerca de los reactores, el lugar acabó por convertirse en una “reserva natural”. Sin embargo, al mismo tiempo, los reactores producían elementos que no existían previamente en la naturaleza, y estos elementos radioactivos podían combinarse con los organismos vivos y volverse parte del salmón, los ciervos y los seres humanos.

Una cuarta y última parte del texto está dedicada exclusivamente al salmón, que definió la historia del río: fue el que atrajo a los humanos y los aglomeró en los sitios que escogía para reproducirse.

Pero las hidroeléctricas y la agricultura de riego lo pusieron en peligro y, en respuesta, han surgido proyectos científicos para evitar su desaparición. Por eso, hay peces en cautiverio que hacen parte de un banco genético y otros que son monitoreados durante cada movimiento.

Se ha construido además un modelo de río virtual que simula y predice las acciones del salmón, y con base en los resultados del modelo se toman medidas en el río real. Es decir, el destino de los salmones que se crían en el Columbia depende hoy del comportamiento de un salmón hipotético (del modelo hecho en un computador).

En conclusión, White sostiene que el Columbia se ha convertido en una máquina orgánica, una creación de distintos grupos de personas, que conserva una vida propia más allá del control humano. Una máquina, que, a su vez, engendró un río virtual con influencia sobre el real. Lo humano y lo natural, lo mecánico y lo orgánico, se han fusionado de manera que no se sabe cuál es cuál.

Aquellos ecologistas que afirman que el desarrollo en la Columbia “debe ser detenido” no están entendiendo el problema. El río no puede ser tratado como si fuera “la naturaleza” y todas las represas, criaderos, canales, plantas de enlatados, ciudades, reservas y reactores fuesen invasores innecesarios. Todos estos edificios e infraestructuras son ahora parte del propio río y su existencia no puede ser borrada.

Pesca de salmones en el río Columbia en 1914.

Pesca de salmones en el río Columbia en 1914.

Foto: Wikimedia Commons

Desentrañando al Cauca

Colombia tiene cinco ríos principales (el Magdalena, el Cauca, el Guaviare, el Putumayo y el Caquetá), y algunos de ellos la atraviesan casi toda. Hay decenas de programas de investigación sobre distintos aspectos de los ríos: su navegación, sus peces, su contaminación, sus pájaros y su potencial minero.

Pero estamos en mora de un análisis que beba de las ideas de White, y entienda un río desde sus relaciones. Pero no al Magdalena, tan presente en las anclas de la identidad nacional, ni al famoso Amazonas.

Los humanos no “dominan” ni “conquistan” la naturaleza, sino que la conocen a través del trabajo.

Quizás la historia más urgente sea la del río Cauca. Este es el río que distintas administraciones locales, departamentales y nacionales han querido “salvar”, sobre el cual han escrito sus tesis biólogos e ingenieros, el que ha sido motivo de obras de arte y de relatos antropológicos.

Cada cual tiene su propio río Cauca: Emcali está pendiente del agua, las empresas mineras miran el oro, los ingenios lo ven como su basurero y los ambientalistas miden (de maneras distintas) la contaminación. Lo recorren por tramos los bagres, bocachicos, doradas y barbudos. La EPM quiere hacer electricidad, y las poblaciones de las cuencas buscan defender su tierra, peces y agua limpia.

Por otra parte, los narcotraficantes lo navegan, y la Policía, detrás de los traficantes, también. Tropas al mando de H.H., “don Diego” o “el Alacrán” lo usaron como cementerio tras perpetuar masacres y homicidios selectivos (a veces, con la ayuda de fuerzas del Estado).

Cada quién hace su río y ya no sabemos qué es lo natural en él. Todas estas historias e intereses se trenzan, pero no hay narración que nos cuente un poco sobre el río como una relación. Un relato como estos nos contaría mucho sobre nosotros.

 

Estudiante de doctorado en Geografía de la Universidad de Montreal.

*Estudiante de doctorado en geografía, Universidad de Montreal.

 

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