Los corsarios en el reino de Sabas: el monumento a los ingleses - Razón Pública
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Los corsarios en el reino de Sabas: el monumento a los ingleses

Escrito por Jerónimo Carranza

Castillo de San Felipe en Cartagena de Indias.

Jerónimo CarranzaHace más de dos siglos y medio el Imperio inglés intentó tomarse Cartagena de Indias y fracasó. Hoy, la “aristocracia” local parece lamentarse de que esto no hubiera sido posible y demuestra su nostalgia de lo que nunca sucedió con una polémica placa.

Jerónimo Carranza* 

La placa de la discordia

Con motivo de la visita oficial a Colombia del príncipe Carlos de Inglaterra en el mes pasado, se le rindió homenaje a los por lo menos 5.000 británicos, norteamericanos y antillanos que sucumbieron por las armas, la sed, el escorbuto, la disentería, la malaria, las ratas, los tiburones y demás padecimientos durante el sitio que impusieron a los habitantes de la ciudad de Cartagena de Indias hace más de 250 años. 

Para esto, y con el heredero monárquico presente, fue develado un monumento en la entrada del fuerte de San Felipe de Barajas: un nicho de mármol negro con tributo tallado a los súbditos de su majestad Jorge II, que decía: 

"En memoria al valor y sufrimiento de todos los que murieron en combate intentando tomar la ciudad y el fuerte de San Felipe, bajo el mando del almirante Edward Vernon en Cartagena de Indias en 1741". 

Cartagena es la joya de nuestra deslucida historia y sus vecinos ilustres (aunque no ilustrados) no tuvieron en mal reconocer a las tropas invasoras que asolaron la ciudad que hoy les honra.

La colocación de esta obra ejecutada con erario estatal (y que no fue una placa extraviada entre las piedras de las murallas, como se imaginaría quien oye la radio) fue responsabilidad de la Alcaldía Corporación Centro Histórico, que consideró noble este gesto sin mentar a los ancestros cartageneros que cayeron en el mismo evento histórico. 

Sin embargo, poco después, un ingeniero enemigo de las malas maneras de sus dirigentes y temerario admirador de Blas de Lezo, “el teso”, o “Blacho” (como le dicen los habitantes del barrio del mismo nombre en la ciudad turística), rompió a martillo la efímera lápida. Finalmente, esta se retiró la semana pasada y quizás adorne hoy la entrada de la Alcaldía. 

La verdadera batalla

No hay por qué negar el drama real de los marinos heridos y fallecidos en Cartagena, fuesen ingleses, jamaicanos o de Nueva Inglaterra, ni negar un justo homenaje en su memoria, si este honor, en los términos de bilingüe traducción, fuese hecho por sus propios deudos y no por los de sus víctimas. 

Nada tendría de molesto el honor si no quedase el recuerdo proyectado en la figura lisiada de Blas de Lezo, el guerrero vasco que ya hacía rato andaba tuerto, cojo y manco por la guerra cuando le hizo frente a los 26.000 soldados invasores, y cuya estatua, realizada por el español Emilio Laiz, expresa la resistencia de los sitiados y miraba con ferocidad la placa de mármol que estuvo postrada a pocos metros de su pata de piedra.

Cartagena es la joya de nuestra deslucida historia y sus vecinos ilustres (aunque no ilustrados) no tuvieron en mal reconocer a las tropas invasoras que asolaron la ciudad que hoy les honra. 

El puerto neogranadino era la presa secretamente codiciada de la expedición comandada por Edward Vernon con el fin de vengar la oreja de Jenkins, un bucanero al que los guardias españoles le mocharon su cartílago, lo que ocasionó la ofendida reacción de la “pérfida Albión”. 

El objetivo era doblegar el sitio protegido por las dos bocas de la isla de Tierra Bomba y su bastión militar resguardado por un intrincado sistema de seis fortalezas diseñadas desde fines del siglo XVI para hacer de la isla-puerto un cerrojo del Reino de Nueva Granada. 

Además de restaurar el honor del mutilado, para los ingleses esta era una batalla coletazo de la sucesión de los Austrias de España, quienes tras bárbara guerra europea cedieron la alternativa de poder a la casa borbónica, estirpe que desde entonces lleva (bastante torcida) la corona del reino de España. 

Monumento en homenaje al almirante Blas de Lezo, en Cartagena de Indias.
Monumento en homenaje al almirante Blas de Lezo, en Cartagena de Indias.
Foto: Wikimedia Commons

Los nuevos monarcas emprendieron reformas para explotar el lucro sagrado de estos reinos, entre las que se contaron la ingeniería militar aplicada para afianzar los puertos por donde transitaban las menguadas mercancías, los convoyes de metales preciosos y los contingentes de africanos esclavizados. 

