Izquierda y democracia: miel y acíbar de la paz que llega - Razón Pública
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Izquierda y democracia: miel y acíbar de la paz que llega

Escrito por Álvaro Delgado

Manifestación de miembros de la Unión Patriótica en el centro de Bogotá.

Álvaro Delgado

La firma de la paz traerá el resurgimiento de muchos de los ideales de la izquierda, que seguirá luchando por sus objetivos en la legalidad. Aprender de la historia de los movimientos populares de los últimos 30 años puede servir mucho en este proceso. 

Álvaro Delgado*

Parábola de la UP

En un país como Colombia, caracterizado por una profunda desconfianza en la izquierda marxista, llama la atención el hecho de que la aparición de la Unión Patriótica (UP) hace treinta años fuera saludada con esperanza por personajes tan diversos como Luis Carlos Galán, el general Gabriel Puyana y John Agudelo Ríos, primer negociador de paz con las FARC en la administración de Belisario Betancur.

No olvidemos que, impulsadas por la actividad política “upecista”, hubo zonas del país que regresaron al primer plano de la vida política nacional después de décadas de marginamiento y postración: Catatumbo, Urabá, Putumayo, Caquetá, Nariño, Cauca, Meta y buena parte de los llamados “territorios nacionales”.

Antes que como un partido político, la UP había sido concebida como un movimiento social amplio que recogería los frutos y las experiencias políticas del movimiento popular para inscribirlas en la nueva Colombia. Por espacio de dos decenios la nueva agrupación hizo el esfuerzo de olvidar que vivíamos en el país más retardatario y violento del continente.

En 1985 la UP obtuvo la mayor votación alcanzada por la izquierda colombiana contemporánea, lo que le dio una cosecha de 5 senadores, 9 representantes, 14 diputados, 351 concejales y 23 alcaldes, un logro que ningún otro movimiento político colombiano de izquierda podía mostrar.

Tan escandalosa victoria llenó de pavor a la clase dirigente. Apenas cuatro años más tarde, la región de Urabá empezó a vivir el horror de la primera gran matanza (2.500 militantes asesinados), y prontamente la UP se describiría a sí misma como “un partido en el exilio”. “Somos el retrato de la izquierda”, exclamaría veinte años más tarde el dirigente Gabriel Becerra al describir, tal vez sin pretenderlo, el tránsito hecho por la izquierda en el país de la “gloria inmarcesible”.

Sobre el genocidio de la UP, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos dijo conocer de 3.200 asesinatos y 500 desapariciones plenamente documentados, lo que lo hace un caso único en el continente. Por su parte la Fiscalía colombiana declaró que 34 asesinatos habían sido crímenes de lesa humanidad. Tal fue el tamaño del horror. El aparato oligárquico había cumplido la tarea.

En 2002, cuando comenzó la doble administración de Álvaro Uribe, el partido perdió su personería jurídica, que apenas recuperó para las elecciones de octubre de 2015 cuando la organización, prácticamente exhausta, obtuvo apenas 99.000 sufragios.

Comunistas, guerrilla y UP

Delegación de paz de las Farc en el Palacio de Convenciones de La Habana, Cuba.
Delegación de paz de las Farc en el Palacio de Convenciones de La Habana, Cuba.
Foto: FARC-EPaz

¿Será que los cambios en América Latina en los dos últimos decenios del siglo XX hicieron envejecer el modelo político de la UP? ¿Será que los hombres y mujeres que comandaban el experimento estaban viviendo en un medio social y político equivocado?

En 1985 la UP obtuvo la mayor votación alcanzada por la izquierda colombiana contemporánea.

No parece haber sido así. Quienes dieron las primeras pinceladas a este movimiento fueron líderes comunistas fogueados en la lucha, no simples soñadores, y a su lado marcharon descontentos de los partidos históricos y jóvenes inconformes. Estas personas vivían en ciudades, en pequeñas poblaciones o en lejanas regiones campesinas, y algunos habían militado en el Partido Comunista (PC) en los tiempos de la clandestinidad.

Consciente de su pequeñez numérica, en el curso de su vida legal el Partido Comunista tuvo una larga trayectoria de alianzas electorales con pequeños sectores progresistas de los partidos Liberal y Conservador, compromisos que ordinariamente se deshacían al final de los comicios. Pero la experiencia con la UP fue muy distinta y, hasta la fecha, única. La guerrilla buscó y encontró sus aliados políticos de manera independiente, tal como adelantaba sus operaciones militares.

Cuando se convenció de que no habría ninguna victoria militar frente a las Fuerzas Armadas más poderosas de Latinoamérica, la guerrilla entendió que el cambio social de Colombia requería la formación de un movimiento político independiente muy amplio, tarea que rebasaba las posibilidades materiales y políticas del tradicional PC colombiano. El PC, por supuesto, no podía oponerse a un pensamiento que coincidía con la tarea central que se había propuesto desde su fundación, cincuenta años atrás. Por eso la dirección de las FARC procedió a conformar organizaciones de la UP en todas las regiones donde hacía presencia, sin pedir permiso a nadie.

