
Padura o las virtudes de la novela histórica
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El escritor cubano Leonardo Padura, Premio Princesa de Asturias de las Letras en 2015, llega a la edad de 70 años haciendo gala de una sólida obra que narra el devenir de su país natal, que es también el de buena parte del Caribe. Una invitación a descubrir la literatura de un autor invaluable que reafirma nuestra identidad caribeña.
A comienzos de la primavera de 2011 desembarqué en el Aeropuerto Internacional José Martí de La Habana. No llegaba como un turista más, sino como embajador extraordinario y plenipotenciario de Colombia en Cuba, la mayor de las Antillas.
Más allá de los deberes inherentes al cargo, quería aprovechar mi estadía en La Habana para retomar mis estudios doctorales en Historia, centrados en la independencia de Colombia y en los primeros años de vida republicana. De ese período, mi interés particular se relacionaba con las vicisitudes que atravesó Cartagena de Indias y en el alto precio que pagaron sus habitantes por liberarse del dominio español.
En esos años, Cartagena, junto con La Habana y Veracruz, formaba el triángulo defensivo que el Imperio español había erigido en el Caribe para resguardar sus posesiones de ultramar en América. Por esa razón, las tres ciudades-puerto estaban estrechamente ligadas entre sí: compartían militares y burócratas peninsulares que transitaban por sus guarniciones y palacios de gobierno, así como también las ideas que llegaban desde Europa.
El oficio de historiador implica ser lector de una gran variedad de fuentes en las que se sustenta el conocimiento del pasado y su narrativa. Esa tarea debe emprenderse con una mente abierta, dispuesta a indagar en la complejidad del pasado y a comprender el contexto en el que se desarrollan los hechos históricos.
Con esa disposición, y consciente de que era un verdadero privilegio residir por un tiempo en La Habana, di mis primeros pasos por sus fortalezas, monumentos, edificaciones y por las populosas calles de su centro histórico. En varias ocasiones recorrí detenidamente los innumerables puestos de libros usados que, por entonces, rodeaban la Plaza de Armas, donde adquirí auténticas joyas de la historiografía del Caribe. Y para empezar a ambientarme en la historia de Cuba del siglo XVIII, releía El siglo de las luces, la obra maestra de Alejo Carpentier, cuando alguien me recomendó leer La novela de mi vida, de Leonardo Padura, a quien solo conocía de nombre como autor de El hombre que amaba a los perros, que tampoco había leído.
Empecé la lectura recomendada de manera desprevenida, pero al cabo de las primeras páginas quedé tan cautivado como sorprendido, pues la vida que allí comenzaba a narrarse —la del poeta romántico José María Heredia— transcurría precisamente en el período más turbulento, apasionado y trágico de Cartagena de Indias. A partir de ese momento no solo empecé a disfrutar de la exquisita y siempre refrescante prosa de Padura, sino que, de la mano del poeta Heredia, comencé también a aprender más sobre La Habana de las primeras décadas del siglo XIX. La lectura de la azarosa vida de José María Heredia —toda una novela, como él mismo la consideraba, y que la pluma de Padura consagró— fue como leer un animado texto de historia, es decir, un texto insuflado de “ánima” propia.
Mucho se ha escrito y debatido sobre la denominada novela histórica como género narrativo, tema que no es del caso abordar aquí; sin embargo, es innegable que muchos autores y editoriales la han explotado —y seguirán haciéndolo— sin descanso, debido a su amplia demanda. Al margen de esa observación, lo primero que debemos tener presente al leer una novela de ese género es que se trata de una ficción creada por el autor, basada en hechos históricos que se dan por ciertos. La interpretación de esos hechos, por muy verosímil que parezca, será siempre subjetiva y, por lo tanto, no podemos asumirla como una realidad objetiva.
Así lo advierte Padura en el primer párrafo de los agradecimientos, antes de la primera página de la novela: “Aunque sustentada en hechos históricos verificables y apoyada incluso textualmente por cartas y documentos personales, la novela de la vida de Heredia, narrada en primera persona debe asumirse como obra de ficción”. Una honesta advertencia que en ningún momento podemos olvidar.
