El dólar a 3.700: entender la volatilidad más allá del ruido
Foto: Pixabay: Engin Akyurt

El dólar a 3.700: entender la volatilidad más allá del ruido

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El peso colombiano ha demostrado ser una moneda resiliente. Su capacidad de depreciarse y apreciarse con fuerza es una válvula de escape para la economía.

En Colombia, la tasa de cambio se ha convertido en la referencia diaria del estado de ánimo del país. En las noticias y redes sociales cada aumento se interpreta como una señal de alarma y cada bajada como un logro, que se atribuye a uno u otro responsable según el credo político del comentarista. Sin embargo, esta fijación nacional suele ignorar la naturaleza exógena, incierta y, sobre todo, flexible de la tasa de cambio en las economías pequeñas y abiertas como la colombiana.

La flexibilidad como amortiguador

Al revisar las series históricas de las tasas de cambio de varias monedas de la región frente al dólar, lo que se observa es una especie de “alta sensibilidad” del peso colombiano. Cuando las monedas de la región se deprecian, el peso tiende a caer más fuerte que el promedio; por el contrario, cuando el apetito global por riesgo aumenta, el peso se fortalece de manera más pronunciada que sus pares. Al menos esto es lo que se observa en coyunturas específicas, donde factores externos y locales presionan la tasa de cambio del peso colombiano.

Por ejemplo, en noviembre de 2022, el peso colombiano llegó a $5.061 por dólar acumulando una depreciación del 25% desde febrero de ese año, cuando se dio la invasión rusa a Ucrania, mientras Chile se depreció en 13,5% y Brasil 1,5%. Parte de esta diferencia ha sido atribuida, por supuesto, a la llegada del presidente Petro al poder. Luego, entre el final de 2022 y julio de 2023, vinculado al mayor precio del petróleo y al apetito de riesgo global, la región presenció un fortalecimiento simultáneo de sus tasas de cambio. Nuevamente, el peso colombiano se destacó con una apreciación de 17% al llegar a $4.070, mientras Chile registró 11% y Brasil 9%.

Ahora, en la reciente ola de debilitamiento del dólar, el peso colombiano acumula una apreciación del 11,5% desde abril, cuando el gobierno Trump anunció nuevos aranceles. Nuevamente la apreciación colombiana ha sido más amplia que la de sus pares regionales, que llegaron a 8,2% (México), 7,7% (Brasil) y 2,7% (Chile). Solo en noviembre, según Bloomberg, diez de las doce monedas más relevantes de América Latina se apreciaron, entre estas el peso colombiano lideró el fortalecimiento por un amplio margen. 

Lo anterior muestra que el peso colombiano es una de las monedas que más fluctúan en América Latina frente al dólar. Por lo general, y de manera especialmente marcada durante este 2025, cuando las monedas de la región se aprecian, la colombiana lo hace todavía más. 

Para entender el momento actual, vale la pena compararlo con la experiencia de la crisis de 1999. Desde hace 25 años tenemos un esquema de tasa de cambio flexible precisamente para no repetir esa historia de doloroso ajuste, donde la fijación del tipo de cambio y su mantenimiento nos costó parte de las reservas internacionales sin lograr evitar la posterior caída del PIB (-4,2%). Aquella experiencia dejó claro que la economía necesitaba un amortiguador efectivo.

Hoy, por el contrario, la flexibilidad del tipo de cambio es una de las principales líneas de defensa de la economía colombiana ante choques. Dejamos que la tasa de cambio reaccione de manera rápida y amplia para absorber el impacto, protegiendo así variables más sensibles como el crecimiento, la inversión y el empleo. Por eso, aunque la TRM exhiba variaciones marcadas, ese comportamiento cumple una función estabilizadora y no es necesariamente una señal de fragilidad.

¿Por qué estamos viendo un fortalecimiento reciente? 