En las principales zonas de su influencia aparecieron sedes de la UP que se regían por su cuenta y que acabaron por reducir e incluso por extinguir el papel de no pocas casas regionales comunistas. El interés de las poblaciones se volcó sobre esos nuevos centros de acción y así comenzó un desarrollo en algunos casos fulgurante de la organización popular desarmada que comandaba la guerrilla.

La brutal embestida de las Fuerzas Armadas sobre esas organizaciones políticas debilitó el papel dirigente que tradicionalmente había tenido el PC. La acción de estos grupos llegó a tales proporciones que la dirección de la guerrilla tuvo la osadía de sugerir al PC que disolviera sus organizaciones urbanas y trasladara sus cuadros políticos al campo, en apoyo de la labor política y educativa del movimiento insurgente. Tradicionalmente el PC no interfiere en las políticas y la composición de los órganos directivos de las organizaciones de masas amigas, así perciba errores en ellas. Por eso la idea dejó estupefactos a todos, y tras una breve pausa los asistentes procedieron a levantar la reunión.

Creo que detrás de tan desencajada propuesta se ocultaba el hecho de que desde hacía un buen rato la dirección ejecutiva de las FARC había dejado de confiar en el papel director y orientador de los comunistas. Cuando el Ejército Nacional intensificó y perfeccionó sus golpes contra los destacamentos enemigos, la dirección de la guerrilla había pasado a manos de jóvenes que abrigaban profundas reservas en torno a la capacidad política y la disposición de ánimo del Partido.

La izquierda de hoy

Logo del Partido Comunista Colombiano.
Logo del Partido Comunista Colombiano.
Foto: Wikimedia Commons

Es posible que la UP esté dando hoy sus últimos pasos, y que nuevas formas de organización política estén germinando en las filas populares. El ya seguro desenlace final de las negociaciones de La Habana definirá notablemente el camino que trace el movimiento popular, sobre todo el campesino.

Pero no será sobre los cimientos del pasado. No habrá conflicto armado persistente y el curso que siguen los movimientos progresistas del continente no podrá ser desatendido fácilmente por los sectores revolucionarios.

Con el cese inminente de la contienda armada las diversas corrientes de la izquierda colombiana, inspiradas en los desafíos que planteara el Foro Social Mundial de 2003, vienen discutiendo el futuro inmediato de sus acciones. El pronunciamiento final de La Habana pondrá en marcha un contingente formidable de propuestas.

Ahora bien, ¿cómo se podrá discutir sobre futuro social en un país donde presidentes, ministros, jueces, senadores, gobernadores y alcaldes están ligados a poderosas mafias de compraventa de tierras robadas y a la administración de grandes empresas agropecuarias y mineras, y donde la dirección de las grandes empresas públicas roba al amparo del alto gobierno y está absolutamente postrada ante las exigencias de los monopolios extranjeros?

El pronunciamiento final de La Habana pondrá en marcha un contingente formidable de propuestas.

Para las guerrillas desmovilizadas y para su expresión política concreta no será fácil ingresar en las nuevas formulaciones de lucha unitaria de la izquierda, debido al destrozo del patrimonio de miles de familias y a las dudas políticas creadas en la población civil en el curso de la guerra. Todo el mundo conoce la arrogancia que se estila entre los cuerpos armados, cualesquiera que ellos sean.

Pero no estamos ya en los delirios bélicos de los años ochenta y noventa, y vastos sectores de la población trabajadora siguen sin poder recomponer su vida. Por ejemplo es un dato muy diciente la caída en picada del prestigio de la izquierda en la región de San Vicente del Caguán, corazón de la izquierda histórica del sur colombiano.

Sin embargo la lectura de la prensa independiente permite apreciar que en los últimos años han venido creándose nuevos núcleos de pensamiento democrático. Su concepción ideológica está alejada de los dogmas históricos, que tanto daño han hecho, y la pedantería anticomunista está generalmente ausente de las propuestas de cambio de la acción popular.

Por lo demás, los dirigentes nacionales del movimiento guerrillero son ampliamente conocidos por la población, sobre todo la rural, y ellos mismos, en sus largas discusiones con los negociadores de la paz, han tenido ocasión de tantear el estado de ánimo que hoy por hoy reina en el escenario político. No llegarán a la legalidad inadvertidos.

El posconflicto es una nueva oportunidad para que la izquierda sin ribetes ponga a disposición de la comunidad política la experiencia adquirida en tantos años de brega en las más diversas regiones del país. Si los voceros de la exguerrilla logran introducir en su conducta política, y no solamente en el discurso, la rica experiencia que les dejó la larga negociación con el “enemigo de clase”, estará asegurado su aporte a la complicada paz que nos espera.

 

* Periodista independiente.

 

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