Colombia, tierra fértil para los festivales de cine - Razón Pública
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Colombia, tierra fértil para los festivales de cine

Escrito por Daniel Bonilla
Festival de cine

Cartagena ya es un ícono: el festival más antiguo de América Latina llega a su edición 53.  Formar nuevos públicos, ampliar la oferta más allá del cine puramente comercial, hacer soñar en medio de rituales casi religiosos…

“Si el cine consigue que un individuo olvide por dos segundos que ha aparcado mal el coche, no ha pagado la factura del gas o ha tenido una discusión con su jefe, entonces el cine ha alcanzado su objetivo”.

Billy Wilder

Promesa de felicidad

Con la presentación de Roa — la película más reciente del director caleño Andrés Baiz — hace un par de días se abrió oficialmente la 53ª edición del Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias (FICCI), el más antiguo de América Latina.

Lleno total en la Plaza de la Aduana para el acto inaugural de este evento que cada año, desde 1960, atrae por igual a un público expectante y a un sinnúmero de personas vinculadas de una u otra forma con la industria del cine, para celebrar el mágico ritual de sentarse frente a una pantalla, guardar silencio y dejarse llevar por una pequeña promesa de felicidad.

Oasis frente a la cartelera

Pero, ¿por qué los festivales de cine? O mejor aún, ¿para qué sirven? Una de las respuestas posibles puede ser, con toda justicia, porque los festivales son la excusa perfecta para ver buenas películas.

 

 Festival de cine

Frente a la desmedida vocación financiera de la industria de Hollywood y a la incansable repetición de fórmulas efectistas, los festivales se convierten en una suerte de oasis para descubrir maravillas a las que difícilmente tendríamos acceso si solo dependiéramos de la cartelera comercial.

Pero ello también supone un problema: por definición, un festival se desarrolla durante un período corto, durante el cual la intensidad de la exhibición puede dejar exhausto e inconforme a un espectador promedio.

Es virtualmente imposible que, durante los días de un festival, un ciudadano de a pie pueda siquiera acercarse a una buena proporción de las películas. Pero aún así, armar un itinerario, marcar las preferencias en la programación, recorrer los lugares de exhibición y asistir a las conferencias se convierte en un ejercicio delicioso para quienes han hecho del cine una de sus compañías favoritas.

Lo ideal sería poder ir de un festival a otro, pero esta actividad está vedada al cinéfilo promedio.  Ese privilegio queda reservado a periodistas, a organizadores, a directores, a productores e invitados especiales, que curiosamente, son quienes menos películas ven.

Por ejemplo, las grandes celebridades que intervienen en un festival por lo general tienen agendas tan apretadas que su participación se reduce a los actos protocolarios, a algunas apariciones, a entrevistas y a la vida social imprescindible en eventos de esta naturaleza.

Se exceptúan críticos y jurados, cuya misión efectivamente es apreciar, evaluar y calificar las películas y, de esa forma, convertirse en una voz autorizada que sirva como guía para la masa de espectadores.

El problema con los festivales es, en definitiva, el mismo que aqueja a la gran industria cinematográfica: siempre habrá sobreoferta. Debido a las condiciones particulares del mercado y al sistema de distribución de películas, el acceso a ellas es necesariamente  restringido.

Construcción de identidad

En el caso colombiano es además necesario subrayar la necesidad de formar nuevos públicos, dado lo precario de nuestra industria, todavía en crecimiento.  Los festivales son  escenarios vitales para este propósito, pues permiten exhibir películas que difícilmente podrían ser vistas en condiciones normales: un gran atractivo para esos nuevos públicos que buscan ampliar su horizonte e indagar por propuestas novedosas.

Pero por otro lado, a la par del glamour estereotipado de la alfombra roja y la posibilidad real de interactuar con los ídolos de la pantalla grande, un festival en tanto acto ritual de congregación, tiene el imperativo de construir una mitología a su alrededor, y ese es posiblemente el reto más grande.

Cannes, Berlín, Toronto, Sundance, Venecia, Locarno, Rotterdam o San Sebastián… no solo deben su fama al volumen de negocios que allí se realizan o a la cantidad de estrellas invitadas, sino a que han sabido granjearse un nombre y construir rasgos que los identifican y diferencian. Sobre esos rasgos han edificado cultos casi religiosos, la clave sobre la cual  se sostiene su prestigio. Posicionamiento de marca, en el lenguaje de los publicistas.

Dinamismo y diversidad

En 2013, el Festival Internacional de Cine de Cartagena llega a su edición número 53, pero también es el primer año en que otra ciudad cercana a la Heroica organiza su propio festival: el de Barranquilla se suma a los más de setenta festivales y muestras de cine y audiovisuales de diversos niveles y categorías que existen en Colombia, según fuentes consultadas en el Ministerio de Cultura.

Este solo hecho ya es significativo. Al igual que Barranquilla, Cali, una ciudad tan importante para el desarrollo de la cultura cinematográfica en Colombia, se lanzó hace unos años a la tarea titánica de organizar un festival de cine propio, bajo la orientación del reconocido Luis Ospina, una de las figuras más autorizadas del cine en Colombia.

Que tengamos noticias de tantos festivales a lo largo y ancho de nuestra geografía es digno de celebrarse pero, sobre todo, es algo que debe estimularse desde instancias públicas y privadas para que estos esfuerzos perduren por largo tiempo.

El año pasado, por citar un ejemplo, el Festival de Cali tambaleó por problemas en su financiación y por la inestabilidad que muchas veces se produce en el ámbito de la cultura a causa de las coyunturas electorales y los cambios de gobierno. Finalmente logró salvarse, y en noviembre pasado llegó a su cuarta versión.

Pero así como lo de Cali tuvo presencia mediática y el apoyo de importantes personalidades de la cultura, los festivales más pequeños, por no decir invisibles, no cuentan con la misma suerte y están en permanente riesgo de desaparición.

Fiesta y mística

Aunque muchos cuentan con el auspicio de universidades, de organizaciones internacionales o de empresas productoras, también los hay que dependen de dineros estatales o de patrocinios que nunca están plenamente asegurados: eso los vuelve muy  frágiles, de modo que su permanencia queda en manos del público, que debe copar las salas y apropiarse de esos espacios.

Por esa misma razón, resulta loable la iniciativa de Cartagena: ofrecer gratuitamente la casi totalidad de las funciones en salas y muchas proyecciones al aire libre. El cine no debe  convertirse en una instancia excluyente y los festivales no deben perder ese ingrediente crucial del séptimo arte: convocar a muchísimos espectadores.

Es pues verdad que entre más festivales haya, mucho mejor, siempre y cuando sean capaces de construir una mística con su público, ya sea el de una ciudad, un nicho o un colectivo cualquiera. Cada uno de ellos debe sentirse querido, aceptado e invitado a la gran fiesta, porque seguramente sin ellos, ésta quedaría incompleta.

¿Qué sería de las estrellas sin nadie allí para mirarlas, para admirarlas?

* Profesional en Estudios Literarios de la Pontificia Universidad Javeriana. Profesor universitario, columnista, editor, y realizador radial

twitter1-1@Seppukultura

 

 

 

 

Daniel Bonilla Festival cine

Daniel Bonilla *

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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