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Una elección presidencial sin partidos

Escrito por Fernando Giraldo

La falta de organización y compromiso de los partidos hizo imposible que cumplieran sus dos tareas más básicas en esta coyuntura: consolidar los nuevos liderazgos y asegurar la seriedad de los acuerdos programáticos para el gobierno que viene.

Fernando Giraldo*

Uno de cada cuatro votantes potenciales

La división de los partidos políticos -manifestada en indisciplina, falta de unidad programática y meros cálculos electorales- se traduce en lentitud de las decisiones y en pérdida de oportunidades para actuar como actores políticos colectivos y no apenas como captadores momentáneos de los votos.

El potencial electoral en Colombia es de 32.975.000 personas, de las cuales el 25 de mayo votaron 13.200.000. De estos se abstuvieron de decidir los 1.136.000 que votaron en blanco, en tarjetas no marcadas o cuyos votos fueron nulos. Lo cual da un total de 21.000.000 de ciudadanos que no participaron o lo hicieron pero sin decidir por algún candidato.

El 25 de mayo votaron solamente quienes tienen cercanía con los partidos, ni un solo elector más.

En síntesis, los más de 12.000.000 de votos que apoyaron a algún candidato en la primera vuelta corresponden al 36 por ciento del potencial electoral, lo cual coincide con los estudios sobre cultura política colombiana y encuestas sobre partidos, según los cuales  menos del 35 por ciento de los ciudadanos tienen alguna afinidad, simpatía o proximidad con algún partido o dirigente político.

En otras palabras, el 25 de mayo votaron solamente quienes tienen cercanía con los partidos, ni un solo elector más.


La ex-candidata presidencial por el Polo
Democrático Alternativo, Clara López Obregón.
Foto: Bogotá Positiva

Partidos o candidatos

Los colombianos siguen votando más por personas que por partidos. Y los partidos de la Unidad Nacional y el Centro Democrático, con todo el poder y los inmensos recursos económicos, así como los partidos de los candidatos perdedores, no se movilizaron con fuerza suficiente para que las elecciones redundaran en el fortalecimiento partidista más allá de la expresión coyuntural de preferencias ciudadanas.

A esto hay que añadir que las vacilaciones y los “tira y aflojes” entre corrientes, tendencias y dirigentes de cada partido no permitieron  definir una alternativa presidencial clara y surgida de los acuerdos programáticos que deberían haberse producido sobre la base de – o al menos con el pretexto de- la necesidad de sumar la mayoría absoluta en las elecciones de este 15 de junio.

Lo anterior pudo haber respondido a la distancia que existe entre los ciudadanos y los partidos, distancia que a su vez se debe a la falta de comunicación y – sobre todo- a la carencia de ofertas programáticas sinceras y capaces de movilizar a la ciudadanía.

En estas circunstancias, si las campañas mantienen su obsesión con el tema de la paz y la guerra en vez de subrayar sus mensajes y propuestas de contenido social – de manera sincera y por tanto capaz de convencer- es muy probable que la participación electoral efectiva disminuya en lugar de aumentar en la segunda vuelta.

Alianzas y orientaciones de partido

Por eso las alianzas, el trabajo en sectores sociales y la campaña regionalizada pueden hacer la diferencia el 15 de junio.

Las alianzas, el trabajo en sectores sociales y la campaña regionalizada pueden hacer la diferencia el 15 de junio.

Desde la noche misma del 25 de mayo empezó a conocerse el forcejeo para obtener el respaldo de los otros partidos, pero ni Santos ni Zuluaga lograron plenamente su objetivo.  

  • En el Partido Conservador se produjo una deplorable división, incubada desde la Convención Nacional, cuando Marta Lucía Ramírez fue postulada como candidata y un grupo nutrido de parlamentarios insistió en la opción de seguir acompañando a Juan Manuel Santos.  
  • Por su parte el Polo Democrático Alternativo y la Alianza Verde renunciaron olímpica – e irresponsablemente- a su papel de partidos y no orientaron a sus militantes y electores para la otra jornada que se avecina. La falta de claridad y de autoridad en ambas “organizaciones” resultará en dispersión del voto, confusión del electorado y ruptura de  comunicación entre el partido y la opinión pública.

Los partidos colombianos no han logrado comprender que el sistema de ballotage (o segunda vuelta) está diseñado para estimular la competencia abierta en la primera vuelta y garantizar la legitimidad del gobierno con la exigencia de mayoría absoluta o la segunda vuelta.   

Esto implica entender que los partidos perdedores en primera vuelta deben optar sin vacilación, con disciplina, unidad y responsabilidad, por apoyar al candidato que les sea más cercano, ideológica o políticamente -o aún con el que sea “menso malo”- sin que esto signifique apoyo incondicional o entrega de la dirección a ese candidato, a su partido o a su gobierno.  


El próximo 15 de junio será la segunda
vuelta presidencial.
Foto: Registraduría Nacional del Estado Civil

Los ausentes

¿Para qué sirve y existe un partido si no puede unificarse con claridad sobre la forma como entiende los problemas de la sociedad y la manera coherente como deben resolverse?  

La situación actual demuestra cómo al mal de las herencias socioculturales y los malos  congresos, hemos sumado la intención acelerada y casi deliberada de destruir los partidos.

Los candidatos de la segunda vuelta se quedaron esperando que los partidos resolvieran sus fracturas y su descomposición ideológica y política, para acabar  negociando con sus  jefes  de manera individual. En vez de compromisos colectivos y duraderos, se limitaron a buscar los avales improbables para añadir los pocos votos que “tiene” cada dirigente, o el apoyo simbólico para sus campañas.

Los coqueteos y vacilaciones, la falta de orientación y de instancias con funciones o poderes definidos dentro de los partidos colombianos les impidió lograr acuerdos programáticos que, así fuera de manera indirecta, les habrían permitido influir y pesar sobre los caminos que adoptará Colombia en los días difíciles que nos esperan.

¿Para qué sirve y existe un partido si no puede unificarse con claridad sobre la forma como entiende los problemas de la sociedad y la manera coherente como deben resolverse?  

El panorama resulta desolador:

  • La derecha está fragmentada entre su coherencia y su radicalidad, pues tenemos una derecha democrática enfrentada a una derecha antidemocrática que goza de privilegios y que alimenta enclaves autoritarios en la sociedad.
  • La izquierda persiste en la fragmentación y el dogmatismo y no logra erigirse en una alternativa real para la sociedad, sacudida por sus propios escándalos.

Las elecciones legislativas del 9 de marzo, la primera vuelta presidencial y la falta de coherencia, claridad y responsabilidad de los partidos políticos que hemos visto esta semana, son avances inequívocos hacia el despeñadero de su destrucción como alternativas políticas para los ciudadanos.

A dos semanas de las elecciones los partidos aún tienen la oportunidad de actuar como organizaciones disciplinadas, responsables y estructuradas para orientar a los ciudadanos

 

* Ph.D. en Ciencia Política y consultor internacional.

 

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