
La Universidad de La Paz: una lección para replicar en la región Caribe*
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La creación de una sede de la Universidad Nacional en el Cesar ejemplifica el papel fundamental de la educación pública en la formación del capital humano que requieren tanto el departamento como la región.
Con ocasión de la cuarta edición de la Feria del Libro de Valledupar (Felva), celebrada del 4 al 7 de junio pasado, tuve la oportunidad de visitar las instalaciones de la sede de la Universidad Nacional de Colombia ubicadas en jurisdicción del municipio de La Paz, a tan solo veinte minutos de la capital del Cesar.
Era un viejo sueño que albergaba desde que supe, a mediados de la década pasada, que en esa amable ciudad que es Valledupar se gestaba un proyecto de esa naturaleza.
La creación de una sede de la Universidad Nacional en el Cesar representaba el comienzo de la reparación de una injusticia histórica con la región Caribe, que se había prolongado durante casi ciento cincuenta años: la Nacional —la principal institución de educación superior del país— fue fundada en Bogotá en 1867 y, posteriormente, abrió sedes en Medellín (1936), Palmira (1946), y Manizales (1948), todas ellas ubicadas en la región Andina.
Para el desarrollo de nuestra región, no se trataba de una desventaja menor. Aunque la Universidad Nacional, como institución pública, estaba abierta a los colombianos de todas las regiones del país, cuanto más lejos se encontrara una persona de sus sedes, más difícil y costoso le resultaba acceder a sus programas académicos. En contraste, para los habitantes de Bogotá, Medellín, Cali (Palmira se encuentra apenas a 32 kilómetros de esta ciudad) y Manizales, constituía un privilegio contar con una sede de la universidad cerca de sus hogares.
Mientras tanto, y hasta 1946, año en que se fundó la Universidad del Atlántico en Barranquilla, los habitantes de toda la región Caribe solo contaban con la Universidad de Cartagena para cursar estudios superiores. No sorprende, entonces, que los profundos desequilibrios regionales que caracterizan a Colombia en materia de formación de capital humano tengan raíces que se remontan a mediados del siglo XIX.
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Visitar las instalaciones de la Unal en La Paz fue, sin duda, una experiencia muy grata. Al concluir el recorrido por su campus, tuve la impresión de que quienes la concibieron, promovieron e hicieron posible poseían una visión amplia y ambiciosa del proyecto, acompañada de una clara perspectiva de largo plazo.
El diseño de sus edificios, los materiales empleados y la calidad misma de la construcción son excepcionales. Hermosos y sobrios, con amplios espacios para el esparcimiento de los estudiantes y una arquitectura fresca y armónica con el entorno, constituyen una apuesta decidida por la excelencia académica. No exagero al decir que es la mejor infraestructura física de educación superior que posee la región Caribe
En este contexto, sorprende la ausencia de grafitis y de carteles adheridos a las paredes, una imagen frecuente en muchas universidades públicas. En la sede de La Paz, sin embargo, esas manifestaciones de la libertad de expresión encuentran un espacio en las carteleras institucionales dispuestas en todos los edificios. Este comportamiento refleja un sentido de pertenencia de los estudiantes hacia su alma mater y un compromiso compartido con el cuidado de los espacios universitarios.
De otro lado, los árboles nativos, en plena floración, aportan una nota de color y belleza al conjunto arquitectónico de esta magnífica universidad, enclavada entre la Sierra Nevada de Santa Marta y la Serranía del Perijá.
Debo reconocer, sin embargo, que más allá de la grata impresión que me causaron las instalaciones físicas de la Universidad, lo que más me complació —y constituye el verdadero motivo de este artículo— fue conocer los detalles de la gestación y feliz realización de este ejemplar proyecto educativo en la región Caribe.
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Estudiar en una universidad pública o privada, y más aún en una institución de alta calidad, constituye un privilegio aquí y en cualquier lugar del mundo. Implica que la sociedad pone a disposición del estudiante, durante varios años, lo mejor del conocimiento humano para que se forme en una disciplina o profesión, cultive el pensamiento crítico y adopte una conducta ética acorde con las responsabilidades inherentes a su condición de ciudadano ilustrado.
Durante ese período, en principio, el estudiante no debería verse obligado a trabajar para financiar sus estudios. Sus padres pueden asumir esos costos, una empresa puede hacerlo mediante una beca, la propia universidad puede disponer de recursos para apoyarlo o, en el caso de las instituciones públicas, el Estado puede subsidiar total o parcialmente su formación.
Poseer una buena formación universitaria es, sin duda, un privilegio, y lo es aún más en un país con tantas y tan profundas desigualdades sociales y económicas como Colombia. Asimismo, uno de los principios éticos fundamentales que toda universidad procura inculcar en sus estudiantes es que quien ha sido favorecido por ese privilegio tiene el deber de retribuir a la sociedad, con creces, aquello que esta le brindó.