Nueva Granada se había convertido en el mayor proveedor de oro del naciente capitalismo, y la industria inglesa en gestación necesitaba mercados y plantaciones para suplir a estos. Se encomendó entonces al veterano almirante Vernon, némesis de “Blacho”, darle la estocada al Imperio y tomarse de una vez por todas las herencias usurpadas por la casa real de Francia.

Para esto embarcaron en 1739 rumbo a la Guaira en Venezuela, donde fueron derrotados tras querer engañar a los defensores con el truco de cambiar de bandera, y luego se dirigieron a Portobelo, aldea a la cual rindieron con facilidad.

Después tomaron rumbo a la plaza de Cartagena, en vez de asediar La Habana como era previsible, para dejar inscrita en la historia de la competencia de los mares la batalla épica por definición, debido al sacrificio de una ciudad asediada por una flota descomunal, que también vivió su correspondiente cerco de agua salada. 

Los ingleses estaban preparados para la dificultad de tomarse esta ciudad que casi dos siglos antes ya había caído en manos de Drake, quien se contentó con un rescate millonario a cambio de no dejarla en ruinas. 

Pero esta vez los corsarios vinieron con todo para despejar su rumbo camino a las montañas del oro y la plata, y la línea del horizonte columbrada desde la altura del cerro de La Popa se ensombreció un día de marzo frente al escuadrón de 196 naves que rodearon las bocas del puerto y avanzaron con rapidez hasta llegar a las murallas del castillo de San Felipe. 

La dimensión de esta mole, que se empezó a construir en 1537, inspiraba a Felipe II asomarse cada mañana para ver despuntar desde su balcón madrileño la obra, por si acaso el fantasma de Francis Drake salía de su ataúd de plomo hundido en las aguas de Portobelo y daba un tajo en el rostro de la majadería española.

Pero cuando llegaron los ingleses pasaron dos meses sin poderse tomar el Fuerte, pues una embestida tras otra fue repelida y quedaron tantos insepultos que la contaminación de tifus hizo lo que no pudieron las armas: matar al aguerrido Blas. 

Si Cartagena hubiera sido inglesa

Sin duda esta es una historia espeluznante, pero fue tan real como el sacrificio de los pobladores sometidos al hambre, las pestes, las enfermedades y la angustia de un asedio prolongado como preámbulo de la destrucción. Y este es el martirio que las élites cartageneras parecen no valorar, quizás porque fue calamidad de indios, mulatos y milicias de castas, que sintieron el delirio antes de verse consumidos por la muerte. 

Como todavía hay personas del reino que sueñan haber sido súbditos de una colonia inglesa, concibiendo lo irreal contra los hechos, Sabas Pretelt justificaba su impulso a la placa-homenaje con el siguiente raciocinio: “¿qué tal que hubiesen vencido los ingleses? Colombia habría tenido el destino de Norteamérica, y bien habría valido la pena porque acá estuvo hasta el hermano de George Washington”. 

Esta es la lógica de nuestro exministro de gobierno. Quizás otro ingenio de la blanquecina “aristocracia” proponga desmontar el fuerte a cuyos pies riñen Blas y Charles para hacer con sus piedras el barrio “Príncipe Carlos”, y compensar de modo concreto a la prole afectada por la tara española que los corrompe. 

Ciertamente, miles de británicos voluntarios ayudaron después a la conquista republicana y muchos están enterrados en Colombia, pero cuando la “reina de los mares” organizó esta campaña bélica, no lo hizo para componer nuestra historia o liberarnos de un yugo. 

Sus casas remodeladas con ostentación y edificios de vidrio son el rastro de una sociedad racista que aún pervive y se refleja en expresiones de piratería histórica.

Su desastre último fue una remota desgracia que les impidió hacer la agresión propia contra los asediados habitantes de la ciudad. Porque esa fue la intención invasora: desolar Cartagena y remplazar el aparato político administrativo de España en América para imponer su modelo propio de colonias: extractivo, esclavista y mercantilista, semejante al ibérico pero sin “todos los colores” del reino español. 

De poca cosa puede enorgullecerse la actual ciudad de Cartagena. Sus casas remodeladas con ostentación y edificios de vidrio son el rastro de una sociedad racista que aún pervive y se refleja en expresiones de piratería histórica, que no solo demuestran la contundente ignorancia de su burguesía, sino su verdadero interés por desconocer la dignidad de sus desdeñados compatriotas. 

Ahora que no retoña entre sus ramas secas un historiador como Donaldo Bossa o Eduardo Lemaitre y que la misma clase política desconoce la historia social de Cartagena escrita por autores distinguidos en la academia, como Alfonso Múnera, la alta sociedad brinda honores de regio vasallaje al heredero de la corona inglesa, como una venia al representante de la nación menos generosa, en términos muy “reales”, con estas tierras tropicales. 

Hace tres siglos los invasores se quedaron penando entre las miasmas del Caribe; pueril será la historia de los mares que relatará a los siglos venideros la inscripción de una grieta en el mármol negro.

 

Historiador de la Universidad Nacional de Colombia.

 

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