1986: el Chernóbil de los libros
Foto: Getty Images

1986: el Chernóbil de los libros

Compartir:

Hace 40 años, mientras en Chernóbil, al norte de Ucrania, ardía el reactor nuclear soviético, a 10.000 kms al oeste, en California, se quemaba la Biblioteca Central de Los Ángeles. ¿Qué pérdidas dejó esta monstruosa conflagración?

El 27 de abril de 1986 era un típico día de primavera en Inglaterra. El cielo lucía gris, con el tono melancólico que caracteriza la mayor parte del tiempo a la isla británica, más aún por tratarse de un domingo en la tarde. Por fortuna, la temperatura era agradable, por encima de los 18 grados, lo que compensaba el ambiente.

Una ligera brisa mecía los árboles floridos que podía ver desde la ventana del pequeño apartamento que ocupaba en las residencias Allan Bullock de la Universidad de Oxford. Leía muy concentrado algún libro de historia de Colombia, pero mantenía encendida la televisión, sintonizada en el canal público BBC1. Me gustaban sus excelentes documentales históricos y el noticiero que se emitía cada hora.

La tarde languidecía hacia las 6:30 p.m. cuando me llamó la atención que, por primera vez en los casi dos años que llevaba como asiduo televidente de ese canal, se interrumpiera la programación para anunciar un extra noticioso. Muy circunspecta, la presentadora informó que desde Suecia se habían recibido alertas que indicaban el avance hacia su territorio de una nube radioactiva proveniente del norte de Ucrania, entonces parte de la Unión Soviética.

A la mañana siguiente, Finlandia y Alemania también reportaron la presencia de partículas radiactivas en su territorio, arrastradas por los vientos dominantes en esos días. La inquietud empezó a generalizarse en toda Europa, hasta que en la noche de ese lunes 28 de abril la televisión oficial soviética emitió un escueto comunicado dando cuenta de un “daño” producido en la madrugada del día 26 en uno de los reactores de la central de energía nuclear de Chernóbil.

En los días posteriores, las autoridades soviéticas trataron de minimizar las dimensiones del accidente, pero, ante las presiones de los gobiernos europeos, tuvieron que reconocer la gravedad de los hechos e incluso solicitar ayuda internacional para hacerle frente a los efectos provocados, no precisamente por un “daño”, sino por la explosión de un reactor nuclear.

Foto: Contexto

Como era de esperarse, lo que se conoció en los días siguientes acaparó la atención mundial y puso a Europa entera en vilo por las repercusiones que eventualmente podría tener el desastre de Chernóbil. No era para menos: se trataba de la mayor catástrofe en la historia desde la utilización, con fines civiles, de la energía nuclear. Así la cubrieron todos los medios de la época —la prensa, la radio y la televisión—, pues aún no existían las redes sociales. Parecía difícil, por no decir imposible, que otro acontecimiento desplazara a Chernóbil de los primeros planos de los medios, pero lo hubo…

El Chernóbil del otro lado del mundo

El 29 de abril de 1986 fue un típico día de primavera en California. En Los Ángeles, el cielo lucía un azul deslumbrante y un aire fresco acariciaba a los transeúntes que caminaban por los alrededores de la Biblioteca Central o aguardaban la apertura de sus puertas a las 10:00 a.m.

El edificio de la Biblioteca, diseñado por el arquitecto neoyorquino Bertram Goodhue, fue inaugurado hace cien años, el 15 de julio de 1926, luego de una intensa campaña de sus habitantes, quienes no concebían que la ciudad careciera de una biblioteca a la altura de las que tenían otras urbes de los Estados Unidos. Los Ángeles —decían sus vecinos— debía contar con una soberbia biblioteca pública si quería ocupar un lugar honorable entre las ciudades progresistas del país.

Y la tuvo. Luego de un riguroso proceso de diseño y rediseño, el proyecto —que combinaba diferentes estilos arquitectónicos— fue aprobado y se colocó la primera piedra el 3 de mayo de 1925. Cuando se inauguró, abundaron los elogios y la ceremonia fue todo un espectáculo inolvidable que hinchó el orgullo de los angelinos.

