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La izquierda frente a la segunda vuelta

Escrito por Álvaro Delgado

Álvaro Delgado

No es verdad que toda la izquierda simpatice con las Farc: aquí están los hechos. Pero sí simpatiza con la paz. Por eso apoya la candidatura Santos en un momento de debilidad y división en sus filas. ¿En qué quedaron, entonces, el Polo y los verdes?

Álvaro Delgado *

Con Santos, pese a todo

La determinación de apoyar la candidatura de Santos tomada por las agrupaciones políticas de izquierda se adoptó en circunstancias de acentuada debilidad orgánica y política de casi todas ellas, comenzando por las sindicales.

El sindicalismo, núcleo tradicional de operación política de los asalariados, sufre hoy quizás el más agudo debilitamiento desde “La Violencia” de los años 50, y el llamado “independiente” es ajeno a la lucha política y casi enemigo de ella –tanto, que no acompañó a Petro en su batalla contra los “tiburones del capital” de Bogotá.

La Central Unitaria de Trabajadores (CUT), creada fundamentalmente por los comunistas y sus aliados, poco tiene hoy qué contar sobre lucha y movilización de sus afiliados. Bajo el ojo vigilante de una central internacional creada y sostenida por los grandes consorcios multinacionales, no quiere líos con los poderes públicos y se limita a los justos reclamos de la fuerza de trabajo.  

Las organizaciones campesinas viven una ilegalidad de hecho y las de orden local o regional se ven precisadas a mantener sus oficinas en Bogotá para evitar ser asesinadas por el paramilitarismo, mientras que el gobierno incumple sus promesas agrarias (en la presente campaña electoral, por ejemplo, desaparecieron repentinamente los compromisos de crear nuevas zonas de reserva campesina).

El conjunto de la izquierda ideológica está en crisis en todos los escenarios internacionales, incluidos aquellos históricos que despuntaron en Europa a mediados del siglo XIX.

Amplias capas de la población urbana no quieren nada con la guerra pero tampoco les desvelan la paz o la guerra en el campo, donde vive, por lo menos, la tercera parte de los colombianos. Están hastiadas de oír hablar de un conflicto ajeno que solo sufren en los periódicos y emisoras de radio.

A las Farc hay que creerles su decisión de concertar la paz cuando se convencieron de que, estratégicamente, no podrían ya ganar la guerra. Tal vez fue una determinación tardía, hecha cuando su prestigio está en descenso en todos los escenarios de la vida nacional y arrastra consigo el de las organizaciones sociales asociadas con su proyecto político de alcanzar la plena liberación nacional.

Pero eso sería también parcialmente cierto, porque el conjunto de la izquierda ideológica está en crisis en todos los escenarios internacionales, incluidos aquellos históricos que despuntaron en Europa a mediados del siglo XIX.


Aída Avella,  fórmula vicepresidencial de la
ex-candidata por el PDA Clara López Obregón.
Foto: Agencia Prensa Rural

División y convergencia

La proliferación de expresiones democráticas divergentes, desde luego, puede convertirse en un acto positivo. En vez de organizaciones mastodónicas, inclinadas al despotismo, tal vez sean preferibles las formaciones ágiles que obren como equipos con iniciativas propias y contagiosas entre la gente del común, que es la que se necesita conquistar para la lucha por la paz de Colombia.  

Asimismo, la división histórica de los sectores de izquierda no puede sorprender a nadie. Ha existido desde que comenzó a delinearse con las características de hoy en los años 30. Pero no se trata de montoneras inertes manejadas por camarillas que se reparten el botín burocrático.

Pueden llegar a acuerdos “sobre lo fundamental”, como pedía el desaparecido negociador del conservatismo que se sentó al lado de los guerrilleros, o recapacitar y aceptar la alianza con quienes los expulsaron hace poco de sus filas, como ha ocurrido con los comunistas frente al Polo Democrático Alternativo.

Lo mejor que ha pasado es que el intento de la derecha uribista de reconquistar el poder a toda costa unió finalmente a todos los sectores de la izquierda, y que ese gesto puede contribuir a cerrar el paso a un nuevo régimen donde se repitan los expropiadores y las mafias criminales. 

La soledad de las  Farc

Cuando se haga el balance del camino que llevará seguramente al término de la guerra colombiana habrá necesidad de reconocer muchas mentiras de hoy que pasan por verdades.

Por ejemplo, habrá que reconocer que amigos de negociación ha habido en las filas de la extrema izquierda. Fidel Castro y sus comandantes adoraban a las guerrillas de Centroamérica y Venezuela, pero, extrañamente, nunca creyeron en las Farc, que han sobrevivido a todas ellas.

Con motivo de la segunda cita de movimientos de liberación latinoamericanos, cumplida en 1962 y que expidió la Segunda Declaración de La Habana, las nacientes Farc no fueron invitadas y cuando sus representantes se presentaron en ese inmenso auditorio pasaron inadvertidos. Solo por solicitud de alguna delegación extranjera la presidencia de la reunión, en manos de ostentosos venezolanos, accedió a escuchar un saludo protocolario que no trascendió.