A finales de 2024 los analistas económicos preveían un valor promedio del dólar para 2025 superior a $4.150, pero la tasa observada, a solo un mes de finalizar el año, está por debajo con un promedio de $4.070. Esta tendencia reciente a la baja obedece a factores nacionales e internacionales. En el ámbito local, se destaca una elevada tasa de intervención del Banco de la República, ubicada en 9,25%, lo que convierte a Colombia en un destino atractivo para los capitales externos. Por otro lado, la necesidad del Gobierno de financiar su gasto público ha presionado la abundancia relativa de dólares en el país. En el frente internacional, el debilitamiento del dólar se vincula a la incertidumbre global generada por los anuncios y medidas del gobierno Trump, y más recientemente a la reducción de la tasa de la Reserva Federal, hoy por debajo del 4% y con perspectivas de seguir disminuyendo, lo que aumenta el atractivo de economías que ofrecen rentabilidades más altas, como Colombia.

Es aquí donde importa la narrativa que se construye alrededor de la explicación: el dólar no baja porque el mercado se haya enamorado súbitamente de las reformas locales, ni subió antes únicamente por pánico a ellas, tampoco las variaciones están meramente vinculadas a la expectativa de un cambio de gobierno. Si bien las variables locales, incluida la incertidumbre política, imponen una “prima de riesgo” (un piso o un techo según el momento), la tendencia estructural la dictan, en mayor medida, el apetito de riesgo y la percepción de los inversores sobre el mercado y condiciones globales.

Por supuesto, este “rebote” del peso tiene implicaciones económicas y de política que van más allá de las compras por internet y los descuentos de Black Friday. 

  • La política fiscal y la deuda del Gobierno

Cuando la tasa de cambio sube, se deprecia, la deuda pública en dólares se torna relativamente más cara, constriñe las finanzas públicas y puede inflexibilizar el Presupuesto General de la Nación (PGN), que ya dedica cerca del 21% (2025) al pago de servicio de la deuda. Hoy, con un peso fortalecido, la deuda externa se abarata en términos contables. Esto puede generar un alivio fiscal para que Ministerio de Hacienda haga operaciones de manejo de deuda. Hay que ser cuidadosos, dado el presupuesto desfinanciado de 2026, ante la tentación de adquirir nueva deuda.

Por el otro lado, un peso fortalecido puede significar menos ingresos fiscales futuros. El PGN de 2026 se proyectó esperando una tasa de cambio de $4.408 siguiendo los supuestos del Marco Fiscal de Mediano Plazo, de ser sostenidamente más baja los ingresos por rentas de exportación, especialmente la petrolera, se pueden ver reducidos afectado el presupuesto ya bastante estrecho.

  • Deuda privada y remesas

La materialización del riesgo cambiario es una preocupación frecuente para empresas y personas que se endeudan en dólares. Por ejemplo, cuando el dólar se disparó en 2022, los beneficiarios del Crédito-beca de Colfuturo vivieron una crisis operativa y emocional. Estudiantes endeudados en dólares, pero con la expectativa de salarios futuros en pesos, vieron sus deudas multiplicarse, y aunque hubo alivios y acuerdos posteriores, la carga financiera se elevó para muchos. 

Ahora, con la corrección del mercado, la situación se invierte y surge la oportunidad. Empresas privadas con deuda externa tienen una ventana para “des-arriesgar» sus balances. Colfuturo ha aprovechado esto con el fin de tener más liquidez y poder mantener el nivel de créditos educativos anuales que viene otorgando (cerca de 1.200 en 2025, con una caída de 40% frente a 2024). La entidad ha incentivado, ante la baja en el dólar, a los beneficiarios a convertir su deuda a pesos, al vender la cartera a bancos nacionales. Así Colfuturo gana liquidez rápida y los beneficiarios evitan una materialización de riesgo cambiario futuro. 

Por otro lado, hay que tener en cuenta los efectos de la apreciación sobre las remesas que envían los colombianos en el exterior a sus familias en el país. En el primer semestre de este año, las remesas de trabajadores llegaron a US$6.400 millones, creciendo 14% frente a 2025. Estos recursos no solo compensan parte del déficit de cuenta corriente nacional, sino que son ingresos para hogares colombianos que pueden ver reducido su consumo habitual ante la menor tasa de cambio.