La idea de establecer una sede en territorio continental, sin embargo, permaneció viva en los distintos estamentos de la Universidad, bajo el liderazgo del entonces rector, Moisés Wasserman. Con el propósito de madurar la iniciativa, a mediados de diciembre de 2007 se llevó a cabo en la sede de Bogotá el denominado Diálogo Integrador Prospectivo sobre la Sede Caribe, en el que participaron diversos actores vinculados al papel de la Unal en el Caribe colombiano.
Era el anillo al dedo. Como lo señalé anteriormente, el proyecto incluido en el programa de gobierno del gobernador electo, Cristian Moreno, fue incorporado posteriormente al Plan de Desarrollo del Cesar y, más adelante, al plan de acción de la Universidad Nacional. El decidido respaldo del departamento, la ubicación estratégica de la iniciativa en la región Caribe y la disposición de la Universidad para impulsar su expansión confluyeron en una misma aspiración, que se concretó con la firma de un Convenio Marco entre la Gobernación y la Universidad Nacional. No obstante, el camino hacia su materialización apenas comenzaba y aún quedaban numerosos desafíos por superar.
Es apenas natural que el surgimiento de nuevos ideales en una sociedad despierte resistencias, críticas, cuestionamientos e incluso contradictores y enemigos. Y cuando se trata de proyectos públicos, con mayor razón, dada su propia naturaleza. La creación de la Sede de La Paz de la Universidad Nacional en el Cesar no fue la excepción.

Lo que seguiría entonces era una intensa cruzada para socializar el proyecto y obtener el respaldo de los distintos estamentos del Cesar: el sector empresarial, la dirigencia política, las instituciones públicas, los consejos indígenas, los estudiantes, la Asamblea Departamental, los concejos municipales y los medios de comunicación. Pero también era indispensable asegurar el apoyo del Gobierno Nacional, ya que se aspiraba a financiar la construcción de la sede con recursos del Fondo de Ciencia, Tecnología e Innovación del Sistema Nacional de Regalías y, posteriormente, garantizar su funcionamiento con cargo al Presupuesto General de la Nación.
Con ese propósito se organizaron innumerables reuniones en las que se exponían los alcances y ventajas de la iniciativa, se resolvían las inquietudes que surgían y se introducían los ajustes necesarios, en medio de no pocas discusiones acaloradas y posiciones radicales. Lo que el departamento presenció fue un auténtico ejercicio público de deliberación democrática, tan inédito como ejemplar.
Un paso decisivo en la materialización del proyecto fue la autorización otorgada por la Asamblea Departamental al Gobernador, en abril de 2010, para la adquisición del lote destinado a la construcción de la sede de la Universidad; y luego la autorización, en noviembre de ese mismo año, para donarlo a la Universidad Nacional. No obstante, en 2012 la iniciativa enfrentó un obstáculo inesperado al encontrar la oposición del propio Ministerio de Educación, que impulsaba una propuesta distinta a la creación de una sede de la Unal. La reacción de la sociedad civil, sin embargo, fue inmediata y contundente.
La Asociación Cesarense de Egresados de la Universidad Nacional llamó a una movilización de todos los estamentos en defensa del proyecto original, que encontró eco inmediato en el alcalde de La Paz y en la Asamblea creándose el Comité Regional Pro – Universidad Nacional.
Así, “todos a una, como Fuenteovejuna”, el viernes 21 de septiembre de 2012 las calles de La Paz fueron escenario de la denominada “marcha del ladrillo”, encabezada por el propio alcalde del municipio, Wilson Rincón. Cientos de cesarenses participaron pacíficamente en la movilización, cada uno con un ladrillo en la mano, para pedirle al Gobierno nacional que respetara la voluntad de la ciudadanía y diera inicio, sin más dilaciones, a la construcción de un sueño que ya les pertenecía a todos. Cabe destacar, asimismo, que la propia Asociación de Egresados constituyó una Veeduría Ciudadana encargada de realizar el seguimiento técnico a la ejecución del proyecto de construcción de la sede.
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La sede de La Paz de la Universidad Nacional inició sus actividades académicas en agosto de 2019 con seis programas de pregrado: Biología, Estadística, Geografía, Gestión Cultural y Comunicativa, Ingeniería Biológica e Ingeniería Mecatrónica. En la actualidad cuenta con más de mil estudiantes, en su gran mayoría provenientes del departamento del Cesar.