Habrá necesidad de reconocer muchas mentiras de hoy que pasan por verdades.

El máximo ideólogo del castrismo en ese momento, el filósofo republicano francés Régis Debray, con sus 22 años de edad a cuestas, pintó a las Farc como una escandalosa muchedumbre de hombres, mujeres en faldas, ollas de cocina y gallinas asustadas que salían corriendo para escapar de las garras de los soldados del gobierno.

Fidel Castro estimó siempre como una “locura” la idea fariana de construir un ejército de liberación que emulara con el oficial y acabara por derrotarlo, y así lo dejó por escrito. Hugo Chávez siempre creyó en una cosa semejante.

Pero hay más. Cuando la guerrilla tomó fuerza política, desafió la autoridad y la misma existencia del Partido Comunista (PC): creó la Unión Patriótica (UP) como fuerza política. Cuando se produjo el exterminio de la UP, las Farc llegaron a la conclusión de que la lucha social pacífica también había fracasado. En una sesión plenaria del PC realizada en la segunda mitad de los 80, un vocero de la guerrilla propuso que el Partido abandonara las ciudades y se fuera a acompañar la lucha armada campesina. Cuando eso, naturalmente, no ocurrió, las Farc procedieron a crear el Partido Comunista Colombiano Clandestino.

Al final, las Farc se quedaron solas. En el curso de los últimos treinta años desaparecieron sus más cercanos pares: guerrillas centroamericanas, argentinas, uruguayas, peruanas, la ETA española. Entonces comenzó a hacerse realidad la discusión sobre las certezas farianas en un triunfo final sobre sus adversarios, hasta llegar a su propuesta de paz de 2012.

Pero hay que tener en cuenta que los gobiernos colombianos son los principales culpables de la prolongación de la guerra. La guerra no se ha eternizado por culpa de las Farc ni del “comunismo”. El crimen contra la UP fue el camino elegido por el régimen para echar a perder la solución negociada del conflicto armado, no ahora sino hace más de treinta años.


El periodista y filósofo francés Regis Debray.
Foto:  Wikimedia Commons

La izquierda y la reelección

Por fin, después de muchas vueltas y revueltas, hemos llegado a la conclusión de que el problema número uno de Colombia es la paz o la guerra.

Ahora mismo el grueso de la izquierda ha salido a apoyar la reelección de Santos para poner a salvo la salida negociada de ese pantano de horrores, pero, antes que todos, el PC y las organizaciones bajo su influencia.

En tan delicada coyuntura política hay que destacar la coherencia con la cual ha obrado el sector comunista, la primera agrupación de la izquierda en manifestar públicamente su adhesión a la reelección de Santos sin hacerse ilusión alguna sobre la naturaleza reaccionaria de ese mandato.

La experiencia política recogida en la campaña electoral de este año es lo mejor que le ha pasado a la izquierda colombiana en los últimos tiempos. Ha mostrado ante la opinión nacional lo que somos, y el peso que ahora tiene esta determinación para impedir el retorno a un nuevo mandato del crimen.

Solo que, como no era de esperar, la determinación de la izquierda por la paz y contra la muerte no ha sido completa, ni consecuente: tanto los Verdes como el Polo dejaron a sus miembros en libertad de acoger o rechazar el voto por Santos.

Tal determinación no es propia de ninguna organización política democrática y les sirve solo a los comandantes del poder y del odio. Que Peñalosa esté esperando un ministerio uribista no extrañaría a nadie, pero que Jorge Enrique Robledo lo proclame como estrategia y Clara López lo consienta o lo apoye es un gesto apaciguador y divisionista.

Los dirigentes políticos auténticos no inyectan sus penas y desgracias personales a sus compañeros de lucha sino que debaten colectivamente los problemas cruciales y respetan la decisión de las mayorías.

Los doctores Robledo y López siguen obrando bajo la inspiración invencible del anticomunismo, que los llevó a expulsar del Polo a los comunistas, mientras orondamente siguen debiendo al país una explicación sobre su conducta frente al monstruoso saqueo de los dineros públicos de Bogotá por la familia Moreno Rojas. ¿Será que en ese caso también dejaron a sus militantes en libertad de opinar?

La determinación de la izquierda por la paz y contra la muerte no ha sido completa, ni consecuente: tanto los Verdes como el Polo dejaron a sus miembros en libertad de acoger o rechazar el voto por Santos. 

Inspirado en el estudio de Lenin sobre el izquierdismo como “enfermedad infantil del comunismo”, el teólogo brasileño de la liberación, Betto Frei, afirma que “ser izquierdista es quedar enfrentado al poder burgués hasta llegar a formar parte del mismo. El izquierdista es un fundamentalista en su propia causa. Encarna todos los esquemas religiosos propios de los fundamentalistas de la fe”.

La actitud del senador Robledo es semejante a la del vecino rico que invita a su casa a los niños del barrio para ofrecerles una piñata y cuando los tiene reunidos ingresa sorpresivamente por la puerta de atrás, apaga la luz y los espanta bajo un capuchón negro que blande una resplandeciente espada cortacabezas.

 

* Periodista independiente.

 

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