Dicho lo anterior, no vacilo en afirmar que La novela de mi vida, como novela histórica, es sencillamente magistral, pues posee todas las virtudes que ese género puede alcanzar cuando se asume con rigurosidad y con pleno conocimiento de sus límites, como lo hace Padura. En su pluma, Heredia adquiere vida propia, con las complejidades propias de todo ser humano, en un entorno y contexto histórico tan bien descritos que su mundo se nos hace plenamente creíble. La Habana, donde transcurren los años de su adolescencia y el despertar de su vena poética, no solo se puede ver y tocar, sino también oler.

Para un lector colombiano, la lectura de “La novela de mi vida”, de Leonardo Padura, resulta especialmente enriquecedora, porque es inevitable pensar en Cartagena, e incluso en Colombia, durante los inicios de la república.
A José María Heredia le tocó en suerte vivir un período histórico atravesado por numerosos acontecimientos políticos y culturales que habrían de tener una repercusión imperecedera, tanto en La Habana como en Cuba y en toda Hispanoamérica: la ruptura del dominio español en el continente y el surgimiento de repúblicas independientes desde el Río Grande hasta el Cabo de Hornos.
La independencia, sobra decirlo, fue un proceso cruento, complejo, dramático y desgarrador, del que nadie, en su momento, pudo escapar. Y aunque en Cuba no llegó a consumarse, el país vivió esas mismas vicisitudes, que debieron de ser aún más duras para alguien con la sensibilidad de un poeta en los primeros años de su adultez, como lo fue Heredia. En su vida desfilan también varias figuras históricas que completan el cuadro de la Cuba de la primera mitad del siglo XIX y que contribuyeron a forjar su identidad cultural; entre ellas, Félix Varela, Domingo del Monte, José Antonio Saco y José Antonio Echeverría, aquel que rescató y dio a conocer Espejo de paciencia, considerada la obra primigenia de la literatura cubana.
Leí La novela de mi vida teniendo en mente, como lo señalé arriba, a la Cartagena de comienzos del siglo XIX, esos años en los que, como alguien muy atinadamente escribió, mientras Cartagena se independizaba, La Habana plantaba. Culminados los años de la independencia, las dos ciudades tomaron rumbos muy distintos: la primera iniciaría un largo y doloroso viacrucis hasta convertirse casi en una ciudad fantasma, mientras que la segunda entraba en un período de auge económico sin precedentes, impulsado por la multiplicación de los ingenios azucareros a lo largo y ancho de su territorio, sustentados en la esclavitud.
Para un lector colombiano, la lectura de La novela de mi vida resulta especialmente enriquecedora, porque es inevitable pensar en Cartagena, e incluso en Colombia, durante los inicios de la república. No se trata de descubrir hechos novedosos de nuestra historia, sino de acceder a un contexto que permita comprenderla mejor. Y no solo en lo que respecta a los acontecimientos históricos más relevantes, sino también a los dramas humanos de quienes fueron sus principales protagonistas, reflejados en la vida del poeta José María Heredia, que nos recuerdan los del cartagenero José Fernández Madrid y del granadino Félix Manuel Tanco.
La virtud de una buena novela histórica, más allá de que su lectura debe ser amena, radica en que nos aporte nuevos elementos y reflexiones que nos permitan acercarnos con mayor profundidad a un determinado período de la historia y a sus protagonistas; que nos haga vivirla y vivirlos. Creo que esas características pueden predicarse —en plural— de las novelas de Leonardo Padura. Por eso asumí, como uno de los deberes de mi cargo de embajador de Colombia en La Habana, recomendar a todos mis compatriotas que pasaban por esa capital la lectura de sus obras. Hasta hoy, nadie ha dejado de agradecérmelo.
*Una primera versión de este texto se publicó el 9 de octubre como contribución del autor al dossier que OnCuba News dedicó al septuagésimo cumpleaños de Leonardo Padura y otra versión en el 10 de octubre en Contexto Media.
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Acerca del autor

Gustavo Bell Lemus
*Historiador, abogado y político barranquillero. Se ha desempeñado en su carrera pública como Gobernador del Atlántico,Vicepresidente de Colombia y Embajador en Cuba durante los diálogos de paz con las FARC en La Habana.
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