Esa convicción inspiró a tres mosqueteros cesarenses: Ciro Quiroz Otero, Rodolfo Quintero Romero, ambos egresados de la Universidad Nacional, y José Araújo Torres. A ellos se debe el sueño de establecer una sede de la Universidad en la tierra que los vio nacer y por cuyo progreso tanto habían luchado. Pero, como dicen los poetas, cuando sueñas solo, tu sueño no pasa de ser una ilusión; mas cuando lo sueñas con otros, el sueño se hace realidad.
Pronto, el entusiasmo de aquellos mosqueteros empezó a contagiar a cuantos los escuchaban, en especial otros egresados de la Nacional, hasta convertir su iniciativa en un sueño compartido por toda la sociedad civil. Lo que seguía entonces era lograr el apoyo inicial de otras instancias políticas y públicas, tanto del orden departamental como nacional. Por fortuna, una constelación de astros se venía alineando para que ese apoyo cobrara un impulso decisivo.
El primero de ellos tenía nombre propio: Cristian Moreno, elegido gobernador del Cesar para el período 2008 – 2011. Fiel a su convicción de que la educación debía ser el motor de la transformación social de la región y, además, como buen egresado de una universidad pública –la Universidad del Atlántico– le dio todo su respaldo al proyecto al incorporarlo primero a su programa de gobierno y, posteriormente, al Plan de Desarrollo del Departamento.
La Universidad Nacional fue el otro astro de aquella afortunada constelación que se alineó. Desde 1993, la Universidad Nacional de Colombia (Unal) venía adelantando un proceso de reestructuración y redefinición de su misión institucional, impulsado por el Decreto 1210 de ese mismo año. Esta norma establecía expresamente que el principal ámbito de proyección de sus actividades académicas e investigativas era el conjunto del territorio nacional. Para cumplir ese propósito, la Universidad quedaba facultada para crear y organizar nuevas sedes y dependencias, así como para desarrollar planes, programas y proyectos, de manera autónoma o en cooperación con entidades públicas y privadas, más allá de Bogotá.
Fue así como, en el Plan Global de Desarrollo Institucional de la Universidad para el período 1995–1998 quedó contemplado la creación de cuatro nuevas sedes en zonas de frontera y áreas estratégicas del país: Amazonía, Caribe, Pacífico y Orinoquía. Aunque en principio se quiso crear dos sedes en el Caribe, uno en el territorio insular, San Andrés y Providencia, y otro en el territorio continental, La Guajira, solo se creó la del Archipiélago el 30 de enero de 1997.
Como toda universidad, es un proyecto concebido con una visión de largo plazo que apenas comienza a recorrer su camino, pero lo hace con paso firme, respaldada por la misma determinación con la que fue concebido e impulsado por quienes hicieron posible su creación. Por su enorme potencial, la universidad está llamada a desempeñar un papel fundamental en la formación del capital humano que requieren tanto el departamento como la región, mediante la creación de nuevos programas académicos de pregrado y postgrado, que respondan a las necesidades de su desarrollo, tanto presentes como futuras.
El proceso para que se concretara fue largo, complejo y difícil, como suele ocurrir con los grandes proyectos colectivos, aquí tan solo hemos hecho una apretada síntesis de su recorrido que deja, por razones obvias, muchos detalles por fuera.
Fueron muchas las personas que contribuyeron a materializarlo, tantas que enumerarlas sería una lista interminable. De una u otra forma, cada cesarense fue protagonista de esa gesta colectiva que hizo realidad el sueño de contar con una sede de la Universidad Nacional en el territorio continental del Caribe colombiano.
La flamante sede de la Universidad Nacional en La Paz, Cesar, se erige hoy como un símbolo de lo que una sociedad es capaz de alcanzar cuando sus distintos estamentos se unen en torno a un proyecto de interés colectivo. Unidad que se construye mediante el ejercicio de una deliberación pública, democrática y transparente –como el que se llevó a cabo en el Cesar–, liderado por la sociedad civil por ciudadanos dotados de una visión de largo plazo y de un firme e insobornable compromiso con el bien común.
Es una lección que la región Caribe debe aprender para hacer realidad los proyectos contemplados en la agenda de Casa Grande Caribe, todos ellos definidos también mediante ejercicios de deliberación pública, democrática y transparente.
Nota del autor: para la elaboración de este artículo conté con la valiosa colaboración de Fanny Solano, Ernesto Altahona Castro, Juan Carlos Quintero y Cristian Moreno Panezo, todos ellos actores y protagonistas de primer orden en la gesta que hizo posible la creación de la sede de la Universidad Nacional de Colombia en La Paz.
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*Una versión de este texto se publicó en Contexo Media el 23 de julio de 2026.
Acerca del autor

Gustavo Bell Lemus
*Historiador, abogado y político barranquillero. Se ha desempeñado en su carrera pública como Gobernador del Atlántico,Vicepresidente de Colombia y Embajador en Cuba durante los diálogos de paz con las FARC en La Habana.
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