  • El balance comercial

En este frente, hay dos caras de la moneda sobre las que la apreciación sostenida del peso puede incidir. Por un lado, los exportadores pueden ver reducidos sus márgenes, al vender sus bienes y servicios y recibir a cambio dólares depreciados que compran menos moneda nacional por cada unidad.

Sin embargo, y por el otro lado, gran parte de nuestro aparato productivo depende de bienes de capital e insumos importados. Según el Dane, el 47% del total de importaciones son productos intermedios y el 25%, bienes de capital y materiales para la construcción. Un peso fuerte reduce los costos de producción y, teóricamente, debería bajar la inflación. El problema es que ese efecto traspaso (pass-through) es por lo general asimétrico. Cuando el dólar sube, los precios de los importados suben rápidamente; cuando el dólar baja, los precios bajan lentamente.

Aunque el dólar barato ayuda al Banco de la República a pensar en relajar su política monetaria, lo cierto es que con una inflación en 5,5% en octubre, acumulando aumentos los últimos cinco meses y manteniéndose fuera del rango meta desde agosto de 2021, el espacio a bajas en las tasas es más bien nulo. Paradójicamente, mantener o subir las tasas de intervención, que es lo que convendría, seguiría fortaleciendo el peso.

  • La narrativa política del dólar

Estamos entrando en una época preelectoral donde la tentación de usar el precio del dólar para asustar o para sacar pecho será enorme. Debemos rechazar esa narrativa. Decir que el peso se fortalece únicamente por virtudes del Gobierno es tan falso como decir que se devalúa únicamente por sus errores. El peso se mueve porque es flexible, porque el mundo cambia y porque los flujos de inversión reaccionan a incentivos de tasa de interés y riesgo global.

Usar la tasa de cambio como arma política es irresponsable porque genera expectativas que ningún presidente puede controlar totalmente. Aunque, por supuesto, quien encabece el Ejecutivo tampoco puede menospreciar los efectos que sus decisiones generan sobre la percepción de riesgo del país.

Conclusión

El peso colombiano ha demostrado ser una moneda resiliente. Su capacidad de depreciarse y apreciarse con fuerza es una válvula de escape para la economía. Se debe aprovechar en cuanto se pueda la coyuntura actual: el Gobierno para sanear sus cuentas, los privados para cubrir sus riesgos y los ciudadanos para entender que la economía es cíclica.

Le recomendamos: ¿Cómo responden los bancos centrales ante choques de tasa de cambio?

Acerca del autor

Amy Baquero
abaquero@razonpublica.org |  + posts

*Economista y Magíster en Economía de la Universidad Nacional y Magíster en Gobernanza, Políticas Públicas, y Desarrollo del Institute of Development Studies (IDS), University of Sussex.

Andrés Narváez

*Economista, magíster y estudiante del doctorado en Economía de la Universidad Nacional y máster en Análisis Financiero y Gestión Bancaria de la Universidad Carlos III de Madrid. Director del área académica de Economics, Accounting and Taxes de PRIME Business School y profesor de la Universidad Nacional.

David Andrade

*Economista de la Universidad Nacional, Especialista en Economía de la Universidad Panthéon-Sorbonne y Magíster en Economía Internacional y Desarrollo de la Universidad Paris-Dauphine

1 comentarios

Amy Baquero, Andrés Narváez y David Andrade

Escrito por:

Amy Baquero, Andrés Narváez y David Andrade

Comentarios de “El dólar a 3.700: entender la volatilidad más allá del ruido

  1. No se ha visto el efecto de la devaluación en el costo de alimentos procesados, materias primas alimentarias y la tecnología importados, no obstante los 16 meses de pérdida acumulada del valor del peso.
    Por otro lado, las rentas ilegales qué papel desempeñana en el comportamiento del dólar?

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