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El cine colombiano, hoy

Escrito por Daniel Bonilla
Daniel Bonilla Festival cine

Daniel Bonilla Festival cineLa ley del cine promulgada en 2003 cambió las reglas de juego: la producción nacional — comercial y de autor — entró en un escenario de crecimiento sostenible. Poco a poco está conquistando a un público cada vez más diverso, crítico y exigente.

Daniel Bonilla*

Frágil, pero saludable

2012 fue un año fecundo para la cinematografía colombiana: 23 largometrajes entraron a la cartelera, superando en cinco los estrenos del año inmediatamente anterior. Muchos de ellos llegaron precedidos por exitosas giras en festivales alrededor del mundo y, en algún momento del año, cinco títulos se exhibían de manera simultánea.

 

 

Daniel Bonilla cine colombiano semanaFoto: Ministerio de Cultura

A simple vista, todo indicaría que estamos entrando en un escenario ideal para el cine colombiano, pues se supone que el número de nuevas producciones aumentará en los próximos años.

Pero estas cifras contrastan con el desequilibrio de los movimientos de taquilla: mientras que películas con abierta vocación comercial como La cara ocultaEl cartel de los saposEl paseo 2 Mi gente linda, mi gente bellalograron gran asistencia — superando en varios casos los quinientos mil espectadores — otras como PorfirioEl resquicioLa playaLa sirgaSin palabras Apatía tuvieron una acogida relativamente pobre.  

En lo que va corrido de 2013 se han estrenado seis películas, y se espera que vengan muchas más para el segundo semestre. Resultaría irónico que justamente cuando se cumplen diez años de la promulgación de la ley 814 de 2003 — la ley del cine — el número de producciones estrenadas cayera drásticamente.

Pero pese a los resultados en taquilla — que muchas veces no dependen de las mismas películas, sino de decisiones tomadas por distribuidores y exhibidores — es posible afirmar que el cine colombiano goza de buena salud.

Segmentos significativos del público empiezan a acudir a las salas atraídos no por el hecho de apoyar una película colombiana, sino porque quieren ver una película a secas, sin adjetivos. Ese comportamiento es producto de la mejor calidad técnica y de las historias que se cuentan en pantalla.

Ese público tiene una gran responsabilidad sobre sus hombros: permitir la coexistencia entre las propuestas abiertamente comerciales y esas otras voces, tan necesarias para la consolidación de una industria.

Como sucede en todo el mundo, el gran obstáculo es la necesidad de garantizar retornos aceptables a las inversiones realizadas en películas, lo cual sofoca en muchos casos propuestas de corte independiente o alternativo.

Y si los mercados de Europa, Asia y Estados Unidos han  sabido construir un ecosistema sólido que permite a la vez la difusión del cine comercial y del otro cine, en Colombia aún estamos en una suerte de infancia frágil, pero con un futuro promisorio. 

La gráfica siguiente presenta la evolución de la asistencia total a las salas de cine en Colombia entre 2007 y 2012 y de las cifras recaudadas en taquilla, en miles de millones de pesos constantes (de diciembre de 2012) y en millones de dólares.

 tabla arte y cultura

Fuente: Proimágenes Colombia.  Cine en Cifras. Boletín Nº 4. 2013.

La conclusión salta a la vista: la buena salud del mercado nacional es un compromiso no solo para los realizadores, sino también para la crítica especializada, la formación técnica, los festivales, la investigación y el encuentro comercial y artístico con cinematografías de otros países. Por ahora, la presencia en las salas crece y las salidas al extranjero están a la orden del día, pero el camino recién empieza y cada vez los retos son mayores.

Segmentos significativos del público empiezan a acudir a las salas atraídos no por el hecho de apoyar una película colombiana, sino porque quieren ver una película a secas, sin adjetivos. 

¿Cómo clasificar al cine colombiano?

Uno de esos retos es cuestionar la afirmación de que el cine colombiano tiene la obligación de construir procesos de identidad nacional, es decir, que el público pueda verse reflejado en sus películas, que las historias que reciba digan algo de su propia realidad y lo interpelen en su condición de colombiano.

Este supuesto revela una gran grieta conceptual, porque exige que primero se defina qué es ser colombiano, qué es aquello que caracteriza a una población más allá de una nacionalidad y una frontera.

La propaganda institucional y la televisión han hecho algunos intentos. Otro tanto han logrado la música, la religión y el fútbol, y por supuesto el dolor histórico compartido por años y años de violencia a todos los niveles. Pero, ¿son suficientes todos esos símbolos para galvanizar lo heterogéneo de quienes habitamos este país?

Los interrogantes sobre la identidad nacional también se plantean en el ámbito del cine colombiano: los postulados de la ley que rige y estimula la producción cinematográfica  establecen que una película es colombiana si responde a unos porcentajes significativos de participación de nacionales en ella — actores, directores, productores, personal técnico… —, pero en otros escenarios se utiliza esa etiqueta sin discriminación alguna para referirse a un conjunto de películas producidas en nuestro país o que tocan temas “colombianos”.

Las categorizaciones siempre serán problemáticas, más aún en el caso del cine. Las grandes industrias logran clasificar sus productos con fines comerciales, técnicos o jurídicos. Las denominaciones genéricas de origen, por ejemplo, operan en ese sentido.

También existen movimientos, tendencias y escuelas que obedecen a esa misma lógica clasificatoria. Pero a pesar de que hablemos de “cine japonés”, no hay nada más diferente que el cine de Akira Kurosawa y el de Yasujiro Ozu. Lo mismo ocurre cuando nos referimos al “neo–realismo italiano”, pero nos vemos en aprietos para precisar las similitudes entre Vittorio de Sica y Michelangelo Antonioni. Incluso, este último ejemplo pone de manifiesto las diferencias sustanciales entre el Antonioni de los años cuarenta y el de los sesenta, como ocurre con muchos de sus contemporáneos italianos.  

