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El Polo: el por qué de su crisis y el para dónde va

Escrito por Álvaro Delgado
Álvaro Delgado

Álvaro Delgado Qué es en realidad el Polo Democrático Alternativo, cuál es su dinámica interna, de dónde vienen sus dificultades, cuál es su futuro y cuál es su balance para el país y para la izquierda colombiana, en este análisis penetrante de un cuidadoso estudioso de la historia.

Alvaro Delgado*

 “El corto plazo inmediato es lo que le concierne a la mayoría
de la gente que enfrenta el desempleo, un ingreso seriamente disminuido y en muchos casos el no contar con un lugar donde vivir.
Si los movimientos de izquierda no cuentan con un plan para
este corto plazo, no pueden conectarse en ningún modo
significativo con la mayoría de la gente.” 

(Immanuel Wallerstein, 
La Jornada, México,
15 de marzo de 2009).

El proyecto político ya había fracasado

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La situación actual del Polo Democrático Alternativo (PDA) puede explicarse mejor si se recuerdan sus más cercanos antecedentes: la Unión Nacional de Oposición (UNO) y la Unión Patriótica (UP). La primera, como emergencia de sectores democráticos frente a la hegemonía bipartidista del Frente Nacional, y la segunda como fórmula política nacida de la guerrilla para buscar una salida al conflicto armado.

Ambos proyectos tuvieron un origen popular y democrático, ambos nacieron entre asalariados y gente del común, y ambos tuvieron los objetivos propios de la izquierda universal: la transformación de las condiciones de vida impuestas por el gran capital.

Sin embargo las dos fuerzas fueron fundamentalmente rurales y ninguna de las dos logró pasar del 4 por ciento de la votación nacional. La UNO fue derrotada por la consolidación del bipartidismo excluyente y la UP fue anegada en sangre por la extrema derecha; con esto abortó el primer intento de la izquierda colombiana por alcanzar presencia significativa en las ciudades.

En medio siglo largo de actividad de la izquierda, nunca se había dado un grado de movilización social parecido al que alcanzó la UP, quizás porque se trató del último intento popular por poner fin a la guerra que consume al país. Ocurrió lo contrario: su exterminio marcó el agotamiento del proyecto político de las izquierdas colombianas.

El Polo, proyecto electoral

El PDA es un proyecto de naturaleza totalmente distinta, así él incluya a algunos sectores de la izquierda. El Polo no es una alianza política de los de abajo para organizar la resistencia y la derrota de los de arriba. Es un convenio electoral casi espontáneo, sin responsables a bordo, producto de la agonía de las ideas revolucionarias y de las escisiones de grupos de poder incubados en las organizaciones populares –regionales y nacionales– que perdieron la asistencia ideológica y material proporcionada desde el exterior por las diversas corrientes del “socialismo real”.

Se irguieron de repente pequeñas y ambiciosas corrientes del pensamiento socialista, gestadas en los años 60 y 70 al calor de la lucha sindical, estudiantil, agrarista, y olvidando su orfandad, abandonaron los principios ideológicos y se lanzaron a la conquista de los puestos de representación popular a toda costa.

Como no podían hacerlo aisladamente, inventaron alianzas que, en recomposiciones sucesivas, confluyeron finalmente en el actual PDA, impulsor de la más importante victoria electoral de la oposición colombiana: los 2.600.000 votos de 2006, que le permitieron contar con la representación parlamentaria democrática más amplia en la historia contemporánea del país.

Del sindicalismo a los personalismos

El problema central del PDA es que en él priman las vidas y trayectorias personales en lugar de las luchas colectivas de la oposición.

Esto se debe en mucho a la debilidad del movimiento sindical. Al aniquilamiento de sindicalistas se sumaron la informalización masiva del mercado laboral, el languidecimiento de la industria nacional y la privatización de los servicios públicos para reducir la tasa de cobertura del sindicalismo y mermar su influencia en las grandes empresas.

Todavía por los años 70 u 80 los líderes sindicales morían en su ley de sindicalistas pensionados y satisfechos de su tarea. Hoy los pocos que se atreven a ingresar a la carrera sindical, están solamente de paso y tienen un norte distinto: la intervención en la vida pública a cualquier precio, el disfrute de las mieles del poder que sus antecesores de la UTC y la CTC alcanzaron sin necesidad de abandonar sus puestos.

Basta observar la nómina dirigente del Polo para notar que está compuesta en su mayor parte por antiguos líderes o asesores sindicales. Eso no tiene nada de ilegal o ilegítimo. Solo que los votos no salen de su trabajo político en el Congreso o en los concejos municipales, sino de las organizaciones sociales que ellos utilizan como simples trampolines.

En ausencia de un proyecto programático no puede haber en realidad un partido democrático.

Indisciplina y feudalización

Por eso mismo, no hay disciplina política en el Polo. El magistrado ejemplar que fue Carlos Gaviria desconoció el triunfo electoral de Petro en la consulta interna del partido; la dirección bajo su mando abandonó a su candidato presidencial de 2008 y éste se retiró, formó grupo aparte y su valerosa denuncia del negocio paramilitar se esfumó: ya nadie se acuerda de ella.