Foto: La Tercera

Durante décadas, el edificio se destacó en el paisaje de la pujante ciudad californiana; sin embargo, el imparable crecimiento urbanístico terminó por cercarlo poco a poco, hasta dejarlo rodeado de enormes torres de cemento, acero y vidrio. No obstante, su símbolo más visible —una escultura que portaba una antorcha conocida como la Luz del Aprendizaje— permaneció erguido en medio de los avisos publicitarios de las grandes corporaciones económicas norteamericanas. La biblioteca se fue convirtiendo rápidamente en el receptáculo del saber, el conocimiento y la cultura no solo del oeste de los Estados Unidos, sino del país y del mundo entero.

En 1986, una estimación tentativa de las compañías aseguradoras incluía al menos dos millones de libros, manuscritos, mapas, revistas, periódicos, atlas, discos; cuatro mil documentales; registros de censos que databan de 1790; programas impresos de todas las obras de teatro de Los Ángeles desde 1880; los directorios telefónicos de todas las ciudades de los Estados Unidos. Uno de los ejemplares de la primera edición en Folio de todas las obras atribuidas oficialmente a Shakespeare que databa de 1623; 250.000 fotografías de Los Ángeles fechadas desde 1850; manuales de reparación de carros de todos los modelos existentes desde el Ford T de 1908; 5.000 muñecas tradicionales de  los cinco continentes; 21.000 libros de deportes, y la mayor colección de libros sobre alimentación y culinaria existente en Estados Unidos: 12.000 mil volúmenes, que incluían 3.000 de cocina francesa, treinta sobre naranjas y limones, y seis guías para cocinar insectos, entre ellas una titulada Mariposas en mi estómago.

Sería interminable conocer el registro de las personas que durante sesenta años entraron a la biblioteca para utilizar y disfrutar de los tesoros que albergaban sus salones. Sin embargo, vale la pena mencionar el nombre de un aficionado a la lectura que la visitó durante trece años seguidos porque no tenía dinero para matricularse en una universidad: Ray Bradbury. Allí concibió una novela que pensaba titular El bombero, sobre la quema de libros en una sociedad distópica.

El título no terminaba de convencer ni a Bradbury ni a sus editores. Consultó entonces al jefe del departamento de bomberos de Los Ángeles acerca de la temperatura a la que ardía el papel, y su respuesta se convirtió en el título del libro de culto que hoy conocemos, publicado en 1953: Fahrenheit 451. (232.78 grados Celsius)

Harry Peak Jr. fue el nombre de otro visitante de la biblioteca. En 1986, a los veintisiete años, era un actor frustrado, como los miles que recorrían las calles de Hollywood en busca de celebridad. Nunca había figurado ni siquiera como extra en ninguna película ni en la televisión. Tampoco se le conocía como lector. No se descarta, sin embargo, que hubiera leído Fahrenheit 451 y que quedara fascinado por la descripción, casi mágica, de la quema de libros que aparece en sus páginas.

El hecho es que el 29 de abril de 1986 Harry fue uno de los visitantes casuales que entró a las 10:00 a.m. a la Biblioteca Central de Los Ángeles. A esa misma hora, y al otro lado del mundo, cientos de bomberos llegados de distintas ciudades ucranianas luchaban desesperadamente por controlar el fuego que irradiaba el reactor nuclear de la central de Chernóbil. Entre las 10:30 y las 10:45, hora local en California, Harry, el pirómano, procedió a prender fuego a la biblioteca, que en cuestión de pocos minutos empezó a arder por los cuatro costados durante más de siete horas.

Las condiciones en el interior del edificio generaron una proporción perfecta entre oxígeno y combustible, lo que provocó que el fuego alcanzara temperaturas solo posibles de obtener en un laboratorio: ¡entre 1000° y 1300° Celsius! Intentar salvar lo que las llamas consumían vorazmente se volvió prácticamente imposible.

Lo que el fuego se llevó…

Alrededor de las 6:30 p.m., el incendio fue finalmente extinguido. La columna de humo que aún se observaba sobre el cielo de la ciudad, por supuesto, no podía competir con la que seguía viva en Chernóbil. Pero el incendio no dejaba de ser igualmente una gran tragedia, porque, si bien no hubo víctimas, los daños fueron inconmensurables.