Los postulados de la ley que rige y estimula la producción cinematográfica establecen que una película es colombiana si responde a unos porcentajes significativos de participación de nacionales en ella.

Surgen entonces nuevas preguntas aplicables a nuestro entorno:

· ¿De qué hablamos cuando usamos la etiqueta “cine colombiano”?

· ¿Qué se define bajo ese mote?

· ¿En qué se parecen Los viajes del viento y Estrella del sur?

· ¿Qué tienen en común Edificio Royal y El paseo?

· ¿Se podría hablar de Saluda al diablo de mi parte como una película estrictamente colombiana?

Al llegar a este punto, ya es preciso reconocer que toda intención por categorizar al cine de factura colombiana empieza a tambalear. Y eso habla muy bien de nuestro cine: un cierto conjunto de películas que intentan obedecer a tendencias y aplicar fórmulas para obtener réditos en taquilla, junto a un número mayor de películas que se caracterizan por su singularidad, por no parecerse entre ellas, porque exploran nuevos lenguajes y temáticas, que, si bien en algunos casos acuden al color local, también se preocupan por dialogar con el mundo ancho y ajeno de la producción cinematográfica mundial.

Hubo una época en Colombia — y eso se nota aún en algunos prejuicios más o menos difundidos — cuando nuestro cine era objeto de opiniones peyorativas: en los ochenta se afirmaba que las películas colombianas se caracterizaban por sonar mal, luego se dijo que el cine colombiano solo hablaba de violencia y de narcotráfico. Incluso, muchos de los detractores de Dago García critican su vocación por las historias de humor blanco y cuadros de costumbres de la familia colombiana de clase media.

Intentar forzar la variedad de nuestra producción para que encajen en estándares, géneros y categorías — está visto — siempre será injusto o impreciso, porque si algo se ha logrado en los últimos diez años es la diversificación de la oferta, y ahora se asumen muchos más riesgos artísticos y estéticos que antes. Hoy por hoy, si alguien sigue diciendo que “el cine colombiano siempre habla de lo mismo”, es muy probable que haya visto muy pocas películas recientes.

Buenas perspectivas

 

 

Daniel Bonilla nuevo cine colombiano La Sirga

Foto: Proimágenes Colombia

Es cierto, nuestro cine todavía adolece de grandes debilidades: los presupuestos son raquíticos. Técnica y argumentalmente podría ser mucho mejor. Pero sigue avanzando en su afán de explorar nuevas posibilidades desde que la producción se disparó durante los últimos diez años.

Es justo reconocer la labor incansable de quijotes solitarios que sentaron las bases del panorama de hoy.  Hay que celebrar que — pese a la dictadura de la taquilla — nuestro cine se resiste a dejarse encasillar en categorías generalizadoras.

Al volver la vista a los estrenos de los últimos diez años, se encuentran ejemplos que sustentan las afirmaciones anteriores:

· películas contemplativas e intimistas como La sirgaEl vuelco del cangrejo o Los viajes del viento;

· dramas sociales de corte realista como Los colores de la montañaRetratos de un mar de mentiras o Estrella del sur;

· suspenso y misterio en Al final del espectro La cara oculta;

· relatos urbanos como La playa La sangre y la lluvia;

· experimentos narrativos como Edificio Royal;

· ciencia ficción para el caso de Soy otro;

· género negro en Perro come perro El rey;

· animaciones como Gordo, calvo y bajito;

· documentales, comedias blancas y negras, cuadros de costumbres, sicaresca, películas de carretera, historias de amor y odio.  En fin, la lista sería interminable.

Hay películas buenas y malas, las hay para gustos diversos y a veces contradictorios, como en todos los lugares del mundo, pero sobre todo existe un clima de preocupación por la diversidad en las propuestas. No de otra forma se podría narrar audiovisualmente nuestro país, sino subrayando lo heterogéneo y lo plural que nos caracteriza.

Si algo se ha logrado en los últimos diez años es la diversificación de la oferta, y ahora se asumen muchos más riesgos artísticos y estéticos que antes. 

Afortunadamente, la propia historia de más de cien años del cine ha contradicho las pretensiones totalizantes en torno a las identidades nacionales, dando lugar a expresiones más libres que trascienden las fronteras.  

El público empieza a valorar las películas en su diferencia, por fuera de la etiqueta a veces molesta de “cine colombiano”. Irá comprendiendo que la variedad permite al cine convertirse en expresión de libertad.

El mercado cada vez más agresivo seguirá imponiendo en la cartelera comercial las fórmulas exitosas de siempre, pero una cinematografía emergente como la nuestra puede también ofrecer productos novedosos que atraigan a grandes masas de público.

El cine en Colombia goza de buena salud, porque no es esclavo de la taquilla, pero para consolidar una producción nacional de calidad debe ser capaz de formar un público dispuesto a pagar una boleta y así asegurar su supervivencia en un futuro cercano. El porvenir se anuncia esperanzador: un público que consume diversidad tiende a volverse cada vez más exigente, crítico y libre de prejuicios.      

 

*Profesional en Estudios Literarios de la Universidad Javeriana, estudiante de la maestría en Psicoanálisis, Subjetividad y Cultura en la Universidad Nacional de Colombia, profesor universitario de apreciación cinematográfica, columnista, editor y realizador radial.

twitter1-1@Seppukultura 

 

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