No puede haber proyecto político allí donde mandan personas que antes de ser líderes sindicales o sociales fueron empleados públicos, profesores o pequeños empresarios ligados al gran negocio urbano. Dominios familiares erigidos sobre jugosos proyectos de un falso liderazgo sindical o social.

Y enclaves de tipo parental –Moreno Rojas, Rojas Birry o Dussán– obedecen a proyectos particulares recostados al Polo y ajenos a cualquier sensibilidad democrática o siquiera reformista. Por eso, el Polo es cada vez menos una organización y cada vez más una emoción declamatoria y no movilizadora.

Sin impacto nacional ni fuerza regional

El PDA es la tragicomedia de la denuncia política independiente que acostumbró desplegar la izquierda colombiana a lo largo de sus primeros cincuenta años de lucha, así su destino fuera quedar engavetada en los escritorios de los concejos municipales, las asambleas departamentales o el Congreso nacional.

Ahora la mala suerte de las buenas ideas corre por cuenta de la propia alianza electoral. Los valiosos debates promovidos por parlamentarios del Polo –sobre el negocio de la salud pública, sobre Agro Ingreso Seguro, sobre el imperio narco-paramilitar de la Costa, sobre la corrupción de la justicia o sobre la mutilación de la Ley de Víctimas– se desvanecen aplastados por la disputa interna que esteriliza las buenas intenciones de Gaviria, Petro, Robledo, Navas Talero y Avellaneda, para hacer que el país aprendiera de los estragos de ocho años de corrupción uribista.

En vez de ampliar su presencia nacional, el PDA se encoge sobre la capital como la Piel de Zapa. Y esto lo hace por una razón de peso: la izquierda –única fuerza capaz de articular un proyecto consecuente de oposición democrática– perdió su organización histórica de base, que la mantuvo viva en las regiones durante medio siglo. Los demás grupos de la coalición que constituye el PDA y que hoy poseen las palancas de mando, nunca tuvieron esa organización.

Silencio culpable

Por lo mismo, tan grave como la inoperancia y las prácticas corruptas que exhibe la administración polista de Bogotá, ha resultado el silencio tembloroso de los sectores de izquierda con asiento en los órganos decisorios del PDA.  

En marzo de 2009, Guillermo Asprilla, dirigente independiente de esa coalición, advirtió del asunto y cosa similar hicieron Carlos Vicente de Roux y Luis Sandoval. Pero la izquierda histórica olvidó su coherencia y prefirió callar, por el temor de ahondar las divisiones y tal vez para no perturbar las pocas o muchas posiciones burocráticas de las cuales disfruta en la administración distrital.  

Dos años después de las denuncias, el comité ejecutivo del Polo se limitó a separar temporalmente de sus puestos al alcalde y a su hermano senador, encarcelado por graves imputaciones de delitos contra la hacienda pública. Los sectores minoritarios que propusieron adelantar una investigación interna salieron derrotados y corrieron a formar tolda aparte. 

Sin jefatura

Está claro que el Polo no es una alianza estratégica de la izquierda, sino un convenio de partidos y grupos heterogéneos dedicado a sacar votos y a ganar posiciones burocráticas.

Esto da cuenta de la suerte corrida por la figura más destacada de la alianza, el ex magistrado Carlos Gaviria Díaz. El Partido Comunista y el Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario (MOIR) tienen el mérito de haberlo convencido de poner sus virtudes democráticas al servicio del nuevo proyecto de alianza criolla, surgido tras la desaparición de los paradigmas soviético y maoísta.

En medio de la escasez de dirigentes, Gaviria infundió confianza a un sector amplio de la opinión que, sin ser necesariamente de izquierda, sí se siente insatisfecha con el orden excluyente del país. Más que cualquier otra cosa, el gran éxito electoral de mayo de 2006 expresó la importancia que tienen los líderes en la lucha política.

Sin embargo, las pugnas intestinas del Polo y las extravagancias de sus dirigentes en busca de figuración agotaron la paciencia de Gaviria –hombre de leyes y no de peleas de salón– quien acabó por decepcionar a los militantes más activos. La intransigencia emblemática del MOIR, por un parte, y por la otra las ambiciones desbordadas de Petro, dieron al traste con la posibilidad de un avance político para el PDA.

A cuatro meses cortos de las elecciones municipales, el Polo carece de una figura convincente para encarar a los candidatos del uribismo y casi seguramente va a perder la alcaldía más importante del país. La democracia colombiana deja escapar una “segunda oportunidad sobre la tierra”.

El desafío

Hace también dos años lo había planteado Atilio Borón respecto del conjunto de las agrupaciones de izquierda en América Latina: “Los movimientos no tienen una visión de conjunto, sino que son reactivos; salen a defenderse de las agresiones a las que los somete el capitalismo en su dinámica predadora” [1].

Y sin embargo el Polo tiene el deber de rescatar los ideales que hace unos años pactaron algunos grupos pequeños pero disciplinados de opinión y las dos o tres agrupaciones regidas por principios socialistas, que todavía creen que el país puede dar la batalla contra los efectos de la globalización y del orden narco-paramilitar que lo ahoga.

Esa sería la única manera de superar la crisis de identidad que padece el PDA.

* Periodista, investigador social. Hace parte del equipo de Movimientos Sociales, del Cinep. Autor de varios libros y colaborador de diversas publicaciones nacionales y extranjeras.

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