Cuatrocientos mil libros quedaron reducidos a cenizas y más de setecientos mil resultaron severamente dañados por el calor, el humo y el agua. Entre los primeros figuraban un volumen de Don Quijote de 1860, ilustrado por Gustave Doré, así como todos los libros sobre la Biblia, la cristiandad y la historia de la Iglesia.

Corrieron la misma suerte todas las biografías de la H a la K; todas las obras de teatro estadounidenses y británicas, incluidas las de Shakespeare; noventa mil libros sobre computadores, astronomía, física, química, biología, medicina, sismología, ingeniería y metalurgia; un libro de Andrea Palladio, uno de los arquitectos más influyentes de la Venecia del siglo XVI; cuarenta y cinco mil obras literarias de autores cuyos apellidos comenzaban por A hasta los que comenzaban por I; nueve mil libros sobre economía, dieciocho mil de ciencias sociales, doce mil de cocina; todas las publicaciones y volúmenes de arte impresos en papel satinado; todos los de ornitología; tres cuartas partes de los microfilmes, y un largo etcétera.

Difícil imaginarnos el espectáculo dantesco que debió de ser la biblioteca presa de las llamas; quizás algunas escenas de la versión fílmica de Fahrenheit 451 podrían servirnos. Pero la congoja e impotencia ante el infierno desatado por el fuego, devorándose sin piedad tantos libros, podemos leerla justamente en un libro: El nombre de la rosa, de Umberto Eco, en boca del novicio benedictino Adso de Melk al ver a su maestro, el fraile Guillermo de Baskerville, tratar en vano de apagar el incendio de la biblioteca de la abadía donde transcurre la novela:

Justo en aquel momento vi a Guillermo que aparecía por la puerta del refectorio, con el rostro chamuscado, el hábito humeante y una gran olla en la mano, y me dio pena, pobre alegoría de la impotencia. Comprendí que, aunque hubiera logrado transportar hasta el segundo piso una cacerola de agua sin volcarla, y aunque lo hubiese logrado más de una vez, era muy poco lo que debía de haber conseguido. Recordé la historia de San Agustín, cuando ve a un niño que trata de trasvasar el agua del mar con una cuchara: el niño era un ángel y hacía eso para burlarse del santo, que pretendía penetrar los misterios de la naturaleza divina. Y como el ángel me habló Guillermo, apoyándose exhausto en la jamba de la puerta:

—Es imposible, Nunca lo lograremos. Ni siquiera con todos los monjes de la abadía. La biblioteca está perdida.

A diferencia del ángel, Guillermo lloraba… 

(La información sobre los detalles del incendio de la Biblioteca Central de Los Ángeles fue tomada del libro La Biblioteca en llamas, de Susan Orlean.)

Le recomendamos: De sobremesa: Grietas de la luz de Federico Díaz Granados

*Una versión de este texto se publicó en Contexo Media el 18 de abril de 2026.

Acerca del autor

Gustavo Bell Lemus
gbell@razonpublica.org | + posts

*Historiador, abogado y político barranquillero. Se ha desempeñado en su carrera pública como Gobernador del Atlántico,Vicepresidente de Colombia y Embajador en Cuba durante los diálogos de paz con las FARC en La Habana.

0 comentarios

Gustavo Bell Lemus

Escrito por:

Gustavo Bell Lemus

*Historiador, abogado y político barranquillero. Se ha desempeñado en su carrera pública como Gobernador del Atlántico,Vicepresidente de Colombia y Embajador en Cuba durante los diálogos de paz con las FARC en La Habana.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

últimos artículos

Arte y Cultura

Una subestación militar en la Isla Gorgona acabará con años de progreso

Arte y Cultura

El legado de Gabriel García Márquez: cenizas sobre el mar

Arte y Cultura

El humor en la literatura: una lectura de la novela Jota, caballo y rey

Portada del libro Tríptico de la Infamia del escritor Pablo Montoya.
Arte y Cultura

Tríptico de la infamia: la belleza y el horror

ISSN 2145-0439

Razonpublica.com se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 3.0 Unported. Basada en una obra en razonpublica.com.

Click to listen highlighted text!